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Tarea

Cuentos en el muro

Alejandra Gabriela Meza


La mirada del padre

Emilio sólo sabía que se iban, sus padres Don Francisco y Doña Lucía les habían pedido, a sus hermanas Rosa, Leticia y Blanca y a él, guardar en unas cajas su ropa, libros y juguetes, también tenían la consigna de deshacerse de cosas poco útiles, por lo que Emilio tristemente comprendió que no podría empacar aquella rama del ahuehuete que alguna vez desgajó el viento, esa que peló, serruchó y lijó para hacerla ver como el lomo de un pequeño caballo con todo y montura.

Después de cumplir con sus deberes Emilio observa a su padre desde la puerta de la casa, Don Francisco lleva varios minutos mirando al horizonte, abraza al viejo ahuehuete donde él y sus hermanas llegaron a colgar una cuerda para jugar al caballito, hacer con ella un columpio y realizar el salto más intrépido de todos. Le llama la atención cuando su padre se inclina y coloca con tranquilidad su rodilla en el suelo para después rozar el zacate con suavidad y ternura usando tan sólo la punta de sus dedos, para finalmente incorporarse con un puñado de tierra en su mano que se acerca a la nariz y lo dejarlo caer lentamente haciendo una nube de polvo.

Don Francisco voltea al tiempo que se sacude las manos, parece no percatarse que Emilio se encuentra parado en la entrada de su hogar, su padre se encuentra absorto observando el paisaje en general: la casa, los árboles, el monte, los animales, el corral, el cerco, el pozo y más allá. A Emilio, sin embargo, no le interesa demasiado dónde fija su vista, le llama fuertemente la atención el semblante de su padre, sus gestos serios, pensativos e imperturbables, en especial observa con atención sus ojos, su mirada… La siente atenta, cariñosa, impasible, silenciosa y triste a la vez, no puede imaginar lo qué pasaba por la mente de su padre, pero su mirada fija en ese “no se qué” le transmite algo poderoso, tiene la sensación que el alma se le mueve por dentro, al mirarlo sentía incertidumbre y paz, regocijo y pesar, calma e intranquilidad, sobre todo, se llenaba de un profundo amor por su padre.

Emilio y su familia se van a la cuidad, Don Eduardo, hermano de Don Francisco los recibe en su casa, sólo por un tiempo, el necesario para recibir la respuesta e indicaciones de Don Jesús, el nuevo empleador de su padre, y con ello poder iniciar su nueva actividad, su nuevo trabajo, su nueva rutina.

Papá Pancho trabajó incansablemente en una compañía que repartía agua a las colonias que no contaban con ese líquido, Emilio nunca lo escuchó quejarse, quizá existía algo de cansancio en su voz cuando le decía a su madre, Doña Lucía, que no sabía a qué hora llegaría porque el tráfico es impredecible y él debe cumplir con los pedidos del día.

Emilio y sus tres hermanas se dedicaron al estudio, ya no era necesario aprender del oficio de su padre para ayudar, como cuando estaban el Ixtlán y le daban de comer a los animales, limpiaban lo corrales y el establo, ordeñaban las vacas o sembraban el maíz, todo esto antes de correr a la escuela. En la ciudad parecía todo más fácil, ahora era más importante llegar a la escuela y, al regresar a casa, después de estudiar y la tarea, sólo se tenían que ocupar de pequeños quehaceres domésticos como mantener sus cosas en orden, limpiar los muebles, barrer la calle, regar las plantas y obedecer las indicaciones de mamá Lucía. Aun con esa tranquilidad y buen descanso, Emilio extrañaba correr con los perros por la pradera, buscar insectos, darse un chapuzón en el río, columpiarse en el árbol y montar su gran rama.

Emilio fue creciendo y, a pesar, de no tener tanto tiempo cerca de su padre como antes, siempre disfrutó de los pocos momentos a su lado. Don Francisco, aunque serio y sereno, indudablemente recibía con cariño los momentos en familia, ocasiones en las que Emilio aprovechaba para observar con gran atención los gestos de su padre, sin embargo, ni al verlo feliz o triste, tranquilo o preocupado, sereno o agitado, no volvió a reconocer la mirada de aquella tarde a pocos días de dejar el pueblo.

Ya adulto, Emilio optó por ser veterinario, a unos meses de obtener su especialidad en ganado vacuno, decidió dejar el negocio que compartía con unos amigos en el que se encargaban principalmente de cuidar a perros y gatos, sintió que era hora de regresar a Ixtlán, sobre todo porque ahí podría dedicarse al cuidado de vacas que era lo suyo.

Al decírselo a su padre, él le sonrió, Emilio se dio cuenta que estaba complacido y que se sentía feliz, Don Francisco le habló de su pueblo, de aquellas tierras que Don Manuel su padre había heredado de sus padres, que a su vez eran herencia de sus abuelos, también le explicó todo lo que su padre enseñó del campo, algo que él, a la vez, había aprendido sus padres. En seguida le habló del corral, del monte, de la cerca, de los árboles, del viejo caballo, del pozo y después, después ya no dijo nada… se quedó absorto en sus pensamientos, observando algo a lo lejos, algo fuera de las paredes de la casa, algo que le devolvió aquella mirada que había inundado de amor el corazón de Emilio esa tarde.

Alejandra Gabriela Meza

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