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LA CLASE


Alfredo Villegas Ortega


El papel del normalismo en la transformación social

Uno de los grandes desafíos y compromisos que tenemos los maestros de México es la abrogación de la Reforma Educativa, en todas sus vertientes, porque no fuimos tomados en cuenta, y los foros que se realizaron, solo sirvieron para legitimar una visión y un proyecto en el que el normalismo es mero eslabón en la cadena de contratación en los servicios educativos.

El normalismo debe ser el punto de partida de cualquier diseño educativo, no solo para consultar o validar decisiones institucionales, sino para transformar de raíz lo que proceda y para encauzar una auténtica revolución educativa que recupere el lugar preponderante en la educación del país que nunca debimos perder.

La Escuela Normal Superior de México, debe seguir formando a los mejores maestros en educación media y media superior y, también, producir profesionales de la educación en ámbitos de la propia educación superior. No es una ocurrencia, es una necesidad imperiosa, dados los nuevos tiempos que demandan especialistas en educación y con los conocimientos necesarios y los dominios específicos de diversas disciplinas.

Ello implica la creación de un currículum que trascienda la coyuntura política y que se funde en una verdadera filosofía de la educación que se pregunte por el tipo de país y sociedad a la que aspiramos; es decir, antes de pensar en modelos pedagógicos específicos, tenemos la obligación de ventilar las genuinas demandas de la sociedad y los maestros para resolver los graves problemas que nos aquejan.

Dichas demandas van de la creación de verdaderos centros de investigación educativa en las escuelas normales al reconocimiento sin ambages de la autoridad educativa a los productos que de ella se deriven.

Los nuevos tiempos producen nuevos desafíos y requieren de la acción inteligente y propositiva para recomponer lo que los últimos gobiernos se encargaron de destruir, ignorando la vasta tradición normalista en la educación y en la conformación de la identidad nacional.

El normalísimo no puede seguir siendo rehén de los gobiernos en turno, por ello, ante el inminente cambio de poderes debemos presentar una posición que rebase la confrontación y se instale en el debate abierto y respetuoso, sin renunciar a nuestros ideales e ideas.

Los nuevos foros a los que está invitando el gobierno electo, podrán ser espacios para ventilar nuestras posiciones y, eventualmente, para incidir en el diseño de planes y programas, tanto para la educación normal, como para la educación básica. Intentaremos ser escuchados sin ningún otro afán que el de mejorar la educación a partir de un normalismo con capacidad de gestión, con libertad para opinar y coadyuvar en la elaboración de una auténtica reforma educativa.

Obviamente, si la situación persiste, si la anunciada transformación queda en un simple maquillaje, no renunciaremos a nuestra postura crítica y en defensa de la educación. Simplemente responderemos a la invitación a los foros, porque es una obligación expresar nuestras ideas en estos momentos críticos, pero no le estamos entregando nuestra posición y dignidad a funcionario alguno ni a un gobierno que pronto entrará en funciones.

La refundación de las normales empieza por el reconocimiento a su labor, por la certeza laboral de sus egresados que son preparados para ejercer la tarea educativa, por la asignación de plazas a sus egresados, por la asignación de recursos económicos para expandir la investigación, mejorar la cátedra y producir los resultados que la sociedad, la juventud, la niñez y los maestros esperan.

Requerimos unos planes y programas que se nutran de la realidad vigente, en la que miles de niños deben abandonar sus estudios por falta de recursos, y en la que muchos jóvenes no encuentran los espacios para desempeñarse profesionalmente. Un modelo o programa que soslaya el contexto y la realidad, es un modelo sin futuro. No requerimos formar para la producción, el consumo y la inserción en el mercado laboral, sin más; ésa es una realidad, pero no es ni debe ser la prioridad. La verdadera educación debe producir la constante transformación de la realidad, simplemente porque siempre habrá mejores cosas a las que debemos aspirar.

