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Deserciones

Manual de Perplejos

Alfredo Gabriel Páramo


Réquiem en Chapultepec: Un lindo domingo proletario

I

Mediodía en un Chapultepec lleno de gente, de turistas pobretones, de mexicanos de la ciudad y de otras partes un poco más pobres, de personas que se paran en los puestos de unas tortas extrañísimas, y baratas, con milanesas, jamones y quesos de puerco que no se pueden ver en ningún otro lado; de “tlayudas” que en nada se parecen a las oaxaqueñas, sino que están preparadas con unas muy chilangas tostadas grandotas y ovaladas, con una embarradita de frijoles y otra menor de nopales con cebolla y cilantro, pero eso sí, con muchísima salsa, roja o verde, extrapicante, muy del gusto del capitalino de cepa.

Chapultepec con gente contenta y colorida, que camina en familias grandotas, donde caben los amigos, los novios y novias, las vecinas, incluso, gente que a veces se pega y no queda muy claro qué relación tiene con el grupo; Chapultepec de gente que se detiene embobada a mirar a los Voladores de Papantla, que de toma fotos en las que salga el Tláloc o en las cursis alas de metal del camellón de Paseo de la Reforma. Gente que se anima a entrar al Museo de Antropología, “al fin que es gratis” y hay que hacer honor a esa enseñanza de generaciones que han sobrevivido a crisis sobre crisis de que si nos las regalan, hasta las puñaladas (y las mentadas) son bienvenidas.

Y allá vamos también nosotros, que somos testigos, pero también somos pertenecemos a ese pueblo que —si hemos de creer a los medios de comunicación— solo se asume como comunidad en los desmadres, en el futbol y en los desastres debidamente transmitidos por alguno de los canales de las estrellas, pero que en realidad camina solidario y atento a la señora que ya está cansada, a la chamaquita que ya tiró su suéter, al viejito que anda un poco perdido y cualquiera le echan la mano sin esperar nada a cambio. Vamos juntos con bebés y señores panzones, todos cargados de mochilas, pelotas, chamarras, biberones, juguetes y refrescos, de gente con ganas de distraerse, de hacer un poco el ridículo. Vamos, claro, en un Chapultepec bonito, para guardar para siempre la memoria de un domingo proletario.

II

Hacemos cola para entrar al Museo, animados por el sonido local para entrar recordándonos que uno de los mejores del mundo es gratis ese día; hacemos cola para guardar los bultos en la paquetería, pero asombrosamente no tardamos mucho y encargados y policías son amables, serviciales y eficientes. En realidad, no perdemos mucho tiempo y entramos; vemos que la fuente del patio está apagada, suponemos, para no mojar los puestos de la Feria del Libro de Antropología, pero nosotros vamos apresurados, ya regresaremos a ver libros carísimos Gedisa-Unam o ediciones muy baratas de la Ibero y de muchas editoriales pequeñas. Queremos llegar al concierto “Encanto sonoro de la muerte” que presentan la Orquesta Sinfónica de la UACM, el Ensamble Coral y el coro de la compañía Vocem Luminae. El simple hecho que una universidad pública, popular, tenga ganas de invertir en una orquesta es un portento; de hecho, solo esas universidades lo hacen en México, suficiente para callarle la boca a más de un crítico.

En una de las escalinatas que llevan al jardín que rodea al museo acondicionaron un escenario para orquesta y cantantes. La gente va llegando y se acomoda en los escalones, algunas personas alcanzan cojines, a pesar de que unas señoras se agandallan dos o tres para evitar lastimarse el trasero. Suena el Réquiem del pequeño Wolfie, que ese gigante Mozart que no alcanzó a finalizar. La interpretación es no simplemente digna, sino incluso portentosa, y va atrapando a la gente que conoce poco de etiquetas de alta cultura. Muchos llegan cuando ya empezó la interpretación, otros cuchichean o se distraen con el celular, bastantes comen; pero la música, las voces del coro, van dominando el ambiente y el señor de chalequito sobre la chamarra de pants, la estudiante con granos y camiseta de Sex Pistols, niños y niñas de primaria, incluso algunos bebés, van quedándose inmersos en la interpretación de la obra compuesta tal vez con motivo de la muerte, pero de una belleza que nos llena de vida.

Un papá de familia, joven, pero mandoncito, seguramente imbuido de la noción de que el-jefe-de-la-casa decide qué hacer, decide que fue suficiente y arrea a su familia lejos de la música antes de que termine el fraseo de exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet y la hijita de la familia, como de ocho años, chamarra rosa y antenas de mariposa, lo mira desolada, porque a ella sí le está gustando y la obra apenas está empezando, y mira a su padre con compasión, con lástima, cuando el sabihondo señorcito todavía dice: “¿ya vieron? No todo es reguetón”.

III

Esta presentación es una celebración proletaria en la que la Orquesta Sinfónica de la UACM está devolviendo al pueblo lo que siempre ha debido ser suyo, la pasión por la belleza, por ese arte que abre los ojos, porque no se trata de que todos los participantes se vuelvan “cultos” de manualito —qué horror— ni que contra lo que dijo el papá mandón, que la gente desprecie de oficio el reguetón, la salsa, el son o los mariachis. De lo que se trata es que la gente se libere, que se abran las mentes, que se percaten de que hay un mundo muy grande fuera de la televisión y de los mandatos del pop.

Tampoco importa si los asistentes no se dedican a la música y prefieren el cine, la literatura o los videojuegos. Lo que importa, lo que hacen estos conciertos proletarios, repito, es liberar la mente, sirven como antídotos ante los contenidos mediáticos que nos han venido envenenando durante tanto tiempo y que se han vuelto la norma.

La Sinfónica de la UACM terminó la interpretación del Réquiem en la “Lacrimosa”, donde la muerte derribó a Wolfgang Amadeus. El programa incluyó Guendanabani (cantada en zapoteco), Chiba’uj (en maya), y el Huapango, de José Pablo Moncayo, como encore interpretaron el Danzón No. 2, del mexicano Arturo Márquez. Fuimos dejando el lugar para ver los libros algunos, para deambular por el museo otros. Almorzamos tamales colorados guatemaltecos, que me recordaron a mi abuela Carmen, con café, junto a la recreación del humedal místico al que llegaron los mexicas, con todo y juncos, ajolotes y peces.

Luego vimos los libros, pero esas ya son otras historias.

Alfredo Gabriel Páramo
Profesor, periodista, escritor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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