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Tarea

De pinta

Alfredo Gabriel Páramo


Una visión muy personal del grito

a “Sofía”

Eso de nacionalismo siempre me ha dado desconfianza. La historia nos muestra miles de infamias, millones de muertos, en los altares sangrientos de esos conceptos patrióticos que a veces son tan huecos.

Yo creo que la patria está donde uno ama, donde uno extraña, donde uno anhela. Yo, en estos momentos, estoy necesitado de patria. Mi país vive en guerra, no es posible negarlo, y se nos niega a los mexicanos; en  mi vida, extraño Morelos donde perdí el sol y su calor por haber dejado una hija solamente porque soy muy estúpido; añoro los umbrosos montes verdes de Oaxaca, con todo su misterio y su gente noble, terca y solidaria; me falta Zacatecas con sus tardes ventosas y los amigos que tengo por allá, me lastima terriblemente Monterrey, donde se esconde una gran porción de mi vida que tal vez se haya ido para siempre; recuerdo la helada Toluca, ida con mis primeros años como periodista, hace ya tantos, y pienso siempre en el norte de Sinaloa, donde demostré que no sabía usar un pico.

De todos esos lados extraño la comida, esa parte que también es patria. Picaditas morelenses, tacos de cabeza de Zacatepec y de chivo de Jojutla; tamales de chepil de Oaxaca, asado de pollo y empanadas de amarillo;  gorditas de harina zacatecanas y asado de boda; tostadas toluqueñas y las incomparables carnes norteñas de Sinaloa y Nuevo León. Tampoco me hallo en la Ciudad de México desde que murió mi madre y mi padre se fue al Norte.

Estoy falto, muy falto de patria. Por eso, la invitación de mi tocayo Gabriel se me hizo completamente absurda. “Estoy saliendo para el zócalo con mi hermano Jesús y mi novia. ¿Quieres venir?”

Una de las características de la semi muerte es que te da igual todo, así que acepté. Por primera vez en medio siglo fui a la celebración del grito de Independencia en el zócalo de la capital de la República, la ciudad donde nací y he vivido gran parte de ese tiempo.

Los tres son jóvenes, inteligentes y vienen de un pueblo de San Luis Potosí. Jesús me contó de las otras dos veces que ha asistido al grito. Cruzamos una oscura y lastimosa Alameda central, llena de adoquines rotos y basura, hasta llegar al centro. Decenas de policías y muchos brigadistas de servicio de seguridad en las calles. Pasamos varios filtros que fueron despojando a la mayoría de los visitantes de latas de aerosol llenas de espuma, paraguas y cualquier otro objeto que pudiera convertirse en arma.

Cuando arribamos al centro, al mítico ombligo de la Luna, nos recibió la voz norteña de un cantante. “Es Espinoza Paz”, comenté asombrándome a mí mismo por reconocerlo. Lo escuchamos con dos de esas canciones “para dar sed”,  como dice mi amiga Greta. Cuando pisamos la plancha empezó a llover. Nos hicimos de sendas capas de plástico plateado y caminamos mirando con desprecio a algunos cobardes que corrían a guarecerse en los portales. Las pantallas monumentales nos mostraban los detalles de una celebración totalmente estilo Televisa, con conductora bien-buena-onda-yo-también-soy-pueblo y conductor guapo, pero que no se quería mojar, ni cantar ni nada.

Pasaron unos videos donde vimos que ser mexicanos era único en el universo entero por el sólo hecho de ser mexicanos; que estamos orgullosos de ser mexicanos porque somos mexicanos y algunas otras delicadas tautologías. También, grupos de extranjeros nos decían que querían mucho a México y alguna estrella pop lanzó un mini-discurso “anti-gabacho”.

Después, un mariachi volvió con canciones de dar sed, o al menos a mí me dio mucha, recordando parte de la patria que no tengo. Sin embargo, los ojos brillantes de mis compañeros de viaje, las familias con niños pequeñitos primorosamente vestidos de chinas poblanas o charros, hombres y mujeres de todos los aspectos con ganas de realmente pasarla bien, me fueron haciendo pensar que, para muchos, la patria existe, es importante, porque es el lugar simbólico donde depositan todas sus esperanzas, todas sus ganas de ser.

Cantaron Maribel Guardia y Pedro Fernández, y yo empecé a sentirme parte de la celebración. Terminó Espinoza Paz con una versión bastante buena de “El Sinaloense” y toda la gente volteó hacia Palacio Nacional. No era una gran multitud, pero sí llenaba el zócalo.

Mientras veíamos fuegos artificiales, con su hermosa fugacidad, escuchamos “México, creo en ti”, de Ricardo López Méndez, lo que me pareció una idea sobresaliente, si bien yo hubiese preferido, en todo caso, “Suave Patria”, de López Velarde, pero sólo porque me gusta mucho más.

Llovía bastante y la gente se preguntaba por qué nadie se asomaba desde la ventana de Palacio, al menos como atención. Un grupo coral bastante malo, desde mi punto de vista, entonó una versión muy extraña de canciones populares mexicanas en esa forma nefasta que es el popurrí, que convierte la música en un simple relleno. Una vez más, me asombra que en todas las fiestas nacionales se canten canciones de la Revolución. ¿No hubiera sido interesante que se cantaran canciones de la época de la Independencia?

Por fin apareció el presidente. Como a mí me da igual su legitimidad o no, simplemente lo juzgo por sus acciones, las cuales me parecen en general desatinadas, no me provocó emoción particular; sin embargo, entre los concurrentes sí causó algún alboroto. Algunos, no muchos, le mentaron la madre y le silbaron; otros le aplaudieron.

Dio un grito bastante soso, regresó al interior del Palacio y todos pudimos observar que saludaba a la bandera poniéndose la mano en la frente, como si fuera un militar. Hasta donde sé, y confieso que puedo estar equivocado, ese saludo corresponde a un soldado con gorra puesta, no a un civil descubierto. Bueno, pero también sabemos que al presidente le fascina jugar a los soldaditos.

Tocaron el himno nacional y, pese a la lluvia, me descubrí para escucharlo por dos cosas: a mi mamá le hubiera gustado que lo hiciera y mi tocayo se quitó su sombrero negro. No se rinde homenaje al símbolo, sino a lo que representa.

Más fuegos pirotécnicos y después nos fuimos. La fiesta siguió en muchos lados, mientras nosotros caminamos empapados hacia afuera del centro. Por Bellas Artes comimos tortas de salchicha, pan y atole. La compañía y el calor reconfortante que da esa bebida me hicieron sentir con un poquito de patria en mi corazón.

Me alegré mucho de haber aceptado la invitación.

19/IX/2011

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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