5985_paul
LA CLASE

Pizarrón de Notas

Philip Norman


Paul McCartney: humanizado

El 4 de diciembre de 1965, los *Beatles*se presentaron en el ayuntamiento de Newcastle-on-Tyne durante la que sería su última gira británica.

En aquella época yo tenía veintidós años y trabajaba como reportero en la oficina de Newcastle del Northern Echo, un periódico que se distribuía por todo el nordeste de Inglaterra. La orden que recibí de la redacción fue: «Ve e intenta hablar con ellos». Emprendí la misión sin ninguna esperanza. En los dos años anteriores, los Beatlesse habían convertido en la noticia más grande del pop —y, cada vez más, también en los ámbitos exteriores de la propia música—. ¿Qué novedad podía añadir yo desde mi limitado punto de vista? En cuanto a “hablar” con ellos, la gira tenía lugar después del lanzamiento del álbum Rubber Soul, del estreno de su segunda y exitosísima película Help!, de su histórica actuación ante cincuenta y cinco mil personas en el Shea Stadium de Nueva York y de su nombramiento como miembros de la excelentísima Orden del Imperio Británico por parte de la reina. Tendría que competir no solo con los poderosos medios locales del distrito de Tyneside, sino también con los periódicos y emisoras nacionales que tenían oficinas allí. Incluso si conseguía acercarme a ellos, ¿por qué iban a perder un solo segundo con un don nadie del Northern Echo?

Como casi todos los hombres jóvenes del hemisferio occidental, yo albergaba la fantasía cotidiana de intercambiar mi vida con la de un beatle. Y no había dudas de cuál era el elegido. Paul, que me llevaba un año, era, evidentemente, el más apuesto; a pesar de su magnetismo, John jamás habría sido calificado de guapo, mientras que George poseía una buena complexión, pero unos dientes horrorosos y Ringo era… Ringo. Si los frenesís adolescentes femeninos que los asaltaban tenían algún objetivo racional, ese era el bajista zurdo, cuyo delicado rostro y ojos grandes y dulces no llegaban a darle un aspecto afeminado gracias a la sombra de barba que le surcaba las mejillas a la altura de la mandíbula. Paul lucía los atavíos de un beatle con la mayor elegancia: jerséis de cuello alto, camisas de cuellos largos con las puntas abotonadas, pantalones de pana como los que en una época solo llevaban los trabajadores agrícolas, chaquetas de cuero negro que todavía recordaban, de manera incómoda, a las tropas de asalto nazis, botas con laterales elásticos como las que se habían visto por últimas vez cubriendo los pies de los hombres de alta sociedad en la época eduardiana. También parecía el que más disfrutaba de la presunta riqueza del grupo; recuerdo con qué envidia inexpresable leí este cotilleo en el New Musical Express: “Por encargo del beatle Paul McCartney: Aston Martin DB5”.

Todos lo veíamos como el relaciones públicas del grupo —antes de que entendiéramos del todo cuál era la labor de estos— gracias a su encanto, su buen humor, sus modales impecables y un aire que solo podría considerarse refinado. Siempre había algo en él a lo que todos aspirábamos, como, por ejemplo, su relación con una actriz joven y con clase, Jane Asher; al mismo tiempo, ninguno de los demás parecía más feliz que él en medio del caos salvaje de plateas atestadas y asientos húmedos de sus actuaciones en directo. Un amigo que los vio en el Guildhall de Portsmouth me contó cómo, durante los enloquecidos momentos iniciales del concierto, alguien lanzó un oso de peluche al escenario. Paul lo recogió, se lo colocó sobre el mango de su bajo y lo mantuvo allí durante toda la actuación.

De modo que allí me encontraba yo una nevada noche de diciembre en Newcastle, esperando frente a la entrada trasera del ayuntamiento, junto a un grupo de periodistas entre los que estaba mi amigo David Watts, que trabajaba en el Northern Despatch, el otro periódico vespertino de la región. Cuarenta y cinco minutos antes de la hora del espectáculo, apareció una limusina Austin Princess negra que había hecho el trayecto desde Glasgow bajo una fuerte nevada, y de ella salieron los cuatro cortes de pelo más famosos del mundo. El único que dio muestras de habernos visto fue John, quien nos lanzó un saludo sarcástico. A pesar del frío, no llevaba abrigo, solo vaqueros y una camiseta blanca, la primera con algo impreso en la parte delantera que veía en mi vida. No alcancé a distinguir qué ponía en ella, pero me dio la impresión de que también era algo sarcástico.

