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Tarea

Cuentos en el muro



Una partícula de luz

I.

Este lugar es uno de los más buscados por los internos, quizá en donde más desean permanecer los que me habitan, puedo decir que es un recinto especial donde las pasiones se disfrazan de amor o viceversa, donde la soledad se anuncia desnuda y donde se reencuentra la compañía secuestrada junto con la también plagiada libertad, pero no sólo es eso.

En el edificio de visita íntima se reúnen todos aquellos que reciben el puntual arribo de sus esposas, un día a la semana, en turno de doce horas, y sólo el bien portado o el que le llega al precio a las de trabajo social pueden tener doble turno y pasar veinticuatro horas con ellas.

Yo les hablaré desde el único espacio de cemento en mi interior donde no existen celdas, donde existen pocos barrotes en las ventanas, donde el encierro es voluntad…

II.

Joel siempre llegaba temprano, antes del pase de lista del dormitorio él ya se encontraba preparando todos sus instrumentos de trabajo, escoba, trapeador, cubetas, jabón detergente y líquido para trapear.

Conseguir “la comisión” para hacer la limpieza en el ala derecha del edificio de visita íntima le había costado mucho esfuerzo, no sólo insistencia infinita, también horas de servilismo y trabajo gratis con el personal administrativo del reclusorio, no pensaba perderla por impuntualidad o por alguna irresponsabilidad de su parte, ser comisionado de ese lugar representaba un triunfo, quizá un privilegio; no recibía pago alguno por su desempeño pero obtenía algunas buenas propinas de los usuarios de las habitaciones, sobre todo los jueves, viernes y fines de semana que es cuando más fluyen internos para gozar de la visita conyugal con sus esposas.

Su labor era limpiar la habitación destinada por la institución a cada pareja, la lavaba, la perfumaba y si el cliente era de los que dejaba buena lana de propina entonces utilizaba limpiador para pisos, ese que tiene un fuerte aroma a lavanda, del que pica la nariz, también ponía unas cortinas viejas pero limpias para que colgasen sobre las ventanas, ajustaba sábanas pulcras con aroma a suavizante sobre los colchones, los de hule espuma y forro de plástico negro, de esos que invocan el sudor del cuerpo a chorros y que reposaban sobre una base de cama de cemento; también se encargaba de conseguir una televisión vieja, una grabadora para escuchar discos compactos en el transcurso de la noche, así preparaba las habitaciones para un turno comunitario de romances compartidos; conforme iban saliendo los huéspedes, Joel comenzaba nuevamente su jornada de limpieza en todas los cuartos, pasillos, escaleras y recibía una buena propina por su esmero.

Por la noche y la mañana también ayudaba a los custodios del área.

Él realizaba los pases de lista en el edificio, el de la mañana y el de la noche, cobraba la respectiva cuota, doble porque era la del dormitorio donde estaban asignados y la de la íntima, se cobraban dos derechos de admisión; evidentemente los custodios tampoco le pagaban algún peso por el servicio, pero lo invitaban diario a cenar una torta de milanesa con queso y un café, eso en la cárcel, es manjar de rey.

III.

Poco a poco fueron cambiando al personal de trabajo social, los nuevos directivos buscaban tener profesionistas más académicos, menos viciados, menos corruptos, esto acarreó como consecuencia que cada día era más complicado para Joel poder ayudar a ambos bandos, trabajo social, psicología o seguridad y custodia, ya que las señoritas licenciadas se enojaban porque Joel cobraba la lista, pero tampoco le gestionaban alguna retribución económica por su grandiosa comisión.

Existía un conflicto eterno entre ambas áreas, Joel temía que le quitaran su fuente de ingresos con lo que ayudaba un poco a su familia, por eso trataba de quedar bien con ambos y lo lograba, era un interno muy audaz y carismático.

—Ya no queremos verte cobrando Joel—afirmó Berenice, una de las nuevas psicólogas.

