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Usos múltiples


David Hernández Labastida


Presentación del libro Un día en la vida de Alfredo Villegas

Cómo recuperar, sin menoscabo de cierto nostálgico rubor, la memoria de aquellos tranvías amarillos que con boletos de treinta y cinco centavos nos permitían viajar y sentir en aquel citadino paseo “cómo alucina un niño”, diría Serrat, o bajo qué poderosa infusión podemos “volver a ver pletórico el autódromo de la ciudad sólo al conjuro de los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez, aquellos adolescentes bravíos que contendieron gallardamente contra los mejores corredores de la Fórmula uno, o Moisés Solana, otro espléndido piloto”.

Con éstas vigorosas imágenes, Alfredo Villegas, Fello, empieza a trazar el itinerario de “Un día en la vida: andanzas y sueños desde el barrio” que nos conducirá a insólitos destinos. Gracias a una extraña necesidad de hurgar en las catacumbas de su intimidad, de nuestra intimidad, el autor se atreve a reanimar sin pudor, entre otros personajes, a Cassius Clay, el mejor boxeador de peso completo que haya pisado los cuadriláteros, quien a mediados de los años sesenta se convierte al Islam y toma el nombre de Mohamed Alí para negarse, dado que es musulmán, a pelear en Vietnam. Y luego nos muestra a Michael Jordan, aquel basquetbolista que burlaba no sólo a un montón de contrarios sino a la misma Ley de la Gravedad para suspenderse en el aire por instantes eternos y así volando llegar al tablero y encestar la pelota, una y otra vez, ante la impotencia de sus adversarios. También se agradece al autor que recree a Marilyn Monroe, la mujer más sensual de la cinematografía.

Parecería un rasgo sádico de Fello insistir en la influencia de los sesenta, aquella década preñada de extraordinarios seres humanos donde, entre otros muchos, nos hizo evocar a los tan vigentes Beatles, hoy únicamente con los sobrevivientes John y Ringo; los Rolling Stones, con los que aún podemos ver brincotear por el escenario a Mike Jaguer, a tan respetable edad, en cada rola que interpreta; Bob Dylan, el autor, interprete y poeta, ganador del Premio Nobel de literatura 2016 que, en principio, desdeñó, o Celio González, el sin igual cantante de la Sonora Matancera que llegó de Cuba a finales de los cincuenta para quedarse con nosotros hasta su muerte en 2004, aunque todavía le alcanzó para asistir al sepelio de Celia Cruz, su amiga y compañera de la Matancera.

Pero Alfredo invoca a otros héroes que albergó esa década; como Pelé; ese portento que a sus 17 debuta en el mundial de 1958, anota seis goles, dos en la final contra el anfitrión Suecia, y con ello impulsa a Brasil a lograr el campeonato; el mago Maradona, acarreando por la vida la vergonzante “mano divina” que doblegó a los británicos, sus odiados rivales; o bien, Rubén Olivares, aquel esteta que llegaba al ring después de fieras parrandas para poner fuera de combate a sus contrincantes luego de dejarles el rostro tumefacto. Caso que nos hacen evocar a Luis Pirata de la Fuente, singular futbolista veracruzano hijo de españoles, que jugó en una época anterior, por lo que no fue requerido para este compendio. Debutó en diciembre de 1932 con el Club España. Dos semanas después registra su primer gol en el futbol profesional y al año, le encaja cuatro al Atlante en un partido. Convocado a la selección, el Pirata permanece ahí diez y seis años. Juega en el extranjero para equipos de España, Paraguay y Argentina. Pero atención: a sus veinte años y medio, con el Racing de Santander, le hace un tremendo gol al Real Madrid después de burlar a varios jugadores. Según la prensa local, el portero del Madrid Ricardo “el Divino” Zamora, se desgañitaba gritando a sus defensores “Detened al chaval”. Pero no lo detuvo el Madrid ni otros equipos, pues El Pirata evita el descenso de su equipo a segunda división anotando el gol del triunfo ante la Real Sociedad, y también sus goles salvan del descenso al argentino Vélez Sarsfield. En México fue campeón de liga 5 veces y en 2 ocasiones de Copas México con El España, Marte, América y Veracruz. Cuentan que hubo domingos que fue necesario cargarlo desde el bar hasta el estadio y ayudarle a uniformarse para que, así, en esa condición, le regalara a la afición jarocha cuando menos dos goles por partido. Gracias a sus hazañas, el estadio en Veracruz lleva hoy su nombre.

