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Usos múltiples

Mentes peligrosas



Vivir o el fin de la vida como bien común

El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto.

Charles Chaplin

Kenji Watanabe es un mediocre servidor público (se ostenta jefe de la sección de atención ciudadana, de la ciudad de Tokio, Japón), oscila entre la edad mediana y la vejez. Tiene una vida monótona, rutinaria, carente de amor y significado. Es un perfecto ajeno a sí mismo. Vive con su hijo y su nuera que no lo aprecian, tampoco los trabajadores que están bajo su mando, que sólo esperan heredar el puesto, cuando él se retire.

Un día—al inicio del film— le es diagnosticado un cáncer en el estomago y eso le hará tomar conciencia de lo poco que le queda de vida —menos de un año— y percibir que no ha hecho nada con ella.
Se trata de la película Vivir ( Ikiru, Kurosawa, A. Japón: 1952) que fue filmada, por este realizador japonés, entre dos obras maestras Rashomon (1950) y Los Siete samuráis (1954) y poco después de El Idiota (1951), es la película número catorce en la filmografía de este genial director japonés, que se encuentra en plena madurez creativa. Es una película urbana, humana, realista y existencial. Una película agridulce, pero que al final se vuelve esperanzadora.

En un primer momento, ante el desconcierto de la noticia sobre su enfermedad terminal, el señor Watanabe, intentará hacer lo que no ha hecho: vivir. Trata de compartir su mal con su hijo que no le presta atención. Poco después, conoce a un escritor mediocre al que le ofrece sus ahorros acumulados en vida, para que lo acompañe en una juerga. El escritor se niega a recibir el dinero y le dice que la desgracia del ser humano tiene su lado bueno: enseña la verdad y dichoso ante este esclavo moribundo y avaricioso, decide iniciarlo en una fuga hacia los placeres de la noche, los clubs nocturnos en los que fluye el alcohol, las apuestas, mujeres, amistades efímeras, la música de moda, etc. Kenji Watanabe pronto se da cuenta del vacío de ese mundo y se aleja.

Más tarde intentará encontrar el amor con Seiko, una joven compañera de trabajo, que tampoco logra, porque son antagónicos los proyectos de vida. Sin embargo, en medio de todo eso tiene una revelación y se convence de que aún puede hacer algo, salvar un parque, que es una iniciativa de unas mujeres organizadas. Mucho más de lo realiza como funcionario, lo decide hacer por el bien común, en los últimos meses de vida. Un proyecto que sirva a los demás y que al mismo tiempo trascienda su existencia. El funeral será la gran despedida con un coro de voces, que reconstruyen los últimos meses del Sr. Watanabe y de lo que se logra un espíritu humano decidió a revelarse ante egoísmo, tal vez como último aliento, hacer el bien.

La película tiene escenas memorables como el canto triste y profundo de Watanabe en un cabaret nocturno o la escena en la que la lluvia y la nieve empapan a nuestro protagonista que se mece en un columpio, sin remedio, ante el tiempo que siempre es breve para el ser humano.

Mucho antes que irrumpiera el concepto de sustentabilidad, Akira Kurosawa da una respuesta sobre el sentido de la vida y la realización haciendo el bien a los demás. El bien común transgeneracional, puede habitar en los seres humanos, ante la adversidad.

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