—No licenciada ya no cobro, pero a veces los jefes me piden el favor y no puedo negarme, allá en el dormitorio las cosas son más difíciles, si no ayudo pues me meto en problemas y allá se desquitan conmigo. —contestó Joel.

—Oiga licenciada ¿y si es verdad que ustedes ya van hacer guardias por la noche? —preguntó Joel cambiando rápidamente el tema.

—No tendría por qué darte esa información pero así es, por eso están remodelando un poco la oficina de arriba, se cuela mucho el aire por la ventana y aquí en la noche hace mucho frío— contestó Berenice.

—Usted dirá que me importa, ¿para qué se quedarán a hacer guardia?— cuestionó intrigado Joel.

—Pues porque hay muchas familias con niños pequeños que duermen en este edificio, se puede ofrecer alguna emergencia médica o de algún otro tipo— contestó Berenice.

—Pues eso sí, no lo había pensado, tiene razón— contestó Joel.

—¿Sólo se queda aquí dentro el custodio que vigila el acceso verdad Joel ?— preguntó Berenice.

—Si pero como a las once de la noche se mete a una habitación a dormir y no hay quien lo saque, no duerme, ¡se muere! pero no diga que yo le dije— contestó Joel.

—Valiente apoyo, se supone que están para ayudar no para dormir— reparó Berenice.

—Mejor no digo nada licenciada, ya casi me tengo que ir, usted también debería irse, mañana será su primer guardia así que aproveche y descanse en su casa— afirmó Joel.

—Tienes razón, ya me voy porque mañana será un día intenso— contestó Berenice.

—Que descanses Joel, te veo mañana— dijo la psicóloga.

—Hasta mañana licenciada, que descanse— afirmó Joel.

IV.

Al día siguiente durante la jornada, comenzaron a llegar los internos de la visita nocturna con sus respectivas esposas y algunos niños, formados todos, esperaban su turno para que la psicóloga constatara que eran las personas adecuadas y que nadie suplantara a nadie, situación que era frecuente con las administraciones anteriores.

El custodio no podía hacer ningún movimiento dudoso así que esa noche entraron todos los que debían entrar, las esposas correctas no alguna invitada ocasional; se dispusieron a entrar a las habitaciones y saludaban a la psicóloga que esa noche hacía notar su presencia con amabilidad y buen trato para todos.

Aproximadamente a las diez de la noche finalizaba la jornada de registro y acomodo, sólo quedaron en el lobby del edificio el custodio Méndez, Joel y Berenice.

—Yo ya me voy licenciada, porque cerrarán mi dormitorio— afirmó Joel.

—Si Joel, que te vaya bien, nos vemos mañana y muchas gracias por tu apoyo— contestó Berenice.

—¿Usted se queda despierto toda la noche?— preguntó Berenice al custodio.

—¡No como cree! Ahorita ya cuadró la lista, eso es lo que a mí me importa, es para lo que me pagan, esta es un área de las más tranquilas, de aquí nadie se fugará jamás, así que duermo mis siete horas seguidas— contestó riendo Méndez.

—Yo le recomendaría a usted lo mismo— sugirió el custodio.

#8212;No, yo estoy aquí para apoyar el área, es mucha gente bajo mi responsabilidad, en la noche puede pasar cualquier cosa— contestó indignada Berenice.

—Jajajaja mire, mejor duérmase, no le vayan a quitar las ganas de estar pendiente del área…— comentó sarcástico Méndez.

—¿Me está amenazando?— contestó irónicamente Berenice.

—No yo nadamas le aviso, que tenga buena guardia licenciada— le susurró el custodio de cerca y caminó hacia el fondo del pasillo, en la segunda habitación abrió la puerta y se metió.

Las luces del edificio habían sido apagadas casi en su totalidad, lucía tétrico, un débil foco alumbraba el acceso principal, las dos alas del edifico reposaban en el silencio absoluto.

