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Orientación educativa

Lo ético, lo estético y lo patético del Sistema Educativo Nacional

Alfredo Villegas Ortega


México, un país de analfabetos

Ser maestro y saber que ocupamos los últimos lugares en casi cualquier evaluación de los organismos internacionales en los rangos de la OCDE, es, como sea, una afrenta. Somos parte del problema, aunque, ciertamente, no el problema.

Mucho hemos discutido los maestros y otro tanto parte de los académicos nacionales, la falacia gubernamental de ponernos en el ojo del huracán al responsabilizarnos plenamente del desastre educativo. Si somos parte de la ecuación educativa, somos parte del problema y somos, también, parte de su solución. Mucho hemos argumentado y otro tanto defendido nuestra posición, justamente porque el énfasis del gobierno se ha sesgado permanentemente hacia los intereses empresariales y los dictados de los organismos internacionales que solo quieren encontrar los mecanismos para formar estudiantes adiestrados para el trabajo, funcionales, incorporados a la gran maquinaria capitalista. Argumentos más, argumentos menos (lo hemos dicho hasta el cansancio) lo real es que ocupamos vergonzosamente los últimos lugares en el escalafón educativo de la OCDE. No parece ser que podamos mejorar sustancialmente si el nuevo gobierno acaba de ratificar su vínculo con la OCDE. Debemos, pues, esperar, insistir y resistir, en su caso, hasta ver qué derrotero efectivo sigue la educación en los próximos seis años. Si se rectifica en lo fundamental el proyecto educativo, apoyaremos codo con codo al nuevo gobierno, de lo contrario seremos férreos defensores de nuestros derechos y de lo que consideramos que debe ser la ruta educativa para salir adelante como país. Al tiempo lo veremos.

Una de las cuestiones de las que, increíblemente, poco se habla para mejorar la educación, es la lectura. Se habla de proyectos, modelos, evaluaciones, reformas, formación docente, etc., pero casi nadie se ocupa de lo que debiera ser la punta de lanza para una verdadera revolución educativa, la lectura. No, en el terreno en el que debería hacerse. No desde la Secretaría de Educación Pública. Se ha hecho a partir de declaraciones y empeño del presidente, Andrés Manuel López Obrador, y desde la Dirección del Fondo de Cultura Económica, es decir, a través de Paco Ignacio Taibo II.

Toda una cruzada por la lectura nos espera, y eso, en principio, es algo que debemos celebrar. Insisto, sería mejor que fuera acompañada de un proyecto educativo, una verdadera revolución, que convirtiera las escuelas en recintos en los que se lee, se disfruta la lectura y se aprende. Quizá más adelante así sea, ojalá.

No hay mejor mecanismo para aprender que la capacidad para descifrar, traducir y significar los símbolos que nos ofrece la lectura. Quien lee, está ejercitando su intelecto, despertando su imaginación, incrementando su vocabulario, accediendo a otros mundos. La lectura debe atravesar todo proyecto educativo, todo nivel, desde la educación básica hasta los posgrados. Es increíble constatar la cantidad de analfabetos funcionales que hay en el país, incluidos licenciados, maestros y doctores. A veces, en el mejor de los casos, hay un dominio técnico, especializado pero muy lejano del terreno cultural. En todos los campos y a todos los niveles, el discurso es profusamente erudito, lejano, pedante en ocasiones y muchas veces inculto. Se domina un terreno y se desconoce lo que hay más allá del terreno profesional específico. No leemos. No leemos ni siquiera los profesionales de la educación. Eso sí es grave.

Si no se lee a nivel profesional, mucho menos a nivel básico. ¿Cuántos libros leerá un adolescente de 15—16 años? No hace falta buscar el dato, basta con acercarse a sus conversaciones (no de todos por supuesto), para ver que sus limitaciones verbales y su escaso contexto cultural los ponen en una situación de vulnerabilidad en todos los terrenos, a corto, mediano y largo plazo, desagraciadamente. Ahora es posible leer desde plataformas digitales e insumos electrónicos. Pero aun así la gente no lee, porque para llegar a leer se requiere la promoción, el espacio, el contexto. No basta tener una tablet cargada de libros si no existe la disposición, el hábito y el gusto por la lectura. Nunca es tarde para empezar a leer, pero es mejor que el gusto por la lectura se incube desde los primeros años, y por ello, es de suma importancia que la gran cruzada por la lectura tuviera su referente y aliado natural en las escuelas, y no sólo de educación básica, sino de todo tipo.

