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Tarea

Cuentos en el muro

Blanca Yannely Moctezuma Tapia


'Serendipia' para Regina

Era un 3 de abril y una voz inconsciente me pidió abrir los ojos, miré el reloj sobre el buró a lado de mi cama, eran las 6:33 am, prendí la lámpara y encontré el poema que había escrito en una servilleta la noche anterior, parecía escrito con desesperación y letra muy garaboleada, lo había titulado Contrastes en mi vida y decía algo así:

El ocaso del sol se termina, viene la puesta, se respira la frescura del rocío como regalo de la lluvia, y se percibe indeleble en mi memoria el movimiento perene de las hojas de los árboles, los rayos del sol penetran la ventana y rosan mi cara, me dan calidez y me hablan de momentos más felices y prometedores, vienen subiendo la colina, no reparo en levantarme.

Me inclino sobre la cama, abro los ojos con mucha expectativa, estupefacta… se llenan de emoción.

En seguida, el deseo y factum de un nuevo renacer, una ligera corriente de viento me rodea con palabras susurrantes todo el cuerpo, me envuelve, me sacude y me despierta dejando mis pensamientos y promesas a flor de piel.

Parecía que la noche anterior había escrito este poema para leerlo al despertar, había penetrado en cada poro de mí y me había dado un mensaje; me gritaba solemnemente vive, me inyectaba fuerza. En ese momento sentí que debía hacerle honor a mi nombre, Regina, relacionado con la sensatez y una gran fuerza de voluntad, debía encargarme de que mis días no fueran fatuos o triviales, era momento de hacer algo distinto, que mi existencia no pasará tan rápido con el aleteo de un colibrí y sin haber dejado ninguna huella positiva en el mundo. Me moría del miedo, pero recordé la voz de alguien que me había dicho que los momentos más oscuros son grandes oportunidades para crecer. Tenía poco de haber perdido a un ser muy querido, necesitaba reencontrar mi sentido. Me estire y coloque los pies firmemente en el suelo, me levante y me sentí diferente, más determinante, más segura. Me mire en el espejo y supe que estaba de vuelta, no sería fácil, pero era definitivo. Me di un baño y salí a caminar a un lago cercano, caminé por largo tiempo de manera meditativa.

Sentí la fuerza de una mirada y volteé con nerviosismo, venía caminando hacia mi uno de mis mejores amigos, mi querido André. Su papá era francés y su mamá de Atlixco Puebla, su papá se había enamorado de la cultura, la comida, las tradiciones y el folklore mexicano, había llegado a Atlixco para rodar un documental. Así que, aunque André había nacido en Francia, prefirieron radicar en el país desde que era muy pequeño. Nuestras familias compartieron algunas navidades juntas, mi madre cocina delicioso y disfrutaban mucho su comida, además todo era recién cosechado, porque mi padre tenía un rancho y ahí cultivábamos una gran variedad de alimentos. Fue en Hidalgo, lugar lleno de árboles frutales y hortalizas en el que viví mi infancia, André y yo adorábamos entrar al Temazcal un día antes de navidad. Nos habíamos conocido porque habíamos tomado una decisión en común, migrar para continuar estudiando en la ciudad de México.

Nos abrazamos con adrenalina cuando nos vimos, celebrábamos la magia de haber formado parte de algo fortuito, no nos habíamos visto en 5 años desde que terminamos aquel taller de fotografía en la preparatoria. Caminamos un rato sobre la periferia del lago y seguimos siendo afortunados, encontramos cobijo bajo la sombra de nuestro árbol predilecto, un hermoso y grande ahuehuete, lo abrazamos juntos y lo nombre como tanto nos gustaba decirle, querido viejo del agua. Comenzamos a platicar sin parar y el tiempo parecía escurrirse cual arena en las manos, pero no nos dábamos cuenta. André estaba muy contento cuando saco un papel del bolsillo de su pantalón, era una anotación, parecía importante, el texto estaba resaltado con marcador. Decía; Diplomado en Educación Ambiental, Universidad Pedagógica Nacional, me lanzo una mirada de complicidad y le respondí que sí, pero ¿Cómo se había enterado él de ese curso?

