Presentacion_dos_libros
Re-creo


Alfredo Villegas Ortega


Ven a mi pobre cabaña. Historia de una gran familia.

Leer una historia de una familia que uno no conoce, y que no pertenece a aquellas de la clase política, intelectual o famosa por algún motivo, puede parecer, en principio, una tarea ardua que uno debe cumplir. No fue así, para mi fortuna. Lo que, en principio, fue cumplir con un compromiso, al cabo de unas cuantas páginas, se convirtió en un verdadero deleite. La prosa íntima y maravillosa de David Hernández Labastida me atrapó y transité, de inmediato, de la obligación al placer; es decir, pude disfrutar la lectura y al hacerlo encontré maravillado a una familia singular a la que parece que conociera desde mucho tiempo atrás.

Recordé algunas charlas con Armando Meixueiro, y entonces supe que la vena narrativa, culta e interesante le venía de familia, como también le viene ese amor profundo por su familia como muchas veces lo he podido constatar.

Ven a mi pobre cabaña, es un texto, pues, que recupera la historia, parte de la historia, de la familia Hernández Labastida. Al hacerlo, David nos lleva con la magia de su memoria y la de sus familiares a recorrer parte de la geografía de Ciudad de México y también de nuestra hermosa república.

El recorrido es muy interesante: de Mazatlán a la Condesa, Tacubaya, Palomas, Santa María. No los estoy mencionando en orden sino como vienen a mi memoria. Los cines chilangos: El Roxy, El Rívoli, El Lux, el Ópera, el Cosmos. Los teatros y cabarets.

En esa línea, David el hijo menor de La Nena y el Coty, se apoya en sus recuerdos y en los de otros familiares para hacer un espléndido retrato de una familia católica, amorosa, firme, solidaria, luchona, brillante. La luz de la familia Hernández Labastida se manifiesta en la honradez a toda prueba de Coty, su padre quien le dijo que ésa, la honradez era el legado que dejaba a su familia.

En el magnífico relato uno puede posicionarse en ese México hermoso del siglo pasado, los viajes de mosquita en los tranvías, el tochito y el futbol, las peleas callejeras. La figura de los padres, la autoridad moral y física de los hermanos mayores de David. Las hermosas figuras femeninas de sus hermanas. Las fiestas, la celebración. La familia mexicana dibujada con cuidado, con pasión, con apego. Escribir para no morir, para permanecer unidos, para traer de vuelta a los que reposan en otro ámbito. Así de maravillosa es la lección, porque, aun sin pretenderlo, lo que hace David Hernández es una pedagogía del amor filial: nos invita a voltear a la familia, a valorar su enorme importancia. Hoy, en este mundo convulso, sin apegos, en el que lo importante es el éxito, el dinero y la fama a toda costa, pensar en la familia, en los vínculos profundos que nos brinda, es una necesidad inaplazable si queremos perpetuar los lazos, la identidad y la fuerza. Leer este libro es, de pronto, confrontarse con la propia familia y revisar qué tanto abonamos a su conformación e integración. No importa que seamos diferentes a los Hernández Labastida, que sin duda lo somos, pero que nos reconozcamos en los rasgos que debieran ser esenciales: amor, solidaridad, disciplina, alegría, integración, fuerza conjunta.

A mí, me encantó cómo dibuja a cada uno de los personajes familiares y aun a los agregados. Cuando uno ‘escucha’ a Ramón reconoce a ese otro personaje que, de pronto, escribe con la pluma de David. Y encuentra al hermano fuerte, entrañable, ocurrente, valiente y, también, enamorado de su familia y de la vida. Qué decir de Miguel y su rectitud, acaso un rasgo heredado de Coty. Y lo mismo de Soco, Lupe, Carmela… y tantos más.

Tantos más que se van apareciendo y desapareciendo. La forma de narrar la muerte que tiene David es impresionante, me cautivó, porque no es la apología del dolor de aquellos que refiere en su trance final, sino la muestra de cómo hasta el último aliento es posible enfrentar la vida con dignidad y con una profunda resignación y fortaleza cristianas.

Me conmovió, me hizo reír, me transportó en el tiempo y en el espacio geográfico, me llenó de nostalgia, me hizo pensar. ¿Qué más podemos pedirle a un texto?

Una de las cosas que más quiero en este mundo es mi familia. Sin ella no existo, no soy, no trasciendo. Esa es otra de las lecciones: para trascender hay que ocuparse de las pequeñas cosas que la vida nos ofrece y de las enseñanzas de la familia. De ella recibimos las primeras clases de moral, de autoridad, de amor, de entereza. Sin ella, seríamos como lobos solitarios, vagando sin rumbo, dispuestos a saciar puros instintos primarios. Y no, no es que el libro esté construido como un prototipo de la familia, de la moral y de las buenas costumbres. No, está narrado con la verdad, con los problemas, con las travesuras y las transgresiones, así como con las buenas acciones que la constituyeron. Como la vida misma, como tantas otras familias, la familia Hernández Labastida encontró un camino, forjó su propio destino. Sin querer nos deja una hermosa oportunidad para reflexionar, para vernos en ella —en algunos rasgos, claro— para recuperar o fortalecer nuestra propia familia. Nos deja un reto: hay que escribir sobre nuestras familias.

A David le tocó ser el portavoz de la familia. Así es la vida y así asumió ese reto y lo cumplió con solvencia y estilo. No es fácil.

Gracias, David, Gracias familia Hernández Labastida. Hoy puedo decir que los conozco un poco y celebro que mediante la tradición oral, y ahora escrita, pervivan en la memoria por muchos años más.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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