Habrá que regalar libros, venderlos baratos, abrir el espacio a escritores jóvenes, escarbar y promocionar lo que existe en editoriales cuya distribución y penetración el mercado es prácticamente inexistente. No todo es Rulfo, Fuentes, Cortázar. Pero cuánta falta hacen. Así como hace falta que legiones de escritores inéditos o poco difundidos alcancen las mentes de niños, jóvenes y población en general.
El proyecto del Fondo de Cultura Económica es más que loable, tal vez porque Taibo II es un lector, un escritor y un militante de la cultura. Qué lejano parece el proyecto de Esteban Moctezuma en la Secretaría de Educación Pública (SEP) más ligado a intereses empresariales y, por lo tanto, ajeno a mucho de lo que se vive y se requiere en las escuelas. Es una pena que el gabinete del nuevo gobierno no pueda sincronizarse en los fines más elementales. Si México ocupa los últimos lugares en el escalafón mundial en educación se debe a muchos factores de orden estructural, de los que nos hemos ocupado en otros momentos, pero no se puede ignorar que si tenemos deficiencias en la lectura, las tendremos en cualquier proceso de aprendizaje, en cualquier disciplina.

Si entendemos que cualquier dominio, disciplina o ciencia constituyen sus propios lenguajes, técnicos, especializados, cuyo acceso está permitido para quienes se dedican a ello, podremos entender, también, que hay un lenguaje antecedente, fundador, común y fuente de todos ellos, aun de los más técnicos, me refiero al lenguaje, a éste que me permite en este momento comunicar cosas con usted que me está leyendo. Si queremos afianzar, expandir, elevar, multiplicar los alcances de la lengua y por ende del conocimiento, habremos de partir, sí y sólo sí, desde la promoción de la lectura. Si logramos convertirnos en un país de lectores, tarde o temprano los frutos empezarán a recolectarse, pues transitaremos de una cultura cerrada e intolerante a una más abierta y comprensiva. De maquilar a crear, de golpear a dialogar. De resignarse a exigir con argumentos. Una sociedad que lee es una sociedad que no se deja engañar, que cumple con sus obligaciones y que exige sus derechos. Leer no nos posiciona en automático en el mundo ideal. Eso no existe, hay muchos factores estructurales, muchos muros que aún han de derribarse.

Lo que, en cambio, no puede objetarse es que la lectura sí puede ser un boleto importante para acercarse a esa tierra prometida a la que nunca llegamos. ¿Llegaremos con la lectura? No. ¿Entonces qué es lo que la hace importante? El simple hecho de empezar a pensar de otra manera, de empezar a pensar, simplemente. De encontrar que todo sitio en el que no hemos estado es un lugar al que podemos llegar si leemos. Que la lectura de un cuento, de un poema o una poesía nos lleva más lejos que cualquier avión. Que los destinos y escenarios los propone el escritor y que uno modifica el texto a partir de algo enorme; nuestra imaginación. Esa que proyecta y alimenta la lectura. Que un buen ensayo o texto académico me ayuda a repensar mi actividad profesional, mi andar en el mundo y, a la vez, saber qué es lo que se hace en otros terrenos.

Bienvenido el proyecto de lectura inscrito en la Estrategia Nacional de Cultura. Ojalá y en la SEP también pudiéramos ver alguna luz. Hasta ahora, solo declaraciones y promesas y, muchas sombras por lo que respecta a la disminución del presupuesto a las escuelas Normales, a la indefinición respecto a la contratación automática de los normalistas en las escuelas de educación básica y otros más. No soy aguafiestas, pero el tiempo me ha hecho ser cauto. En poco tiempo, por necesidad, los hechos confirmarán o desmentirán los temores o las ilusiones de muchos. Ya lo veremos.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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