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Tarea

Cuentos en el muro

Eduardo Quiroz García


La fiesta

I.

Las moscas vuelan o están agazapadas, forman una gran costra negra que constante, zumba en la aceitosa pared, el olor a drenaje perfuma su corazón.

Yo la cárcel, puedo contarles que en mi interior existe el dormitorio diez, área de segregación, de conductas “especiales”, donde se castiga a los que roban, a los que extorsionan, riñen o venden droga dentro del penal, algo parecido a lo que nombran apando.

Cada celda permanece cerrada y con candado, sin embargo por una módica cantidad de dinero o de droga, los custodios pueden abrir para que los internos circulen libremente por los pasillos, para que salgan a robar al patio de visitas u otro dormitorio y después se vuelvan a meter sin mayor problema a su estancia.

A diferencia de los demás dormitorios o “celdas” este no cuenta con luz y no es porque los otros estén a todo lujo, pero si en algún momento pensaste que no habría nada peor en una cárcel, te equivocaste, existe el dormitorio 10.

Las coladeras, aunque estén abiertas irónicamente están tapadas, obstruidas por todo tipo de basura, el submundo de las inmundicia florece como una realidad paralela entre una mezcla de lodo gris y caca, así es la entrada a mi humano y viscoso pantano.

En la estancia número doce del pasillo cuatro viven cómodamente veinticuatro internos, de los cuales “El chupacabras” es la mamá del cantón1, él decide quien duerme acostado, quien tiene que amarrarse a los barrotes o dormir parado, a quien le toca hacer la fajina2 y quien tiene que formarse para el rancho3, quienes lavan la ropa y por supuesto quien debe salir a robar.

De esa estancia emana un hedor profundo, un picor agudo que doblega tu nariz, humedad y mugre acumulada; hacia el fondo, en el lado derecho la desvencijada y saturada letrina, en el otro extremo en un espacio libre de salitre, el altar del chupacabras.

Cuando todos están realizando sus tareas asignadas, El chupacabras limpia su altar e invoca con un mar de palabras a la oscuridad…
—¿Apoco no se ve chingona? —exclamó El chupacabras.

La grotesca imagen de la Santa Muerte impera y sonríe tétricamente desde su arista de cemento, dibujada con la tinta negra de un ángel homicida, sostiene en la mano izquierda una enorme guadaña, de la cual, escurren esferas liquidas de color gris.

Con la derecha acaricia el globo terráqueo, sus falanges cubren toda la esfera y de igual forma le escurren esferas de sangre gris, en la cabeza porta una corona que remata cada una con seis estrellas, sus ojos de fondo verdoso reflejan el túnel vacío del infierno… el escape de la prisión.

El chupacabras, siempre mantenía ese altar con tres velas encendidas, un plato con rancho, cadenas y pulseras de oro.
—A “la niña blanca” —como él le llama— le gusta que le ponga su rancho diario, y no debe faltarle oro, le gusta el oro- susurraba el chupacabras…

II.

Llegaba apresurado con el rancho a la celda el Nahual, otro interno que era el “mostro”4 del chupacabras.

El chupacabras no lo vio entrar, lo miró de reojo y le dijo: —“ ella es la pura verga nahual, le debo muchos favores— comenzó a contarle, —una ocasión hubo un operativo en la vecindad, llegaron los putos polis agandallandose a todos, ya sabes cómo son esos culeros, sienten que por que andan de azul son la verga, pinches putos, nadie nos dió el pitazo, agarraron a la bandita en la pendeja, sin cuetes, yo estaba afuera, en la puerta, pasaron sin verme, corrí por en medio del patio donde estaba toda el desmadre, nadie me atoró y traía varios sobres de perico5, ¿pero sabes que pasó Nahual?— una noche antes yo le había puesto una cadena de oro que le robé a un pendejo saliendo del metro Tacubaya y le rece chingón a la santita6, por eso no me agarraron —aseguró El Chupacabras.

