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Tarea

Cuentos en el muro

Eduardo Quiroz García


El ángel de fuego

I.

Necesitamos remodelar los dormitorios, las estancias, otorgar una calidad de vida digna garantizando el respeto a los derechos básicos de las personas, ¡renovar toda zona olvidada!

Con esta profunda frase en su discurso partía plaza en el penal del poniente el recién nombrado ministro de seguridad, elegido como siempre, por el tradicional dedazo político.

Su visita marcó el inicio de un cambio en mi aspecto, remodelarían algunas de mis paredes, de mis dormitorios y estancias, por fin harían de mí una cárcel limpia…

El proyecto de remodelación fue licitado de forma transparente, pero el político ya tenía apalabrado el negocio con el despacho de arquitectos López, ellos serían los encargados de diseñar y ejecutar los trabajos donde el ministro ganaría un oneroso porcentaje de las ganancias finales.

II.

Los materiales comenzaron a ingresar rápidamente, los internos de las estancias que serían remodeladas fueron reubicados en los dormitorios vecinos en una sola noche, en la cual nadie durmió, algunos pidieron asilo con sus cuates de otras celdas y se mudaron con las pocas pertenecías que poseían, cobijas, cacharros1, parrillas eléctricas viejas, radios destartalados, ropa de color beige y de color blanco, sin faltar algunos laicos que también buscaban casa nueva.2

Moverse de cantón fue toda una odisea para la banda, echaron desmadre toda la noche, mofándose unos de otros, de su miseria; también sonreían emocionados porque sabían que les remodelarían el cantón.

En el fondo les generaba alegría saber que mis muros fríos serían reinventados, pintados de otro color, tendrían en las paredes espacio libre para escribir nuevas pendejadas; sus gritos y silbidos se escuchaban en todos los rincones del reclusorio, se rasgaba el silencio en melodías simultáneas que una fuerte lluvia acompañaba.

Afuera, en la calle sonaba el perfume de parís… “a mí la vida me trae sorpresas, con mis amigos yo comentaba, yo no buscaba un amor, yo no sabía lo que me esperaba…

—¡Esa canción está rifada! —comentó Dan, un interno de tantos que se mudaba esa noche.

III.

Una cuadrilla de sesenta albañiles externos llegaron a mi interior, jamás habían pisado una prisión y como conejos asustados caminaban por el kilómetro acompañados por los custodios que los escoltaban, la banda los veía y les gritaba “pinches putos culo les va hacer falta si no se mochan con la mona jajajaja”

Les quedaba claro que no estaban en una obra más, que se encontraban en el corazón de la cárcel.

Los trabajos comenzaron inmediatamente, se desmantelaron los tres edificios a remodelar, quitaron puertas, barrotes de metal oxidado y carcomido, las cucarachas salían por miles huyendo buscaban un cantón nuevo, se tiraron los muros carcomidos, las instalaciones eléctricas de cables podridos se retiraron completamente, se cambiaron los tubos del drenaje.

—¿Sabe que arquitecto? Es mucha chamba mi gente no se da abasto, no vamos a terminar a tiempo, en 30 días apenas estaremos terminando de desmantelar todo lo que nos falta necesitamos más macuarros, ¿pero sabe cuál es la bronca? Nadie quiere venir a trabajar aquí adentro y yo también ya me estoy rajando, la comida está re culera, los pinches custodios se pasan de tueste, nos tardan un chingo en la revisión de aduana, se ponen de mamones, dicen que no podemos pasar herramienta, ¡si aquí adentro tienen de todo y además estamos hasta la chingada! ¡bien pinche lejos!— comentó Rutilio, el encargado de la cuadrilla de trabajo.

—¡Se necesitan aproximadamente unos ciento cincuenta cabrones para remodelar los tres dormitorios en el tiempo que se prometió!— aseguró Rutilio.

