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LA CLASE


Alfredo Villegas Ortega


El México racista que nos avergüenza.

Se dice que somos una sociedad democrática, que avanzamos al primer mundo. Se habla de que la educación es un derecho fundamental y al alcance de todos. Se presume o se busca una educación de calidad. Uno de los presupuestos básicos de cualquier gobierno que realmente busque la justicia, la equidad y la elevación de los índices de desarrollo humano (IDH), debería ser la cobertura universal de la educación básica, la expansión de ésta hasta el bachillerato, así como la asignación de presupuestos necesarios para cubrir salarios profesionales de los maestros, una infraestructura adecuada, y el dinero suficiente para desarrollar la investigación educativa de las instituciones al centro y no al revés, como ha venido ocurriendo durante muchos años.

La educación al centro, como palanca, eje y fundamento para la estabilidad y el crecimiento, pero también para la justicia y la equidad.

Ahora bien, como siempre, no es solo la educación la nave que ha de llevarnos a mejor puerto. Es, tal vez, la llave principal pero no la única que nos puede abrir otras posibilidades. En una lógica estructural no tendría ni caso atenerse a la educación como la gestora o una de las gestoras del cambio. Habría que empezar por otras cosas.

Lo real es que nuestra sociedad no acaba de encontrar un rostro unificador, ni un eje articulador, ni un paradigma de desarrollo, ni nada que se parezca a algo que nos identifique, nos integre y nos conduzca por horizontes más sanos y menos hostiles.

Pareciera que no es un país, sino un archipiélago en el que no encontramos el sitio que nos identifique o nos haga sentir que el otro soy o puedo ser yo. Y no, no es un problema ontológico como tal, pero tal parece que muchos de nosotros buscamos distanciarnos de una parte de nuestra raíz. Pareciéramos avergonzarnos de nuestra sangre india. A casi 200 años de la proclamación de La Independencia nos parece importante situarnos, como en los peores momentos de La Colonia, del lado de la barbarie, la discriminación, la segregación.

Por eso digo que no sólo la educación resuelve nuestros problemas, y no sólo los económicos, sino éstos que acabo de señalar. Es un problema cultural, me parece, que nos hace situarnos del lado de los, finalmente, vencedores de la historia. El occidente y su modelo de progreso, civilización y cultura que derivó en muchas conquistas —en el sentido amplio de la palabra, con todo lo que ello significa— y que justo en esa connotación, arrastra, también, una serie de lastres de todo tipo: ambientales, económicos, sociales, políticos, etc.

Esa visión del que conquista y aplasta; viola y segrega; explota e impone; esclaviza y denigra. Esa visión que algunos mexicanos, hoy, en pleno siglo XXI, utilizan para diferenciarse de aquellos cuyos rasgos indios parecen avergonzarles. Qué pena. Qué triste que en la escuela no hayamos hecho algo, aunque no todo ahí se resuelva. Qué grave que los medios de comunicación fomenten la diferencia de una manera aberrante, porque en la diferencia está, en efecto, la posibilidad de entendernos. El problema es que la diferencia se ve como la separación y no como el elemento que debe integrarnos y respetarnos.

En estos últimos días se ha presentado un fenómeno que muestra cómo arrastramos conductas que deberían estar erradicadas y que nunca tendrían que haber arraigado. Con el revuelo y controversia que generó la película Roma de Alfonso Cuarón se evidenciaron, se potencializaron nuestras vergonzosas actitudes racistas.

A Yalitza Aparicio, personaje central del filme le empezaron a llover toda serie de epítetos que muestran cómo el trauma de la conquista aún no se supera. Al menos eso parece. En las redes sociales se desató una polémica en la que las descalificaciones desplazaban a los argumentos. Uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que después de tanto tiempo no acabemos de entender que somos una nación constituida por muchas etnias. Que afanosamente hemos intentado encontrar la identidad en ese precioso mosaico. Que en la escuela miles de maestros hemos hablado de lo que significan nuestras raíces. Pero tal parece que parte de ese mosaico es visto sólo como una muestra del folclore al que hay que destacar en los bailables, en las fotografías, como muestra de un álbum o como manifestación de ‘algo’ que hay y ocurre en México. No lo tomamos, realmente, como nuestro, nos avergüenza y nos hace sacar nuestra parte más oscura. Nos exhibe como un pueblo racista a quien, en este caso, una mujer mixteca nos confronta con parte de nuestro rostro que no queremos aceptar. Queremos ponernos afeites, tintes y cremas que nos hagan parecer como los que vencieron. Queremos ser como los que ganaron. A más de doscientos años de la Independencia, hoy muchos quieren ser como encomenderos o, peor, como hacendados. Queremos ser rubios, de ojos claros, mandar a los indios, demostrarles ‘nuestra superioridad’.

Octavio Paz, Samuel Ramos y otros pensadores mexicanos se ocuparon con solvencia por entrar a ese laberinto que nos hace ser prisioneros de nosotros mismos. No queremos o no podemos crecer porque somos incapaces de reconocer que el otro es quien me constituye. Que su rostro es el mío. Que su destino se comparte con el mío. Que no somos muchas razas, sino una sola, la humana. Pero que de la diferencia y los matices que hay entre unos y otros pobladores de las diferentes partes del mundo, debemos buscar la síntesis fundadora de lo que somos todos, por igual: seres humanos, cuya dignidad está por encima de cualquier consideración. Que la historia, más allá de vencedores y vencidos, hoy debe ser vista como la plataforma hacia la búsqueda conjunta por la igualdad, la equidad y la justicia sin ambages.

Regresando a Roma, la película, a mucha gente le molestó que Yalitza, esa hermosa mexicana —como tantas que hay en el país y que sufren la marginación, la explotación y la discriminación— pudiera encumbrarse, mientras ellos —los no indios, mestizos en su mayoría— son incapaces de encontrarle algún sentido a sus vidas. Ése puede ser uno de los meollos de las cosas. Cuánta gente ‘educada’ en los medios, en las escuelas y en los colegios, cuántos aspiracionales a ser como la chica ‘totalmente palacio’ o ‘la rubia que todos quieren’. Cuántos que quisieran haber nacido en Helsinki o en Paris y que reniegan de la parte que resultó derrotada.

Nos quejamos de cómo nos discriminan en Estados Unidos. Nos resulta una afrenta que Trump quiera poner un muro, pero cuando nuestros hermanos de Centroamérica quieren ingresar a México, somos hostiles con ellos, los menospreciamos y somos tan crueles como los sureños y la migra estadounidense con nuestros compatriotas.

Ahora que recientemente ingresaron miles de hondureños desplazados por esa civilización a la que aspiramos sin ponernos a pensar antes en ese modelo civilizatorio que ve mano de obra antes que humanidad, mercancía antes que personas, recursos antes que vida; que enseña a menospreciar y a explotar, que saquea y destruye; hay que tomar tiempo para enseñar e insistir que antes y por encima de eso debe prevalecer la fraternidad universal sin distinción del color de piel, de la condición económica o incluso nacional. Un mundo sin fronteras, con libre tránsito, con apego a los derechos humanos universales, en los que quepa la consideración, el aprecio, el trato digno. Mientras no abandonemos las actitudes miserables de odio, exclusión y discriminación no acabaremos de encontrarnos a nosotros mismos ni como nación ni mucho menos como humanidad. Es más, siempre habrá otro que creyendo en su superioridad por su condición social, étnica o económica podrá querer ponerle el pie encima a esos que hoy discriminan. Luchemos contra eso antes de que nos devoremos a nosotros mismos.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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