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Sala de Maestros


Javier Aranda Luna


El legado de Paz, ¿una marca comercial?

Lo consignó la revista Proceso: sólo tres personas tuvieron acceso a la que fuera la biblioteca personal de Octavio Paz después del incendio de su departamento de Guadalquivir y Reforma ocurrido la madrugada del 22 de diciembre de 1996.

Ya en el hotel Camino Real, donde se mudaron, el panorama era francamente desolador: el poeta en un sillón junto a una mesita con libros, documentos y una fuente de dos pisos que en lugar de frutas albergaba medicinas.

Pero ni Marie-José ni él perdían el ánimo. Al contrario, le emocionaban los libros sobrevivientes. La rutina era sencilla: de las cajas de libros quemados Marie-Jo con guantes de cirujano tomaba un volumen, le pasaba una franela y me lo entregaba.

Mi trabajo consistía en abrir el libro, leer título y autor. Limpiarlo un poco más y depositarlo en una caja limpia. Octavio Paz tomaba nota para tener un inventario.

De todos los volúmenes que rescatamos yo sólo pude decir el título. El poeta alzaba la voz, decía el autor, el año, la editorial y, si era un libro de su abuelo, cuando existía una dedicatoria, nos decía: ‘‘debe decir algo como esto” y repetía cada palabra exacta de lo que yo, asombrado, leía en silencio.

Una tarde mientras hablaba con José Emilio Pacheco, que le llamaba desde Maryland, le dijo:

‘‘Mientras rescatamos algunos libros de los escombros descubrí que su amigo Javier Aranda no conocía muy bien el catálogo de Faber & Faber. Ya tiene tarea.”

Y después de hablar de otras cosas terminó diciéndole que no dejara de cultivar ‘‘la flor de tu pesimismo”.

El incendio había quemado decenas de volúmenes de su biblioteca pero otros, que permanecían en su estudio, se salvaron. También se salvaron de las llamas los documentos de su archivo que se encontraban allí.

Entre lo perdido se encontraban varios libros que heredó de su abuelo el escritor Ireneo Paz, pinturas, textiles y objetos que le habían regalado y que daban cuenta de sus viajes por el mundo y notoriamente de su estancia en la India.

Si el libro Azul de Rubén Darío en su edición de 1890 y que pertenecía a su tía ‘‘somnilocua’’ que le enseñó a mirar con los ojos cerrados se había perdido, había sobrevivido un volumen de Sor Juana en una de sus primeras ediciones con sus duras pastas de pergamino. Ese y otros libros fueron restaurados por la Biblioteca Nacional.
–Es buena idea que los restauren pero yo no puedo pagar nada.
–Tanto ha hecho por la cultura que dudo que le cobren. Sería un escándalo. Naturalmente no le cobraron nada. Los registros de esa restauración deben encontrarse en los archivos de la Biblioteca.

Sería una lástima que esos documentos y libros sobrevivientes del incendio se pierdan o queden en manos de quién sabe. Allí estaban al parecer sus cartas con Cortázar y Carlos Fuentes, que muchos años después Marie-Jo pensó publicar.

Cuando me comentó sobre esa posibilidad varios años después le dije que sería un acierto. Esa inteligentísima correspondencia seguramente daría cuenta de la cultura en México y en el mundo de la segunda mitad del siglo XX.

Varias universidades le ofrecieron al poeta primero y después a Marie-José fuertes sumas para adquirirlos. Siempre se negaron. Querían que ese legado permaneciera en México.

Ojalá las instituciones de cultura salientes y las que llegarán rescaten esos materiales para que sean patrimonio de todos y no el negocio de unos cuantos. Cuando la cultura se convierte en negocio, lo que menos importa es la cultura.

Javier Aranda Luna

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