Enrique, uno de los maestros de ese diplomado era amigo de su padre, un día escucho la plática que mantenían en la terraza de su casa mientras sostenían una partida de ajedrez, decidió anotarlo y buscar información sobre ello. Enrique le había parecido un bien tipo y decía cosas muy interesantes. Casualmente, la educación ambiental era algo que ardía en mi sangre, mi única y querida hermana mayor, Lorena, cuyas palabras y acciones ahora lo sabía, habían hecho más eco en mi vida del que me hubiera dado cuenta, por muchos años se había dedicado a escribir la biografía de luchadores sociales y había hecho activismo en defensa de las tierras y de la vida. Tenía una hermana ejemplar y muy valiente. La admiro mucho y la considero una gran guía en mi vida, aunque no sé si alguna vez se lo dije.

Nos fuimos a casa, él vivía con sus padres, ya tenía planes para rentar su propio apartamento y yo ya vivía sola. La independencia y el espacio propio era algo que siempre había sido muy importante experimentar y disfrutar para mí. Sólo me acompañaba mi gato Sauvé, nombre de origen francés, lo había escogido André. Si Nancy, la maestra de Teoría pedagógica que tuvimos en la prepa lo supiera, nos asesinaría porque así se llamaba su teórico favorito. Sauvé era muy importante en mi vida, parecía entender a la perfección mis estados de ánimo, si en algún momento me notaba triste él iba a acariciarme, se subía y se paseaba de un lado a otro sobre mi teclado pareciendo que tocaba cualquier cosa para animarme.

Pasaron los días y por supuesto hicimos todo lo necesario para entrar, era el espacio que necesitaba, parecía como si existiera la serendipia en mi vida y se me presentarán señales del destino, nunca había creído en él, pero a veces las cosas que me ocurrían y la manera en la que me ocurrían me hacían dudarlo.

31 de agosto, llego el día esperado y acudimos a clases, estaba un poco nerviosa pero muy entusiasmada, nos habían dicho que los profesores eran muy buenos y apasionados en lo que hacían. Cuando llegué, André ya había entrado y no encontraba lugar para sentarme, estaba muy lleno, pensé que agradable, nuevos compañeros, nuevas oportunidades de aprender y crear. Como era habitual, mi mente comenzó a debrayarse, de repente imagine que varios de nosotros creábamos un colectivo juntos, hacíamos mil cosas, organizábamos exposiciones de pintura en cuadros, en mosaico, con body Paint, obras de teatro, conciertos con diversidad de instrumentos, funciones de cine, talleres y participábamos también como cuenta cuentos, ¡mil cosas, lo sé! Toda una utopía, pero ese escenario me decía que tal vez era posible de materializarse, siempre había querido hacer algo así, esa era mi oportunidad. Mientras observaba a todos los presentes me preguntaba quién podía ser tripulante de este barco, necesitaba personas que una vez lo abordarán no desistieran, que fueran persistentes y que de alguna manera compartieran el mismo sueño. Aliados y cómplices tan tercos como yo, y mientras seguía perdida en mis pensamientos y observando meticulosamente a todos, creí haber encontrado un aliado implacable para esa aventura, era como una corazonada, algo intuitivo, nuestras miradas se encontraron, compartimos un poco de simpatía y misterio en ellas y sonreímos. En seguida, el maestro Tonatiuh, persona que de primera vista ya me parecía muy agudo y audaz me preguntó, y usted qué opina de los distintos conceptos que acabo de exponer… Por supuesto no sabía que responder y era incomodo tener todas esas miradas sobre mí. Era mi primer día de clases y quedar como la despistada del salón… pensé, ¡trágame tierra! Ocurrió algo totalmente inédito, creí que Pachamama me había escuchado y lo estaba tomando muy en serio. No podía creerlo, sé que México es un país que se ubica en zona sísmica, pero era demasiada casualidad; sonó la alarma y salimos de prisa a ubicarnos en la zona de seguridad. Reiteradamente me abordo una idea, mi vida está llena de casualidades o causalidades, no lo sé… Respiré con alivio y dije en soliloquio ¡Oh querido Omemeteotl, cuánto me quieres!

Ahora tenía una buena pregunta, ¿cuál era el nombre de mi futuro aliado?…

Blanca Yannely Moctezuma Tapia

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