—¿Por qué no te agarraron?— preguntó el Nahual de apenas un metro cincuenta de estatura, quien cargaba una bolsa entre sus manos.
—¡Pues porque la santita tiene el poder de hacer invisible wey!— contestó El Chupacabras.
—No mames, ¿al chile?—preguntó El Nahual.
—Simon nahualito, ella tiene muchos poderes, uno de esos tantos poderes es que te hace invisible cuando hay un pedo, sólo hay que cumplirle con lo que le prometes, ¡porque si no te chinga! —afirmó El chupacabras.
—Eso ya lo había oído, que te hace invisible, ¿pero entonces porque estás aquí, cuándo te atoraron, que no te hizo el paro o qué?—preguntó El Nahual.
—Pues porque después de asaltar un pinche banco pedorro todo me valió madres, me fui de pedo con mis carnales varios días, me gasté la lana en polvo, putas y alcohol, se me olvidó la pinche promesa, no le cumplí a la santita y me atoraron. —contestó El Chupacabras.
—¿Y qué le prometiste? —preguntó intrigado El Nahual.
—El Chupacabras miró fijamente a la pared, y contestó —luego te cuento, mejor vamos rezarle porque no tardan en llegar los demás culeros y son re putos, ¿trajiste el encargo Nahual?
—El Nahual calló y sacó del morral una bolsa de plástico que se retorcía entre chillidos y una fuerza escurridiza, con las dos manos le pasó aquel bulto al Chupacabras.
—¡Chingón nahualito! —exclamó el chupacabras, ¡está re chula! —refiriéndose a una rata de gran tamaño que el Nahual había traído por encargo del chupacabras y que había atrapado en las cocinas del penal.

Entre las manos del chupacabras el animal chillaba, tratando de morderle los dedos, sus colmillos brillaban y sus ojos desorbitados reflejaban la desesperación por huir del roedor, el chupacabras con fuerza la sujetaba mientras encomendaba aquel cuerpo asqueroso y grisáceo a “la niña blanca” el sacrificio era de sangre…

—A ti ofrezco la sangre de esta animal, su muerte ante tu altar dará la vida y fuerza para vencer a mi rival, del cual traeré su sangre fresca a que la bebas, a cambio te pido que me des chance y me lo pongas de frente para poder chingármelo… —pronunciaba el Chupacabras.

—El Nahual aterrado casi se guacareaba cuando vio como con una mano el chupacabras enterraba los dedos en el cuello del animal y con furia desprendía a pedazos la cabeza salpicando sangre por toda la estancia., justo en las manos de la santita embarraba el cuerpo de la rata…

Los chillidos del animal inquietaban a los internos de las estancias vecinas, nadie protestaba, el rito culminaba, la noche se abría…
h2. III.

La marihuana escaseaba, cada gramo había subido de a 30 a 70 varos, en el kilómetro7 ya sólo quedaba un puesto de mota y piedra de los 7 que surtían, el suministro no se corría, dicen que no les llegaban al precio a los nuevos jefes, la banda andaba ansiosa…

IV.

El módulo era la cárcel de la cárcel, allí se asignaban a los internos de alta peligrosidad, en “la colmena” estaban encerrados permanentemente los más agresivos, los que no deberían tener contacto con todos los demás internos disque por su peligrosidad, ellos traían varios procesos penales, varias sentencias, eran lo que se dice unas “chequeras”8.

Se denominaba la colmena por la forma hexagonal que tenía el diseño de las estancias, todas conectadas entre sí, formando un circulo o quizá porque allí se escondía la miel más venenosa de todo el penal.

Allí, en una de esas estancia vivía “La Langosta” contando días, minutos, segundos, para poder salir a los dormitorios, al patio de la visita, pero difícilmente lo dejaban salir, a él sí lo tenía a pan y verga, dejarlo salir era sinónimo de que habría consecuencias graves.

A él lo mantenía vivo algo, ni el mismo sabía qué, pero en estos días de “escases” andaba como verdadera fiera enjaulada, le quedaba sólo un churro, sabía que no podría aguantar más la ansiedad del cuerpo, el encierro, su mente sólo pensaba en piedra y mota, el momento de pedir paro había llegado…y para eso tenía al padrino más chingón de la cárcel, ¡el mismísimo diablo¡

Una estampa de la cara del diablo estaba pegada en la pared, un rostro rojo de ojos perversos, con grandes cuernos, sonriendo, mostrando una lengua bífida y colmillos de reptil.