La oficina de Berenice estaba en el segundo piso, pegada a la escalera, donde también se enfilaba un largo pasillo oscuro que conectaba con las treinta habitaciones; la iluminación de su área de trabajo era mínima, la necesaria para poder leer los expedientes de algunos internos, procuraba un seguimiento agudo, agregaba notas y archivaba hojas, pero a eso de las tres de la madrugada sintió sueño, su primer día de guardia estaba resultando agotador, el entusiasmo inicial comenzó a ceder cuando todo quedó en calma, la noche se dejaba sentir y sus piernas acumulaban el cansancio de casi veinte horas de trabajo continuas, se levantó de su incómoda silla y pensó en prepararse un café, buscó una cuchara en los cajones de su escritorio, justo en ese instante la energía eléctrica se apagó, se hacía presente una densa oscuridad, Berenice no alcanzaba a ver ni los dedos de su mano, a tientas y con mucho cuidado logró sentarse nuevamente sobre su silla de plástico, su corazón aumentó el ritmo, con la mano izquierda tomo por el dorso a la derecha y las posicionó en su pecho, respiró hondo y exhaló, —calma, calma, es sólo una corte de luz y es absolutamente normal— se decía a sí y por su cabeza revoloteaban mil y un teorías racionales del porque se habría ido la luz, pensaba que en unos minutos la energía se reestablecería y que sólo estaban las familias durmiendo, que no había nadie más, que nadie podía acercarse a hacerles daño pues si algo se respeta en la cárcel es a la familia, nadie tiene el valor de trasgredir a mujeres y niños, cuando llegó a ese pensamiento, su cabeza dejó de dar vueltas, su miedo a la oscuridad comenzó a dilucidar tranquilidad.

Los minutos avanzaban, la oscuridad continuaba, Berenice armada de valor salió de su pequeña oficina pegando las palmas de sus manos a la pared, avanzando lentamente sobre el pasillo, en el fondo divisó una chipa de luz, como si se tratara de un par de cables pelados haciendo un corto circuito, ella no conocía bien la ubicación de las instalaciones por lo que pensó que seguro se trataba de un pequeño incidente eléctrico, en eso estaba cuando el portazo de la entrada principal retumbó en todo el edificio, lo que la hizo regresar a su oficina tan rápido como pudo para atrincherarse rápidamente, se instaló debajo del escritorio, toda posibilidad sobre el origen de ese ruido surcó su cabeza, pensó en que alguien pretendía esconderse por alguna razón desconocida y que había entrado de manera furtiva al edificio, o que algún interno habría salido por algo que olvidó en su dormitorio o que el custodio pretendía asustarla, pensó y pensó, hasta que el sueño poco a poco la venció.

Caminaba por un sendero estrecho y avieso rodeado de burbujeante lodo, un extraño bosque se alzaba y los arboles oscuros se mecían sobre de ella, sus pasos eran torpes, gente muerta flotaba en ambas direcciones, lo que parecía una mujer negra se detuvo y la miraba fijamente a los ojos, Berenice paralizada intentaba regresar por el camino, al voltear se percató de que ya no había sendero, la mujer negra tendía la mano, Berenice despertó.

—Licenciada buenos días, ¿está usted bien? —preguntó Joel.

—Si Joel, ¿qué hora es?— cuestionó Berenice.

—Son las cinco y cuarenta y cinco, a esta hora vengo siempre desde mi dormitorio para despertar al custodio y pasar la lista de la mañana, pero quise pasar a verla primero a usted, ¿porque está en el suelo, se cayó? — preguntó preocupado Joel.

—¿Joel, hay luz?— cuestionó Berenice.

—Si hay, mire su lámpara en la mesa está encendida— contestó Joel.

—Entonces, no sé a qué hora regresó y seguro me quedé dormida— reflexionó en voz alta Berenice.

—La ayudo a levantarse, porque seguro con este frío estará usted entumida— afirmó Joel.

Berenice efectivamente no podía incorporarse sola, necesitó de la ayuda de Joel, sentía débiles las piernas, una vez levantada caminó poco a poco, salió de la oficina y preguntó a Joel si en el fondo del pasillo existían algunas conexiones eléctricas.

