Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


La intuición callejera

I

Una de las competencias (el lenguaje educativo oficial cala hasta el tuétano) en la que educa la calle es la intuición. César Labastida, lo sabe , porque leyó un día que Luis Barragán, el célebre arquitecto mexicano, realizaba en su obra un juego de planos, de espacios amplios no recargados y sobre todo con muros gigantes, casi monolitos, para mantener separada la seguridad interior de los peligros que podían ocurrir en la calle. Si la calle es violenta, aseguraba el arquitecto, las casas deben dar la sensación de seguridad.

Por eso César trata de “intuir” todo cuando sale de casa: si está abierta la tienda, si encontrará buenas manzanas en la recaudería, si el auto que no puso la direccional dará la vuelta a la derecha, si el colectivo volverá a cerrarse, si lloverá o hará calor, si se tiene que bajar de la banqueta para que pase el ciclista, si debe creerle al google map sobre la ruta que le propone, si debe ir al cajero en el centro comercial, si llegará a tiempo al segundo turno de clases…

Mientras el profesor Labastida camina por su barrio, ve a un grupo de chicos que juegan futbol sobre el arroyo. Y contempla el momento exacto en el que un niño obeso, hincado sobre el pavimento y entre dos piedras que simbolizan la portería, recibe una multitud de zapes y recriminaciones:
—¡Pinche Gordo eres un pendejo!
—¡Por tu culpa perdimos, güey!
—¡La cagaste pinche Gordo! Ahora tú pagas los refrescos.

La intuición es la gran compañera que le regaló la calle, piensa César, la intuición fue la que le permitió instruirse, sobreponerse y sobrevivir. Ninguna evaluación, ni la más conspicua y vanguardista que exista, podría sustituir ese inexorable espacio educativo.

II

Oviedo, amigo de César, trabaja en una de las 160 organizaciones de la sociedad civil que colaboran en Bolivia. Es un psicólogo muy perspicaz, cuya eficacia responde más a los tatuajes que las avenidas y callejones le han curtido en la piel, que el magnífico promedio grabado en su título profesional. César le pregunta con curiosidad, ahora que trabaja buscando financiamiento para ese organismo no gubernamental:
—Oviedo, ¿qué es lo que más te ha ayudado en tu desempeño?

Él, responde contundente y sin dudar:
—Haber crecido en una ciudad tan magnífica y policromada como la Ciudad de México. Eso, querido César, te educa a fuerza de madrazos, desde cruzar una calle, hasta subirte al metro.

III

Ha llovido esa tarde en la ciudad de México y hace frio. Por el parabrisas el profesor César Labastida Esqueda ve a un joven malabarista que avienta una pelota al aire y la vuelve a cachar con la misma mano. Como indumentaria que lo diferencia sólo tiene una gran nariz roja, muy sucia. Comparado con otros artistas de las esquina, el que ahora se acerca a la ventana del auto compacto de César, no parece tener ningún chiste. O tal vez esa es su propuesta. El profesor Labastida busca un par de monedas de dos pesos y se las extiende. El joven agradece bajando los párpados al tiempo que interroga:
—¿Ya son las 8 de la noche?

Más que desesperado, parece desesperanzado, la pregunta es una interlocución que va más allá de la mano y la moneda.
—Falta un cuarto de hora… —murmura César, y sin poder hacer más, acelera ante el verde del semáforo.

El joven malabarista camina hacia el camellón y le entrega las monedas a una adolescente que carga un bebé en sus espaldas y entretiene a una niña con su muñeca de trapo. César Labastida observa la escena por el espejo retrovisor y descubre que la imagen se distorsiona hasta volverse el punto que se disuelve en una lágrima.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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