En aquella edad de la inocencia, la única medida de seguridad consistía en la presencia de un anciano portero delante de la entrada del escenario. A Dave y a mí no nos costó nada convencerlo de que nos dejara pasar y pocos minutos después nos encontramos en el pasillo delante del camerino de los Beatles, que estaba completamente desprotegido. Otros periodistas también habían llegado hasta aquel lugar, pero ninguno se atrevió a golpear la puerta cerrada, mucho menos a entrar sin llamar. Mientras merodeábamos indecisos por allí, un crescendo cada vez mayor de chillidos y pataleos contra el suelo provenientes de la sala de conciertos adyacente nos advirtió de que el tiempo para realizar entrevistas estaba agotándose.

De pronto apareció Paul por el pasillo con un jersey negro de cuello alto, igual que en la portada del álbum With the Beatles, desenvolviendo un chicle Juicy Fruit. Cuando abrió la puerta, Dave dijo “conozco esa cara” y, cuando Paul se detuvo con una sonrisa, me las arreglé para preguntarle:
—¿Podemos pasar y hablar con vosotros?
—Claro que sí —respondió él con esa voz liverpuliana que era llamativamente más aguda y suave que la de los demás.

De modo que, casi sin creernos nuestra suerte, lo seguimos.

En realidad no era un camerino, sino una sala amplia con sofás y sillones de cuero verde y una pared de cristaleras que no daban a ninguna parte. Los Beatles acababan de comer bistecs con patatas fritas y un bizcocho borracho con frutas y crema, y un escuadrón de bruscas camareras de la región ataviadas con vestidos negros y delantales blancos se ocupaba de retirar los platos. No había más mujeres, ni tampoco ningún rastro visible de alcohol o drogas. El único entretenimiento consistía en un televisor donde se veía un episodio de _Los vengadores* cuya única audiencia era la cara pálida y seria de George.

Empecé a hablar con Ringo, que estaba sentado en uno de los sillones de cuero verde; luego John se colocó sobre uno de los apoyabrazos y se incorporó a la conversación. A estas alturas ambos vestían ya el uniforme para el concierto, jerséis negros de cuello alto, y su actitud era asombrosamente amable y natural: yo me sentí como si tuviera el mismo derecho a estar allí que el pez gordo del Melody Maker que se había desplazado a propósito desde Londres. (La paciencia de John me parece muy notable ahora que sé bajo qué presiones se encontraba en aquel momento.) George no apartaba nunca la mirada de Los vengadores y Paul se movía sin cesar de un lado a otro, masticando el chicle Juicy Fruit y buscando a uno de los Moody Blues, que también actuarían esa noche.

“¿Alguien ha visto a los Moodies?”, preguntaba todo el tiempo. Recuerdo haberle mirado los vaqueros mientras me preguntaba si eran normales y corrientes, como parecían, o si estaban hechos a medida con costuras y remaches reforzados de una manera especial para impedir que unas manos desesperadas pudieran desgarrarlos.

En un sofá cercano estaba el bajo Höfner modelo “violín”, cuya silueta de mástil largo, como si fuera un Stradivarius, se había convertido en su marca registrada particular. Yo había llegado a tocar la guitarra en un grupo de la isla de Wight sin ninguna posibilidad de llegar a ser algo y, para mostrar mis puntos en común con los Beatles, le pregunté si aquel bajo pesaba mucho para usarlo en el escenario. «No, es liviano —dijo—. Toma… pruébalo.» Con esas palabras, lo recogió y me lo lanzó. Soy pésimo receptor, pero de alguna manera logré agarrar el mástil y la correa al mismo tiempo. Durante unos momentos me encontré pasando los dedos por los mismos trastes por los que lo hacía Paul McCartney y pulsando las mismas cuerdas de acero enrollado. Pregunté si los bajos en forma de violín eran más caros que los normales y corrientes. «Solo cincuenta y dos guineas [54,60 libras] —respondió—. Soy un tacaño, ¿sabes?»

