Angel_de_la_independencia
Tarea

Cuentos en el muro

Eusebio Ruvalcaba


La disyuntiva

Voy conduciendo mi auto a 140 kilómetros por hora sobre Paseo de la Reforma. Según el digital del tablero, son casi las tres de la mañana. Para ser exactos, las dos 45. Estoy brutalmente alcoholizado. Le pido a Jesucristo que me proteja del alcoholímetro. Es lo único que me importa. Lo demás me vale madre. Paso volando el rojo. A lo lejos la avenida luce plena. Mortalmente iluminada para mí. Y larga. Para violarla.

De pronto descubro una patrulla. Trae la torreta encendida. Y la sirena. Se pone exactamente atrás de mí. Escucho voces amenazantes pero apenas distingo lo que dicen. Que me orille. Que disminuya la velocidad. Que me detenga. Qué sé yo.

Se me revela la oportunidad del siglo. Veo ante mí la Y entre un carril y otro. La disyuntiva. ¿Sur o norte? ¿Izquierda o derecha? Es el cruce entre Paseo de la Reforma y Periférico. Para Satélite o para Cuernavaca. La patrulla viene pegada a mis espaldas.

A la izquierda o a la derecha. Mi padre tuvo esta disyuntiva. Era funcionario en el gobierno de Calderón. En Cultura. Había gente arriba de él y gente abajo. Estaba con la derecha. Con la más hedionda y repulsiva derecha. Él mismo traía el tufo conservador. Pero de pronto las palabras del candidato a la presidencia de la oposición le dieron un giro a su vida. Lo convencieron. O lo conmovieron. No sé qué decir. Y él ya no supo qué hacer. Su pensamiento, su imaginación, todo se inclinó hacia la izquierda. La repulsa que en un momento había sentido por la izquierda, dio un viraje y se transformó. Empezó a estar de mal humor. Como diciendo qué he hecho de mi vida. Soy un pendejo. De plano ya no se hallaba. Todo le parecía insoportable. Todo le caía en la punta del estómago. Llegué a verlo vomitar. Mi madre estaba preocupadísima. Lo llevaron al médico. Estaba de mal humor las 24 horas. Como si lo persiguiera un perro rabioso. Conmigo y con mi madre se volvió áspero como una fibra metálica. Nos mandó llamar y nos dijo. Me equivoqué. Soy un hombre de izquierda. Me eché a reír. Mi madre guardó un silencio impenetrable. Voy a renunciar. Adiós a la mierda. Ha surgido en mí otro hombre. Ni modo. Así es esto. Espero que me comprendan. Si me apoyan o no, lo dejo a su criterio. Mi mamá quería decir algo. Pero se contuvo. Pasó del silencio a la complicidad. No tengo que decir que se hizo un escándalo político. Los periodistas comenzaron a asediar a mi padre. ¿Cuál era el motivo de fondo? ¿Por qué había tomado esa decisión, qué había detrás? Pero lo peor fue cuando ofreció una rueda de prensa, y soltó la sopa. Es de imaginarse el ridículo. Según me enteré, los periodistas estaban muertos de risa. Lo cabulearon. Se rieron de él en sus narices. Pero él salió muy digno. Sin voltear hacia atrás. Ni qué decir de mi madre, a quienes sus amigas, las esposas de los funcionarios, la trataron como apestada.

Faltaban menos de 200 metros para tomar una decisión. La patrulla aceleró y disminuyó la distancia. Delante de mí, a unos cuantos metros, tenía el camino. O mejor que eso, el mundo por delante. Una maniobra equívoca podría hacerme perder el control. Podría volcarme. Quebré el volante hacia la derecha. La patrulla hizo lo mismo. Pero en el último instante giré hacia la izquierda. La patrulla siguió hacia la derecha. Sostuve la velocidad. Había tomado la decisión correcta. La patrulla se amarró. Hasta donde estaba alcancé a escuchar el amarrón. Pero demasiado tarde. Los muros del paso a desnivel me devolvieron el rechinar de aquellos hules.

Eusebio Ruvalcaba
Escritor mexicano, autor de novelas como Un hilito de sangre (1991), Banquete de gusanos (2003) y Sangre de mujer (2007); y de libros de cuento: Las memorias de un liguero (1997); Amaranta o el corazón de la noche (2000); El sol le hace daño a los ancianos (2006)

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