—No licenciada, mire venga, aquí al fondo no hay nada de instalaciones eléctricas— contestó Joel mientras avanzaba sobre el pasillo.

—Es que anoche me pareció ver un pequeño corto aquí en el fondo— comentó asombrada Berenice.

—Pues aquí sólo está la pared y esta puerta que nunca abrimos, allí hay cosas de la gente de los talleres, sólo ellos entran por material— afirmó Joel.

—Seguramente era mi cansancio, poco a poco me iré acostumbrando a estar de noche— aclaró Berenice.

—¿Quiere que le diga algo licenciada? Aquí pasan cosas muy raras, se escuchan sonidos, se aparecen cosas, además también la gente dicen que espantan, por eso en cuanto se encierran nadie sale de las habitaciones, dicen que han visto a un hombre vestido de negro entrar en ellas, no sé si sea casualidad pero cada que alguien dice que lo ve o lo escucha hay un muertito en el penal, los santeros del dormitorio cuatro dicen que viene siempre por el alma de alguien— comentó Joel.

—Tengo un compañero que se llama Abraham y su esposa a veces no viene porque trabaja, dice que la cambian de turno en la noche, yo digo aquí en confianza que le anda poniendo el cuerno y lo deja plantado, el caso es que yo le digo que aunque no venga su mujer, él puede venir a quedarse sólo para no dormir todo apretado en la estancia, pero dice que no porque cuando ha venido y duerme aquí tiene sueños muy extraños— declaró Joel.

—Eso es mentira Joel, nada de eso es verdad, todo eso es superstición de la gente, mejor ve a despertar al custodio que ya son las seis— respondió Berenice.

Joel regresaba en compañía del custodio, quien burlonamente preguntó: ¿cómo le fué anoche licenciada? ¿Todo tranquilo en su primer guardia?

—Todo normal señor Méndez, nada fuera de lo común, ¿o usted escuchó algo raro?— preguntó Berenice irónicamente.

—No nada, yo cuando entró allí me duermo— contestó el custodio.

—Mejor me apuro porque tengo que dejar todo listo para entregar los pendientes a mi compañera que vendrá a relevarme a las siete— aseveró Berenice.

V.

Puntual llegó Ixchel a relevar a Berenice.

Ixchel también era psicóloga pero por falta de oportunidades de trabajo aceptó el puesto en el reclusorio, además resultaba interesante trabajar dentro de un penal, así que sin problema haría trabajo de seguimiento en la visita íntima.

—Hola Berenice, ¿cómo te fue anoche, que novedades tienes? — preguntó Ixchel.

—Bastante bien todo muy tranquilo, novedad relevante ninguna, pude trabajar en estos expedientes y únicamente te dejo estos pendientes — contestó Berenice.

—Muy bien, pues vete a descansar que buena falta te hace, ¿pudiste dormir un poco?— cuestionó Ixchel.

—Un poco sí, me quedé dormida después de que se fué la luz pero fue involuntario, mi intención no era esa— respondió Berenice un poco apenada.

—Es normal, que bueno que me dices lo de la luz para ver si consigo una lámpara de pilas y de paso lo reporto a mantenimiento para que vengan a revisar las instalaciones eléctricas— contestó Ixchel.

Ixchel era más joven, menos experta en el terreno de los centros de reclusión pero su personalidad era más firme.

Por la tarde los internos que estaban asignados a mantenimiento fueron a revisar las instalaciones eléctricas.

—Aquí no hay ninguna falla, ni corto, todo está bien— comentó Genaro el eléctrico.

—Bueno, muchas gracias por revisar— contestó Ixchel.

La mañana y la tarde transcurrieron sin mayor relevancia, ingresaron pocas personas a la visita; por la noche el panorama fue diferente, llegaron todos los previstos, las habitaciones estaban completamente ocupadas.

—Ahora si hay casa llena — refirió el custodio Pérez.

