6211_seguridad_en_el_metro
Tarea

Cuentos en el muro

Abraham Sapién


¡Aliviánate, güerito!

Creo que vale pena dejar esto escrito. En el metro unos policías me quitaron mi celular por un tiempo, unos minutos que se estiraron más de lo que me hubiera gustado. ¿Qué pasó? Pues, a grandes rasgos, le tomé un par de fotos a este grupo de policías en donde uno, o más bien una, de ellos era mujer. Me llamó la atención cómo venían jugando en el vagón y, de cierta manera, lo infantiles que eran. Otra vez eran unos niños o, a lo más, unos adolescentes que se iban divirtiendo juntos, en bola. Debía ser un docena en total. Vi que no llevaban pistolas, así que decidí, según yo de manera discreta, tomarles una foto. El primer resultado que obtuve no fue muy bueno.

Esperé un poco, observándolos, y me absorbió la atención la mano de uno de ellos, que quedaba justo frente a mis ojos. El puño del policía se agarraba del tubo plateado, justo frente a mi cara. Llevaba un Rolex, que no pude descifrar si era auténtico o una imitación china. Era grande, dorado, con la carátula amarilla, pinche reloj naquísimo, pero chingón. Aún siento el miedo en mis dedos, mientras escribo esto. Es una mezcla curiosa entre el rush de adrenalina, el gusto de haberme librado de los puercos y el puto miedo de no saber qué me pudo haber pasado si los pitufos me hubieran llevado con ellos. Disparé una segunda foto y ésta era la buena. En un primer plano, el puño del Rolex, saliendo por la parte derecha del cuadro fotográfico. En el segundo plano, otro hombre, chaparrito, recargado sobre la puerta a la izquierda; se podían ver sus tatuajes en el cuello, unas letras churriguerescas, el nombre de alguien que él ama cerca de donde comienzan a salir el pelo hirsuto y afeitado. En el tercer plano, la mujer policía, que se asoma sonriente por debajo del Rolex. Al final de la foto se ven las demás personas, indiferentes, yendo a distintos sitios de la ciudad.

El policía, el que estaba recargado sobre la puerta me miró, me hizo una mueca y movió los dedos de su mano derecha, indicándome que me acercara. “Enséñame el video”, me ordenó. No sé si eran machos, pero sí eran muchos como para no hacerle caso. Ahora pienso en lo que debí haber hecho, que espero me sirva para una siguiente ocasión o que sea útil para alguien que se halle en una situación similar. Debí haber borrado las fotos en cuanto me llamaron. Así, al revisar, no habría nada que pudieran usar para justificar quitarme mi teléfono. Hubieran quedado como tontos. Pero mi lentitud mental, pero sobre todo mi vanidad, no me dejó borrarlas. Yo quería tener esas fotos. Mejor aún, debí al mismo momento de tomarlas, enviarlas a alguien más y, de inmediato, borrarlas. Así no habría nada registrado conmigo, pero tendría acceso a las imagenes poco después. Así sí se la hubieran pelado. Pero no fue así, no se me ocurrió en ese momento.

Ahora, ya con la adrenalina, el pánico, o con el tiempo que deja que las aguas se calmen, los detalles de esa escena comienzan a difuminarse. Al final, de una u otra manera, tuve suerte. ¿Qué podrían haber perdido llevándome al ministerio público? Supongo que estarían en su horario de trabajo, su día no se hubiera modificado, o hasta pudo haber sido un poco más ameno. Piña, el que me dijo que me acercara, era el único de los policías que me hablaba directamente, mientras que el vagón seguía moviéndose en la entrañas de la ciudad, por debajo de las calles, de las casas y de la gente que las habitan. Insistía con que le mostrara el video. Yo tenía mi teléfono en las manos. Como estaba nervioso y mis dedos sudaban, no podía desbloquear mi pinche celular con la huella de mis dedos, así que tuve que acceder usando una clave. La puse y el acceso a toda mi información se abrió. “¡Qué pendejo soy! Ojalá Piña no haya visto bien mi código”, pensé. Entré a mi galería y ahí estaban las imágenes. No había ningún pinche video, eso sí. Así que no le quedo más que admitirlo: fotos, va, pero video, ni madres.

