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Tarea

Cuentos en el muro

Nicanor Reyes Carrillo


El elefante que no quería caminar.

Felicidades para la revista Pálido punto de luz por seguir existiendo, frente a todo pronóstico siempre hay voces que pueden hablar y dar una opinión distinta. Muchos años más de vida por siempre. Su devenir hace que sus lectores obtengan una idea compleja y distinta de la realidad en el mundo. Saludos y un cordial abrazo.

Nicanor Reyes Carrillo.

Crear vida requiere ciertas cualidades de que carece el individuo impotente. Destruir vida requiere solo de una cualidad: el uso de la fuerza (Fromm, 1998, p.29).

En una reunión de esas en que los changos se ponen muy chismosos, se comentaron cosas muy extrañas, que las salamandras estaban robando el pescado de las grullas, que había una escases enorme de bananas, grave era la situación con la cantidad de moscas que generaban el excremento de los hipopótamos, pero de eso solamente los mosquitos se beneficiaban, también los escarabajos también estaban lucrando con el lodo, el estiércol lo hacían bola y lo intercambiaban por hormigas vivas… haaaaa que mundo tan feo estaba viviéndose en la selva.

Pero la noticia del día la daba un elefante no era cualquier elefante, de los veinte más grandes éste ocupaba el lugar doce y así le decían el señor doce, era fuerte, grande, joven, alegre. Su estanque siempre estaba lleno de agua, rodeado de vegetación por todos lados, fruta variada en su derredor, sombra, sol, viento, comida, tierra suave y fresca, recibía diariamente muchas visitas pues todos querían tener trato con él, era un animal muy querido, de su cantar barritante todos sabían, sus canciones eran conocidas hasta en los lugares más raros.

Este paquidermo era un mundo viviente, se movían entre los matorrales como una montaña, lento y pausado pero lleno de vida, las garrapatas más feas vivían cómodamente en su piel, los pájaros abejarucos le quitaban el lodo de los colmillos, así como los animalejos de su cuerpo, no era el más rico, pero si era muy feliz, según decían las urracas periodistas, era un elefante muy agraciado. Pero sucede que este elefante de un tiempo para acá se había quedado dormido, pensando que la fama y la riqueza estaban dados de por sí, sentía que como siempre había podido superarlo todo, un poco de apatía no le harían daño…

Una mañana calurosa de primavera el señor doce se acomodó dentro de su estanque, agachó sus orejas, hundió sus patas hasta adentro, dejando los ojos y la nariz por fuera, como de muertito, respirando… olvidando todo, mientras hacía su hueco en el lodo los pájaros que le hacían limpieza volaban en círculos buscando su cuerpo para higienizarlo, se desesperaron tanto que se acomodaron en los árboles cercanos comiendo lo que había, cambiaron la dieta un poco. Las garrapatas al no ser devoradas se multiplicaron, junto a ellas otros animalillos menores se acurrucaron, lentamente se metieron en las arrugas y recovecos de la piel.

Algunos caracoles y babosas se metieron y comieron adentro de sus orejas, llegaron a la trompa, boca, los mosquitos, babosas, patinadores, zapateros, libélulas y caracoles pulularon en las zonas de pelo, ha que bien estaban esas alimañas. Piojos, pulgas de agua nadaban o revoloteaban entre las patas y la panza. Se estaban acercando peligrosamente al elefante, pero como no se movía o no se rascaba, los animalillos sin temor se habían convertido en sus amigos…sus inquilinos.

Todo hubiera estado de maravilla, pues el elefante deseaba no ser molestado por nadie, así entonces pasaron dos días, después cuatro largas noches y dos semanas… al llegar al mes, eso ya estaba afectando a algunos vecinos que vivían cerca del estanque, mismos que también querían al elefante, ya que la felicidad de él les beneficiaba a ellos… y se comenzaron a preocupar.

Los ratones observaron con tristeza que al quedarse quieto el elefante, no hacía nuevos surcos, él no lo sabía pero esto ablandaba la tierra y se podía sembrar mejor y más fácil, las flores dejaron de crecer por falta de agua, cuando el elefante se movía también despejaba de maleza el estanque, las aves que antes le quitaban las alimañas ahora estaban comiendo la fruta que era de las hormigas o los pájaros pequeños, los monos vieron como los higos y las bananas disminuyeron…el estanque se estaba volviendo un caos.

