6151_marina
Usos múltiples


Eduardo Quiroz García


Quince de septiembre

I. La voz del archipiélago.

Humedad y sofocante calor agobian siempre en verano a María Madre, María Magdalena y Maria Cleofas quienes permanecen muy unidas. En realidad un poco de agua salada las divide entre sí, desde el último caos geológico de la Tierra quedaron muy pegaditas la una a la otra, es así que nada ni nadie las ha podido alejar…lo que pocos saben es que estos archipiélagos tienen voz, una voz interna…
—Aquí me dieron forma y aquí me edificaron, soy la prisión tropical, la más alejada del continente americano, la que es custodiada por tiburones y bravías olas del resplandeciente azul del Pacífico.

Esta es sólo una historia más…

II. Mazatlán.

—¿Tiene boletos para el camión de las siete de la noche?— preguntó Alejandra.
—Sí aún tengo disponibles, ¿cuantos quieres?— contestó el taquillero.
—Sólo uno por favor—afirmó Alejandra mientras buscaba el dinero en su bolsa de mano.
—¡Listo! tiene que abordar por la puerta uno— indicó el taquillero.

Con tres maletas y dos bolsas Alejandra caminaba lento y con dificultad hacia el lugar donde le habían indicado que debería abordar; bastante gente esperaba la hora indicada para subir al camión que los llevaría a sus diferentes destinos, terminal del norte, la de los cien metros, todos confluían en ella para abandonar el centro e irse hacia el norte del país.
—¡Mazatlán, siete de la noche!—gritó el despachador del camión.

La gente se levantó de los asientos y comenzó la fila para abordar el autobús.

Alejandra apenas podía con sus maletas, por dentro pensaba:
—¡No sé para qué le hice caso a mi mamá en traer comida enlatada, si allí tendré todo, casa, comida, no gastaré nada de dinero!

El maletero hacia su labor y acomodaba las maletas de Alejandra, esperando una buena propina por que cargarlas le costó el doble de esfuerzo que las maletas de los demás pasajeros.

Asiento veintitrés y ventana, el camión arrancaba a su destino final: Puerto de Mazatlán, Sinaloa.

Dieciséis horas de carretera fueron el trayecto para llegar al Puerto, de las cuales, doce fueron de sueño profundo para Alejandra, con la emoción de su primer viaje y los preparativos durmió poco las noches previas, por lo que al levantarse del asiento no podía incorporarse rápidamente, sentía dormida la parte derecha del cuerpo sobre la que se recargó todo el trayecto, poco a poco se estiró hasta que recobró la fuerza necesaria para caminar y avanzar por el pasillo, bajó y pidió su pesado equipaje, se dirigió al baño pensando cómo le haría para entrar, una señora que estaba en las mismas condiciones, con maletas y dos niños le dijo que ella cuidaría su equipaje mientras ella entraba con la única condición de que al salir tendría que devolver el favor de la misma forma, Alejandra aceptó.

Al salir del baño se dirigió directamente a la salida de la terminal, un golpe de humedad y calor la recibieron ferozmente.

Mazatlán mostraba las nuevas reglas del clima a la chilanga que quería conocer el mar.

Así comenzó su espera, dos horas y nadie llegaba a la terminal, habían quedado de pasar por ella los de la comercializadora, se desesperó y fue a llamar al teléfono de monedas que estaba afuera del baño.
—Tengo dos horas aquí esperando— afirmó Alejandra con visible molestia.

—Uy y eso es poco, mejor si no quiere seguir esperando tomé un taxi y vengase para acá, tenemos mucha mercancía que subir y somos poco personal, además en un rato van a llegar con cuerda de los Mochis.— contestó el encargado de la comercializadora.

—¿Cuerda?— preguntó Alejandra

—Si, al rato le explico, pero tome un taxi y dígale que la traiga a la zona del muelle donde está la comercializadora— ordenó el encargado.

—Bueno está bien— respondió Alejandra.

Quince minutos después ella se encontraba en la comercializadora.

Se abrió paso entre los bultos de verdura y fruta, también entre el lodo donde se atoraban las rueditas de sus maletas, el olor a pescado era profundo, penetrante y el agua de hielo de algunos productos perecederos mojaron sus zapatos, —¡voy a oler a pulpo!— pensó.

Finalmente llegó a la improvisada oficina del encargado de la famosa comercializadora, que no era otra cosa más que una vieja y pequeña bodega en un extremo alejado del puerto.
—¿Usted es el encargado?— preguntó Alejandra sin saludar.
—Efectivamente señorita, encargado, estibador y también lavo los baños, ¿en qué le puedo ayudar?— contestó el encargado mientras escribía algunos números sobre una hoja de papel en su mesa que servía de escritorio.
—Vengo de la Ciudad de México, soy la nueva trabajadora social, quedaron de que irían por mí a la terminal de autobuses en cuanto yo llegara, los estuve esperando más de dos horas y al final tuve que llegar en taxi— demandó Alejandra.
—Mire señorita yo no sé qué le prometieron pero los de México siempre prometen y no consideran la carga de trabajo, más la falta de gente que aquí tenemos, váyase haciendo a la idea de que las cosas son distintas, agradezca que la llevaremos en este viaje, vamos saturados de mercancía porque hay desabasto en la isla y además tendremos cuerda1- contestó el encargado de la comercializadora.
—¿Y qué es eso de cuerda?— preguntó Alejandra.
—Jajajaja cómo se ve que no sabe nada de este negocio de los presos señorita, cuerda se le llama a las remesas de internos que llegan de otros penales del país, hoy recibiremos cuerda de aproximadamente cuarenta internos del penal de Los Mochis.
—Se irá con nosotros en un rato, así que mejor váyase por allí donde no estorbe y coma algo porque no falta mucho para que llegue la remesa— afirmó el encargado.

Alejandra, se quedó sin contestar y dos minutos después preguntó una vez más porque se llamaba cuerda a la remesa de internos que llegaría.
—Ay señorita pues dicen que hace muchos años los amarraban de las manos y pies con cuerdas en el barco— contestó el encargado.
—Bueno le encargo mis maletas— solicitó Alejandra.
—Pues déjelas por allí— pidió el encargado.

Ella caminó unos metros sobre el malecón, recordó que no había desayunado cuando su estómago rugió; encontró un bicicletero con una canasta y un frasco de vidrio lleno de salsa verde.
—¿Que vende señor?— preguntó Alejandra
—Tacos de marlín, ¿cuántos le pongo señorita?— contestó el taquero.

III. El maya.

La tarde-noche llegó al Puerto y el malecón se iluminó de luces neón, las olas del mar y su espesa espuma anunciaban que la marea comenzaba a subir.

