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LA CLASE

Tema del mes

Elena Poniatowska


Las azoteas

Las azoteas tienen precipicios a sus costados. Cuando uno está arriba, la ciudad no es más que un solo techo. Abajo, en la calle, hormiguea la gente. ¿Para qué se mueve tanto con sus rostros fijos en la acera, sus nucas frágiles: cabecitas de alfiler? Por la mañana, las azoteas son la cúspide de montañas de concreto de la ciudad; las calles, su río profundo.

Algunas azoteas semejan jardines que han brotado entre la piedra, sembrados a ojo de pájaro por el viento. Otras ponen al Hermano Sol de Carlos Pellicer a secar miles de banderas blancas: sábanas, camisas, enaguas que para los aviadores son pañuelos de adiós…

Las azoteas viven estrictamente ligadas al alba y al crepúsculo.

De día, las lavanderas se protegen bajo un toldo, tienden la ropa y no se quedan mucho tiempo porque el sol pega duro, pero temprano en la mañana, con la energía de la primera hora, sube alguna criadita a bañarse en una palangana porque hoy le toca su salida; otra a lavar su vestido dominguero —el menos percudido— para que esté seco y planchado por la tarde. Allá arriba las muchachas reciben todas las luces que trae el día; luces agua, de música, luces buenas, alegres, de puro oro, que las resarcen de todas las órdenes de la patrona: barre, sacude, lava, contesta, no contestes.

Las azoteas son el patrimonio de las criadas. A la hora del crepúsculo suben a platicar: entablan amistad con otras del mismo edificio, leen la carta que como padrenuestro reciben de su pueblo: Por la presente te mando saludar, deseando estés bien de salud, con el favor de Dios, y hacen señas a sus donjuanes. Es el único lugar donde son libres. Por eso se peinan alisándose con el agua del lavadero para que no les caiga orzuela, para que no se troce el cabello.

—Eduviges, ¿qué cosa hay en la azotea?

—¡Ay, niño, ven tú a ver!…

—Mi mamá no me deja… Dice que sólo los gatos…

(Eduviges respinga con lo de gatos.)

—Mira, hay pelotas, globos perdidos, papalotes, aviones atorados en la antena de televisión…

¡Nada tan bonito como asomarse a un tragaluz! Huele a sopa, a frituras; se ven las recámaras, la mesa con su mantel bordado y la intimidad de la inquilina del tres, la del siete: ¿Sabes?, la señora del 16 tiene un jarrón rechulo. Lo vi por el tragaluz.

Cuando comienza a oscurecer, varios gritos surgen desde el abismo: ¡Eduviges! ¡Eduviges!

—Me llama mi patrona pa’ lo de la merienda.

A diferencia de los tejados de los pueblos, donde se tienden a secar las calabazas y el maíz, casi todas las azoteas de la ciudad son color de lluvia y de viento. Se alzan por encima del bullicio interno del edificio, de las miles de puertas que se abren y se cierran, de la radionovelas y los timbrazos. Entonces, las azoteas son torres de silencio que coronan las casas y allá los ruidos llegan atenuados y tan sólo se escuchan los zumbidos del agua en los tubos; los tinacos despreocupados que gotean y el chapoteo del aire sobre la sábana mojada.

Publicado originalmente en La Jornada

Elena Poniatowska
(París, 1932) Narradora y ensayista mexicana de origen francés creadora de un rico mundo de ficción, relacionado siempre con los acontecimientos, movimientos sociales y personajes del México contemporáneo; en su labor periodística intentó aplicar las técnicas del nuevo periodismo norteamericano. Integrante de una antigua familia de la nobleza polaca (y sobrina de la legendaria poeta Pita Amor), nació en Francia, llegó a México con diez años de edad y obtuvo la ciudadanía muchos años después, en 1969. Tras estudiar en su país de adopción y en Estados Unidos, en 1953 inició su carrera como periodista, profesión que ejerció siempre y le sirvió de punto de partida para varias de sus obras testimoniales. Por esa época se unió a la causa feminista y a la izquierda política. A lo largo de su trayectoria cultivó variados géneros: novela, ensayo, testimonio, crónica, entrevista y poesía. Todos sus libros guardan una constante temática y configuran un entramado que da cuenta del presente mexicano: se centran en la sociedad, las relaciones entre hombres y mujeres, el trabajo y el desempleo, el prevaleciente racismo, las costumbres y tradiciones del país, las tragedias nacionales (como el terremoto de 1985) o el papel de la mujer. Lilus Kikus (1954) fue su obra inaugural, escrita bajo la tutela de J. J. Arreola. En 1963, con ilustraciones de Alberto Beltrán, publicó Todo empezó el domingo, reunión de relatos-crónicas acerca de la vida dominical de los habitantes de la ciudad. Hasta no verte Jesús mío (1969) es el divertido relato costumbrista de las peripecias de una empleada doméstica. La noche de Tlatelolco (1971) ofrece un brillante ejercicio periodístico sobre la matanza de estudiantes ocurrida el 2 de octubre de 1968 en la ciudad de México. En Querido Diego, te abraza Quiela (1978), recrea la relación entre los pintores Diego Rivera y Angelina Beloff. De noche vienes (1979) es una amena fábula sobre una mujer polígama. Con Tinísima (1992) rindió homenaje a la fotógrafa de origen italiano Tina Modotti. También dedicó ensayos a Gabriel Figueroa, Juan Soriano y Octavio Paz. Su obra trasunta un carácter activo, que incita al cambio e invita a una toma de conciencia sobre los desposeídos, los niños de la calle y las mujeres, entre múltiples y significativos grupos humanos de la realidad contemporánea mexicana. Con La piel del cielo (2001) obtuvo en España el premio Alfaguara de Novela. En 2005 se publicó El tren pasa primero; con esta novela, que tiene como protagonista a un líder sindical ferroviario, Elena Poniatowska se hizo merecedora del XV Premio Internacional Rómulo Gallegos (2007). En 2011, la escritora obtuvo el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral por su novela Leonora, sobre la vida de la pintora Leonora Carrington.

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