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LA CLASE

Tema del mes

Luis Ramón Marín Barrera


Otredad…

En el año 2010, Haití sufrió un terremoto que afectó a la capital y zonas conurbadas, ocasionando alrededor de 400,000 muertos, 2,000,000 de desplazados y miles de viviendas colapsadas. El gobierno de México desplegó en Haití un equipo de trabajo que se encargó de la misión de asistencia humanitaria y entre ellos tuve la oportunidad de estar.

La paradoja se encuentra en conocer, quien es el otro en esta coyuntura, el Haitiano que vive diariamente en uno de los países con peores condiciones de vida del hemisferio occidental; aquel que de manera abrupta tuvo que cambiar su forma de vida, perdiendo familiares, amigos y obligado a vivir en campos de desplazados montados con tiendas de campaña; o, aquel que llegó con una cultura diferente, valores diferentes o forma de vida diferente a tratar de paliar las penurias de los 2,000,000 de pobladores sin alimentos, sin casa y sin esperanza.

Podría contar docenas de experiencias, sin embargo, por los comentarios de la clase, me permito comentar una de tantas experiencias sobre cine.

En marzo de ese año, la empresa Cinépolis, se unió a los esfuerzos del gobierno y de otras empresas con responsabilidad social y lanzó un programa que se llamó El Cine en los Campamentos. El gobierno de México transportó en buques de la armada el equipo que consistía en una planta de luz, un proyector profesional de cine, equipo de audio y sonido, y una gran pantalla inflable que permitía desplegar un auditorio al aíre libre en menos de media hora.

Este programa lo presentamos en muchos campamentos de desplazados, pero hay una experiencia que quiero compartir. La última presentación del programa la desarrollamos en el Campo de Desplazados de Juvenat, en la carretera panamericana antes de llegar a Petion Ville. En este campo de desplazados, que se ubicaba en predios de una orden católica, nos autorizaron llevar a cabo el cierre del programa.

Lo que vimos fue a 7,000 personas, viviendo en un campamento, con tiendas de campaña de 6×4 metros, en los que vivían hacinados de 24 a 30 personas. Muchos de ellos se reunían por familias, pero algunos, los que perdieron todo, se juntaban con las personas que conocían. Aquí tuve la oportunidad de conocer a un niño de 8 años máximo, que parecía ser el más alegre, líder natural y con cierta simpatía. El muchacho nos platicó que comía al menos una vez cada día (un lujo considerado el estado en que se encontraban millones de personas en Puerto Príncipe, que vivía con unos conocidos, puesto que sus papás y sus hermanos fallecieron durante el terremoto. El muchacho, a pesar de sus carencias, parecía feliz y nos pidió la oportunidad de cantar con sus amigos (tenía con un grupo de amigos un grupo musical) al final de la función. El representante de Cinépolis, accedió.

La película proyectada ese día fue “La Era del Hielo 2” , y durante la función se oían carcajadas y alegría en un campo en el que la desolación era parte del día a día. Al término de la función el muchacho y sus amigos se acercaron rápidamente a pedirnos que cumpliéramos nuestra palabra. Aún hoy, escucho la canción de “Halo” de Beyoncé y mi piel se estremece. Cinco mil personas cantando la canción de Beyonce, agradeciendo a su manera lo que hacíamos por ellos es una experiencia de vida.

Vivir en Haití me enseñó los limites del ser humano, lo que una persona es capaz de hacer por comida, por un techo, por una pieza de bolillo; pero también el agradecimiento de la gente, cuando siente que estás haciendo algo por ellos, y principalmente por sus hijos.

Al término de la función, el niño se acercó a mí, y me platicó de nuevo su situación y me pidió que me lo trajera a México. Aún hoy esa cara de desesperación me cruza y me recrimino la razón por la que no lo adopté.

¿Era yo el otro? ¿Eran ellos los otros? ¿Eran ellos otros antes de la tragedia?
No sé cual es la respuesta correcta.

Luis Ramón Marín Barrera

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