El desastre del estanque se volvió una noticia que corrió como incendio en la sabana, los elefantes no lo podían creer, las aves de gran tamaño estaban decididas a buscar un espacio para ver tamaña desventura, los felinos sonreían pensando que esa presa daría mucha comida, los mandriles se alertaron mucho pues eran los dueños del banco bananero, las raciones de moscas estaban inundando el mercado, algunas cosas se encarecían y otras se abarataban, lamentablemente el agua se estaba contaminando, el olor a podrido comenzó a inundar el ambiente…hay mamacita cuanto buitre volaba chillando en torno a este lugar.

Había tristeza, desesperanza entre los animales pequeños, la desesperación cuando se vuelve costumbre también irradia ceguera, lo razonable es cuestionado y la tontería es aplaudida. De entre estos animales los elefantes pensaban muy sesudamente en una solución, ¡¡aaaah si una solución que pueda beneficiar a unos, de preferencia a ellos!!, que los pueda volver más fuertes, los elefantes avariciosos hicieron que se organizara una pequeña intriga, además de los paquidermos había un águila, un león y un gallo salvaje. Se juntaron en una cueva para ver como sacaban provecho de tal tragedia.

Al llegar a la reunión, la mayoría de los paquidermos no quisieron quedarse, pues sabían que la desgracia puede llegar a todos, que la mala yerba o el caos siempre puede crecer en cada pueblo, estanque o animal, con la desgracia no se juega y señalar sin conocer trae enemistad o más desgracia, se fueron todos los elefantes y solo uno de pequeño tamaño se animó a entrar.

El pequeño elefante dijo: oigan amigos ese dormilón me debe algunos cuantos baldes de agua, se los voy a cobrar mañana mismo haber que dice…

El águila abrió su ganchudo pico: me debe un poco de cera y de brea, realmente no es mucho pero si mañana voy contigo lo presionamos haber cuanto más puedo obtener…

El León meneó su melena, dijo secamente: antes de ir a cobrar primero necesitamos un aliado, alguien que esté siendo afectado por esa pereza, alguien desesperado, alguien que considere en peligro su vida…ese es el mejor modo de cobrar y demostrar que estamos actuando conforme a lo establecido…que nadie dude de nuestra oferta, pues nuestra demanda es justa … puede que hasta los gorilas nos apoyen.

El gallo salvaje levantó su pecho y dijo de manera rotunda: solamente falta un pretexto y le podemos quitar todo, inclusive hasta yo podría gobernar mejor ese estanque…

Todos lo miraron con asombro… ¡huuuu que gallo tan ambicioso y cicatero!

Para llevar a cabo su plan mandaron un espía, un perezoso de manos ganchudas y ojos grandes, de andar pausado y hablar cansino, de ese animalito ¿quién podría sospechar? Se fue el perezoso muy temprano, y llegó a medio día, cansado, con la boca reseca y la panza tronando de hambre, pidió a cuanto animal se encontró un poco de agua y algo de comida. Entonces se soltó la quejadera en serio…

Que si era burla,

Que no había agua para tomar,

Que en otros lados se vivía mejor,

Que ya no había comida,

Que la basura estaba inundando las madrigueras,

Que las moscas estaban pululando,

Las plantas se estaban secando,

Ya no había cera para los dientes y garras,

El sol quemaba más,

El aire sofocaba a las narices,

Que nadie dormía sin roncar,

No pues parecía el fin del mundo,

Pura queja y mala palabra de hasta de los más recatados escarabajos peloteros.

El visitante pidió solo un poco de fruta, tantita agua aunque sea tibia o con lodito, un tronquito para descansar un poco, no quería molestar, no le gustaba hacer mala obra y menos en tal situación, ya que luego se iría…para un lugar mejor. Unos ratones de grandes orejas y bigote flojo le dieron agua, también fruta, y le preguntaron de manera insistente: ¡¿Dónde estaba ese lugar mejor? El perezoso les pinto el paraíso, les mintió hasta más no poder, las orejas de los ratones estaban muy paradas y sus colas muy agitadas…que alegría escuchar esas noticias. El perezoso les dijo que en caso de quisieran mejorar, él los podía contactar con un conocido, muy amigo suyo para poder vivir mejor…o mejorar su situación actual.