—Si así es, lo cual me da mucho gusto— contestó Ixchel.

—¿Y porque le da gusto?— cuestionó el custodio.

—Porque con la visita de sus esposas se mantienen tranquilos— contestó Ixchel.

Usted y sus cosas, ya mejor me iré a dormir, la lista ya cuadró, Joel ya vete a tu casa — comentó el custodio.

—Bueno yo subiré a la oficina allí estaré por si necesita algo— afirmó Ixchel.

Comenzó a leer los pendientes y a trabajar en ellos, a eso de las tres y media de la madrugada, sintió bastante frío, salió de la oficina a revisar si alguna ventana se encontraba abierta y ninguna lo estaba, caminaba de regreso a su lugar cuando la luz se fue.

—La lámpara, olvidé pedirla, no se ve absolutamente nada— comentó en voz baja.

Permaneció inmóvil hasta que comenzó a distinguir el contorno de las cosas, de los pocos objetos, de pronto vio una luz en el fondo del pasillo, un par de chispas que aparentemente flotaban.

—Si hay luz— pensó.

A diferencia de Berenice, Ixchel se fue acercando lentamente hacia aquel lugar en donde aparentemente emergía la luz.

Cada que se acercaba a la luz, se veía más lejana, hasta que llego al final del pasillo y la luz desapareció.

Fue regresando poco a poco a su breve espacio, al llegar, nuevamente miró la luz hacia el fondo, un momento y desapareció.

La guardia transcurrió de forma normal, a las cinco con cuarenta y cinco minutos llegó Joel, encontrando a Ixchel despierta, leyendo unos papeles, intrigado saludo y preguntó:

—¿cómo le fue licenciada? —

—Muy bien Joel, gracias, todo muy tranquilo— contestó Ixchel.

—¿Usted no vio nada raro?— cuestionó intrigado Joel.

—Nada, no sé a qué te refieres— contestó Ixchel.

—No pues, ¡mejor me apuro que se me va a hacer tarde!— afirmó Joel y se fue a despertar al custodio.

A las siete en punto llegó Casandra, quien relevaría el turno y sin mayor dilación Ixchel se retiró.

Esa mañana hubo demasiada calma, salieron los ocupantes nocturnos, llegaron algunos que tenían su horario de visita matinal, entraron y salieron por la tarde, Casandra controlaba con bastante facilidad los ingresos de las personas, el custodio no protestaba, se mantenía al margen, era un hombre de más de sesenta años, cansado y generalmente muy alineado, él era de los pocos custodios que aún quedaban del Palacio Negro, Lecumberri.

—Que día tan más tranquilo, ¿no le parece señor Medina?— comentó Casandra al custodio.

—Así parece señorita, pero esta tranquilidad a veces es la que más preocupa— contestó el custodio.

—¿Será?— cuestionó Casandra.

—Sí, hay que estar muy alertas cuando las cosas parecen estar normales porque es cuando algo está por ocurrir— afirmó Medina.

—Hay que ser optimistas, verá que saldremos muy bien en el turno — afirmó Casandra.

El día avanzó y la tarde llegó.

—¿Puedo pasar a dejarle a Joel unas sábanas y unas almohadas? soy su compañero de estancia?— preguntó Abraham, un interno del dormitorio seis quien más tarde tendría su visita.

—Pasa pero no te tardes— ordenó Medina, el custodio.

Abraham movió la cabeza afirmando la indicación y entró buscando a Joel en la planta de arriba, al encontrarlo limpiando le dijo:

—Te dejo estas sábanas para que las pongas encima de las otras carnal— dijo Abraham.

—Pero si hace un chingo de calor, ¿para qué quieres más sábanas?— preguntó Joel.

—Es que ahora si vendrá mi esposa y ella siempre tiene frio— contestó Abraham.

—Está bien, como gustes. — contestó extrañado Joel.

Abraham salió del edificio rumbo a los talleres, tenía que seguir trabajando hasta que llegara la hora de su visita.