La mercancía estaba lista, el barco estaba cargado con todo lo que se necesita para abastecer a las Marías; Alejandra estaba cansada, anhelaba estar durmiendo en su camarote.

Los internos provenientes de Los Mochis comenzaron a bajar de los camiones donde los custodios los transportaban esposados, subían al barco y los acomodaban sentados en la cubierta, mirando hacia la proa, acomodados en filas de ocho, las cuerdas ahora eran sustituidas por las cadenas de metal.

Alejandra miró que había otra fila de personas que habían llegado poco a poco, pero no sabía quiénes eran, al igual que ella habían esperado durante varias horas poder subir al barco, a la luz del quemante sol.
—Comenzaremos el abordaje de todas las familias conforme se fueron registrando al llegar— gritó Noé uno de los trabajadores del barco.

Aproximadamente ochenta personas, entre mujeres y niños subieron al viejo barco utilizado por la marina durante la segunda guerra mundial, Alejandra estaba sorprendida de ver tantas personas subir al “Maya”, así se llamaba el buque que ahora transportaba mercancía, internos y gente que se disponían para ir a vivir a la colonia penal.

Ella fue de las últimas en realizar el abordaje, la bochorno era atosigante, se encontraba con la ropa pegada al cuerpo de tanto sudar, ansiaba tomar un baño y dormir.
—Ya puede subir usted señorita- comentó amablemente Noé.
—Ya estoy agobiada de tanta espera- reparó Alejandra en voz alta.
—Usted no es la única, nosotras también estamos cansadas de pasar siempre lo mismo, hablan de que las Isla es la mejor forma de que las familias estemos juntas, pero eso es mentira, desde el barco comienza el sufrimiento para nosotras- contestó la esposa de uno de los internos de la Isla.

Alejandra calló.
—Pues acomódese donde pueda— le dijo Noé.
—¿Dónde pueda?— contestó Alejandra.
—Si, ¿que no ve que no hay lugar? tienen prioridad las familias de los internos y los internos- contestó el capitán del Maya.
—Me presentó, soy el capitán Fernando Domínguez y usted como todos ellos la noche de hoy será nuestra huésped, por lo que le pido de favor tome asiento en algún espacio disponible deje sus maletas dentro de la cabina, allí nadie las tomará, podemos ofrecerle sólo lo mismo que a todos ellos: agua.
—Entiendo capitán, vengo de la oficina central que regula las Islas, me dijeron que no habría problema por el viaje, que tendría todas las necesidades básicas, pero creo que ni camarote hay, ¿verdad?— contestó Alejandra.
—Exacto señorita, no hay camarotes— asintió el capitán.

Los tripulantes estaban completos y a bordo, el capitán ordenó zarpar, ciento veintiún personas y quince de tripulación se hicieron a la mar…el faro de Mazatlán quedaba atrás.

Conforme se alejaba del continente, el barco se adentraba en la oscuridad de la noche sin luna, el viento adquirió fuerza y soplaba, la gente comenzó a cubrirse con la poca ropa que llevaba pues el aire lograba enfermar de catarro a más de uno; los más pequeños lloraban, comenzaban a sentir el mareo por la agitación del barco, las náuseas asaltaban a los niños, las madres se limitaban a consolarlos pues la mayoría no contaba con algún medicamento para controlarles las ganas de vomitar.

Los internos recibían de frente al viento, sin moverse, sin poder ir al baño, más de uno se orinaba sentado en la cubierta, nadie podía levantarse hasta que se diera la orden, vomitaban sobre sí, el mar embravecía y el cuerpo humano no resistía.

Alejandra no era la excepción, sufría los mismos estragos, la bienvenida del mar.

Buscó en su bolsa un sobre con pastillas, esas que sirven para controlar las nauseas, tenía treinta, rompió el sobre y comenzó a repartirlas entre los niños y entre un par de mujeres embarazadas, sin percatarse repartió todas, buscó la popa del barco cuando sintió que no podía más, se agarró fuertemente del barandal y vomitó con todo su ser.

El alivio fue gradual, a pesar de ello le dolía la cabeza.

Dos horas después la calma reinaba en el barco, el cansancio venció a casi toda la tripulación que dormía.

El Océano Pacifico hacia honor a su nombre, estaba en paz, las olas habían cesado, El maya navegaba sobre una alfombra de terciopelo azul marino, Alejandra se desplazó al estribor del barco, miró repentinamente saltar un cardumen de peces voladores, quedó sorprendida de ver como aleteaban unísonamente e irrumpían la calma del mar como torpedos vivos, delante del barco alcanzó a mirar otro cardumen más grande, también miró una luz sobre el mar y alrededor del barco, —¿qué será?— pensaba, cuando súbitamente apareció el capitán y le preguntó: ¿se encuentra bien?
—Si, un poco mareada pero ya pasara— contestó Alejandra.
—Jajaja eso no pasará hasta que lleguemos a las Islas, incluso cuando baje usted del barco sentirá que el suelo se mueve— comentó el capitán.
—¿Qué es esa luz que se ve en el agua alrededor del barco?— preguntó Alejandra evadiendo el tema principal de su plática.
—Bioluminiscencia, seres marinos diminutos que tienen la propiedad de brillar— contestó el capitán.

Alejandra no comentó.
—¿Ya miró al cielo?— inquirió el capitán.
—¡Si, es increíble!— contestó rápidamente Alejandra levantando la cabeza hacia arriba.
—Esa estrella brillante que tenemos del lado derecho – señaló el capitán con su mano y levantando su brazo— es la estrella polar, pertenece a la constelación de la osa menor, siempre nos indica la ubicación del norte, es una referencia importante para nosotros los navegantes, si por alguna razón perdemos la guía de nuestros instrumentos, esa estrella nos indica que ruta marítima debemos seguir, imaginariamente tenemos los caminos del mar diseñados, una red de corrientes; las estrellas nos han orientado desde hace muchos siglos- comentó el capitán.

—Bueno, la dejo disfrutar de esta quietud, todos duermen y usted debería intentar hacer lo mismo— sugirió el capitán.
—Gracias, aquí estaré un rato más— contestó Alejandra.

Nuevamente levantó su mirada al cielo, la bóveda celeste hacía gala y presumía sus millones de estrellas brillantes, el infinito se mostraba ante sus ojos, aerolitos caían como cristales encendidos que dejaban una débil cauda de luz, un capitulo cósmico jamás antes visto desde tierra firme, esa noche se grabó en lo más profundo de su ser.

IV. Los campamentos.

Después de dieciséis horas de navegación, el sol radiante apareció en el horizonte despertando a toda la tripulación, las gaviotas rondaban el barco y su canto anunciaba la tierra firme, una pequeña bahía.