Requerimos que se abra la consulta y que se tomen en cuenta las opiniones de los maestros y de los estudiantes normalistas. ¿Quién sabe más de educación que quien consagra su accionar a ello? ¿Quiénes conocen mejor la realidad de miles de niños y jóvenes que los maestros? Nadie. ¿En dónde se gestan los verdaderos maestros? En las escuelas normales. La verdadera experiencia se nutre en la práctica; necesitamos, entonces, que esa práctica sea cada vez más virtuosa y para ello requerimos ser escuchados y apoyados con recursos para mejorar la investigación y generar mejores propuestas, y no solo aplicar acríticamente los dictados gubernamentales.

Los medios de comunicación afines al gobierno, se encargaron de denostar al magisterio y, particularmente, al normalismo. Para ellos -y para mucha población que cree ciegamente en sus verdades sesgadas al poder y al gran capital que quiere todo lo que representa la educación -, los maestros somos subprofesionales, revoltosos, incapaces de producir lo que hacen otros centros de educación superior. Basta comparar los presupuestos y la autonomía o, al menos, la posibilidad de gestión que tienen instituciones como la UNAM, la UAM o el IPN, para entender lo absurdo de la comparación. Más aún, hay que ver cómo los estudiantes normalistas quedan mejor colocados en los exámenes para ingreso al servicio profesional docente (SPD). Ello no obsta para insistir en la abrogación de la Reforma y de la ley del SPD.

El nuevo modelo para la educación normal, es un modelo que elimina parte del tramo de formación y práctica pedagógica por asignar espacios a la enseñanza del inglés. No criticamos el aprendizaje de otras lenguas, pero insistimos en que hay otras prioridades, como las señaladas, que fueron hechas de lado.

Requerimos que se fortalezca realmente el aprendizaje autónomo, no con el discurso de que la superación está en cada uno, haciendo de lado la obligación del gobierno de brindar oportunidades y condiciones de equidad, que no las hay, y por ello la deserción y el desempleo tan preocupantes; no, pensamos en el aprendizaje autónomo, producto de la habilidad para investigar. No existe en el nuevo modelo ninguna asignatura de metodología de la investigación o afín, fundamental para que los futuros licenciados en educación expandan sus horizontes y fortalezcan, efectivamente, el aprendizaje autónomo.

Las escuelas normales deberían impactar en la educación básica y no al revés. Hasta ahora, se han venido adecuando los planes y programas de las normales, a partir de los cambios en educación básica. Ello ocurre, porque no hay un plan a largo plazo que modifique sustancialmente la filosofía educativa. Peor aún, no hay una verdadera filosofía educativa, sino meras políticas educativas, supeditadas a los intereses de la COPARMEX, Mexicanos Primero y otros grupos de poder.

Un radical cambio en la filosofía educativa, debe atravesar por las escuelas normales. Son éstas las que deben investigar el hecho educativo (como se viene haciendo, pero demandamos más recursos y que se tomen en cuenta); en las normales podemos perfilar al maestro que requiere la sociedad. Primero debemos fortalecer su formación, su visión crítica, su aportación al hecho educativo y, en paralelo, pensar y ejecutar los cambios requeridos en la educación básica. No hay cambio alguno, si antes no abrimos espacio a la gestión y la investigación en las escuelas normales. No es que hasta ahora no lo hayamos hecho. Pero necesitamos y demandamos mayores y mejores oportunidades para sintonizarnos con las expectativas sociales y no con las empresariales.

El mexicano que requerimos ahora, el ciudadano que ha de transformar este país, está en las aulas de primaria, secundaria y bachillerato. Para consolidar ese ideal, debemos apostar al reconocimiento y capacidad de quienes los están formando. Ello requiere el concurso imprescindible de los normalistas. Si se sigue creyendo que rasurar partes fundamentales en la formación docente es el camino, y se sigue apostando por la formación de profesionales reproductores de programas ajenos al contexto y la realidad social, mucho lo lamentaremos y más tardaremos en arribar a ese otro México posible.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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