Las siete de la noche en punto y todos comenzaron a desfilar por el acceso para entrar a las habitaciones.

Casandra tuvo que ir a la oficina del Director en cuanto le llamaron a la extensión telefónica, y Medina se quedó solo con Joel para recibir y dar acceso a todas las personas.

Joel se movió a una de las habitaciones porque le pidieron un colchón que no estuviera roto, dejó un momento sólo a Medina.

Abraham entró contento, y de lejos le dijo a Medina:

—Entro a visita con mi esposa jefe Medina, anóteme en la lista —

Medina lo anotó y continuó sus registros pues lo ubicaba bastante bien, Joel regresó y también Casandra, la fila de internos avanzaba lentamente.

Al final de la jornada Joel como siempre se fue a su dormitorio, Casandra subió a su espacio y Medina la acompañó.

—No debería quedarse sola señorita, eso no está bien— comentó Medina.

—No se preocupe señor Medina, no pasará nada aquí es una de las zonas más seguras de todo el penal, ¿no cree?— contestó Casandra.

—Eso es cierto pero mire no quiero espantarla, en este lado siempre se escuchan cosas raras en la madrugada, con tantos años de servicio he visto muchas cosas extrañas en Lecumberri y también aquí, hay cosas que uno no puede explicar— contestó Medina.

—Lo entiendo siempre se cuentan leyendas sobre estos lugares, pero estaré bien, descanse lo veo mañana temprano— contestó amablemente Casandra.

Casandra leía algunos expedientes cuando comenzó a sentir cansancio, se recargó sobre sus brazos en la mesa y se quedó dormida un breve momento, cuando despertó no había luz, se sorprendió, pensó que era una falla en todo el penal, se puso algo nerviosa pero no se movió de su silla, encendió un cigarro, miró al fondo del pasillo.

Le llamó particular atención una chispa o partícula de luz que flotaba en el aire, cómo avanzaba por el pasillo lentamente, posteriormente fueron dos, tres, cuatro, cinco partículas, se acomodó de manera erguida en su silla y se talló los ojos, pensó que estaba viendo mal, pero cuando despegó las manos de sus parpados, las luces ya eran doce flamas de fuego intermitentes, las podía contar con bastante claridad, aparecían de forma súbita, una a una, miró su reloj de pulso con manecillas fluorescentes y distinguió que eran las tres treinta de la madrugada, cada vez se fortalecía el esplendor de dichas flamas y brillaban con más intensidad, serpeaban de arriba hacia abajo formando elípticamente un ocho, giraban tres veces en forma horizontal y tres veces de modo vertical, la oscuridad enfatizaba poco a poco la fuerza de aquel fenómeno de luz hasta que las flamas se unificaban y formaban un aro de fuego resplandeciente.

No podía moverse, sintió miedo y estaba paralizada, no sabía si gritar, correr o salirse, simplemente siguió sentada observando.

Fue así que comenzaron a escucharse los sonidos de unos pasos que parecían rasgar el suelo, con un extraño andar por el pasillo, un portal invisible a los ojos humanos emergía y algo traspasaba ese aro de fuego, allí, donde dormían tranquilamente las parejas después de una o varias jornadas de amor.

Los pasos que se escuchaban eran vacilantes y lentos, como de algo carente de fuerzas, minutos después los pasos se tornaban firmes, constantes, devenían de un extremo a otro, producían el sonido de un ser ansioso, desesperado por entrar.

Pasados algunos minutos que para Casandra eran siglos, podía escuchar varios pasos caminando por el corredor oscuro y el sonido de una respiración excitada, de pronto un alarido agudo, desgarrador, atravesaba todo el pasillo del edificio y también todo el cuerpo de Casandra, ensordeciendo dramáticamente sus oídos, sin oportunidad de nada.

Casandra simplemente no podía creer lo que sus sentidos apreciaban, echó a andar su mente, tratando de encontrar una razón lógica que explicara aquel anormal episodio, pero simplemente no podía, su piel la sentía erizada, escuchaba el latir acelerado de su corazón, su garganta no podía gritar, estaba inmóvil.