Las muñecas marcadas por las esposas de metal habían cortado la circulación sanguínea de más de un interno, la piel de las manos lucía un tono entre negro y violáceo, en otros la sangre comenzaba a escurrir, el sudor salado penetraba en la herida y producía ardor profundo, los músculos del antebrazo estaban adormilados y sin fuerza, el olor a vómito era perceptible en todo el barco y el hambre no se hizo esperar.

Los internos de la cuerda recién llegada pedían ir al baño, pero un marino de la tripulación contestó que se callara, que no estuviera chingando.

Uno no aguantó las ganas y se cagó.

El maya se encontraba encallado frente a la Isla Madre, esperando poder acercarse al muelle para desembarcar.

Las olas chocaban en los acantilados de forma constante, el barco se movía, al fin se acercaba al muelle.

Los custodios recibieron la cuerda, pasaron lista con gritos fuertes, ellos nombraban con voz recia y grave los dos apellidos, el interno contestaba con su nombre.
—Pérez Rojas— gritó el custodio
—Rodolfo— contestó el interno

Uno por uno hasta que se completaron los cuarenta, después los formaban afuera del servicio para que los certificara, claro, todos llegaban sin lesiones.

Comenzaba el descenso de los menores quienes no paraban de llorar junto a sus madres, directo al área de trabajo social donde comenzaría el largo trámite de preguntas y llenado de formatos que iniciaban dignamente el proceso de “readaptación social” de su interno.

La convivencia familiar era prioritaria para una buena rehabilitación, así lo aseguraban los discursos de las autoridades penitenciarias, por eso llegaba la familia de aquellos internos que purgaban sentencias largas, para que estuvieran unidos a sus seres queridos, en la cárcel sin muros.

Alejandra bajó más que cansada del barco, sudando y sin poder caminar de manera normal en la arena para llegar al área de Gobierno, sus zapatos se sumían y no podía avanzar, allí la recibiría su nueva jefa, el suelo se movía, aún sentía el mareo del movimiento del barco.

Al caminar hacia lo que le dijeron que era el área de gobierno, divisó numerosos puestos, internos vendiendo artesanías, cinturones de piel de iguana, de serpientes, pulseras de coral rojo brillante, mochilas de piel, figuras de abulón.

Eran internos buscando vender sus artesanías a todos los que llegaban en el barco, para ganar un poco de dinero y poder comprar con ello comida, de la que venía en el mismo barco: porque lo que dan no alcanza – afirmó un interno.

Previamente sus maletas fueron revisadas en el área de aduanas, su ropa quedó revuelta.
—¿Tú eres la nueva?— preguntó Patricia la encargada del área de trabajo social.
—Si yo vengo llegando de la ciudad de México— contestó Alejandra.
—Bueno yo seré tu jefa, trabajo hay mucho, así que aquí no te vas a aburrir, necesito que te vayas al lugar donde te vas a quedar, dejes tus cosas, te bañes y regreses porque necesito que hagamos recorrido.- contestó Patricia.
—Vengo un poco cansada, no pude dormir en el barco, ¿puedo dormir un par de horas?— preguntó tímidamente Alejandra.
—¿Vas llegando y ya quieres descansar?, por eso no queremos gente de la Ciudad, son muy huevonas, aquí necesitamos gente que se parta la madre como nosotros, esto no es un balneario, es una cárcel- contestó sarcásticamente Patricia.

—Está bien, no hay problema.— contestó Alejandra.
—¡Llévala aquí arriba caballo, la dejas y te regresas porque hay muchas cosas que hacer!— ordenó Patricia.

Caminaron hacia las escaleras y al fin alguien le ayudó con sus pesadas maletas, al entrar al departamento al que la llevó el caballo, quedó contenta pues contaba con aire acondicionado y lo básico para tener una estancia cómoda.
—Bueno licenciada aquí la dejo, me regreso porque si no me van a regañar— comentó El Caballo.
—Muchas gracias, ¿tú que haces aquí en la Isla?— preguntó Alejandra.
—Soy estafeta y le ayudo a la licenciada para lo que se le ofrezca.— contestó El Caballo.
—¿Eres interno?— preguntó asombrada Alejandra.
—Sí— afirmó El Caballo.
—¿Y porque no tienes uniforme? ¡en todos los penales usan uniforme!— cuestionó Alejandra.
—Pues aquí dicen que es para que nos pegue menos el carcelazo— contestó El Caballo.

Alejandra no contestó y le pidió que se retirara.

Con mucho pesar y cansancio bajó al área de gobierno después de una ducha, le dieron de comer una torta de huevo y te de anís, después la pasaron con el
Director.
—Bienvenida a la Isla, soy Jorge— comentó el joven director.
—Supongo que ya te dijo Patricia la necesidad que tenemos de otra persona que nos apoye con el área de trabajo social— preguntó Jorge.
—Si Jorge en eso estamos, iremos a recorrer un poco los campamentos pero también tenemos que atender a toda la gente que va llegando y asignarla a las casas, así que será poco a poco— afirmó Patricia.
—Está bien, tú sabes tus necesidades, pero te encargo que la presentes con todas las áreas y que recorran los campamentos— insistió Jorge.
—Descuida, así se hará.— respondió Patricia.

Alejandra prefirió no hablar.

Salieron de la oficina de la dirección y recorrieron Balleto, Morelos, Nayarit y Rehilete, se percató de que existe una incubadora y una granja de aves de gran tamaño, donde los internos trabajan libres en jornada de ocho horas y de las cuales algunas son destinadas para consumo de la población, también hay periquitos de cabeza amarilla, que giraban su cabeza siguiendo los pasos de la visitante y cantaban, la agobiante humedad hacia de las suyas, Alejandra escurría sudor a raudales.
—Bueno estos son dos de los campamentos más cercanos a Balleto, poco a poco conocerás más, después veremos en cual te asignaremos— comentó Patricia.
—¿No me quedaré en Balleto?— cuestionó Alejandra.
—¡Por supuesto que no!— ese es para las visitas, sólo estarás allí un mes, después tendrás una casa como todos los demás, esto no es un hotel de lujo. —contestó Patricia.

Los días transcurrieron y el trabajo no cesaba, Alejandra fue aprendiendo a vivir entre escasez y exceso de trabajo, todo aquello que le habían prometido, era mentira, ni siquiera había suficientes recursos para alimentar a los internos y a sus familias, mucho menos para los trabajadores.

V. La placita.

Pasaron varias semanas desde su llegada y al fin disfrutaba de un domingo sin trabajar, recién asignada en la casa del Zacatal, lo más alto de la Isla y donde los internos practican la apicultura, su pequeña sala siempre era visitada por las abejas.

