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Federico Cendejas Corzo


Busca mi esquela entre la lluvia y mis lágrimas

“Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos”

Pablo Neruda

La novela corta de Elena Garro titulada Busca mi esquela es un texto prácticamente inconseguible para nuestra mala fortuna. Fue editada en los años noventa y la autora recibió por dicha obra, hace más de veinte años, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz que se otorga a una mujer escritora de América Latina o España. A pesar de ello, el texto no se encuentra en ninguna de sus antologías y sorpresivamente tampoco en sus obras reunidas que edita el Fondo de Cultura Económica, motivo por el cual imagino que no pudieron titular la colección como obras completas. Lo anterior ocasiona ventajas y desventajas a quien desee hacer un acercamiento a la obra. Un esfuerzo como el del presente trabajo pretende rescatar o por lo menos poner de manifiesto la existencia y calidad de la obra que ha sido casi olvidada por las editoriales, sin ningún afán grandilocuente más allá de reconocer a una autora fundamental de nuestra literatura. A continuación se realizará un análisis del elemento simbólico del agua manifestado en la lluvia y el llanto en la novela que aquí nos ocupa.

El relato de Busca mi esquela es una historia de amor, pero no un amor común, sino uno extraño, insólito y sorpresivo, un amor que irrumpe en medio de la lluvia y la noche y lleva a los personajes a ser devorados por la emoción. Ambientada en la Ciudad de México de los años sesenta, la narración invita al lector al refugio y prisión de todo capitalino de clase media, el automóvil, pues es dentro de uno de estos vehículos que se dan los acontecimientos más interesantes y en donde surge la relación entre Irene y Miguel, personajes principales de la obra.

A lo largo de toda la historia, el agua será camino y medio de emociones y recuerdos para los personajes, quienes mojados de lluvia y llanto sufrirán la nostalgia de la vida que tienen y no de la vida que pudieron o quisieron tener. Esta relación con los recuerdos, tema recurrente en toda la obra de Garro, se ve cristalizada en el relato con las siguientes palabras:

“La jovencita corrió calle abajo sin importarle la lluvia ni la soledad de la noche […] Caminó largo rato absorta, haciendo esfuerzos por no llorar, era mejor mirar la lluvia que le bañaba el rostro y los cabellos. “El que ama la lluvia ama la poesía”, le había dicho una tarde un jardinero japonés” (Garro, 1996: 5)1.

Gaston Bachelard en su libro El agua y los sueños habla precisamente de la relación entre los elementos acuáticos y los recuerdos y menciona lo siguiente:

“No puedo sentarme cerca de un río sin caer en una profunda ensoñación, sin volver a encontrarme con mi dicha. No es necesario que sea el arroyo de uno, el agua de uno. El agua anónima sabe todos mis secretos. El mismo recuerdo surge de todas las fuentes.” (Bachelard: 2005).

El agua es de donde surge la vida, es fuente inagotable capaz de contenerlo todo, en ella viajan los recuerdos y memorias de las generaciones pasadas y se arrastran las historias que llegarán al futuro para seguir corriendo por siempre. La sensación de infinito en el agua, también es la certeza de que ella es vehículo de todo el conocimiento. Agua de vida y muerte, agua materna y destructora, agua que limpia y arranca, que cierra ciclos y abre otros. El poder simbólico del agua es tan grande como su carácter indispensable para nuestra existencia.

Desde un inicio, Miguel, asaltado por Irene en su automóvil en mitad de la noche y después asaltado por un enamoramiento instantáneo y abrasador, mira a esa mujer que no entiende y no conoce como un ser del mar, alguien que viene del agua y hacia ella va, su mismo nombre le parece a Miguel un ser fantástico: “Irene, Selene, Sirena” (21). Además, la manera extraña y siempre dinámica que tiene la joven de comportarse, no puede sino remitir a Miguel al agua, el agua que fluye y cambia al igual que la mujer idolatrada: “A Miguel le pareció un ángel marino y tuvo la impresión de hallarse frente a un ser irreal, un habitante de la lluvia, una criatura escapada del mar o de la música.” (33).

Nuevamente, el desconcierto del agua incontenible aparece en la mente del personaje que detesta su vida normal, que odia a su esposa, su trabajo y su rutina y que se ve atraído por esta sirena extraña, a las profundidades de su amor marino, capaz de limpiar con su pasado para presentarle algo nuevo:

“Una gota de agua poderosa basta para crear un mundo y para disolver la noche. Para soñar el poder, basta una gota imaginada de profundidad. El agua así dinamizada es un germen; otorga a la vida el ímpetu inagotable” (Bachelard: 2005).