Los tres fueron igual de amables cuando encontré una página en blanco en mi cuaderno y les pedí un autógrafo para mi hermanita.
—Tú eres su favorito —le espeté, cuando Paul añadió su firma sorprendentemente adulta.
—Entonces me va a ir bien, ¿verdad? —murmuró—. Ya que soy su favorito.
Fue la frase menos despectiva posible.
Como todos sus entrevistadores, sentí que me llevaba con ellos mejor que nadie hasta ese momento.
—¿No pasa nada si me quedo por aquí un rato, verdad? —le pregunté a Paul, y luego miré a John.
—Claro que no —asintieron ambos.

Justo en ese momento, un hombre de mejillas macilentas, vestido con una camisa amarilla de mangas jamón entró en la sala y notó mi presencia.

Era Neil Aspinall, el roadie, una de cuyas funciones principales cuando estaban de gira era decirles a los periodistas lo que los adorables y encantadores Fabulosos Cuatro no podían decir ellos mismos. Lo más probable era que hubiera recibido alguna señal secreta que daba a entender que un visitante estaba poniéndose pesado.
—Tú —dijo con un movimiento del pulgar—. ¡Fuera!
—Pero… acaban de decirme que podía quedarme —protesté.
—Bueno, pues yo te digo que debes largarte —replicó y, a continuación, se puso a hojear un periódico y se olvidó de mi existencia.

Mientras efectuaba mi ignominiosa salida, me consolé pensando que al menos había logrado un acercamiento a los Beatles que no había igualado ninguno de mis rivales: Paul McCartney me había lanzado su bajo en forma de violín y me había confesado que era un tacaño.

Durante el resto de la década de los sesenta, y del siglo, nuestros senderos no volverían a cruzarse. En el Sunday Times londinense, donde pasé a trabajar más tarde, toda la cobertura periodística sobre los Beatles estaba celosamente acaparada por colegas de más edad. De modo que no escribí una sola línea sobre la eclosión de la actividad compositiva de Lennon y McCartney a partir de 1966, cuando dejaron de hacer giras, que dio como resultado su obra maestra, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, así como excepcionales canciones “de Paul” comoPenny Lane, Eleanor Rigby y She’s Leaving Home. Quedó en manos de otros —de tantos otros— hacer la crónica de los dos años cruciales posteriores a la muerte de Brian Epstein, en los que daba la impresión de que Paul dirigía el grupo y durante los cuales tuvieron lugar el viaje a un ashram del Himalaya, la película de animación El submarino amarillo, el Álbum blanco y el lanzamiento de una empresa llamada Apple, que no tenía nada que ver con ordenadores.

Durante todo ese tiempo, yo seguí siendo uno de los innumerables varones jóvenes para los que la vida de Paul McCartneyparecía un paraíso, y cuyas novias se derretían de manera humillante ante cualquiera de sus apariciones (especialmente la secuencia cinematográfica de Fool on the Hill con esos enternecedores ojos marrones en primerísimo plano). Ya había temores sobre la posibilidad de que los Beatles tal vez no duraran para siempre, y existía la percepción de que su convivencia tal vez no hubiera generado la suprema felicidad que todos suponíamos y de que unas extrañas dudas e insatisfacciones empezaban a acosarlos. Pero había al menos uno de ellos que parecía defender la continuidad. George podía haber encontrado la religión india y perdido el sentido del humor; John podía haber abandonado a su agradable esposa para reemplazarla por una artista japonesa de performances y desviarse junto a ella hacia toda clase de misteriosas tangentes. Pero Paul seguía con la adorable Jane Asher, mantenía un impecable corte beatle, llevaba los últimos trajes de Carnaby, asistía a los estrenos teatrales en el West End, firmaba autógrafos y no dejaba de sonreír.

Más tarde, cuando los sesenta tocaban a su fin, también su sentido del deber público pareció debilitarse. Se separó de Asher, que parecía tan perfecta para él en todos los aspectos, y se juntó con una desconocida fotógrafa estadounidense llamada Linda Eastman. El día de su inesperada y repentina boda, en 1969, no sólo millones de jóvenes desconsoladas se sintieron defraudadas. Varones con los ojos secos como yo, que desde 1963 vivían de manera indirecta su vida, también se preguntaron en qué demonios estaba pensando Paul.

