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Tarea

Cuentos en el muro

Luis Alberto Ramírez Barraza


El Coralillo

Todavía me acuerdo cuando llegamos a la hacienda las tres Marías, ahí estaba don Antonio el hacendado con toda su comitiva , el caporal, el administrador y adentro las mujeres encargadas de la cocina y el acomodo de la casa grande; la familia del patrón se había ido quién sabe a dónde, dizque lejos, porque ya se presentía una revuelta.

Yo siempre fui leal a las fuerzas de la revolución y sobre todo a mi comandante Rosendo Flores, mejor conocido como el “Coralillo”, le apodaban así, que porque decían, que cuando mordía, no había salvación pa’l cristiano.

—¿Qué les trae por aquí? —preguntó el patrón—
—Sólo venimos a pedirle ayuda, don Antonio —dijo el comandante—
—¿Y con que les puedo ayudar?
—Necesitamos algunos caballos y monturas, y pues si se puede con algún dinerito, que estoy seguro, que al patrón le sobra —lo dijo con cierto tono burlón—

Uno de los caporales quiso echar mano a la pistola, pero el patrón lo detuvo, —y le dijo:
—Cálmate Lorenzo estos hombres vienen en son de paz.

Lo que no sabía el patrón es que muchos de los hombres del Coralillo traían marcas en la espalda, del maltrato de los hacendados, y sobre todo de los caporales, y les traía recuerdos muy amargos y retehartos deseos de venganza. Algunos otros se acordaban de los derechos que se daban los patrones con las mujeres que vivían en las haciendas.

—Caporal, ya oyó al patrón, venimos nomás a pedirle una ayuda —replicó el coralillo— además, usted me cai re’bien —y soltó una carcajada—

Yo presentía que esta situación no iba a acabar bien, la gente estaba nomás viendo al comandante dar una señal para saquear la casa, buscar el dinero, y si había alguna mujer, pues…, ya algunos tenían días que no estaban con sus mujeres.

El patrón dió la orden de que se les entregaran monturas y caballos, luego le dijo al administrador que trajera una bolsa con monedas de oro, —y se las entregaron al comandante—
—Nos vamos a quedar unos días por aquí, si no le molesta al patrón —dijo el Coralillo—
—De ninguna manera, ya sabes, voy a mandar matar un novillo pa’que tengan algo que comer.

Por más que le buscaba, el Coralillo no encontraba la forma de cucar a don Antonio, quería un piecito para poder echar mano de todo

Por la noche los muchachos tomaron aguardiente y alguno de ellos fue a platicar con el Coralillo y de un de repente le dijo a Ezequiel, que era su mano derecha.
— Agárrate a unos muchachos y vete por el patrón, el caporal y el administrador.
—Si mi comandante —dijo Ezequiel—
Los trajeron ya en la madrugada
—Don Antonio usted bien sabe que todos ustedes han sido unos jijos con todos estos sus trabajadores, y la verdad yo contra usted no tengo nada. Pero no andamos buscando quien la hizo, sino quién nos la va a pagar.

—Pero hombre Rosendo, ya te di los caballos y las monturas y también dinero para tu causa ¿qué más quieres?
—Queremos justicia don Antonio, ¡justicia!, —volvió a decir el Coralillo—
—Amaneciendo los vamos a colgar —le ordenó a Ezequiel—

Estaba saliendo el sol y el patrón me volteó a ver, yo había vivido en esa hacienda desde que tengo uso de razón, mi abuelo y mi padre habían trabajado para el abuelo y el padre de Don Antonio, siempre fuimos como una familia.

El patrón estaba amarrado a un mezquite, yo fui a verlo, quería en ese momento no haberlo conocido nunca, ni haber comido en su casa, ni haberle pedido ningún favor, pero así son las cosas, estaba metido hasta el cuello con la causa, y le había jurado lealtad al Coralillo.

Don Antonio me volteó a ver, como que veía en mí, alguien que pudiera abogar por él ante el comandante, en ese momento podía leer los ojos y el pensamiento del patrón, y como que quisiera decirme, “ya se te olvidó cuando viviste en la hacienda, que nunca te hizo falta un techo y comida para ti y tu familia, cuando tu niño se enfermó y no tenías dinero para las medicinas”, porque sea lo que sea, don Antonio y su familia siempre nos trataron bien, casi no había favor que les pidiéramos que no nos hicieran, pero así está la cosa, había que atender las órdenes del comandante.

Muy temprano, el Coralillo le dio dijo a Ezequiel:

—Vámonos, pero antes de irnos cuelgas a los tres, al patrón, al caporal y al administrador, ai nos alcanzas por el camino real
—Ta’bien mi comandante eso haremos con todo gusto, —le contestó riendo—

Yo vi cuando los colgaron, yo vi cómo se retorcieron bajo el árbol, cómo sacaron la lengua, ese día sentí que algo se me desbarató en la panza, que me hice duro por dentro, ese día borré todos los recuerdos, ese día me hice un revolucionario… un revolucionario de verdad.

Luis Alberto Ramírez Barraza

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