En la segunda foto aparecía la única mujer del escuadrón. Piña declaró que la foto mostraba un claro acoso sexual. “¡No mames, pinche chaparro!”. Traté de explicarle que el mero hecho de que salga una mujer en la foto no implica acoso sexual. Le dije, con severidad, que el acoso tiene que ver con las intenciones, y que como claramente ese no era mi propósito conciente ni inconsciente, que no se me podía imputar semejante delito. Piña dijo que era delito federal sacar fotos en el metro. Le contra argumenté que el metro es de todos, así que es como sacarse fotos en casa propia —esto no lo creía ni yo, pero tenía que defenderme igual. Nuestras palabras se convirtieron en un diálogo inútil. Le pedí que me citara bajo qué ley me pensaba detener. Obviamente no sabía cuál era el número del estatuto, ni lo conocía al pie de la letra; se inventó algo sobre el acoso sexual que había entrado en vigor desde el último jefe de gobierno. No mames, Piña, sé más creativo.

Siendo sincero conmigo, creo que en este episodio se salió ganando. Al menos puedo relatar esto desde aquí, desde la comodidad, en vez de haber echado a perder mi día en aquella ocasión, o incluso, que haya ocurrido algo mucho peor. Me imaginé en el ministerio público, incomunicado. Aún peor, que usaran mis contactos para extorsionar a mi familia, que estando ahí me robaran o que me golpearan. ¿Cómo chingados iba a contactar a alguien si todos los números que tenía estaban metidos en ese pinche aparatito? Además, la lista de fotos interminables dentro de dicho dispositivo son muy personales. Es mi memoria extendida, es como si me robaran un pedacito de cerebro, de alma, de identidad, de privacidad. No quería tener la experiencia en primera persona de ser torturado, que me pusieran chile en la nariz y lo hicieran subir a punta de agua mineral hasta asfixiarme. Todo por esa pinche foto del Rolex.

¿Qué quien soy?, me preguntó Piña. Le contesté que era filósofo y artista, a ver si los apantallaba. ¡Tómala, pinche enano! Digo, la respuesta era más o menos verdad. ¿Qué para qué quiero las fotos? No supe bien qué contestar, les dije que era para documentar, que aún no lo sabía bien, que me había parecido interesante. “¿Y a poco haces las cosas así, sin pensar?”, me reclamó Piña. “Pues sí, pendejo, a veces sí”, quería contestarle, pero no lo hice, por obvias razones. Entiendo su molestia por la foto. Pero pues también es de entenderse mi frustración, espero. No quiero, después de todo, ofender a Piña, pero en ese momento las emociones estaban a flor de piel. Traté de ser discreto al tomar la foto. La escena frente a mis ojos era hermosa y reclamaba ser capturada; yo no soy quien para negarme a las musas. Pero todo ese cuento, pensé, no los iba a convencer para dejarme ir. Pensé en una foto de Marco Antonio Cruz, que retrataba a unos policías haciendo una huelga de hambre hacia inicios de 1986, en la estación del metro Juárez, justo muy cerca de donde estábamos nosotros. Quería explicarle a Piña que no me estaba tratando de burlar de él, si no, casi, al contrario. Quería enaltecerlo al plasmar su tatuaje en el cuello, en el segundo plano de lo que se iba a convertir en la foto mexicana de año. Ese instante me comandaba que lo encapsulara para no ser olvidado.