Que astuto animal, los ratones se dejaron seducir, el perezoso dio una vista rápida y pensó para sus adentros —pero que tontos animalillos, con todo y todo el lugar rebozaba de riqueza, vegetación, luz, de haber sido realmente pobres no existirían tanta cantidad de fauna o flora… el agua con un poco de filtro, piedritas de río, paja y carbón, estaba muy buena y fresca-, pero un trato es un trato y ya le habían pagado con una buena madriguera llena de fruta exótica.

Llegó con el águila y le contó lo sucedido, el pacto entre ellos estaba listo, estaban prestos para cobrar y quitar todo lo que pudieran… retumbo el lugar con sonoras carcajadas… ¡que risas más oscas de esos feos animalillos intrigosos!

A cobrar se ha dicho dijeron todos…

Llegaron muy temprano, apenas se veía una lucecita en el monte por donde salía el sol, fueron lentos y con la mente puesta en la riqueza, con esa mezquindad que da la ambición, preguntaron entre los lugareños por los ratones orejudos, una hiena los divisó desde lejos, se les acercó con cautela, abrió su hocico del cual salía un vaho pestilente, ese olor peculiar a carne podrida le daba su peculiaridad, los saludo con una voz pausada, buenos días señores, escuche su plática, yo les puedo llevar con esos caballeros, les cuidare durante el camino, se echó por delante mientras los visitantes temerosos la seguían. Detenidamente los condujo hasta la madriguera luego pidió su pago. Le dieron una buena ración de carne…se fue sonriendo con los ojos llenos de ambición, dispuesta a regresar por un poco más de ese botín.

La plática entre los ratones y los ambiciosos animales fue muy rápida, les prometieron que una vez obtenida su deuda se irían y obligarían al elefante a seguir con su vida para regresar a la normalidad. Los ratones preguntaron por el pago. Ellos dijeron: solamente queremos un poco de su trabajo y ya. Mira nada más que bien, tan poquita paga para volver a tener un lugar húmedo dónde sembrar, pues claro que aceptaron, el problema es que nunca les dijeron el tiempo del trabajo ni el tipo del mismo…

Se organizó una comitiva entre los quejosos del lugar y los cobradores, al llegar al estanque, solo se veía una montaña gris-café en el centro, el zumbar de los mosquitos era abrumador, el bochorno era agobiante, nadie quería mojar sus finas pieles, ni sus lustradas pezuñas o garras. Uno de los ratones se ofreció para hablar con el elefante, al llegar a una de las orejas susurro con mucho temor…

Shhhh…shhhh oiga señor doce ¿podemos hablar con usted?…
No se escuchó nada, el ratón se subió a la panza y volvió a susurrar…Señor doce queremos hablar con usted…
Nada nuevamente, el animalillo alzó lo hombros y se aventuró a llegar al cuello… y dijo más osadamente ¡Oiga señor doce hágame caso por favor!…
Y nuevamente el silencio hizo a todos enmudecer, creyeron que estaba muerto, desde la orilla le gritaron: jálale un pelo de la barbilla o muérdele un cachete…el ratón temblaba de miedo…tomó un pelo de la barbilla y lo jaló con todas sus pequeñas fuerzas… ¡Andaaaaleee! que en un momento inesperado se escuchó un resoplido atronador que llegó hasta los más lejanos rincones de ese lugar…

¿Quién osa despertarme con tanta desfachatez, qué asunto es tan importante que me impiden descansar un poco, acaso no soy yo digno de unas vacaciones? Se levantó precipitadamente, el pequeño ratoncillo cayó dando botes en el cuerpo enorme del elefante. El Señor doce barritó y movió las orejas, enseñó los colmillos y dejó que sus enormes patas hicieran unas olas enormes, los cobradores que habían estado muy seguros temblaron hasta los huesos…ándale con esa valentía, era pura fanfarronería.

Los cobradores corrieron para evitar ser avasallados por el agua, detrás de los arbustos vieron como la enorme figura del señor doce llegó rápidamente a la orilla y prosiguió su marcha sin que nadie le dijera nada, los ratones miraban azorados a los cobradores, se sintieron avergonzados de su falta de coherencia, ahí estaba el supuesto deudor ¿Porqué no le cobraban entonces?

