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Tarea

Cuentos en el muro

Donovan Villegas


Osos Grizzlys

Hay una cantina en Vallejo, le dicen El Sol Naciente, y voy todos los viernes después del diplomado. ¿Por qué tomo un diplomado en educación ambiental a los 50 años? Porque me voy a divorciar. Felicidad (así se llama mi esposa, lo juro), se llevó a los niños y quiere la mitad de mi dinero. El diplomado es propedéutico para la maestría, la maestría es necesaria para ascender de nivel en carrera magisterial y ganar 750 pesos más al mes.

Sorpresivamente, el diplomado ha resultado interesante. Me inscribí porque vivo cerca de la UPN, entre el humo y el ruido de las fábricas. Me sentí tan raro al estar del otro lado, absurdo al sentarme en mi pupitre, un poco ridículo tomando notas. Un día vimos una película de Win Wenders, y yo que pensé que sólo hablarían de compostas y material didáctico. A veces hasta me quedo con ganas de más.

Prefiero pasar al Sol Naciente antes que llegar sobrio a casa. Ponen puro Reguetón pero la cerveza es barata y a estas alturas es a lo único que aspiro. Pienso en los osos grizzlys, en el tipo que se fue a vivir con ellos y en cómo se lo comieron junto a su novia. Pinche Felicidad, es como los osos, le digo al cantinero que me ignora.

Siempre supe que Felicidad iba a dejarme, sólo que por mucho tiempo se me olvidó. Íbamos en la carretera cuando rompió el silencio con su decisión inapelable: Me voy, me llevo a los niños —Dijo con algo parecido a la clemencia, como el captor que deja ir a su presa. La vi encender un cigarro, bajar la ventanilla y soltar el humo con indiferencia, vi sus ojos perderse en la tormenta que anunciaba el horizonte y comprendí que esta vez hablaba en serio, el coche succionaba líneas blancas, el radio no servía.

Hoy encendí mi celular después de una semana. Leí un mensaje de mi esposa: Paso el jueves a las 9 por la ropa de los niños. A las 7 confirmé: aquí estaré. Llegó tarde como siempre, yo la esperaba a la puerta, antes de abrir la observé un par de minutos por la mirilla, seguía bellísima, radiante como una flor al sol, en el asfalto, marchita por dentro.
—Tómate una copa conmigo al menos, de despedida.— Supliqué.

A punto de levantarse titubeó. —Está bien, por los buenos tiempos, los niños están con mi mamá —Dijo, y cruzó las piernas. —Por los buenos tiempos— Repetí confundido. Bebimos hasta que amaneció, terminamos en la cama, ella se fue mientras yo dormía.

Fui crudo a dar clases a la Preparatoria. Malditos milenials y sus voces agudas y empoderadas, se me clavaban como agujas en el cerebro. Agotado, decidí faltar al diplomado. Fue hasta llegar a casa y descubrir la cigarrera de Felicidad descansando en la mesita del pasillo que me decidí por lo contrario. No quería estar ahí, la casa apestaba a cigarro y a Felicidad. Yo le había regalado esa cigarrera, la tomé decidido a tirarla a la basura, y fue cuando lo vi.

Un papelito doblado bajo la cigarrera. Estoy enferma, es grave. No me busques. Los niños estarán bien con mamá, cuídalos. Te amo con todo mi corazón. Nos vemos del otro lado. “F” (Odiaba su nombre).

Salgo de casa. En automático camino a la UPN, cruzo la puerta, creo que alguien me saluda, que mamón, escucho a lo lejos, subo las vertiginosas escaleras, atravieso el pasillo, blanco y gélido como el invierno del norte donde los osos devoran humanos, me siento en mi pupitre, el profesor dice que escribamos un cuento, no traigo pluma ni libreta pero de todos modos hurgo en los bolsillos de mi chamarra, siento la carta doblada de un lado, y del otro la cigarrera de piel, pido lápiz y papel y me pongo a escribir esta historia.

Donovan Villegas

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