Bien. Acusaba yo a Fello de un poco de sadismo, porque ante su exposición, el lector sufre la distancia temporal de aquellos personajes legendarios y, claro, de la música que subyugó nuestra emoción. Pero no es tan así, porque al final resulta ser un regalo evocar, por ejemplo, Here comes the sun, imagine, Hey Jude, a cargo de Los Beatles; o algunas interpretadas por los Stones como As tears go by, Satisfaction, Simpathy for the devil, Dylan diciendo Mr Tambouring man, Blowin in the wind, It aint me, babe, o a Celio cantando desde la profundidad de su alma cubana Intruso corazón, Total, Vendaval sin rumbo.

Y la tragedia, la masacre del 68, ese dolor que al cabo de cincuenta años no termina de sanar y por el que seguiremos guardando eternos días de silencio.

Caramba. En esta singular mezcla de recuerdos agridulces, un dato parece dar luz a la intención del autor. Cito:

“Me posiciono desde mi mente –como hace cuarenta, cuarenta y cinco años– al lado de mis padres, mis hermanos, mi abuela. Veo y escucho al organillero, está tocando Viva mi desgracia mientras hacemos cola para entrar o cuando vamos saliendo (del Teatro Blanquita). Observo la antigua avenida San Juan de Letrán. Ahí van los camiones verdes de treinta centavos. Enfrente se ve el cine Mariscala. No puedo anticipar, aún, los avatares de mi vida futura (hoy presente). En ese momento no sufro, no tengo mayor responsabilidad que ser feliz. Mi mayor tesoro es tener dos padres amorosos, unos hermanos íntegros, una abuela de película”.

La familia. Claro. Porque los hechos están indisolublemente adheridos a la memoria de los seres queridos. Por eso los del autor nos acompañarán en esta travesía. La emoción que este vínculo provoca en el talante del narrador matiza su voz a lo largo del libro. Y esto merece ser festejado, porque muchos de esos recuerdos están profundamente ligados a encuentros y desencuentros, afectos y enconos, filias y fobias, en fin, a la fibra emocional de la que estamos constituidos los seres humanos.

Así, Alfredo nos va llevando con sus sentimientos a flor de piel por las diferentes colonias ―Santa Julia, Popotla, 20 de Noviembre, Narvarte― donde contactó la vida, y nos regala viñetas que conmocionan:

“De repente la nostalgia me invade y estoy en Gayosso Sulivan. Se lleva a cabo el velorio de mi mamá, estoy en 1981. Tengo 24 años, una gran tristeza y toda la incertidumbre posible que pesa toneladas. Traigo un suéter verde; al cruzar el pie me doy cuenta que mi zapato está agujerado. Qué importa, ni quién se fije. Acabo de perder al ser que me cobijó todos esos años, eso es lo más terrible que te puede pasar. Es inevitable pensar en mis años cuando niño. Nos íbamos a la primaria, ella a dar clases, yo a estudiar, viajábamos en taxi y mi papá se bajaba por Clavería, en su escuela y nosotros hasta Atzcapotzalco, frente a la Refinería…”

Y retrayendo esos momentos Fello nos comparte un recuerdo de cuando en el hospital 20 de Noviembre les informan que su mamá había muerto. Cuenta que luego de recibir la terrible noticia, bajaba por el elevador junto con su padre al que vio triste, pero firme, y a quien con respeto recriminó por qué no lloraba. Su padre lo miró con sus ojos profundamente grises, luego lo abrazó y eso bastó para que Alfredo rompiera en un llanto casi incontrolable. Una semana después regresaban ambos del panteón después de dejar flores en la tumba de su madre y en un momento en que quiso poner música en su carro observó a su padre secándose unas lágrimas. Y dice Fello: “Esa vez, discretamente, como él era, me demostró de un solo golpe lo que es el dolor, la sobriedad, la soledad y la fortaleza”.