El águila increpaba al pequeño elefante: órale vas por tu deuda…

El elefante le decía al león: mejor tú que eres más grande,

El león dijo: en serio que ese animal no está nada mal y mi deuda la puedo cobrar después y se alejó tan rápido como pudo, lo mismo hicieron el águila y el pequeño elefante.

Sólo el gallo salvaje se mantuvo en su lugar, decidido fue a buscar al señor doce…y les dijo a los ratones…vamos compañeros esa deuda nos pertenece.

Tirado debajo de una sombra y lleno de fruta, le llegó la noticia de los cobradores, el dijo muy seriamente, aquí los espero.

Cuando al fin le dieron audiencia al cobrador, los animales se asombraron del pequeño tamaño y coraje del gallo salvaje ¿Cómo podría competir el gallo con tamaño animal? El ambicioso gallo durante el camino fue convenciendo a muchos para estar de su lado y que no se volviera a repetir ese suceso. El señor doce le escucho con calma, y después de un rato dijo: su deuda será pagada, al igual que las del león, el águila y el otro elefante… denme solamente tres días. El Gallo se sentía dueño del lugar, puso su tienda para dormir, reunió a sus traidores y les dio un poco de fruta, los demás animales los veían con extrañeza…

Al final de los tres días el gallo se sentía tan cómodo que pensó se quedaría por más tiempo, el señor doce reunió a sus más cercanos amigos para preguntar quienes eran los traidores, se organizaron y buscaron un momento para agarrarlos. No era fácil, el invitado podía crear problemas…pues el astuto gallo contrato a unos gorilas que estaban a su lado.
Dejó también varias hurracas cuenta chismes para estar vigilando cada detalle, era un gallo muy avispado y ambicioso, sabía que tenía apoyo, pero también recordaba el peligro que estaba corriendo. Se decía a sí mismo: por un poco de riqueza todo vale la pena.

El Señor doce trajo a sus más viejas tortugas para que le aconsejaran como salir de ese embrollo, las tortugas le dijeron que les permitiera hacer un sondeo de los daños reales y el tiempo de reparación, el señor doce asintió después ellas salieron tan rápido como sus cuerpos se los permitían. La espera fue larga, cansada, aburrida, sólo se veía correr a los ratones y escarabajos que salían e informaban al gallo sobre la actividad de las tortugas.

En la tarde del segundo día llegaron las tortugas con el Señor doce, y le dijeron lo siguiente:

Daño a cosechas: regular

Daño a producción de frutas y granos: mínimo.

Daño a canales y riego: mínimo.

Daño de caminos y puentes: nulo.

Daño a jardines, parques y lugares de recreo: mínimo.

Número de animales muertos por contingencia: cero.

Número de maleantes y rateros: normal…los de siempre.

Antes de que terminaran la lista se escucho una voz tenue entre los asistentes… ¿y los traidores?

Las tortugas contestaron: solamente ratones, buitres, hienas y uno que otro insecto rastrero.

El paquidermo fue al estanque, se acomodó lentamente, se quedó quieto pensando serenamente en la solución… para este trance dejó a su lado un viejo cocodrilo consejero amigo suyo que también lo fue de su padre—, el cocodrilo parecía tan calmado y quieto como un tronco, asomaba sus ojos entre la superficie y tenía la serenidad del mundo. Al final del día el reptil le dejó siete consejos para que los utilizara cuando quisiera…alejándose y desapareciendo en el oscuro río.

El Señor doce hizo que su escriba los registrara volviéndolos su guía, los consejos fueron los siguientes:

La patria es primero.

Aquello que no me mata, me hace más fuerte.

Poca política…mucha administración.

Más vale ser temido que ser amado.

Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más.

Finge estar en inferioridad de condiciones, estimula su arrogancia.

Todo arte de la guerra está basado en el engaño.

La pregunta sustancial para el señor doce fue ¿Cuál debía utilizar primero?

Fin.

Bibliografía:

  • Fromm, E. (1998) El corazón del hombre. México, Distrito Federal. Editorial Fondo de Cultura Económica. p.29

Nicanor Reyes Carrillo
Estudiante de la Maestría en Educación Ambiental, X Generación.

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