Freddie_mercury
Usos múltiples

Mentes peligrosas

Alfredo Villegas Ortega


God save Freddie Mercury

Bohemian Rhapsody (Singer, 2018), con Rami Malek, Adam Rauf, Gwilyn Lee, Ben Hardy, Joseph Mazzello, Lucy Boynton, es una película acerca de la vida de Freddie Mercury cantante de una de las bandas icónicas del rock del siglo XX, debería decir, de siempre. ¿De qué están hechos los héroes? ¿Qué marca a Freddie Mercury para ser considerado, por muchos, como el mejor cantante de rock? ¿O es pop, glam, hard rock? ¿Importa la etiqueta? ¿Importa saber si es el mejor cantante o simplemente la voz más educada, portentosa de uno u otro género? 

Asistir a Bohemian Rhapsody es, en mi caso y tal vez de miles, asistir al encuentro con la nostalgia, es degustar la buena música que compuso la Reina inmortal. Bohemian Rhapsody, es casi un concierto con tintes documentales. Que en la producción ejecutiva estén Taylor y May ayuda mucho en ese sentido. Si no te gusta la música, si no te gusta el pop, el rock o no te atrae Queen, puede ser que salgas decepcionado. Si esperas un poco más de la verdadera intimidad de Freddie, también es probable que la película no corresponda a tus expectativas. 
Queen, no forma parte de mis grupos principales, no está entre mis diez favoritos, pero no obsta para que no reconozca que son una de las mejores bandas de la historia ni, tampoco, que no me gusten: me encantan. Me explico. Cuando Queen surge, los escucho, compro sus discos, canto sus canciones, pero no me hago fan de lleno porque mi búsqueda musical de entonces aspiraba al barroquismo y exquisitez del rock progresivo. Queen, así, aparecía para mí, como un grupo que tenía un gran cantante, un excelso guitarrista (Brian May) y una buena base rítmica con John Deacon en el bajo y con Roger Taylor en la batería. 

Gradualmente, empecé a escucharlos con mayor detenimiento y descubrí que si bien la voz de Mercury y la guitarra de May sostenían las melodías, sus grandes arreglos vocales en los que eventualmente participaban Deacon, May y Taylor, daban como resultado un grupo fuera de serie en el que Freddie era el estelar.
De Queen, recuerdo en 1980, que estaba yo en un mall de Laredo, cuando escuché un sintetizador que inundaba el piso del centro comercial. Caminé intrigado hasta la tienda de discos y descubrí que se trataba de Play the game, canción que abre el elepé The Game. De inmediato lo compré y logré pasar la aduana de regreso con el vinil intacto, mismo que devoré con placer a mi regreso a chilangolandia. Era un Queen distinto, pero muy interesante también. Tenía yo, entonces, 23 años. Los discos que más aprecio de la banda inglesa son: A night at the Opera, A day in the races, Innuendo y el propio The Game. No soy el mejor fan de ellos, pero vaya que me gustan.

Volviendo a la película, debo decir que me cuesta trabajo hablar de su calidad como tal, porque cuando escuchaba las canciones y veía la frescura, honestidad y en momentos hasta las poses de divo de Mercury, sencillamente, mi emoción le ganó a la razón. Mi comentario, más que crítica está contaminado hasta los huesos. ¿Qué cosa más importante hace la música en nuestro cerebro y emociones cuando entra por nuestros oídos? La música, aun las más cerebrales o frías en apariencia, despiertan muchas emociones en quienes las escuchan. 

Mucho de lo que vemos en la película son cosas que ya sabíamos. En ese sentido, es poco lo que nos aporta. Además, cuando se trata de un grupo y un cantante de tales envergaduras tal vez uno quisiera más. Creo que esa pudiera ser una de las deudas de la misma. No para mí, insisto, porque amo la música, me encanta Queen y pude disfrutar de un gran sonido (en parte original).

No entro en detalles de la meteórica carrera de Mercury, porque muchos de ustedes lo saben. Se trata de una leyenda musical del siglo XX. Es más que conocida su vida, su amor por Mary, su homosexualidad, su enfermedad, su ruptura y reencuentro con su banda, su familia.

Les cuento, por ejemplo, de su familia conservadora, la que, a pesar de esto, nunca rompió con él sino lo entendió y se sintió orgullosa de Freddie. Les digo, además, que recuperan su participación en Live Aid de 1985, donde Freddie la rompe a tal grado, que es una de las escenas memorables del concierto y de la historia del rock. Lo saben: esa comunicación que tenía con el público lo hacía único, inmortal. Añado, también la construcción, edición y producción de la canción que da nombre al film: Bohemian Rhapsody. Genial la conjunción de voces. Canción célebre del rock.

Su vida fue breve, como la de tantos personajes enormes, no sólo en la música. The show must go on, Freddie; tu vida no acabó con tu último suspiro. Los grandes nunca mueren, algunos, incluso, siguen cantando forever and ever…

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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