Piña me anunció con mucha severidad que nos íbamos a bajar en metro Hidalgo y que procedería a llevarme al ministerio público a declarar. Ahí tendría un careo con la supuesta violentada. “Es que sale la cara de la oficial”, me decía. Sí, es verdad, pero eso no es acoso sexual, no me chinguen. “Pero es que ahí sale la susodicha”. Pues sí, sí aparece ella, pero ustedes también y, los más importante, el Rolex amarillo. No sean gachos oficiales, ya entendí, dejémosla ahí. Les pedí disculpas, sobre todo a ella. Y la muy desalmada comenzó a decir que “no, pues la verdad sí me siento ofendida a mi persona”. Huevos, nada más estaba diciendo eso por pura peer pressure. Piña seguía con que me iban a llevar y que nos bajaríamos en metro Hidalgo. Hagámoslo más sencillo: yo borro las fotos y ahí muere. Me comenzó a gritar y me dijo que era un necio, que ya me había explicado cinco veces, ¡cinco veces!, que me iban a llevar. Bueno, pensé, a éste no lo voy a hacer cambiar de opinión con razones ni argumentos. Con todo respecto, Piña, se ve que no estás acostumbrado a discutir con filósofos, y aún menos con artistas.

Ocurrió un cambio. Pensé, bueno, como no me van a dar mi celular —pues me lo había arrebatado Piña de las manos— tengo que avisarle a alguien me llevan medio secuestrado. “¡Tengo que llamar a mi abogado!”. Me informaron que podría comunicarme con alguien al llegar al ministerio público. ¿Qué es esto, una serie policiaca de los noventa? ¿Sólo tengo una llamada? ¿Sí se dan cuenta que ahora cada quien lleva consigo una cámara portátil que también es teléfono, agenda y acceso a la enciclopedia más grande que jamás haya existido? Pues que me pongo a pedirle a la gente que iba en el mismo vagón su teléfono, pues tenía que contactar a mi abogado y me estaban llevando a la fuerza. No estaban siendo bruscos, tengo que admitirlo. No me jalonearon, ni siquiera me tocaron. Pero sí temía que si yo ponía resistencia, entonces sí me iban esposar, madrear, o qué sé yo. Necesitaba avisar a alguien que me detenían por haber tomado dos pinches fotos: una que era malísima y otra que iba a ganar, según yo, el Pulitzer mexicano. De pronto, el ambiente cambió. No sé muy bien por qué, pero los policías cambiaron su actitud. Tal vez fue por el voy-a-llamar-a-mi-abogado. O quizás por comenzar a interactuar con la gente del vagón, pues temieron que se hiciera, ahora sí, un lío (para ellos).

Uno de los policías que hasta ahora había permanecido al margen de la situación me dijo, “pues ya, a ver, usa mi celular”. Era un tipo grande, grueso, con la nariz y la cabeza anchas. Me habló con amabilidad y sentí que en sus ojos había humor y sensatez. “Ni pedo”, pensé, “aunque sea con este teléfono llamo”. Fuck, no tengo un abogado, me acordé. Y aún si lo tuviera, necesito mi teléfono para obtener su número, ahí está mi agenda y hace mucho tiempo que dejé de memorizar los detalles de mis contactos. El único teléfono que conozco de memoria es el de mi madre, pues no ha cambiado desde que soy adolescente. Si ella me contestaba, tal vez me podría ayudar, pero podría ocurrir que el problema se hiciera más grande y, además, me iba a tener que enjaretar una tremenda regañada. Le llamé dos veces. No contestó. Imagino que no lo hizo porque era un número desconocido y ya ha recibido tantas llamadas del banco invitándola a adquirir un nuevo crédito que si no es un número que ya tenga registrado, suele optar por ignorar el zumbido del teléfono. “Me ultra lleva la chingada”, pensé, “estoy cabrones me van a torcer”. Ahora creo que, más bien, fue un golpe de suerte que no me haya contestado, pues me ahorré muchas explicaciones, estrés y un largo proceso psicológico para explicarle qué me llevó hasta esa situación. No la culpo por no haber contestado, claro.