Su compañera era Victoria, otra trabajadora social con varios años de permanencia en la Isla

Victoria la convenció de ir a la placita, justo frente a la iglesia, ese era el punto de reunión los domingos donde podían ver festivales de los niños o grupos musicales de los internos.

Victoria notaba algo triste a Alejandra.

Ese día tocarían los Tiburones del Golfo quienes gozaban de buena fama en el penal, decían que tocaban similar a un grupo de norteños muy famoso, bueno eso dicen todos —comentó Victoria.
—¡Vámos pues! — contestó animada Alejandra.

Caminaron casi cuarenta minutos hasta la placita, donde la gente, internos, familiares y trabajadores se arremolinaban ante el grupo musical.

Las parejas bailaban al son de la música norteña, no faltaba el interno que sacaba a bailar a una de las trabajadoras de gobierno y se echaban ojos querendones, varias historias de romances hay, pero esa es otra historia.

“Salieron de San Isidro procedentes de Tijuana, traían las llantas del carro repletas de hierba mala eran Emilio Varela y Camelia, la Texana…” así cantaban Contrabando y Traición.

La batería y el acordeón sonaban de forma maestra, también los platillos, todos en armonía hacían vibrar el corazón de la Isla, los tacones de las botas sonaban en la improvisada tarima al ritmo de los Tigres del Norte y la raza bailaba sin ley.

“Ya con rumbo a Sinaloa, Atilano les gritaba ahora yo soy el que manda, si quieren usen sus armas quiero ver ese valor que en el suelo demostraban…de la nave recordó todo lo que le habían hecho, que con pinzas machacaron partes nobles de su cuerpo y que estrellaría el avión aunque muriera por eso…” —así entonaba “El avión de la Muerte” de los Tigres del Norte, con gran encono y furia que nacía desde el fondo de su ronco pecho, el vocalista era Leopoldo Román sentenciado a veintiocho años de prisión por delitos contra la salud, nacido en Hermosillo, Sonora y quien después de diez años de encierro, la cárcel lo había amansado, pues llegó siendo un morrillo conflictivo con veintiún años de edad, ahora se dedicaba al canto, no lo hacía mal, además contaba con muchas admiradoras en la Colonia Penal.
—¿Tonces que raza? ¿seguimos cantando o cómo le hacemos? — preguntó emocionado Leopoldo.

La respuesta fue un aclamado si y se arrancaron con una canción más, al concluir esa y después de otras dos horas de concierto, volvió a preguntar: ¿seguros que quieren otra? —¡porque esta es la última y nos vamos eh!— afirmó Leopoldo

La gente le pedía más canciones, silbaban y gritaban sí.

Leopoldo tomó el micrófono y volteó a ver a sus amigos quienes al igual que él estaban sudando esa gran pasión, su tocada, ¡la última y nos vamos muchachos que hay que descansar!— les sentenció Leopoldo.

Entre la gente circulaba mota y turba2 los ánimos estaban prendidos cuando el sol cayó al ritmo del “A mí que me quedó” de los Invasores de Nuevo León.

Leopoldo, como todo gran artista se inclinó ante su público quitándose el sombrero y con un nudo en la garganta dijo:
—¡Me han hecho muy feliz raza, Dios los bendiga siempre!

Aquello parecía la fiesta de cualquier pueblo de México, la placita se vistió de fiesta y por unas horas las penas y las amarguras bailaron sin cesar.

Todos regresaron a sus campamentos para el pase de lista que los custodios realizan a la misma hora siempre, nadie podía faltar.

Leopoldo Román y sus músicos también se fueron al pase de lista, no querían problemas, sus instrumentos se quedaron allí en la placita como testigos de esa gran tarde del éxito de los tiburones del golfo, al día siguiente irían por ellos.

Esa noche los custodios tardaron en cuadrar la lista, la luz se había ido en una parte de la isla y algunos campamentos estaban oscuros, era normal, eso sucedía frecuentemente.

Jorge el director estaba presionando para que le dieran el cuadre de lista, estaba inquieto.
—¿Todavía no les cuadra comandante?— preguntó Jorge.
—No licenciado, faltan los campamentos donde se fue la luz, pero no se preocupe, ya estamos en eso— contestó el comandante Barrera, Jefe de Seguridad y Custodia en el penal.

Debido a la falla en el suministro de luz, el faro del lado oriente de la Isla tampoco encendió, eran aproximadamente las once treinta de la noche cuando en Balleto comenzaron a sonar las alarmas, Barrera dió la orden de ejecutar toque de queda, nadie debería salir de sus campamentos ni de sus casas, la lista debió de cuadrar desde las ocho, tres horas y media después se percataron de que faltaban cuatro internos, no aparecían por ningún lado, se pidió apoyo a la marina para redoblar el patrullaje de las costas ya que ellos eran encargados de la seguridad en el exterior de la colonia penal, nadie logró encontrarlos.

Leopoldo Román y sus tiburones del golfo se habían fugado, una lancha rápida que salió desde San Blas, Nayarit los recogió en la playa donde se encontraba el faro que no encendió, su despedida fue magnánima, éxito total ante un público que sucumbió a sus canciones, al final de todo Leopoldo siempre dio aviso de fuga, fue claro cuando afirmó: ¡esta es la última y nos vamos!

VI. Emilia.

Días difíciles siguieron para Jorge, el director de la Isla, pues las autoridades centrales pretendieron imputarle la responsabilidad total de la fuga de Leopoldo Román y sus tiburones del golfo, pasando por alto que la vigilancia externa de la isla concierne a la marina, no a seguridad y custodia, los fugados tenían el poder económico necesario para corromper a los marinos y para que estos argumentaran la falla del faro como pretexto para justificar que no divisaron una lancha rápida proveniente de San Blas.

El ambiente en la Isla era tenso, se rumoraba la destitución de Jorge y las medidas de seguridad eran más extremas, cacheos, rondines, cateos, revisiones, la orden de sustitución de director estaba a punto de llegar de las oficinas centrales cuando algo la detuvo.
—Necesito a los responsables de trabajo social, seguridad y custodia, criminología, psicología, de todas las áreas por favor en diez minutos en mi oficina, ¡tendremos una reunión urgente!— ordenó Jorge.

Todos se quedaron asombrados, por la cara y tono en que se ordenó la reunión.
—No es para menos—, comentó una psicóloga— seguro van a anunciar su renuncia.

En diez minutos los responsables de todas las áreas estaban en la oficina principal de la isla.
—¿Por qué tanta urgencia licenciado? —cuestionó el comandante Barrera.

Todos aguardaban impacientes la respuesta.