En mi memoria de cárcel no recuerdo quien pegó en mi pared esa estampa del diablo ni en qué momento, pero La Langosta sabía que era un recurso útil…que al castigarlo, maltratarlo y después premiarlo, le concedería un motín.
—Ahora si padre, me vas a tener que ayudar, está de la chingada, no tenemos mota, sólo me queda este churrito y una piedrita, hay que armar una fiesta9 ¿no? Por qué esos putos tienen lo chulo10 y uno aquí sufriendo —esto se lo decía en voz baja, mirando al diablo y encendiendo su churrito verde, aspirando hacia dentro el sabor amargo de la boquilla.

El humo del cigarro salía disparado en dirección al satánico ser, impactaba directamente en sus ojos, lo invadía con estrépito y el denso silbido de los labios pegados de la langosta parecía invocar a las siete plagas…

La langosta se ahogaba al aspirar nuevamente el humo ancestral que transporta al descarnado túnel, puerta para poder ver y hablar con el diablo, volaba en un limbo, seres desgarrados y ardientes coreaban cantos de dolor, el calor agobiante de la oscuridad…

Al tenerlo de frente La Langosta lo escupió, cien mil gargajos verdes salieron de su garganta, el rostro del diablo quedó densa y viscosamente irreconocible, La Langosta sonreía en su viaje, se hincó y a la altura de la imagen pegó la bachita11que le quedaba en los labios del mismo demonio… el cigarro se consumía, al Satán le gusta la mota, pero primero hay que hacerlo emputar.

Sentado en una gran piedra y con los ojos cubiertos de baba dio la vuelta y cuestionó, —¿ahora que chingados quieres hijo de puta?— preguntó el diablo, moviendo sus alas hacia los ojos, quitando los escupitajos para poder mirar al esquelético humano que lo invocaba.
—No tenemos mota padre, o bueno si hay pero no la aflojan los monos12 y necesitamos hierba, la banda está eriza13 —contestó La Langosta.
—¿Y por eso me llenas de tus mocos? —dijo El Diablo.
—Simón, de otra forma no me pelas jefe…—afirmó La Langosta.— ¿pero qué tal la bachita? —preguntó la Langosta.
—¡Es de la buena, te rifaste cabrón! —contestó El Diablo.
—Pues de esa hay allá arriba, ábrenos la puerta de este puto lugar, de la colmena y déjanos armar la fiesta, tu recompensa será más hierba… sabes que cumplo y pues de paso te traigo un cristiano, ¿como ves?—propuso La Langosta.
—El Diablo se quedó pensando y dijo: —pinches almas que traes valen verga, pero va, trato hecho.
—La langosta suspiró profundamente y despertó…

V.

La mañana pintaba el reclusorio de sol y las estancias se vestían con una inusual calma, poca gente en los pasillos, a pesar de que las zonas ya estaban abiertas.

Una nube de humo se alzó en el lado poniente del penal, el ruido poco a poco creció, fué avanzando, los custodios comenzaron a solicitar apoyo, pedían cerrar las exclusas de todos los pasillos, tomaban su frasco de gas y confrontaban a los internos, la marabunta corría, los gritos acribillaban el silencio y toda el área de talleres; se apilaban todos los cochones posibles para quemarlos, madera, ropa… columnas de fuego se levantaban para anunciar el territorio de nadie, la frontera de lo prohibido había sido profanada y la furia enajenante permeaba gotas de miedo en todos los rostros, ondeaba la bandera de la muerte.

Los monos14 corrían tratando de entrar y contener aquel desmadre, el humo del fuego se mezcló con el humo de los gases lacrimógenos, el esfuerzo era insuficiente; en el área de gobierno cerraban todos los controles de acceso, todas las aduanas, nadie podía entrar pero tampoco salir.

Comenzaban a correr internos agarrándose la cara por el ardor del gas, unos claudicaban, otros seguían aprovechando el momento de confusión para meterse a otras estancias y robar, saquear las tiendas, ajustar cuentas con rivales que traían desde la calle, madrazos, golpes, la sangre y la adrenalina reinaban, otros se guardaban y en las estancias se ponían candado por dentro para que nadie entrara, sólo el ardor del gas.

