6193_buho_en_libro
Tarea

Cuentos en el muro

Luis G. Hernández Fernández


Naturaleza humana

Que curiosas criaturas, los humanos.

Actúan de formas extrañas, hacen cosas sin razón específica. Y aparentemente, también hacen que otros animales se comporten de formas extrañas. Pensaba en eso mientras miraba al pequeño ratón que, nervioso, había acudido a mí en busca de sabiduría. Es sabido que los búhos somos los animales más sabios. También es sabido que comemos ratones. ¿Por qué este pequeño se exponía de este modo, solo por saciar su curiosidad?
—¿Por qué quieres saber eso?

Le pregunte serenamente.
—Es… es que yo… bueno, pues… verá, le explico…

Y, sin perder ese aire nervioso, comenzó a relatarme lo que le sucedió.

Él visitaba con frecuencia esa extraña madriguera que habían construido los humanos, a las afueras del bosque. Su tamaño y agilidad le permitían entrar y salir sin muchos inconvenientes y los humanos acumulaban algo de comida, además de que eran comunes las sobras que dejaban en esos profundos nidos negros, que son duros y usan para echar lo que no quieren. En una ocasión, quedó atrapado él y su familia en uno de esos nidos. Estaban aterrados, más en cuanto llego el humano.

En esa madriguera entraban y salían muchos humanos diferentes, pero había 3 humanos específicos que llegaban casi todos los días, poco después del amanecer, y se iban poco antes del ocaso. Y justamente fue el más grande y peludo de ellos el que descubrió a la familia ratón. Tomo el nido, lo saco de la madriguera y lo volcó. Los ratones huyeron sin dudarlo. Fue hasta más tarde que, ya descansando en su madriguera, pensaron que era muy riesgoso ir a la madriguera humana y había sido una fortuna el haber escapado. Pero uno de ellos, nuestro ratón, se preguntaba por qué el humano no los había atacado, como todos los demás lo hacían. Los humanos rara vez comían animales, o al menos nunca los veían cazar, pero siempre los agredían.

Curioso, y a la vez hambriento, regresó en otras ocasiones a la madriguera humana, procurando no abusar de su suerte y evitando ser visto por los humanos. Cada día pasaba más tiempo en la madriguera humana. Hasta que un día, su suerte cambio.

Siguiendo un olor interesante, el ratón entro en el cuero suave que los humanos usan para almacenar y transportar cosas, que se echan al lomo. Husmeaba allí, cuando el cuero se cerró. ¡Lo habían atrapado! ¡Tan confiado que estaba, que había olvidado las precauciones más elementales! Trato de salir, pero no había forma. Se agitaba inquieto, preocupado, pensando que hacer y aterrado por su destino. Sentía como el humano caminaba, lento y torpe. No supo en que comento el humano saltó y, aunque se seguía moviendo, era diferente el ritmo de su avance. Oía además ese rugido constante de esas madrigueras que usan los humanos para moverse, que son duras y brillantes, con patas redondas. ¿Iba acaso en una de ellas?

El humano saltó fuera, camino otro tanto y entro en otra “madriguera móvil” poco después. Así, cambio de ritmo de viaje, hasta que volvió a caminar. Después de un rato, el ruido de afuera se hizo menos fuerte y se oscureció un poco. Sintió como trepaba el humano, caminó otro trecho y puso el cuero suave en el suelo. ¡Era su oportunidad de huir! Pero seguía sin hallar salida. Estuvo así poco rato, hasta que el humano metió la garra en él cuero, sacó algunas cosas que usan los humanos y la cerró. En ese instante de apertura, el ratón no pudo ver mucho, pues se había ocultado, pero logro ver un pequeño hueco por el cual asomarse. Al hacerlo, se asombró; ¡Estaban en otra madriguera! Era grande y blanca. Y había muchos humanos. Estaban todos sentados en esos raros arbustos sin hojas que usan los humanos para reposar. Todos miraban al mismo lado, a otro humano que les hablaba. Debía decir cosas muy importantes, pues todos los humanos estaban muy atentos. Estaban tan concentrados, que ninguno reparo en el pequeño roedor que los observaba.

