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Sala de Maestros


Jorge F. Hernández


Del imposible Pípila. Un intento de clonar lo heroico acaba por los suelos frente a un carrito de hot-dogs

Hace sesenta kilos de peso y casi cuatro décadas de tiempo, mis hermanos tuvieron la ocurrencia de probar mi naciente vocación histórica sometiéndome a lo que podría llamarse una hermenéutica corporal; es decir, poner a prueba o interpretar físicamente la veracidad de la leyenda del Pípila, héroe anónimo que según dicen cargó una pesada losa sobre sus espaldas para escudarse de las balas y pedradas que lanzaban desde la Alhóndiga de Granaditas y así, llegar hasta el portón para quemarlo con una tea. Como bien dijo Ibargüengoitia: “El Pípila histórico, si es que existió, requiere una docena de Pípilas, que son los que llevan la leña y la dejan contra la puerta, y es la fogata lo que incendia la puerta. Con una tea no se quema una puerta de alhóndiga”, pero mis hermanos lo querían verificar o desmentir; cuantimás, que yo ya había dizque revelado mi intención de ser algún día historiador.

Toto consiguió quiénsabedónde una digna rebanada de piedra caliza, digamos equivalente a una lápida que más o menos me amarraron a la espalda, formándose con mi cuerpo una escuadra perfecta de 45 grados. Lito daba órdenes, como reencarnación del general Allende, mientras Paco parecía un callado Aldama. Nos faltó alguien que representara al cura Hidalgo y una buena Corregidora, pero la madrugada no daba para tanto y además, Nacho y Chago apenas iban en la escuela primaria y quizá sobra mencionar que el experimentó exigía la abundante degustación de bebidas alcohólicas.

Hasta donde recuerdo, el intento de clonar lo heroico de abajo hacia arriba –es decir, arrancando de la base de la explanada de la Alhóndiga (más o menos por dónde quedaba Chenchos Bar) hacia el portón en lo alto era absolutamente imposible, con o sin piedra. Si el intento de recreación arrancaba en la esquina de la Alhóndiga con la ahora calle de Mendizábal (donde por cierto, sigue en pie la torre morisca de azulejos azules que fue despacho de mi bisabuelo Pedro Félix, sobrevolando la bajadita hacia el Mercado Hidalgo que parece una estación de ferrocarril sin rieles), repito: de bajada, con esa y quizá hasta dos lápidas encima, no sólo fui capaz de avanzar no pocos metros, sino de simular la antorcha con la atinada chispa de un encendedor Bic (de los que no sabían fallar, que buena falta le haría al mentado Pípila histórico, si es que existió).

Por supuesto, no llegué a la puerta y más bien caí rendido al pie de un carrito de hot-dogs que no aparece en ninguna de las gloriosas páginas de la historia patria. Pocos años después, se lo narré a mi Maestro Luis González y nos carcajeábamos a mandíbula batiente con ese afán inverificable de la historia de bronce por envolvernos en banderas, memorizar frases acartonadas supuestamente balbuceadas por los próceres (como si las hubieran lanzado en medio del proscenio) y esa anquilosada necesidad cívico-política por declarar intocables las glorias y dorados laureles de un pretérito tatuado en mármol.

Jorge F. Hernández

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