—Tengo información importante que compartirles y necesito del apoyo incondicional de cada uno de ustedes, por el bien de todos.— contestó Jorge.
—Acabo de recibir una llamada del Centro Meteorológico y se aproxima una tormenta tropical a la que han denominado Emilia, muy probablemente se convertirá en huracán atravesando las tres Islas— afirmó notoriamente preocupado Jorge.
—Tenemos sólo unas horas para poder evacuar a la gente, los internos y sus familias serán prioridad para llevarlos a una zona segura, dónde puedan estar protegidos de la mejor forma— advirtió Jorge.
—Licenciado con todo respeto, pero no tenemos una zona completamente segura en este lugar, todas las instalaciones son demasiado viejas y si la tormenta llega hasta acá en forma de huracán nos va a devastar— contestó el comandante Barrera.
—Ya lo sé comandante pero tenemos que hacer los imposible por salvar a la gente— contestó Jorge.
—Estoy de acuerdo con usted— afirmó Alejandra.
—Les repito sólo tenemos unas horas, la tormenta Emilia está muy cerca— reiteró Jorge.
—¿Y ya saben en las oficinas de Mexico, ya dieron alguna instrucción al respecto? creo que lo mejor sería abandonar las Islas— preguntó desencajada Amalia, psicóloga del área técnica.
—No, antes de reunirnos he llamado más de veinte veces a las oficinas centrales y nadie contesta, he intentado comunicarme de diversas formas y no he podido lograrlo, parece que nos han abandonado a nuestra suerte — concluyó Jorge.

Un silencio grupal se hizo presente.
—¡Debemos actuar con rapidez!— irrumpió Jorge.
—Los camiones comenzarán a traer a todas las familias de los campamentos más alejados, resguardaremos una parte de la población en la iglesia, tenemos aproximadamente tres horas.— ordenó Jorge.

El jefe de servicios generales ordenó a toda su flotilla de internos comisionados en su área a proteger puertas y ventanas, Bugambilia, Balleto, La Iglesia, serían resguardados con madera y clavos.

Los comedores de los campamentos también serían refugios, todos los internos resguardaban las ventanas y puertas con ramas, pedazos de madera, muebles, todo serviría de escudo frente al embate de Emilia.

Otra parte de los internos que eran comisionados en las oficinas de gobierno fueron enviados al área de los almacenes, tenían la orden de traer a los refugios agua, pañales y algunos productos enlatados para repartirlos en las horas críticas.

Las islas se preparaban para la peor de sus noches.

El aire comenzó a azotar más fuerte, soplaba entonando un silbido grave que levantaba la arena de las playas, la oscuridad llego antes de lo previsto, el cielo estaba nublado y el mar comenzaba a alebrestarse, Emilia, perversamente sonreía de frente a la Isla.

Los camiones acarreaban desde los campamentos más alejados a los internos con sus familias, las trabajadoras sociales realizaban listas improvisadas con hojas de papel reciclado y bolígrafos, a mano.

Los víveres se almacenaban de forma lenta en la iglesia, en un salón anexo.

La lluvia comenzaba a caer.

Toda el área de gobierno estaba abarrotada de internos, sus esposas, niños llorando, se quitaron escritorios, computadoras, muebles, se necesitaba espacio para resguardar personas.

El ambiente era crítico.

El director estaba al centro de la gente, tratando de calmarlos, argumentando que la ayuda venía en camino, aunque el supiera que esto no fuera verdad.

Alejandra y dos trabajadoras sociales más estaban en la iglesia tratando de apaciguar el ánimo alterado de las personas, las crisis aumentaron cuando se fue la luz, la lluvia caía de forma estrepitosa, no se escuchaba otra cosa más que esa combinación de ruidos extraños que acompañan siempre a las catástrofes.
—Él no quiere ayudar— gritó un interno
—¿Por qué no quieres ayudar?— preguntó Alejandra.
—¡Porque tengo miedo!— contestó Arnulfo.

Alejandra no supo que decir ante la sinceridad de Arnulfo, la palabra miedo parecía tan lejana, tan fuera de lugar, era una palabra prohibida en los lugares que cercenan la libertad de las personas, nadie podía mencionar el miedo dentro de mis muros de agua, pero ese día el más valiente de todos profirió la palabra impronunciable, el eco de su significado retumbó en los oídos de la mayoría., de la propia Alejandra.
—¡Todos tenemos miedo, pero todos estamos necesitamos ayudar! por favor haz un esfuerzo.— suplicó Alejandra.

En ese justo momento entendieron que no estaban los directores, no estaban los homicidas, no estaban los narcotraficantes, ni los sacerdotes, ni los santos, tampoco los violadores, ni los psicólogos, ni los custodios, ni las enfermeras, ni los de trabajo social, estaban los seres humanos en búsqueda de la supervivencia, esa noche en la que sintieron el abandono de su Dios y de sus jefes, se olvidaron de sus nombres, de sus personajes, de sus títulos, todos estaban a la postre de la naturaleza.
—Está bien pero tengo que subir acompañado para que me ayuden a cargar las cosas— contestó Arnulfo.
—Yo te acompaño— contestó El Memo.

Tenían que subir al campanario por la parte de adentro del techo e intentar asegurar un ventanal por donde entraba agua y aire, Arnulfo era muy delgado, ligero, era el indicado para poder hacer clavar la madera y tapar un poco la abertura

Resistiendo al viento, sin luz y cegado de los ojos por el agua que entraba, sus pupilas le ardían, Arnulfo caminó por una viga de madera con mucha cautela, haciendo equilibrio con sus brazos para no caer, la fuerza de gravedad juagaba su mejor apuesta a que vencería y lo haría estamparse contra el suelo, poco a poco llegó a la abertura, recargó sus dos manos sobre la pared, El Memo estaba a la mitad de la viga, aventó el martillo para que Arnulfo lograra clavar las tablas, con su mano izquierda lo cachó.

Poco a poco lo logró, debajo, los internos habían hecho un gran círculo, una tejida red humana entrelazando sus manos y brazos, por si caían, tratarían de amortiguar el golpe, aunque supieran que podría ser fatal.

El aire y agua dejaron de entrar por la ventana del campanario.

La noche transcurrió, esperaban que la tormenta tocara tierra en cualquier momento, se decía que cruzaría de frente la isla, que devastaría todo.

Ya no hubo tiempo para saber de los demás, todos estaban atrincherados.

La lluvia comenzó a cesar, y el día clareó.

El viento se convirtió en un suave arrullo que mecía las palmeras, la llovizna permitió que se abrieran las puertas de los refugios, el agua corría por la calle pero era transitable, Emilia se había ido.

Poco a poco fueron saliendo, se comenzaron a repartir los pocos alimentos, agua, latas de frijoles, lo poco que había.

Jorge llegó con un grupo de diez personas, todos comenzaron la búsqueda de todos en los diferentes campamentos, al final de la jornada, la luz se reestableció.