—Tiene razón maestro, si contratamos a más albañiles de afuera, pagaremos lo mismo que ganan en cualquier obra en construcción más un bono de riesgo por el tipo de lugar donde estarán trabajando, mejor hay que plantearles a las autoridades del penal la posibilidad de contratar a esta bola de delincuentes huevones que están sin hacer nada, todo el día duermen, así nos olvidamos de sus pinches ocho horas de trabajo, no los damos de alta en el seguro social, trabajamos los fines de semana y con eso terminaremos la remodelación a tiempo, ¿cómo ve? —comentó el arquitecto Juarez, responsable de ejecutar los trabajos de remodelación en los dormitorios del Reclusorio Poniente.

La propuesta fué aceptada por los altos mandos y anunciada en un contexto de inclusión, de apoyo y preocupación de las autoridades para dar trabajo a los internos, con ello quedaría evidencia de su readaptación social obtenida mediante el trabajo digno.

En la puerta del área de servicios generales de un alambre viejo y oxidado colgaba un letrero improvisado en un pedazo de cartón arrugado donde se leía: “se solicitan internos”

Las filas de reclusos no se hicieron esperar, más de cuatrocientos estaban formados, había de todos los oficios para escoger, soldadores, albañiles, carpinteros, fierreros, los que hacen acabados, todos esperaban poder ser entrevistados para trabajar aunque sea como ayudantes. Pues el trabajo en el penal era escaso.

Lo único que les solicitaba como requisito era que escribieran en un cuaderno su nombre completo, el dormitorio donde estaban asignados, su causa3 y el delito por el que estaban internos.

—¿Oye Armando, tú sabes cuánto nos van a pagar estos cabrones?— preguntó el buen Dan.
—Nel Dan, aún no sabemos si nos darán chamba ojalá sí, lo que nos den de sueldo para mí será un paro, mi señora en tres meses estará dando a luz a mi tercer hijo; sus carnales, ahora que murió su mamá la sacaron de la casa, vende comidas corridas afuera del metro Ferreira para medio pagar la renta del cuarto donde viven y darles de comer a mis dos chavitos, ¿tú crees que alguien le va a comprar los putos cuadros con poliéster que hago aquí dentro? ¿O los rompecabezas? nadie se los compra, eso de que te comisionan para tener trabajo es una vil mamada, ¿de qué pinche sirve hacer todas esas chingaderas? sólo para que nos prometan algún beneficio, deberían de poner a trabajar a la banda en cosas que sean útiles para todos, donde tengamos un salario y podamos aprender cosas nuevas para que cuando salgamos podamos buscar un trabajo de verdad y no tengamos que volver a la misma mierda, robar, atracar realmente comenzar una vida diferente, pero pues así es esto y ni pedo —contestó el Armando
—¡Chale y ya vas a ser papá otra vez wey!— afirmó el Dan burlonamente.
—¡Ya ni digas!, ¿ya que le hago? por eso tengo que chingarle más duro para pagar el parto de mi “ñora”— contestó Armando.
—Si carnalito, no tienes de otra, yo quiero juntar un cambio y con lo que nos paguen estos putos a ver a donde chingados me largo, quiero irme muy lejos de aquí —contestó Dan.

Como buenos carnales caneros, se inscribieron juntos a la “_excelente_” propuesta de trabajo que les ofrecían, porque aparte de su jugosa ganancia económica y los beneficios sociales que obtendrían al percibir un sueldo de dos salarios mínimos por jornada diaria, se les crearía el antecedente en su expediente que daría indicios claros de una “readaptación social” pues el trabajo honesto, produce hombres honestos, ¿no?

IV.

La albañilesca vida que estrenaban Dan y Armando transcurría con jornadas largas y extenuantes, les abrían las estancias a las seis treinta de la mañana, media hora antes que a todos, pasaban su lista, comían algo de rancho rápidamente y se iban caminando por el kilómetro hasta llegar a los edificios que remodelaban, juntaban a toda la cuadrilla de internos, aproximadamente unos ciento cincuenta eran distribuidos en sus diferentes áreas de trabajo.

Se agrupaban por actividad, los que tiraban todo el recubrimiento del edificio, los que cambiaban las instalaciones eléctricas, los que removían el drenaje, los que acarreaban los materiales, los ayudantes, toda una colonia de gente trabajando, en movimiento, generando una sinergia poco antes vista en el penal, pocos eran ya los trabajadores externos que traía la compañía de construcción, sólo para coordinar a las cuadrillas en los diferentes frentes de trabajo.