Ese mismo año, por fin me encargaron que escribiera un artículo sobre los Beatles en una publicación de alcance nacional, aunque no en una británica. La revista estadounidense Show me solicitó que investigara la organización Apple, las fortunas que estaba devorando y la resultante catarata de rumores sobre la inminente ruptura del grupo. Contacté con su agente de prensa, Derek Taylor, y supuse que el hecho de que yo no hubiera publicado nada sobre ellos, con excepción de aquel artículo en el Northern Echo muchos años atrás, me perjudicaría. Sin embargo, a Taylor le habían gustado algunos artículos sobre otros temas que yo había escrito para el Sunday Times, en especial uno sobre el forzudo Charles Atlas, y me concedió una acreditación. Aquel verano, se me permitió merodear durante varias semanas por la sede central londinense de Apple, en el número 3 de Savile Row, esa casa de estilo georgiano que parecía la expresión definitiva del buen gusto de Paul.

A esas alturas, su gusto era lo único que quedaba de él allí. John y Yoko estaban casi todos los días y dirigían su campaña por la paz desde la oficina de la parte delantera de la planta baja; George y Ringo se dejaban caer por el edificio con frecuencia. Pero no había señales de Paul. Asqueado por el hecho de que John hubiera nombrado a Allen Klein mánager de los Beatles, se había marchado de Londres junto a Linda para recluirse en su granja escocesa y grabar su primer álbum en solitario. Aunque entonces no era consciente de ello, viví la ruptura de los Beatles desde una butaca en la primera fila.

Pocos meses después de que empezara aquella lúgubre resaca matinal que estábamos aprendiendo a llamar «los setenta», recibí una llamada telefónica de Tony Brainsby, un agente de prensa independiente conocido por su engreimiento y su mata de pelo rojo. Brainsby representaba a Paul McCartney en solitario, quien estaba formando una nueva banda que se llamaría Wings y quería saber si estaba interesado en entrevistarlo para el Sunday Times. Me negué sin ningún remordimiento. En ese momento, y durante varios años después, los Beatles se consideraban inconmensurablemente más grandes que cualquiera de sus miembros por separado. La única noticia de interés era cuándo volverían a reunirse.

Más tarde entrevisté a muchos nombres importantes del rock, el country y el blues para la revista del Sunday Time —*Mick Jagger*, Bob Dylan, Eric Clapton, los Beach Boys, David Bowie, Bob Marley, Elton John, James Brown, Stevie Wonder, Johnny Cash, Rod Stewart, B. B. King, los Everly Brothers, Diana Ross, Little Richard, Fats Domino, Fleetwood Mac, Aretha Franklin, Bill Haley—, pero jamás se me ofreció otra charla con Paul, ni tampoco la busqué. Al igual que el resto de los medios, me sentía ofendido por el hecho de que él hubiera formado otro grupo —con el insulto añadido de que Linda ocupara en la banda el lugar de John— y, como ellos, había tomado la decisión de no apoyarlo.

Como el primer crítico de rock que tuvo el periódico Times, tuve numerosas oportunidades de hablar con él en las ruedas de prensa de los lanzamientos de los primeros álbumes de Wings y, sin embargo, jamás lo hice. En 1973 tuve que admitir su triunfo con Band on the Run, incluso aunque alguna de las rimas (“And the county judge who held a grudge…” [y el juez del condado, que guardaba un rencor…]) parecieran impropias del creador de Penny Lane.

En otras ocasiones me hice eco de la visión de que Paul McCartney se había convertido en un creador superficial satisfecho consigo mismo y lamentaba la pérdida de su magia beatle, así como sus ataques cada vez más frecuentes de sentimentalismo y extravagancia. Poco después del lanzamiento de «Mull of Kintyre», escribí un poema satírico sobre él en la revista del Sunday Times cuya última estrofa parecería hoy en día de un mal gusto horrendo:

Oh, liverpuliano deificado de esposa desafinada,
por los empalagosos clichés que nos has endosado,
ojalá que al compás de una anodina tonada
en medio del camino pronto te veas enterrado

¿Acaso alguien ha quemado alguna vez los puentes de manera más concienzuda?

