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LA CLASE

Tema del mes

Alfredo Gabriel Páramo


Adiós al 68, de Joel Ortega; Despedidas que abren futuros

“Dos de octubre no se olvida”, repetimos muchos de nosotros como un mantra, como un encantamiento líbranos-de-todo-mal, como reafirmación de que poquito o mucho, seguimos en la lucha.

“Dos de octubre no se olvida”, cuando para los jóvenes que en este momento están en lucha en universidades y bachilleratos públicos se trata de una fecha importante, sí, pero tan lejana y mítica como el 20 de noviembre, el 12 de octubre o el 18 de marzo.

“Dos de octubre no se olvida”, grito que se hace todavía más lejano, más ajeno para millones de personas cuando recordamos a un suceso ocurrido el siglo pasado, hace 50 años, en otro México, en otro mundo, casi en otra historia.

“Dos de octubre no se olvida”, ¿de veras? ¿Y si mejor seguimos adelante?

La lectura de Adiós al 68 fue una aventura desconcertante, en ocasiones tuve ganas de decirle a Joel Ortega “pero cómo se te ocurre”, como lo hicimos incontables veces en la maestría en la que nos conocimos hace unos diez años. Otras, fue una lectura profunda, llena de aprendizaje y explicaciones que, compartidas o no, muestran un claro razonamiento y un profundo conocimiento de las fuerzas dialécticas que conforman la realidad.

Porque eso sí, Adiós al 68 en ningún momento es un libro lindo, complaciente, escrito para vender, porque es una obra extraordinariamente crítica.

Se revisan en él desde las versiones oficiales de los hechos hasta las de quienes participaron en ellos y se señalan los errores de lo que con mucho tino Joel Ortega llama “izquierdas”, precisión necesaria y fundamental ante la presión mediática y propagandística que pretende hacernos creer que en México existe una sola izquierda, la ungida, la oficial, la del certificado de autenticidad que ella misma se otorga o peor todavía, del que le brindan sus enemigos.

También, el libro es el recuento de una historia, de un devenir tanto del autor como del país y de la sociedad. Repito, no es una lectura complaciente hecha para agradar sin más.

Sin embargo, este Adiós al 68 de ninguna manera debe interpretarse como la crónica de una derrota o el reconocimiento de un fracaso. ¡Nada de eso! Como anota Joel Ortega, “el 68 impulsó una generación de mirada libre, mucho más que las anteriores”.

Es innegable que, ahora, millones de jóvenes, a pesar de muchas problemas, son más libres, creativos y críticos que antes. Vamos, no todos, pero nunca los buenos han sido mayoría. El 68 mostró a la sociedad que era posible derrotar al tirano PRI y, sobre todo, desenmascarar a un gobierno con aciertos que ahora extrañamos, como la seguridad social, los 20 centavos de cada peso dedicados a educación o la dignidad internacional, pero autoritario hasta la barbarie, asesino de agraristas, obreros y estudiantes, e intolerante hasta el delirio.

Se mostró que las calles eran nuestras y que ellas eran el lugar de nuestras protestas más sentidas y de nuestros más airados reclamos. Los jóvenes del 68 nos enseñaron que no era el nuestro el mejor de los mundos posibles, pero que se valía pensar en utopía.

También, el 68 ayudó a mostrar otra de las realidades de México, esa inmersa en lo que Joel Ortega define como: “Un capitalismo distorsionado, salvaje, no solo por el neoliberalismo. Un capitalismo de compadres que niega los derechos de los trabajadores, que ha descansado en una sobreexplotación, que se refleja en los bajísimos salarios de los trabajadores. No solo me refiero a los mínimos, sino a los salarios contractuales que han contribuido a construir un país con una extraordinaria desigualdad”, desigualdad que ahora, en 2018, es mucho mayor, mucho más lacerante que hace 50 años.

Otro de los grandes aciertos de Joel Ortega es su postura irreductible de negar y denunciar a quienes creen que el movimiento del 68, como se ha dicho de otros movimientos a partir de él, fue desorganizado, de ocurrencias, sin ideología y que, en el fondo, ellos fueron los culpables de haber sido aplastados. Nadie es culpable por ser víctima, y los estudiantes del 68, como muchos luchadores sociales, como los estudiantes del CCH, han sido las víctimas.

Repito que Adiós al 68 no es un libro con el que esté totalmente de acuerdo, sino que es una obra para discutir, para debatir, para ser lo que se espera que seamos las personas de izquierda: críticos, pero con los ojos puestos en la utopía.

Alfredo Gabriel Páramo
Escritor, periodista y consultor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

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