De repente, la luz se apagó. Solo una pared seguía iluminada. En esa luz, había sombras coloridas de humanos en movimiento. Ya antes había visto cosas así el ratón, en la madriguera del bosque que él conocía. Sabía que a los humanos les gustaba mirar esas sombras de colores. Podían hacerlo por mucho tiempo, como en trance. ¿Qué les veían?

El ratón las miro entonces. Eran humanos hablando, luego imágenes del bosque, luego imágenes de los desiertos de roca donde abundaban humanos. Los humanos en la madriguera se veían preocupados, algunos tristes o molestos. Se veía en las sombras como los humanos derribaban árboles y destruían cosas. Finalmente, la madriguera se iluminó por completo de nuevo. Entonces el ratón se escondió de nuevo. ¡Tonto! ¡Había perdido su oportunidad de huir!

El humano metió algo en el cuero, lo cerró y lo levanto. Y así comenzó otra travesía. Subía, bajaba, cambiaba de “madriguera móvil” y caminaba más. Al fin, llegaron a un sitio donde el humano dejo el cuero en el suelo. No lo abrió, pero el ratón podía escuchar cómo se movía por allí. Buscaba la forma de escapar cuando los olió. Perros.

Los perros no le agradaban a nadie en el bosque. Eran amigos de los humanos y habían aprendido a matar sin razón. Y allí había 3. El ratón estaba tenso, pero los perros no estaban demasiado cerca. Si no hacia ruido, podía evitar que lo encontraran.

Así pasó la noche. No se dio cuenta en qué momento se quedó dormido. Lo despertó el ruido que hacia el humano. En algún momento, tomó el cuero y saco algunas cosas. El ratón arrinconado, pensaba lo más rápido que podía buscando que hacer, cuando el cuero se cerró. Y a viajar de nuevo.

Se sorprendió el ratón de cuánto tiempo caminaban los humanos. No eran rápidos, por lo que tardaban mucho en llegar a algún lado. Al fin, lo sintió; ¡El olor del bosque! ¡Habían vuelto! Caminó el humano dentro de la madriguera a las afueras del bosque, el ratón reconocía los olores. Repentinamente, el humano abrió el cuero y ¡lo vio! ¡Tan cerca de casa lo habían descubierto! El colosal humano peludo lanzo un chillido agudo y soltó el cuero, mientras corría a toda velocidad ¡Que diferencia de su andar común! Así que este humano si podía ir más rápido…

El cuero, ya en el suelo y con el ensordecido ratón adentro, quedo allí, abierto. ¡Igual que el día anterior, cuando el tonto ratón se había metido allí! Rápido, el ratón saltó afuera y busco un lugar seguro. Conocía bien la madriguera humana, así que, de escondite en escondite, se acercó a la salida. Pero allí estaba el humano, mirándolo fijamente, desde la salida de la madriguera. ¡No de nuevo!, pensó el ratón. Esta vez no escaparía. Pero el humano, sin dejar de mirar el ratón, dio un paso a un lado y extendió su pata a un costado. Le estaba… ¿dando el paso? Era algo muy sospechoso, pero estaba a poca distancia del bosque, de su hogar. Decidido, corrió lo más apartado del humano que pudo y logro salir y regresar al bosque. ¡Lo había logrado! ¡Estaba en casa! ¡Qué alegría! Pero, ¿Qué tipo de humano era este?

Ya en su madriguera, el ratón repaso con calma su aventura. Pero lo que más le había impresionado era esa madriguera llena de humanos, mirando sombras del bosque y como era destruido. Era obvio que les perturbaba. No estaban de acuerdo en esa destrucción. ¿Era que no todos los humanos eran tan crueles, tan destructivos? ¿Había encontrado a un nuevo grupo de humanos, que no eran tan humanos? ¿Eran más animales que humanos, preocupándose por el bosque?

No podía quitarse de la mente esas preguntas. Su familia, que lo había recibido aliviada, lo reprendió severamente por exponerse, y estaban tan aliviados de que regresase, que no prestaron oídos a sus dudas. Por días, se acercó al rio negro de roca que usaban los humanos. Los veía ir y venir. La mayoría solo corría, con la mirada al frente. Unos pocos miraban el bosque al caminar. Más de uno apedreo pájaros, muchos hacían un gran escándalo y la mayoría arrancaba flores que no eran comestibles. Cerca de la madriguera humana, constató como casi todos dejaban las sobras de su comida en cualquier parte, pero no de las sobras que otros podrían comer; eran de esas duras y de mal olor, que podían matar a quien se las comiera o incluso atrapar al incauto que se acercase sin cuidado.