En 1979, una disputa laboral provocó el cierre del Sunday Times durante un año, el cual decidí dedicar a escribir una biografía de los Beatles. Mis colegas y mis amigos me aconsejaban que no perdiera el tiempo; para entonces, las palabras escritas y habladas sobre ellos debían contarse por miles de millones; todo lo que había que saber seguramente ya se sabía. Me puse en contacto con los exbeatles para entrevistarlos, pero recibí la misma respuesta de los cuatro, a través de sus respectivos relaciones públicas: estaban más interesados en sus carreras en solitario que en remover el pasado. De hecho —como aún no habíamos aprendido a decir—, seguían en un estado de negación sobre lo que les había sucedido en los sesenta, una experiencia finalmente más monstruosa que milagrosa.

Es posible que en el rechazo de Paul vía Tony Brainsby también influyera aquella estrofa aparecida poco antes en el Sunday Times. Mis conversaciones con Brainsby fueron volviéndose cada vez más tensas hasta que un día me gritó “Philip… ¡vete a la mierda!” y colgó el teléfono con un golpe. Entregué mi libro, Gritad , a mis editores a finales de noviembre de 1980, justo dos semanas antes de que asesinaran a John Lennon en Nueva York. Después de cinco años fuera del negocio de la música, acababa de lanzar un nuevo álbum, Double Fantasy_, y estaba concediendo unas extensas entrevistas promocionales. Yo había dejado abierto el final de *_Gritad* por si él accedía a hablar conmigo para el epílogo.

Y sí conseguí entrar en su apartamento, en el edificio Dakota… pero no de la manera que esperaba. Cuando el libro se publicó en Estados Unidos la primavera siguiente, viajé a Nueva York para aparecer en el programa televisivo Good Morning America. Durante la entrevista declaré que, según mi punto de vista, John no había sido un cuarto, sino tres cuartos de los Beatles. Yoko vio el programa y llamó al estudio de ABC para decirme que mis palabras habían sido «muy bonitas». “Tal vez te gustaría venir a ver donde vivíamos”, añadió.

Aquella misma tarde me presenté en el Dakota, donde me enseñaron el inmenso y blanco apartamento de la séptima planta en el que John había criado al hijo de ambos, Sean, mientras Yoko se ocupaba de los asuntos financieros. Más tarde, en la oficina que ella tenía en la planta baja, sentada en una silla inspirada en el trono de un faraón egipcio, ella se explayó sobre las fobias y las inseguridades de John, así como la amargura que sentía hacia sus antiguos compañeros de grupo, en especial la otra mitad de la sociedad compositiva más grande del pop. Como suele ocurrir con aquellos que están de luto reciente, parte del compañero perdido parecía haberse trasladado al interior de ella; mientras escuchaba a Yoko, sentía que en realidad estaba oyendo a John. Y cualquier mención a Paul hacía que su rostro adoptara una tristeza invernal. “John siempre decía —me comentó en determinado momento— que nadie le había hecho nunca tanto daño como Paul.”

Esas palabras sugerían una conexión emocional mucho más profunda entre ellos dos que lo que el mundo jamás había sospechado —parecían las palabras de un amante despechado— y, naturalmente, las incluí en la descripción de la visita que publiqué en el Sunday Times. Una noche, después de la aparición del artículo, volví a mi apartamento londinense y la que entonces era mi novia me dijo: “Te ha llamado Paul”. Me comentó que quería saber qué había querido decir Yoko y añadió que parecía más molesto que enfadado. Al igual que había sucedido con John, se me ofrecía acceder a él demasiado tarde y de una manera que yo nunca hubiera imaginado. Sin embargo, en aquel entonces yo creía con ingenuidad que ya había escrito mi última palabra sobre los Beatles y su época. Por lo tanto, no intenté conseguir una respuesta formal de él al comentario de Yoko y luego ya no tuve más novedades al respecto.