En tanto en el otro extremo, lado oriente del penal, comenzaba a arder otra guerra, el módulo de máxima seguridad ahora era controlado por los de beige15 comandados por La Langosta.

Los custodios habían sido tomados como rehenes, después de haber madreado y rociado a uno con gasolina lo quemaban, era un mono ardiente y trepidantemente que chirriaba centellas, chasquidos tétricos de muerte con olor a carne chamuscada, “la colmena” había sido provocada por la diabólica risa del diablo, La Langosta traspasaba las cortinas de humo y llegaba a la estancia indicada, cargado con una punta de metal, corría frenéticamente buscando al cliente, “al encargo” que los mismos jefes de negro querían eliminar para poder mover libremente la droga, le apodaban El Norteño, quien en el módulo gozaba de la protección suficiente de otro grupo de jefes del penal y a quien había que pagar la gran cuota para que pasara la droga detenida. Directo y sin mayor antesala que el movimiento del brazo, La Langosta le dejo ir la punta de metal directamente en el abdomen para sacarla de forma inmediata y repetir la misma acción unas diez veces, veinte centímetros de dolor atravesaron el tejido tenso del corpulento interno, la sangre mojaba la mano de la Langosta y esa sensación lo excitó a darle más piquetes en el cuello, en la espalda, en las piernas, sin ningún miramiento, fue justo cuando llegaron los internos que cuidaban del Norteño, su escuadrón de muerte, pero demasiado tarde para defender al jefe, abalanzados sobre La Langosta descargaron la furia de sus puntas…el diablo fumaba y gozaba por no respetar sus acuerdos; la chequera cumplía su misión.

VI.

Los dormitorios continuaban como territorio de nadie, las bajas comenzaban a contarse por decenas, en el patio de visita familiar yacían los cuerpos que eran aventados desde el kilómetro, formaban un grotesco pastel de sangre.

Otra veintena de internos, guiados por El Chupacabras había logrado salir del Dormitorio 10, estaban en el área de gobierno, buscaban afanosamente a un abogado y tenían de rehenes a dos trabajadoras sociales y un psicólogo, El Chupacabras amenazaba con matarlos si no salía El Jurídico, tenía ubicada la presa y estaba a punto de cazarla, empujaban la puerta donde estaba encerrado, pateaban, golpeaban, hasta que la tumbaron, el licenciado apuntaba con una calibre 22 al Chupacabras y éste se abalanzó sobre él como hiena salvaje y ofuscado por la rabia sobre la panza del licenciado, la punta entraba precisa y se deslizaba por el cuerpo del abogado, éste no alcanzó a disparar, el arma era reclamada por la fuerza de gravedad y caía lentamente, el chupacabras reía de satisfacción, mataba al puto que se había chingado su lana, al que le había prometido sacarlo en tres meses, sabía que no se iría limpio pero con ello los demás tendrían el ejemplo, a él se le respetaba; también tenía lista su promesa para la santita, sangre fresca de rata pero humana, su altar estaría completo, la próxima vez sí sería invisible, no le fallaría más a la niña blanca.

El ejército llegaba, la tarde caía y el fuego también…

1 Interno que contaba con mayor antigüedad habitando la estancia y que por costumbre es el líder de todos los demás.

2 Lavar la estancia y el pasillo.

3 Comida proporcionada por la institución.

4 Interno sin ningún ingreso económico, ni visita y que está al servicio de otros internos, para ganar un poco de dinero o lugar donde vivir. La palabra mostro deriva de monstruo.

5 Cocaína

6 Otra forma de nombrar a la imagen de la muerte.

7 Pasillo que conecta los diferentes dormitorios, en donde los internos establecen puestos de comida, café, abarrotes o droga.

8 Internos a los que otros internos les pagaban por matar o herir a otro interno dentro del mismo penal.

9 Motín.

10 Tienen buenas cantidades, suficiente.

11 Pequeño cigarro de mota.

12 Custodios.

13 Sin nada.

14 Custodios

15 Los internos, denominados de esa forma por el color de su uniforme.

Eduardo Quiroz García

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