El momento entre esperar que alguien contestara del otro lado de la línea y que no fuera así, me dio tiempo para pensar con más calma. Respiré profundo, saqué el pecho y metí el abdomen. Asumí lo que estaba pasando y traté de pensar cómo salirme de ésta, cómo ser listo, como jugar el juego, ser flexible en vez de seguir argumentando rígidamente. “Tú, Issac, eres un chingón”, traté de convencerme a mí mismo. Dejé de llamarle a los policías “oficial”, dejé de hablarles de usted. Tampoco comencé a mostrar un falso despotismo o altanería, no. Pero sí trate de recobrar seguridad en mí mismo, al fin y al cabo ya no parecía haber vuelta atrás. Dejé de insistir sobre mis derechos y, mejor, le pregunté a Piña: ¿Cómo están?

El poder de la pregunta fue increíble. Me dijo que, la verdad, estaba cansado, que era su segundo día (no entendí bien de qué); “a veces la gente usa fotos y videos para hablar mal de nosotros, decir cosas en nuestra contra y la verdad ni saben cómo está la cosa”. Pues sí, la verdad, me dije a mí mismo en voz baja y a él en voz alta. No debe ser fácil tener un trabajo en donde eres, de facto, un culero. La policía no es respetada, es, si acaso, temida. No trato de decir que no se lo merezcan, pero también me hizo entender que sus situación no era sencilla. Pronto íbamos a llegar a metro Hidalgo y aún yo no le había regresado su celular al policía. Confiscado, culero, pa’ que veas lo que se siente. No pensaba darle el suyo hasta que me dieran el mío. Así, me pareció, la situación se nivelaba un poco y me hacía sentir mucho menos desprotegido. Al menos yo también tenía algo suyo y una forma de comunicarme. Ellos eran una docena en uniforme y yo ahí solo, con mis lentes y un librito de Carlos Fuentes. Me dijo que ya le regresara su teléfono; le contesté que ahorita, que hasta podríamos hacer un cambalache: dando y dando, pajarito volando, ogete. Sonrió, aunque tampoco le causó tanta gracia; pues claro que no, les estaba cambiando el juego.

Llegamos a Hidalgo. Justo antes de llegar a la estación, sentí que algo había cambiado, la electricidad del aire había perdido voltaje. Sabía que, probablemente, me dejarían ir. Un indicio de esto fue que la policía, la supuesta ofendida por mi foto, había abogado, en voz muy baja, porque borrara las fotos y ya. “¿Ah, chinga, no que muy ofendida, que no sé qué?”. Pero en fin, más que indignado, me sentía eternamente agradecido por su sensatez. Cómo se nota que las mujeres suelen ser socialmente más ágiles. Era el pinche chaparro de Piña —perdón, Piña, pero es que me da coraje— que seguía con la intención de llevarme. Pero, más bien, era el orgullo, su puto sentimiento de que no quería que las demás personas del vagón, incluidos sus compañeros, vieran que él cedía, que cambiaba de opinión, que se doblegaba. Ya antes de bajar del metro me sentía mejor, comencé a platicar con los policías. Seguí con la actitud de “yo tengo mi abogado y toda va estar bien, verán que sólo me hicieron perder mi tiempo y también el suyo”. El metro paró, abrió sus puertas automáticas y bajé con mi escolta de policías.

Me acerqué a Piña y éste me regresó mi teléfono. Ya con aparato en mano, le di el suyo al policía amable. Entré a mi galería de imágenes, esta vez con mi huella digital para que no vieran mi código. Mi dedo, ya más calmado, estaba lo suficientemente seco como para funcionar como identificación. Les mostré la galería y cómo borraba las dos fotos que me había traído tanto qué pensar. Les declamé otra disculpa, sincera, y di una más a ella, la policía, pues el apuro en que me hallaba estaba esencialmente ligado a que ella, una mujer, apareciera en las foto que yo, un hombre, había capturado. Le dije que lo sentía mucho y a ella parecieron conmoverle mínimamente mis palabras. Piña me dio la espalda y comenzó a alejarse, al igual que el resto del convoy. Mis manos ya no escurrían, pero mi corazón seguía atravesando turbulencias. El policía que me prestó su teléfono fue el último que quedó. Al irse, se me acercó y, con una palmadita en el hombro, me susurró: aliviánate, güerito.

(20 noviembre 2018)

Abraham Sapién

Agregar comentario