Pocas casas resultaron dañadas, diez en total, nada grave, todo pudo resolverse.

El Centro Meteorológico informaba a Jorge que el curso de la tormenta había cambiado y que sólo se había aproximado un poco a la Isla.

Los archipiélagos y la colonia penal estaban a salvo.

VII. Aeropuerto-Balleto.

Poco a poco se fue reestableciendo la vida normal en la colonia, los internos y las familias decían que las tormentas no pegaban fuerte porque había niños viviendo con ellos y la naturaleza respetaba la vida de los inocentes.

Esa era una creencia más, como muchas otras.

Jorge fue removido de su cargo pocos días después de la tormenta, de nada le valió el esfuerzo por proteger a la gente de la colonia, se tenía que sancionar “la fuga” y no de forma justa, claro está, lo hicieron de acuerdo a sus intereses.

Llegó un nuevo director, Marco Aurelio Robles, designado por el Ministro de Seguridad, amigo íntimo del círculo particular, con él, su grotesca y primera dama.

Con la idea de que la colonia penal era un centro de diversión y un paraíso para vacacionar se hicieron cargo de la administración de forma despreocupada y ligera.

Después de la crisis vivida por la tormenta se pretendían calmar los ánimos entre la población prometiendo libertades.

Los internos y las familias estaban a disgusto porque sabían que los únicos que habían hecho algo ante aquel evento natural habían sido el personal de la Isla y habían removido a Jorge.

Las oficinas centrales de México preparaban una visita a la Isla para verificar qué personas estaban “readaptadas”, entre las personas que irían se encontraban psicólogos, criminólogos, trabajadoras sociales, abogados, todos en aptitud de reconocer los procesos de avanzada “readaptación” a través de diversos análisis a los expedientes de los internos.

Fue así como abordaron un avión del ejército aproximadamente doce especialistas, destino final, Aeropuerto- Balleto, Islas Marías.

VIII. La vía Láctea.

Los recibieron como a toda una celebridad, llegaban de México los especialistas, internos comisionados en el área de gobierno fueron utilizados como maleteros para llevar las pertenencias de los visitantes hasta las oficinas de gobierno, no hubo revisión, las maletas jamás cruzaron la aduana.

Una vez instalados en sus agradables habitaciones con vista al mar y aire acondicionado, se pusieron cómodos y se bañaron para sentirse frescos ante el insoportable clima de la Isla, fueron agasajados con un manjar típico de la zona
—Como pueden ver nuestra Colonia está de pie, gracias al apoyo de todos y a que nuestros internos son muy buenos gallos, brindemos por eso— afirmó Marco Aurelio, el director.
—También quiero agradecer que nos honren con su visita y que nos ayuden a que nuestra gente obtenga una libertad— afirmó el director.
—Salud— contestaron todos, bebiendo con agrado su champagne.
—El menú de hoy fue diseñado por nuestro chef Florentino, uno de los mejores de la región— comentó Marco Aurelio.
—Gracias señor, espero que les guste, de plato fuerte tendremos langosta y una exquisita sopa de mariscos frescos, cada día tendremos un menú diferente diseñado especialmente para ustedes— contestó cortés y servilmente el chef.
—Aquí no hay austeridad, eso es una mentira que la gente inventa, ¿cómo vamos a tener austeridad si estamos al lado del mar?— afirmó con sarcasmo el director.
—Claro eso es una estupidez— contestó Federico un abogado de la comitiva.
—Salud señor director —afirmó Antonia una de las trabajadoras sociales.

Florentino era un notable chef que trabajaba en los mejores hoteles de Mazatlán, involucrado de forma no clara en el homicidio de un general, compurgaba una pena alta, trabajaba como chef particular del director desde la nueva administración, no percibía salario, pero su trabajo gratuito demostraría a toda la Institución su readaptación.
—Es usted muy amable, pero tengo una pregunta, ¿esto también lo comen los internos?— cuestionó Antonia.

Florentino guardó silencio.
—Por supuesto Antonia— contestó inmediatamente Carmen, la esposa del director.
—Al terminar si gustas los llevaré a que hagamos un recorrido por los almacenes que tenemos aquí en gobierno, los refrigeradores son industriales, hay suficiente para todos—, aquí nadie sufre escasez ni hambre— afirmó la primera dama.
—Será un placer — contestó Antonia hipócritamente.

La tarde transcurrió amena y exótica, la vista desde el comedor era verdaderamente un ventana al paraíso, el océano pacifico se mostraba en todo su esplendor, quieto, interminable, azul, cerca unos delfines saltaban festejando la puesta del sol.
—Pero este edén es una prisión—pensó Antonia mientras degustaba su crocante postre.

Al concluir recorrieron junto con la primera dama los almacenes de gobierno, un par de naves enormes, con semillas de todo tipo, maíz, frijol, arroz, harina para hacer pan, alimentos enlatados, los refrigeradores abarrotados de carne, de res, pollo, cerdo, efectivamente no había escases, pero nada de eso llegaba a los internos y sus familias.
—Es un poco tarde, mañana después de que terminen su jornada, los llevaré a que conozcan nuestra granja de camarón, operada totalmente por nuestros internos— comentó la primera dama.
—Por ahora si gustan regresaremos a las oficinas que tenemos una sorpresa para ustedes— aseguró sonriente la primera dama.

El director se quedaba en su casa, su embriaguez ya era notoria.

Los esperaba un camioncito muy bien conservado, manejado por un interno, una vez que fueron cordialmente invitados a subir, arrancó, el trayecto fué de aproximadamente cincuenta minutos, llegaron al punto más alto de la Isla, la noche olía a selva y sal.

Pasaron aproximadamente tres horas, ya con el clima más agradable disfrutaban el canto de los insectos tropicales y el susurro de las olas del mar.
—¿Ustedes pueden creer que la tormenta haya sido terrible?— cuestionó la primera dama.
—Imposible pensarlo desde aquí, ¿no?— se contestó
—La sorpresa que hoy les tengo es muy especial, desde aquí les mostraré un espectáculo único, miren hacia el cielo, allí justo donde mi dedo señala, ¿logran ver esa línea horizontal?— preguntó la primera dama.
—Si, contestó emocionado Raúl, el psicólogo más joven del grupo.
—Ese camino de estrellas es la vía láctea— afirmó la anfitriona.

Todos guardaron prolongados minutos de silencio sin bajar la cabeza, fue un acto sacro, un momento no imaginado por nadie, se enfrentaron por primera vez a la contemplación de la bóveda celeste en toda su forma, justo hasta ese punto donde a los individuos de nuestra especie se nos permite.

Creyeron absorberla toda con el iris de sus ojos, la oscuridad absoluta coronada por un pedazo del cosmos, millones de estrellas a millones de años luz, algunas quizá ya inexistentes pero que en ese momento bañaban con su brillo la ínfima existencia humana.