Otro pasaje nos lo muestra de joven conversando en Popotla con su tío Juan, por quien siente gran respeto gracias a su experiencia en la vida y a su conocimiento de políticos y funcionarios de aquella época. Su tío le habla de sus aventuras por la Secretaría de Salubridad y le termina platicando de los bares de entonces donde le asegura, ante su sorpresa, que con diez pesos podía adquirir una botella de Cognac con todo y el servicio. Luego nos participa algunas de sus filias: “…en la Magdalena, allá van los Mustang, los Renault, los Rambler, los Camaro y los Vochos”…y también por el Rock que lo marca en muchos aspectos de su vida… “porque me ha permitido congregar a una serie de amigos con los que he compartido la música, la utopía, la rebeldía, el amor fraterno, la propuesta, la sonrisa y muchos buenos tragos”.

Desde entonces Alfredo ya manifestaba su abierta simpatía por Los Beatles, el Atlante, el equipo de Brasil, el llamado Scratch du oro, y se asumía fiel seguidor de Águilas Blancas, su equipo de futbol americano. Por eso recuerda con gran alegría un partido jugado en 1972, cuando su equipo derrotó a Cóndores, su eterno rival, ´por 20–12, siendo ésta la primera vez que los del Politécnico ganaron a los universitarios. Fue en el estadio de la Ciudad de los Deportes. Nos cuenta que de pronto empezó a escucharse una trompeta desde la tribuna universitaria que entonaba “Al compás del reloj” de Bill Halley. Pronto, los fanáticos pumas comenzaron a acompañar al trompetista con las palmas. En el estadio totalmente lleno era difícil establecer la frontera entre ambas tribunas, sobre todo, cuando las palmadas se fueron extendiendo hacia el lado oriente, donde se sientan históricamente los politécnicos. Entonces llegó un momento en que los cincuenta mil fanáticos de ambos equipos palmeaban sincronizada y rítmicamente “Al compás del reloj”, y nos comenta que el ambiente era tal que al evocarlo se le eriza la piel, tal como si hoy tuviese aquellos hermosos quince años.

Fello admiró siempre la relación respetuosa y solidaria que tuvieron sus padres, el papá siendo católico y su madre protestante. Me enseñaron ―afirma― a valorar la vida, a través de los actos de la gente buena como ellos. Convivió con su padre los últimos seis años de la vida de éste, él de 24 años y su papá de 73, y piensa que en ese lapso consolidaron su relación. Afirma que en los veinticuatro años anteriores se limitó a ver lo que su padre hacía y a aprender de él; siempre distantes, compartiendo mucho aunque ambos lo ignoraban. “La soledad del viudo y el huérfano ―dice―; del padre y el hijo; del viejo y el joven; del sabio y el aprendiz aproximaron lo que siempre debió estar junto. Fortalecí mi vocación humana. Más allá de los alegatos propios de una relación como ésa ―continúa―, dependíamos el uno del otro, con una vitalidad que sólo podía explicarse en términos de la ausencia de mi mamá. Ambos habíamos perdido a un ser cuya luz había sido tan fuerte que aparte de iluminarnos, frecuentemente nos cegaba”.

Luego su padre enfermó del riñón y rápidamente empezó su caída. Poco tiempo después falleció.