La principal crítica que recibió Gritad, manifestada por el letrista sir Tim Rice, entre otros, era su excesiva glorificación de Lennon y su parcialidad contra McCartney. Yo respondí que no me consideraba “anti-Paul”, sino que simplemente había tratado de mostrar al ser humano real tras aquella fachada encantadora y sonriente. En realidad, si quiero ser honesto, todos aquellos años que había pasado deseando ser él me habían dejado la sensación de que, de alguna manera poco clara, necesitaba vengarme. Mi dictamen de que John había representado tres cuartos de los Beatles, por ejemplo, era (como señaló Tim Rice) “rabioso”. El propio Paul detestó el libro, según me han dicho, y siempre se refirió a él como “mierda”

Y, al final —citando el cierre de Paul del álbum Abbey Road—, todos sus críticos se vieron frustrados.Wings se convirtió en un éxito de ventas y en una atracción en sus conciertos tan grande como lo fueron los Beatles. La astucia con la que él mismo administró la banda y las inversiones en otros catálogos musicales (mientras, lo que era toda una anomalía, él no poseía los derechos de reproducción de sus canciones más famosas) le generó una fortuna mucho mayor que la de cualquiera de los demás beatles, superior incluso a la de cualquier otra persona del oficio, y que se calcula que ronda los mil millones de libras. Los antiguos rumores sobre su cicatería (¿acaso no me había dicho “soy un tacaño” en 1965?) se disiparon por sus frecuentes participaciones en conciertos benéficos y, de manera mucho más espectacular, por su creación de una academia de artes escénicas para instruir a jóvenes cantantes, músicos y compositores en los terrenos que ocupaba su vieja escuela de Liverpool.

Su matrimonio con Linda, que en su momento se consideró un error catastrófico, se convirtió en el más feliz y duradero del mundo del pop. A pesar de la inmensidad de su fama y su riqueza, la pareja consiguió mantener una vida familiar relativamente normal y evitó que sus hijos se convirtieran en los habituales niños mimados, abandonados y traumatizados que genera el negocio del rock. Aunque el público jamás aceptó del todo a Linda, sobre todo debido a su vegetarianismo militante y a su activismo a favor de los derechos de los animales, sí reconoció que había sido la mujer indicada para él, del mismo modo que Yoko lo había sido para John.

Él parece haber logrado todo lo posible, no solo en la música pop, sino en el mundo creativo en general: su oratorio clásico ha sido interpretado en la Catedral de Liverpool *y aceptado en el repertorio de sinfonías de todo el mundo; una de sus obras pictóricas se exhibe en la *Royal Academy of Arts; sus poemas se han compilado y publicado en una edición en tapa dura, lo que ha llevado a sugerir que si se lo nombraba poeta laureado sería una elección inmensamente popular. En 1997 se hizo caso omiso de su extenso historial de arrestos por consumo de drogas (entre ellos, nueve días en prisión en Japón) para permitirle recibir el título de caballero por su contribución a la música. Como se publicó en la revista Rolling Stone, él, sin duda, “no ha echado a perder su suerte como lo hicieron otras estrellas del rock”.

Luego, a finales de su quinta década, su vida se salió de pronto de esos rieles perfectamente pulidos. En 1998, Linda murió después de una prolongada lucha contra un cáncer de pecho. Cuatro años más tarde se casó con la impulsora de campañas de beneficencia y exmodelo Heather Mills , para sorpresa de sus hijos; seis años después, la pareja se divorció en medio del escándalo amarillista más desagradable que el mundo del pop había presenciado hasta ese momento. Por primera vez en la historia, parecía que no ser Paul McCartney era algo bueno.

Después de que me invitara al edificio Dakota tras la muerte de John, Yoko me concedió numerosas entrevistas. En 2003 nos encontramos en París y ella accedió a colaborar conmigo en lo que sería la primera biografía detallada de Lennon. Incluso sin tener en cuenta mi problemática historia con McCartney, di por supuesto que no había esperanza alguna de que participara en la biografía. A pesar de sus exhibiciones públicas de solidaridad, su relación con Yoko seguía siendo fría como el hielo, debido a asuntos como el orden de los créditos compositivos Lennon-McCartney y la parte de John en las regalías de “Yesterday”, de Paul. Si ella estaba conmigo, eso seguramente debía significar que él estaría contra mí.