El mar no dejaba de bañar con sus olas infinitas los archipiélagos, las pupilas se llenaban de luz estelar.

Cada quien eternizó su momento y lo guardó para sí.
—Es increíble— suspiró Antonia.
—Va más allá de lo increíble— replicó Raúl.
—No hay palabras— dijo Cristian, otro psicólogo del grupo.

Permanecieron dos horas más y emprendieron el regreso, lo que esa noche sintieron no lo olvidarían jamás.

IX. Quince de septiembre.

La mañana comenzaba húmeda y un poco nublada, el sol permanecía oculto.

La jornada en la colonia se desarrollaba de forma tranquila, los internos realizaban sus actividades cotidianas.

Los profesionales que habían llegado de la Ciudad de México, comenzaban a trabajar, su trabajo consistía en pedirles a los psicólogos y trabajadores sociales que trabajaban en la Isla, una serie de formatos y entrevistas que la ley mencionaba, entrevistaban a los internos que podrían salir libres, claro siempre y cuando encontraran señales de readaptación.

Alejandra y sus demás compañeros estaban trabajando arduamente, atendiendo todas las peticiones de los “científicos” sociales que los visitaban.
—¿Crees que terminemos hoy?— preguntó Alejandra a su amiga Victoria.
—No lo creo, pero tenemos toda la noche para trabajar— contestó.
—¿Sabes lo que andan diciendo?— cuchicheo Alejandra.
—No— refirió Victoria.
—Que el director está organizando una fiesta mexicana para hoy en la noche, que estará muy buena, que habrá mucha comida, regalos y que estaremos invitados todos los empleados de gobierno, incluso algunos internos— comentó emocionada Alejandra, quien desde el concierto de Leopoldo y sus tiburones no había presenciado otro evento masivo en la Isla.
—Pues ojalá y sea cierto porque yo me siento muy aburrida, cansada y fastidiada, pero si vamos, aunque no terminaremos todos los expedientes que nos pidieron.— contestó Victoria.
—¡Pues vamos a apurarnos, que todavía nos faltan ciento cuarenta!.— afirmó Alejandra.

Diez minutos después el Director anunciaba la fiesta afuera de su oficina, la cita sería a las siete de la noche, en La Placita, la algarabía de la gente fue generalizada, todos querían estar en el festejo de la primera gran noche mexicana de las Islas.

La comitiva de la Ciudad de México también formaría parte del festejo como invitados de honor, la imagen que tenían de la Colonia penal era surreal, no empataba en ninguna forma con la realidad vivida por los internos y sus familias, la escasez, los malos tratos, permanecían ocultos.

La tarde comenzó a tornarse extraña, por un lado se escuchaba el jolgorio de los internos que comenzaban a colocar adornos en la placita, papel picado de color verde, blanco y rojo, la cocina comenzaba a despedir olores a maíz y carne, pozole para todos- pensaban los internos- y por otro lado el aire irrumpió de forma inusual, fuerte y constante, las palmeras comenzaron a ser remecidas notoriamente, sus hojas se ladeaban resistiendo el golpe; el cielo se matizó de negro y transitaba por él un cúmulo denso de nubes que lo cubría en absoluto, los adornos cayeron y no había forma de poderlos sostener.

El mar perdió el azul índigo y se tornaba del color del lodo, perdió los límites y entraba al muelle, también golpeaba ferozmente los acantilados, el estruendo del choque cada vez se escuchaba más violento.
—Alguien sabe lo que está pasando— preguntó Antonia la trabajadora social de la comitiva.
—Pues va a llover— reparó sarcástica la primera dama.
—¿Así llueve siempre?— respondió angustiada Antonia.

Nadie contestó.

Los internos comenzaron a inquietarse y preguntaban a las autoridades, a los custodios, si se trataba de una tormenta normal o de algo mayor, nadie respondió porque nadie lo sabía, todos ignoraban a ciencia cierta lo que estaba sucediendo, pero intuían que aquello no era una tormenta normal.

Las familias se retiraban de las áreas recreativas y de la Placita, tenían desconfianza y miedo, recordaban la amenaza de Emilia.
—¿Cómo va a ser huracán? El Director ya nos habría informado— comentó el Comandante Barrera.
—¡Pues parece mi jefe!— contestó por radio el custodio que estaba asignado en la caseta cercana al muelle—
—Se ve muy negro el cielo y las nubes que lo cubren se acercan cada vez más, el mar está muy bravo— contestó el custodio.
—Déjame preguntar al Director, sólo por no dejar, pero no creo, la otra vez Jorge nos avisó con anticipación— comentó Barrera.

El comandante se dirigió rápidamente a la oficina del Director, al cuestionarlo sobre la posibilidad de que un huracán estuviera en camino, se rio y burlonamente dijo, —ustedes se espantan de todo- ¡aquí no pasa nada comandante!— contestó el director.
—Está bien mi jefe, confiamos en usted.— respondió Barrera.

De forma discreta la primera dama se dirigió a la cocina de la colonia y pidió que suspendieran todo, que se fueran a sus casas a descansar, que los festejos se cancelaban porque una de las personas de la comitiva estaba enferma.
—¿Pasa algo allá afuera?— preguntó una interna
—Nada hija, todo bien, en vez de festejo mejor vayamos a descansar todos— contestó la primera dama.

Así fue como comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.

El Centro Meteorológico había avisado con diez horas de anticipación al Director de la Colonia Penal, que de forma no prevista una tormenta tropical se había convertido en huracán y que había cambiado su trayecto, el fenómeno atravesaría los archipiélagos con toda su furia, urgían a que se evacuara y resguardara a la gente lo antes posible, pues sabían que la infraestructura de la Isla era vieja y no resistiría un huracán categoría tres.

El prepotente director jamás hizo caso, desestimó de forma vil e irresponsable la advertencia del Centro Meteorológico, no informó a nadie, el huracán Lane estaba de frente y a punto de tocar tierra en las Islas Marías.
—Se pueden ir a sus casas a comer— dijo la primera dama a todos los empleados de gobierno.
—Nos vemos más tarde, si la lluvia continúa no habrá festejo— comentó.

Fue así como todos comenzaron a irse a sus casas, con dudas, miedo e incertidumbre.

Los marinos estaban resguardados en el otro extremo de la Isla, un custodio logró entablar comunicación con ellos vía radio, cuestionó porque no estaban en la parte norte.
—Por qué ya está entrando el huracán— contestó el capitán de un buque.
—¿Huracán?— cuestionó desencajado el custodio.
—Si, ¿qué no les dijo su director? Desde hace varias horas informaron los del Centro Meteorológico y nosotros también le comentamos de nuestros movimientos para el resguardo de las patrullas marinas y de nuestra gente.— contestó el marino.
—No sabíamos nada, nadie dijo nada— contestó el custodio.
—Pues mejor busquen donde resguardarse porque viene muy fuerte, no creo que la Isla resista.— contestó el marino.