La hora del rancho era sagrada, a la una de la tarde llegaba puntual desde el área de cocinas el carrito viejo y oxidado con los peroles y las tortillas, arrastrado por los internos que estaban comisionados en dicho lugar.

—¿A poco si les van a pagar por todo lo que están haciendo?— preguntó el chimuelo a la banda formada para recibir su ración de rancho.
—Simón — contestaron todos.
—¡Chale yo creo que se los van a chamaquear! — comentaba riendo el chimuelo.

Los silbidos no se hicieron esperar con una tormenta de mentadas de madres.

En el fondo el chimuelo quería estar trabajando en la remodelación, pues a él le pagaban aún menos que a lo que los internos constructores les habían prometido.

Después de comer reiniciaban labores, felices todos se la llevaban por la derecha, se aplicaban con gran entrega a sus actividades.

V.

Quedaban seis o siete albañiles externos que aún trabajaban aquí dentro, fueron entrando al aro de la corrupción, lograron meter al reclusorio caguamas para frenar la sensación de calor del inclemente sol, los internos se relamían los bigotes y ganas de chingar a más de uno si las tenían.

—¿Ya viste carnal?— dijo el Dan.
—Simón y uno aquí sufriendo de sed — contestó Armando.
—¿Y si los chingamos? Sugirió el Dan.
—¡Nel güey! mejor vamos a apurarnos, nos vayan a apandar — ordenó Armando.
—¡Ni pedo! — gruño Dan.

VI.

El tiempo avanzaba firme, mis paredes caían, muros nuevos me erigían, los días se esfumaban, de sol a sol los dormitorios comenzaban a lucir diferentes, la colmena trabajaba organizada en su objetivo, existía una coordinación continua, los “maistros” construían.

— ¿Qué tal mi chavo, como la vez, ta quedando chido el cantón no?—comentó Armando mientras abría una lata refresco.
— Simón se ven bien chingones, ojalá la banda los cuide ¡oye! ¿qué pedo cuando nos irán a pagar estos cabrones? nos vayan a salir a la mera hora con que no hay lana me cae que si ando picando al pinche “arqui”, total ya estoy adentro— exclamó burlonamente Dan.
— Nel wey, dicen los de gobierno que ya la siguiente semana nos van pagar lo chulo y para que podamos cobrar tiene que venir un familiar, son como dos meses lo que nos deben ¿no? — preguntó Armando.
— Si, algo así, un poco más &#8212 comentó el Dan después de que sacó su libretita de la bolsa trasera de su pantalón para ver sus anotaciones.
— Aunque el único familiar que tengo es mi mamá, ¡chale mejor que me lo den a mí! Jajaja, bueno lo que importa es que nos paguen ya — comentó riendo Dan.
— ¡Pues ojala pinche Dan porque mi hijo no tarda en nacer y necesito el billete— contestó Armando.
— ¿Y cómo sabes que será morrito?— preguntó Dan.
— ¡Pues porque ya me dijo mi señora, la semana pasada que vino me contó que le dijeron en el hospital que será niño y estoy bien felipe! — contestó sonriente Armando.
— ¡Que chingón mi Armando, me da gusto carnal te veo muy animado! — afirmó Dan.
— Si así es, por eso tengo que apurarme a buscar salir para chingarle allá afuera, buscar chamba de lo que aquí he aprendido y darle otra vida a mi familia, diferente a lo que yo pasé — comentó Armando.
— Pues yo cuando salga no sé ni que quiero hacer, pero ya quiero salir de aquí, la cárcel es el peor infierno que uno puede vivir — aseguró Dan.

Juntos caminaron a la salida del dormitorio para que los custodios los revisaran y pudieran marchar a su estancia donde cenarían un poco de rancho y café sin sabor.

VII.

La obra estaba casi lista, el trabajo quedaría concluido mucho antes de lo previsto por el respetable despacho de arquitectos y efectivamente el ¨_jugoso pago_¨ para los trabajadores estaría listo la semana siguiente.