Se escuchó el sonido de las ventanas azotarse, lo sorprendente era que nadie, solo ella escuchaba, todo mundo dormía, en un instante todo cesó, la luz llegó.

Casandra no sabía qué hacer, bajó y trató de abrir la puerta de cristal, estaba cerrada, Medina era el único custodio de los tres turnos que cerraba con candado, encendió un cigarro y pensó en correr, se tranquilizó y allí espero el amanecer en una silla, sentada junto a la puerta.

Dormitaba cuando Joel llegó y tocó para que Medina le abriera.

Casandra se encontraba allí en la entrada, con mucho frio.

Joel preguntó — ¿está usted bien licenciada?

Medina ya estaba despierto, ordenó a Joel preparar café y traer uno para Casandra.

—No puedo creer lo que vi y sentí anoche señor Medina, es algo insólito — afirmó Casandra.

—¿Qué vio? — preguntó preocupado Medina.

Casandra comenzó a narrarle todo lo que había visto con lujo de detalle. Joel llegó con el café.

—Aquí tiene señorita, su café — dijo Joel

—Gracias — contestó Casandra quien lucía pálida y asustada.

—Joel hazme favor de empezar a pasar la lista en lo que platico con la licenciada — ordenó Medina.

—Si jefe — contestó Joel.

Se acercaba el cambio de turno y ni Medina ni Casandra terminaban de platicar.

En ese momento llegaba el custodio Mendez quien haría el relevo de Medina y también Berenice quien relevaría a Casandra.

—Jefe Medina en la habitación seis de la segunda planta de arriba no me contestan y tampoco abren, ya insistí muchas veces — afirmó Joel.

—¿Cómo que no contestan? — preguntó alarmado Medina.

—Sí, ya casi tiré la puerta y nadie me abre — contestó Joel.

—¿Me acompañas Mendez? — preguntó Medina al otro custodio que recién había llegado a cambiar el turno.

—¡Si vamos! ¡Joel trae las llaves que están en la habitación!— ordenó Mendez.

Casandra estaba absorta, no sabía que sucedía, Berenice tampoco entendía, estaba desconcertada, no podía creer lo que Casandra le contaba.

—¿Qué pasa señor Medina? —preguntó Casandra.

—No abren en la habitación seis veremos que sucede— comentó Medina.

—Subiremos con ustedes — afirmó Berenice.

—¡Mejor quédense aquí! — contestó Medina.

—¡No, iremos! acompañame Casandra — ordenó Berenice.

Al llegar al segundo nivel, corrieron un poco por el pasillo, en línea horizontal a la oficina de las psicólogas y trabajadoras sociales, ubicaron la habitación y tocaron fuertemente, nadie abría.

—Aquí es donde vi las luces — comentó Casandra a Berenice.

Medina intentó abrir con la llave varias veces y no pudo, su compañero hizo lo mismo y tampoco lo logró.

—Esta atorada por dentro — comentó Joel con preocupación.

—De acuerdo a la lista ¿quién debe estar ocupando esta habitación? — preguntó Medina.

—Abraham Rodriguez, mi compañero de estancia— contestó Joel.

—Pero ese casi ni viene, su esposa siempre lo deja plantado — comentó el otro custodio.

—Hay que pedir autorización para romper la puerta — comentó Medina.

Mendez habló por la extensión a la comandancia en donde se otorgó el permiso para romper la puerta e inmediatamente enviaron refuerzos para ver que sucedía.

La gente comenzaba a salir de su turno de visita y otro interno al que apodaban el Sharpei y que a veces ayudaba a Joel en las labores de limpieza, registraba la salida de la gente en las listas por orden de los custodios.

Patearon la puerta de madera y con tres fuertes empujones la tiraron.