Sin embargo, me pareció que sería cortés de mi parte hacerle llegar un mensaje a través de Geoff Baker, sus relaciones públicas en aquella época, para informarle de que estaba escribiendo una biografía de John y que de ninguna manera sería «anti-McCartney». Dos semanas más tarde, sonó el teléfono de mi despacho y una voz familiar con un ligero acento liverpuliano dijo:
—Hola… Soy Paul.

Ojalá hubiera tenido los huevos de responder: «Paul ¿qué?».

Mi asombrado silencio provocó una débil risita.
—Sí… Seguro que jamás te imaginaste que te llamaría, ¿verdad?

Me dijo que me había llamado porque tenía curiosidad de “ver cómo es este tipo que parece odiarme tanto”. Terminamos hablando durante unos quince minutos. Pero no fue la conversación entre un escritor y la mayor estrella pop del mundo. Yo no tenía ninguna esperanza de que él me ayudara con la biografía de Lennon, de modo que no empleé ninguno de los trucos con los que los periodistas intentan sonsacar citas a los famosos. Hablé con él de hombre a hombre, sin deferencia alguna, pero con un respeto cada vez mayor. Las megaestrellas de rock nunca tienen que hacer nada desagradable o incómodo si no quieren; sin embargo, y a pesar de todo el personal que tenía a su disposición, se había molestado en coger el teléfono y llamarme.

Cuando le comenté que no esperaba que me concediera una entrevista para el libro de Lennon, no me corrigió. «Si no, parecería que estoy recompensándote por escribir cosas malas sobre mí.» Pero, dije yo, había algunas preguntas específicas sobre determinados hechos que solo él podía responder. ¿Estaría dispuesto a hacerlo al menos por correo electrónico?
—Vale —respondió.

Como había aprendido en 1965, entre los bastidores de la sala de conciertos de Newcastle, un «sí» de un beatle no siempre tenía un significado literal. Pero en este caso fue así. Yo le enviaba mis preguntas por correo electrónico a su encargada de relaciones públicas, Holly Dearden, y de inmediato me llegaban sus respuestas dictadas, que variaban de media docena de palabras a un par de centenares. Algunas de aquellas respuestas sirvieron para resolver cuestiones fundamentales sobre la historia de los primeros años de los Beatles.

En sus días de Hamburgo, por ejemplo, se decía que él había sido el único testigo del momento en que John, borracho y enloquecido por las pastillas, había supuestamente golpeado la cabeza a Stu Sutcliffe, su bajista de entonces, lo que tal vez había desencadenado la posterior hemorragia cerebral que acabó con la vida de Sutcliffe. No, Paul no recordaba ningún incidente semejante. Hubo otros asuntos menos escabrosos, pero no menos reveladores. ¿Era cierto —pregunté— que, cuando empezaron a componer juntos, el zurdo Paul podía tocar la guitarra para diestros de John y viceversa? En caso afirmativo, era una metáfora perfecta de la simbiosis creativa entre dos personajes que, en otros aspectos, eran totalmente diferentes; esto, además, le permitía a uno terminar una canción que el otro había empezado. Sí, respondió él, era cierto.

En junio de 2012, vi al ahora septuagenario sir Paul encabezar, acompañado de otros caballeros de la música pop como sir Elton John, sir Cliff Richard y sir Tom Jones, el concierto del jubileo de diamante de la reina en el palacio de Buckingham; vestía una túnica militar azul marino como un sargento Pepper sobrio y seguía tocando su bajo de “tacaño”, el Höfner modelo violín. Puede que Imagine de John sea el himno secular favorito de todo el mundo, pero, para entonces, su Hey Judeera el himno nacional alternativo. Dos meses más tarde, también en presencia de la reina, él y Hey Jude proporcionaron el acto final a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos en Londres, que costó veintisiete millones de libras. Aparte de la chispeante mujercita en el palco real, no había ningún otro tesoro nacional que Gran Bretaña estuviera más deseosa de exhibir ante el mundo.