Tomando en cuenta lo anterior, el poder creativo del agua se extiende no solo al nacimiento de la vida sino también al nacimiento de las palabras, el agua lleva en sí misma la palabra y permite a los personajes principales hablarse muy poco, con diálogos precisos, certeros y llenos de una gran profundidad, que recuerdan también a los voces del agua: “–¿Sabes, Irene, que en un amanecer, cuando todavía era niño, descubrí en sueños la tristeza infinita de estar solo en el mundo y me desperté llorando?” (51). Miguel tuvo una revelación a través del llanto, supo el constante dolor del alma humana, la soledad, y también en medio de la noche lluviosa encontró a Irene, el agua trajo a su vida la experiencia sublime del dolor y del placer y le comunicó la terrible condición humana. Bachelard dice al respecto:

“las voces del agua son apenas metafóricas, el lenguaje de las aguas es una realidad poética directa, los arroyos y los ríos sonorizan con una extraña fidelidad los paisajes mudos, las aguas ruidosas enseñan a cantar a los pájaros y a los hombres, a hablar, a repetir y que hay continuidad, en suma, entre la palabra del agua y la palabra humana.” (Bachelard: 2005).

Por otro lado en distintas ocasiones durante el texto se califica a Irene y Miguel como dos náufragos, es decir, aquellos que están en medio del mar a la deriva, el mar, como expresión máxima de un cuerpo acuático representa la sed interminable y terrible del hombre por conocer la verdad que jamás alcanzará. Así sucede en la novela, pues nunca se sabe la verdadera identidad de Irene, y a pesar del deseo enloquecedor del protagonista de conocerla, de poseerla, ella es más bien un ser etéreo que nunca podrá alcanzar. La tristeza de Miguel es tan grande como el mar, y sus dudas con respecto de Irene, son también las dudas de todas las personas que habitamos este mundo. Muestra de ello la intensa narración que el hombre enamorado hace a Irene en el motel:

“[las] palabras [de mi madre] no aliviaron mi pena profunda, extraña, que venía de muy lejos. Era el año en que murió mi padre y ella atribuyó mis lágrimas a eso. “No, no lloro por él”, le dije y era verdad […] Era algo que no me abandona nunca. Sólo cuando estoy contigo me siento curado de esa pena. Cuando te me pierdes, toda la tristeza acumulada sobre mí durante años y descubierta esa noche, se me viene encima. Por eso no puedo vivir sin ti, ¿comprendes?, Desde esa madrugada me desperté llorando por ti…” (52).

El juego de tiempos que Elena Garro utiliza con maestría en su obra queda de manifiesto en la cita anterior, y también el símbolo del llanto como revelador del futuro y artífice del sufrimiento y la nostalgia perennes. En este caso, la autora utiliza al agua como vehículo de transgresión cronológica y adelanta la tristeza del hombre que sufre por la amada que aún no conoce. El agua nuevamente en su ciclo del eterno retorno le da al tiempo cierta circularidad:

“el agua hincha los gérmenes y hace surgir las fuentes. El agua es una materia que por todas partes vemos nacer y crecer. La fuente es una nacimiento irresistible, un nacimiento continuo.” (Bachelard: 2005).

El destino del agua es el destino del mundo y de la vida, que muere y se renueva, que sube y baja, que fluye y se estanca, y es reflejo de la débil condición humana con toda su incertidumbre.

El título de la novela inicia con un verbo conjugado, busca, y Miguel lo hace todo el tiempo, y no encuentra, porque el hombre busca bajo el agua, entre la lluvia, entre el llanto y la nostalgia, bajo el mar de la memoria y la ensoñación, solamente se hallará más confundido, más lejos de su objetivo. Al final sabemos que la esquela de Irene no es otra que la noticia de la boda de una tal Paulina con alguien que no ama. Paulina es Irene, Irene es Paulina y Miguel es Miguel, el que busca en una casa equivocada, en un auto equivocado, en una vida equivocada lo que deseó siempre y jamás tuvo, amor. Buscar bajo el agua es buscar en la nada, buscar una esquela es buscar la muerte, la muerte que trae el agua consigo y la muerte que permite que la vida continúe.

Bibliografía

  • Bachelard, G. (2005) El agua y los sueños. Edición conmemorativa de 70 aniversario. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Garro, E. (1996) Busca mi esquela y Primer amor. Monterrey: Ediciones Castillo.
  • Neruda, P. (2010) “Barcarola” en Antología general. Edición conmemorativa. Madrid: Alfaguara y la Asociación de Academias de la Lengua Española.

1 A partir de este momento cada que se cite esta obra sólo se consignará entre paréntesis el número de página para evitar la repetición.

Federico Cendejas Corzo

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