Concluyó que habría 3 tipos de humanos: los destructivos, los indiferentes y los no agresivos. ¿Quién podía orientarlo?

Fue así que, en algo que no logro definir si fue arriesgado o francamente loco, éste pequeño ratón acudió a mí. No fue tan tonto, pues me busco poco después de que me almorzase un conejo. Así que, satisfecho y un poco intrigado, escuché su relato y sus preguntas.

—¿Es posible que haya humanos con diferentes naturalezas?

Preguntó finalmente.

Yo sabía que cada animal tiene su naturaleza específica y aunque cada individuo tiene sus particularidades, cada especie tenía su naturaleza general y era impensable, por no decir imposible, que la alterase. Pero también había observado a los humanos por mi cuenta y las cuestiones que ahora perturbaban a nuestro amiguito no me eran nuevas. Claro, que con mi mayor sabiduría, no me habían perturbado tanto como a él. Solo había una forma en la que aprendiera el pequeño.

Como un rayo, sin que pudiera darse cuenta, lo sujete con mis garras y emprendí el vuelo. Él estaba aterrado, seguramente arrepentido de su osadía al perturbar la digestión de tan certero e ilustrado depredador. Los búhos podemos volar muy silenciosos y veloces, así que logre mi cometido sin problemas, llegando pronto a nuestro destino.

Estábamos en medio del desierto humano, donde tienen sus feas madrigueras de roca. Lo deje caer de poca altura en medio del rio negro. Estaba lleno de humanos. El ratón se paralizó de miedo, y empezó la locura. Los humanos lo descubrieron y gritaron. Varios huyeron, pero la mayoría lo perseguía con ramas, le arrojaba rocas u ordenaba a sus perros que lo matasen. El corría lo más rápido que podía, buscando escondites, pero los humanos eran feroces, brutales. Pronto estaría muerto.

Era mi intención dejarlo a su suerte, para que aprendiese lo que pudiese antes de morir. Aprendería que los humanos son crueles, asesinos despiadados, que solo cuidan a los animales que les sirven, y eso solo para comerlos al final. Solo algunos, como perros y gatos, no corrían esa suerte la mayoría de las veces. Aprendería que los humanos no son de fiar, pues se atacan y matan incluso entre ellos sin razón.

Pero mientras lo miraba huir, pensé en su aventura. Pensé en los humanos que había visto, como les molestaba la pérdida del bosque y como lo habían dejado ir aun cuando lo tenían a su merced.

¡Ah!, que irónica es la vida, pues este pequeño que corría por su vida, que había alterado su naturaleza al acudir voluntariamente ante su depredador, le había dado en que pensar a un docto y viejo búho. Y ahora, este iba a alterar su naturaleza.

Levante el vuelo y lancé un poderoso chillido. Los humanos voltearon sorprendidos y sin pensarlo se apartaron de mi camino. Me lancé hacia el horrorizado ratón y, más rápido que el pensamiento, ya estaba de vuelta en el aire con él en mis garras.

Ya de vuelta en el bosque, regresé al árbol en el que había sido incordiado por el pequeño roedor. Lo solté y, contra natura, él no escapo. Estaba muy agitado, apenas reponiéndose del susto. Nos miramos fijamente un momento.

Finalmente hablé.
—Los humanos son la muerte. Matan sin hambre, atacan sin necesidad de defenderse. Pero has encontrado a un grupo que, probablemente, sepa respetar las leyes de la naturaleza y, en lugar de disfrutar destruyendo, eso le cause molestia y disfruten cuidando lo que esta fuera de sus desiertos de polvo y roca. Tal vez, sean un tipo diferente de humanos, que sepa valorar el equilibrio natural. Pero tú, no vuelvas a tentar a la suerte y aléjate de los humanos, pues son impredecibles.

Me miró, entre confundido y agradecido, y salto al matorral, donde lo perdí de vista,

Y así, un búho dejo ir al ratón que acaba de salvar de los humanos, pues lo había hecho reflexionar sobre la verdadera naturaleza de ellos. Y ahora, no estaba tan seguro de conocerla por completo.

Los humanos, que curiosas criaturas…

Luis G. Hernández Fernández

Agregar comentario