Y en el texto van apareciendo otros acontecimientos, como los quince años de la vecina del barrio que de pronto se puso bien cuero y toda la cuadra fue invitada a la fiesta, aunque afuera de la vecindad el ambiente se empieza a calentar y los chavos que se acercan poco a poco y van de aquí para allá, y muchos llegan ya bien bañados y peinados mientras las chavas y las señoras muy elegantes con sus chinos y permanente que les arreglaron en el Salón se acomodan junto a mochos y conversos que conviven para degustar como todos el arroz con mole y las cerveza para después cambiarle al fuerte, al líquido rasposo, y luego empieza a escucharse el sonido por las bocinas provocando la gritería de los chavos más prendidos que se lanzan a lo que ahora es la pista y arranca el baile con el cha cha chá y el mambo para seguir con un poco de rock y el danzón y la cumbia con el disfrute de chicos y grandes y por ahí se ve a la comadre cautelosa bailar con el compadre escondiéndose de la esposa que es bien celosa y luego alguien pide un tiempo para anunciar el discurso del papá de la quinceañera, y el viejo ya medio entonado empieza a leer un papel que contiene lo mismo que siempre se dice en estas ocasiones y que ya nadie atiende y por allá se alcanzan a ver entre las sombras a aquél y aquella que se traen un faje de película y que luego regresan a la pista cada cual por su lado, y dónde andabas tú?, aquí en la entrada platicando con El Chato, quesque le sigue yendo del nabo, pero aquí estoy y dónde quedaron las cerbatanas, y de pronto arranca la bulla porque surgen los madrazos entre dos chavos que se aventaban una cascarita y que ahora se revuelcan como perros rabiosos hasta que los separan y pa acabarla la tropa los regaña por escandalosos, ya a las horas se va despoblando el lugar, y el personal se retira poco a poco y sólo van quedando los más aferrados que aguantan a que amanezca para ir a curársela con un menudo picoso y una cheve, allá con Doña Chofis, donde entre cucharadas y tragos siguen repitiendose, y al final se declaran vencedores de la vida y listos para cualquier desaire…

En 238 páginas el libro va incorporando, además, historias de amor y traición, de triángulos amorosos y decepciones cuadriculadas, anécdotas de colegas de escuela o del trabajo y de hermanos del barrio. Habla de reuniones de amigos y vecinos, de pandillas de barriada y de bandas arribistas y catervas que sólo visten ropa de marca pero se meten de todo; ofrece narraciones de pasión y desamor, de caídas y levantones, crónicas de tardes de toros, de pleitos y corretizas y reventones; salidas a la fiesta y la borrachera, los bailes y a los memorables viernes de rock y de cubas. Comenta aventuras de víctimas, vividores del amor, desengaños, de venganzas y cárcel, y da testimonio de sabios del barrio, como el del viejo desarrapado que vive en el callejón y que no deja de preguntar, una y otra vez: Oye chavo, dime, a ti, ¿qué demonios te acosan?

Así, Alfredo relata de manera coloquial y amena vivencias que se ubican en el tono de la crónica social. Imposible no comparar el presente con aquella Ciudad de México que se fue para no volver. En el texto se recrea la imagen de tiempos sin prisa, de distancias que se recorrían en lapsos cortos, de la cotidiana convivencia familiar y social. Hace un recorrido por costumbres ya perdidas que nos deja nostalgia por el barrio y por los vecinos de muchos años, cuando sabíamos quiénes eran y cómo se llamaban. De un México que hoy vemos provinciano pero que, sin duda, era mucho más humano que el impuesto por la modernidad. Este relato es un repaso cordial y crítico de la historia de la ciudad y de los cambios sociales. En el libro, igual que en la vida del autor, los opuestos se resuelven; como las diferentes religiones que profesan sus padres sin que les provoquen distanciamiento, la buenaventura de que politécnicos y universitarios, siempre rivales, puedan convenir en el mismo partido o que mochos y conversos compartan la mesa y el pan sin sentir recelo.

Finalmente, me uno con Fello en lo que dice la no roquera Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto…”.

Muchas gracias

David Hernández Labastida
Licenciado en Psicología por la UNAM. Autor del libro “Ven a mi pobre cabaña. La Nena, el Coty, los descendientes.” (La Zonámbula/Pálido punto de luz, 2018)

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