El custodio informó a su comandante, quien precipitado irrumpió sin anunciarse en la oficina del Director, para confrontarlo y cuestionarlo del porque no avisó nada sobre el huracán.
—Que se salve quien pueda comandante, no le juegue al héroe, toda esta bola de culeros son una mierda, y ojalá se los cargue la chingada a todos.— contestó el Director.

Barrera no contestó, era la primera vez en muchos años que no sabía que decir.

Salió desconcertado y corrió a su oficina para dar las órdenes por radio.
—Todos los compañeros que estén en los campamentos, reúnan a las mujeres, niños e internos en los comedores, traten de tapar las puertas con muebles, con lo que encuentren, está entrando huracán a la Isla.

La zona del hospital estaba frente al mar, allí los médicos organizaron a la gente y se resguardaron como mejor pudieron.

Los campamentos más vulnerables y lejanos eran aserradero, donde estaban las granjas y el campamento de internas, conocido como el femenil, que también estaba a la orilla del mar, nadie pudo llegar a auxiliar, ni siquiera sabían si habían escuchado el mensaje del comandante por radio.

Algunas familias fueron traídas a la iglesia en los camiones, fueron pocas, la lluvia caía con toda intensidad y el viento era impresionante tambaleaba los vehículos, ya no se podía manejar por los caminos en los que corría sólo agua.

Era quince de septiembre y el huracán Lane estaba en tránsito de arrasar con las Islas Marías.

El equipo de trabajo proveniente de la Ciudad de México había sido resguardado en las oficinas de gobierno, soportaron los embates del ciclón en oscuridad total, el viento aullaba y el agua se filtraba por los vidrios rotos, las maderas resistían valerosamente ante la desigualdad de fuerzas, una de las abogadas lloraba desconsolada, fue presa de la una crisis nerviosa que no pudo controlar, gritaba y lloraba anunciando que todos morirían, que el Apocalipsis llegaba.

Comenzaron a escuchar tronidos, eran los techos de lámina de los campamentos que volaban y chocaban con las casas de los internos, los refrigeradores eran proyectiles mortales, un camión se recostaba y el viento lo arrastraba.

El tormento duró toda la noche, una eternidad.

X. La mañana.

La lluvia había disminuido pero continuaba cayendo, el viento cesaba, las calles eran ríos de lodo que bajaban arrastrando todo lo poco que quedaba a su paso.

La gente que alcanzó a resguardarse en la iglesia abrió la puerta y tres osados salieron a ver el panorama.

Lo poco que vieron fue desalentador, la placita estaba con todas las palmeras en el piso, habían sido arrancadas desde su raíz, como si un gigante despiadado en un arranque de ira las hubiera tomado como hierba de frágiles tallos, caballos muertos arrastrados por el rio de lodo, aves muertas, casas sin techo y con algunas paredes derruidas.

A lo lejos veían venir una lancha navegando por el rio que un día antes era calle, eran dos custodios y un interno, estaban inspeccionando poco a poco los campamentos, a los que podían tener acceso y hasta donde el diésel de la nave les alcanzara.

Alejandra salía de la iglesia, allí alcanzó a llegar, le preocupaba el área femenil, pidió que la llevaran, los custodios aceptaron pero le advirtieron el riesgo de quedarse a la mitad del camino por la falta de combustible.

Al recorrer el recién formado río, fueron notando el nivel de destrucción, la mayoría de los campamentos quedaron sin techo, sin muebles, inundados, los comedores habían resistido el embate del huracán y los internos estaban en su mayoría a salvo, la escena más reiterada además de la destrucción y el caos era la de los hombres abrazando a sus familias con el agua hasta las rodillas

El combustible alcanzó y llegaron al femenil, allí las cosas estaban peor, el agua y lodo les llegaban a la cintura y un poco más arriba, estaban semi enterradas en el comedor, el deslave de las laderas les había cubierto, tenían que acudir por ayuda para el rescate.

A las diez de la noche pudieron sacar a la última interna, entre llanto y júbilo todos celebraron el éxito de los rescates. Alejandra por fin descansó.

Sin abasto y sin comida, la gente comenzó a buscar entre los escombros algo que comer.

El director acompañaba el recorrido al día siguiente, fingiendo, actuando con populismo caminaba entre los escombros y el lodo, escuchando las inquietudes de las personas.

XI. La visita.

El ministro de seguridad llegó por la tarde en un avión enorme del ejército, la Colonia Penal estaba incomunicada, no sabían nada, la única referencia de información con la que se contaba en el continente era lo que comentaban en la radio, que las Islas Marías habían sido devastadas por el paso del Huracán Lane.

Cuando los pasajeros del avión divisaron desde el aire la pequeña pista de Balleto también se percataron del nivel de destrucción en el archipiélago, pocas casas estaban de pie, abundaban los deslaves y el agua corriendo por las calles.

Al momento del aterrizaje acudieron muchos internos y las autoridades de la Colonia, también los miembros de la brigada de la Ciudad de México, el recibimiento fué el mismo que el que una tribu otorga al descenso de un dios del cielo, cuando bajó el ministro visiblemente emocionado, exclamó —¡pensamos que no habría sobrevivientes!

Los medios de comunicación no informan nada de las Islas, sólo de la destrucción en Sinaloa— afirmó.
—Afortunadamente no tenemos decesos que lamentar, pero mucho que reconstruir— comentó el Director.

Así comenzó el tour oficial por el devastado territorio, por la tarde el avión partió, con los expedientes de las brigadas y el comité de especialistas que habían llegado para su realización.

La Colonia Penal se enfrentaría a tres días de severa escases de alimentos, agua y al gran reto de la reconstrucción.

XII. La colecta.

Recién llegado a su oficina el ministro, ordenó la ayuda inmediata, se activó el plan de emergencia nacional para el apoyo de la Colonia Penal y delegó la supervisión a un siervo suyo, quien se encargó de pedir fondos económicos a todos los trabajadores de gobierno para ayudar.

El ministro salió de gira internacional y se olvidó del tema.

Los trabajadores con gran solidaridad donaron efectivo y parte de su salario para la reconstrucción, fueron depositados en la cuenta privada del encargado del ministro, los fondos recolectados jamás llegaron a su destino final.

Los noticieros callaron para siempre, las Islas se reconstruyeron lentamente, y las libertades prometidas sólo fueron eso, una promesa más.

Eduardo Quiroz García

Agregar comentario