Los gastos de ejecución fueron mínimos, los internos realizaron sus trabajaros sin equipos adecuados, sin uniformes, sin protección, así habían llegado a la fase final del proyecto.

Ese jueves se comenzó a pintar los dormitorios remodelados.

—Hay que revolver la pintura, traigan los botes que están en el patio en lo que voy por los rodillos y brochas al almacén — ordenó el cabo que lideraba la cuadrilla.
—Simón — contestó Dan.
—¿Crees que en dos días nos chinguemos toda la pintada? — preguntó Dan, mientras comenzaba a abrir los botes de pintura blanca.
—Yo creo que si nos lo chingamos — contestó Armando.

La planta de soldar se encontraba a menos de un metro de distancia de donde revolvían la pintura, la conexión tenía los cables pelados y sacaba humo por la sobrecarga de energía no contaban con una instalación especial para su funcionamiento.

Posteriormente y de forma lenta Armando y Dan abrían los botes de aguarrás para diluir la pintura, los gases acumulados en los recipientes alcanzaron una chispa de la soldadura, estallando de forma inmediata.

Dan, Armando y Juan el soldador fueron el blanco directo de aquella explosión, un ángel de fuego los envolvió y al instante los convirtió en brazas de un pequeño pedazo de infierno, donde las llamas quemaban de manera voraz la ropa, la piel y todo el cuerpo, sin tiempo, quedaron inmersos en la vorágine del inclemente huracán dantesco.

El primer recipiente alcanzó a los otros tres y la reacción en cadena magnificó la tragedia.

Sus compañeros al escuchar el estridente estallido y mirar la nebulosa de fuego arder, gritaron un colectivo ¡no mames! corriendo de forma desesperada para tratar de apagar a sus amigos que grotesca y erráticamente giraban gritando de dolor, perdiendo cada vez más su voz, su aliento, su equilibrio, hasta caer.

Se quitaron las camisolas para tratar de sofocar las llamas, corrieron por una cubeta y les aventaron agua, otro más aventó palazos de arena hasta que el fuego se extinguió.

El cabo, al mirarr la escena corrió a pedir ayuda a los custodios de la entrada, quienes a su vez pidieron ayuda al servicio médico.

Los internos comisionados en el servicio médico corrieron para llevar las dos camillas existentes y trasladar a dos de los tres cuerpos que yacían humeantes en el piso, el otro fue cargado por sus compañeros, lo tomaron de las manos y de los pies, corriendo llegaron al servicio médico de la institución, donde se pidieron tres ambulancias pues las quemaduras eran muy graves.

Las enfermeras y el médico en turno estaban perplejos, con los nervios de punta y un sentimiento de impotencia ante el terrible accidente, no podían hacer nada, la emergencia escapó de sus manos, la ambulancia que más rápido llegó al penal tardó una hora, las camillas con Armando, Dan y Juan el soldador estaban esperando en la aduana de vehículos, el recorrido de los quemados para salir del área médica al área de aduanas fue un doloroso y dramático vía crucis para todos los internos y empleados que observaban su salida pues su aspecto era lamentable, la dermis colgaba de sus brazos y destilaba gotas constantes de agua, como una capa de látex desprendida, se diluía su vida en el transcurso de que se autorizaba su salida del penal, los compañeros les daban ánimos, gritaban al personal de seguridad para que se apuraran a llevárselos, los custodios tuvieron que retirar a todos los internos del área por que se estaba armando una trifulca en apoyo a los accidentados, Juan estaba inconsciente, Armando y Dan aún hablaban un poco, pedían que les dijeran a donde los llevaban, ya no se quejaban, parecían no sentir dolor, después de veinte minutos más de trámites burocráticos por parte del personal de seguridad los paramédicos lograron subirlos en las ambulancias para ser trasladados a urgencias, donde finalmente perdieron la vida.

Mis dormitorios lucieron nuevos y radiantes, se mudaron todos los internos que habían sido desplazados para la remodelación, todos recibieron su pago en tiempo, nadie volvió a hablar más de aquella tragedia, excepto yo, en la memoria que de mí tengo.

1 Trastes viejos.

2 Ladillas.

3 Número de proceso penal.

Eduardo Quiroz García

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