El panorama dentro del pequeño cuarto era desalentador y triste, Medina, Joel, Berenice, Casandra y los custodios de refuerzo miraban consternados, a la par, el silencio de todos erigía un bloque de asombro, pesaba en el ambiente la fatalidad y el cuerpo de Abraham colgaba inerte, ahorcado de uno de los pocos barrotes que tenían las ventanas, había decidido quitarse la vida, no soportó la soledad y el avasallante mundo del encierro, la depresión, el olvido de su esposa y su familia lo orillaron a tomar la decisión de matarse, utilizó las sábanas extras que había llevado a Joel por la tarde, sábanas blancas que trasformó en una soga perfecta.

Por la tarde del día anterior hablo por teléfono con su esposa, quien le dijo que no podría asistir a la visita por que le habían cambiado su turno en el trabajo, Abraham no le reclamó, sólo le dijo que se verían después, fue cuando decidió entrar sólo a la habitación y llevar a cabo su plan.

Joel y el Sharpei prendieron una veladora afuera de la habitación seis.

Lo que vino después fue la rutina, se presentó el ministerio público y bajaron el cuerpo, se lo llevaron, salió del edificio de visita íntima cargado en una camilla, cubierto con una sábana blanca y todos los internos que estaban por donde pasaba el cuerpo se inclinaban en señal de respeto.

Medina, Joel y Casandra tuvieron que declarar ante la autoridad, ese día fue muy largo, las diligencias tardaron demasiado, mientras esperaban su turno para declarar charlaban un poco:

—No lo puedo creer, ¿en qué momento no me di cuenta que se pasó Abraham sin su esposa? — exclamó Medina mientras fumaba un cigarro.

—Eso ya es irrelevante señor Medina, no se angustie, él lo tenía planeado, aprovechó de alguna forma las circunstancias — contestó Berenice.

—Yo no sé qué pensar, todo lo que anoche sucedió en este edificio parece tan surrealista, me cuesta trabajo creer que es real— comentó Casandra.

—Yo le dije que aquí suceden cosas muy raras señorita licenciada, Medina y yo somos los que más tiempo llevamos trabajando en este edificio, dicen que cada que alguien va a morir en el área se aparecen las luces y se escuchan ruidos muy feos, yo no sé si sea coincidencia pero con esta es la tercera vez que pasa, el interno que estaba antes de mí en la comisión se fue porque decía que había visto al demonio atravesar las habitaciones, dicen que él viene por ellos, por todos los que se corbatean 1— comentó Joel.

—Si, las cosas que aquí pasan no son normales — reafirmó Medina.

—Yo me resisto a creer lo que nos has contado, no creo en nada paranormal, sólo porque lo dices tú Casandra lo analizo y no llego a nada objetivo; en fin yo los dejo, en medio de todo este caos y tristeza debo hacer mi guardia con el custodio de mi turno — agregó Berenice.

Esa noche no hubo afluencia en el edificio, rápidamente se difundió la noticia del muertito y la superstición entre la banda no se hizo esperar, se corrió la voz de que el demonio había venido a visitarlos y se había llevado el alma de Abraham, la mayoría de internos que tenían turno de intima esa noche prefirieron llamar a sus esposas y cancelar la visita, el edificio estaba vacío.

El custodio se encerró a dormir desde las nueve de la noche, Joel se retiró a la misma hora, en su estancia se hablaba con miedo de la ausencia de Abraham.

Berenice entró al edificio con bastante cansancio, angustia y una taza de café cargado en la mano, decidida a no dormir esa noche no leyó expedientes, cambió su lugar para hacer la guardia y se ubicó al lado de la puerta principal en la planta baja, encendió la radio que le había prestado Joel para escuchar algo de música, permanecía sentada en su silla cuando la luz se fué, petrificada por el miedo permaneció inmóvil pero atenta y preparada mentalmente para hacer contacto con la presencia de lo paranormal, esa noche sólo pudo distinguir afuera de la puerta de cristal como brillaba de forma súbita, una partícula de luz…

1 Aquellos que se cuelgan y mueren por asfixia.

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