Sin embargo, el hecho de ser honrado y amado a tamaña escala conlleva lo que podríamos llamar “la maldición de Yesterday”. Los Beatles se separaron hace más tiempo que la duración de la vida de John Lennon y su carrera equivale a apenas un quinto de la totalidad de la de McCartney. Todo su éxito en solitario desde entonces no ha cambiado la opinión general de que su talento alcanzó su punto máximo cuando él tenía poco más de veinte años, con John mirándolo por encima del hombro; que jamás podrá haber otra canción de Paul McCartney a la altura de Yesterday, Penny Lane o incluso When I’m Sixty-Four.

Otras figuras menores que surgieron durante el apogeo de los intérpretes que tocaban sus propias composiciones, una práctica recupera da por Lennon y McCartney, se contentan con disfrutar del resplandor de sus viejos éxitos, pero McCartney no. Aunque su repertorio pasado es el equivalente en la música pop de las obras de Shakespeare, sigue sintiendo una necesidad de probarse a sí mismo tan grande como la del principiante más novato. Como también ocurre con tantos de los ídolos más longevos del rock —*Mick Jagger, Elton John*—, la adulación parece atravesarlo como la comida china y lo deja siempre más hambriento de la cuenta. El día que me llamó, mencionó que estaba “otra vez en Abbey Road, haciendo discos”. Mientras escribo esto, a finales de 2015, la gira mundial en la que está inmerso de manera más o menos continuada durante los últimos quince años no muestra señales de estar llegando a su fin.

La inmensa mayoría de las docenas de libros que se han escrito sobre él se centran en su papel en la historia de los Beatles —lo que su agente de prensa, Derek Taylor, llamó adecuadamente “el romance más grande del siglo xx”— y tratan las cuatro décadas posteriores apenas como un añadido de última hora. Su propia biografía oficial, Many Years from Now, escrita por Barry Miles, seguía el mismo patrón y dedicaba solo unas veinte páginas de las más de seiscientas del libro a sus años posbeatle hasta terminar en 1997, el año anterior a la muerte de Linda.

De modo que no se ha publicado ninguna biografía integral y exhaustiva del mayor astro vivo de la música pop, a la par que su mayor inconformista. Y, a pesar de las millones de palabras escritas sobre él, dentro y fuera de los Beatles, la página sigue estando, aunque resulte extraño, en blanco. La supuestamente más abierta y accesible de todas las megacelebridades es, en realidad, una de las más esquivas. Desde su aparente “normalidad” y su actitud de hombre común y corriente, ha construido murallas de privacidad que solo rivalizan con las de Bob Dylan. En escasas ocasiones, tras ese eterno Buen Tipo, vislumbramos a alguien que, a pesar de todas sus bendiciones y honores, sigue sintiendo frustración, incluso inseguridad, y que en su fuero interno se queja y se irrita como cualquiera de nosotros. Pero, para la mayor parte, esa sonrisa y esos alegres pulgares en alto lo han camuflado todo.

A finales de 2012 le mandé un e-mail a McCartney, a la atención de su jefe de prensa, Stuart Bell, donde le informaba de que me gustaría escribir su biografía como complemento de John Lennon. Si él no quería hablar conmigo directamente —y era muy poco probable que pudiera volver a enfrentarse a la tarea de remover toda la historia de los Beatles—, entonces tal vez podría concederme su aprobación tácita, de modo que yo pudiera entrevistar a personas cercanas a él que no me resultarían accesibles de ninguna otra manera. Admití que era posible que yo fuera la última persona que él elegiría como biógrafo, pero añadía que esperaba que el libro de Lennon hubiera enmendado, aunque fuera en parte, el injusto tratamiento que había recibido por mi parte en Gritad. Bell aceptó transmitir mi solicitud, pero me advirtió de que la respuesta podría tardar un poco de tiempo, puesto que McCartney estaba de gira por América. Oh, sí, pensé… Otra vez me están dando largas…

Un par de semanas después llegó una respuesta, enviada por e-mail por una secretaria a su dictado:

Querido Philip:

Gracias por tu mensaje. Con gusto te doy mi aprobación tácita y tal vez Stuart Bell pueda ayudarte.

Cordialmente, Paul

Fue la mayor sorpresa de mi carrera.

Fragmento Philip Norman (2016). Paul McCartney. La biografía. Malpaso Ediciones

Philip Norman

Agregar comentario