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Tarea

Cuentos en el muro

Alfredo Villegas Ortega


El día que un maestro se encontró a sí mismo

Trabajabas por los rumbos de Aragón, en la primaria Forjadores de la Cultura. ¿Cuántos años tenías? No sé, unos veinte.

Recuerdo que me contaste cómo sufrías para entender el magisterio y asumirte como tal. Era, según me decías, una loza muy pesada. Muy fuerte para un joven que lo que quería era reventarse. Vivir.

Me decías que, al término de la semana laboral terminabas agotado mentalmente, con los nervios de punta porque era como sentirte enclaustrado, de pronto, con veinte o veinticinco niños de primero de primaria. Difícil conciliar la mística magisterial que supone renunciar a muchas cosas para entregarse de lleno a enseñarles a esos niños la letra y, quizá, la esperanza.

Me contabas que en tu formación normalista y en tu familia, la principal herencia que recibiste fue la de la responsabilidad. Esa tremenda palabra que o te mueve o te mata. Y si se trata de responsabilidad familiar o magisterial, más aún. En ello vas tú y la historia de tus abuelos, tus padres, tías, hermanos y primos. Porque, me insistías: “en mi familia es una tradición, un orgullo, una responsabilidad y un destino ser maestro”

Y cuántas veces no sufriste con esa condición, con esa etiqueta, estigma y compromiso. Era complicado conciliar el rock, las fiestas, las novias, la velocidad…la vida, con el trabajo tan difícil de ser maestro. Un trabajo que, aunque muchos no te lo creían —yo sí— es una actividad a veces muy cruel y solitaria en la que te comes tus fracasos, tus miedos y en la que sientes la mirada escrutadora de la sociedad que espera de ti lo mejor para sus hijos. Vaya tarea. Vaya condición. Vaya oportunidad. Vaya destino el tuyo de ser maestro. ¿Qué pena o qué suerte?

Y no encontrabas, la forma de conciliar esos intereses y rutas tan distantes. Entre la mística magisterial y el compromiso que supone y obliga, y la vida por fuera en la que Dionisio gobierna, te invita y caes en la mundanidad, la sensación y el instante.

Veinte, sí, veinte años tenías. A pesar de ser tan joven ya tenías un recorrido interesante, en esos territorios de la aventura y el destrampe. Recorrías la noche. Libabas. Ligabas. No así era tu saber en ese mundo de reglas, eficiencia y exigencias.

No obstante, poco a poco, noté un cambio en tu persona. Eras el mismo loco, pero ahora un loco que encontraba en la locura del magisterio, el placer de trabajar con veinte hermosos loquitos a quienes enseñaste a leer. Fue difícil el trance. Tropezaste y renegaste de ellos, del sistema, de tus compañeros, de los programas, de tu sueldo, de la burocracia, de ti mismo. Sí, renegaste de ti mismo y por eso, escapaste varias tares o noches o los fines de semana hacia otros espacios de fuga.

Cuando encontraste el sentido en ese espacio rectangular con veinte monitos frente a ti, expectantes o ausentes a los que había que seducir con la palabra y saber venderles tu producto, que no era otro que la letra, empezaste a comprender que, aunque distantes, ese mundo exterior pletórico de rock, sensaciones y adrenalina podía ser, si no compatible, al menos no chocante con el que te esperaba de lunes a viernes en aquella escuela pública de Aragón en Ciudad de México.

Comprendiste porque en tu familia se hablaba con tanto respeto del magisterio. Gradualmente, las figuras magisteriales con las que creciste o de quienes tanto te hablaban, dejaron de ser los dioses del olimpo y curiosa o lógicamente, al estar más cerca en tu sentir y convicción docente, menos peso sentiste, mejor los entendiste y más aún, tomaste prestado de algunos de ellos la parte que necesitabas en tu rompecabezas personal para ser mejor maestro.

Nunca dejaste de ser lo otro, porque realmente no eras dos personas, sino una sola que luchaba contra sí mismo y se partía en una angustia existencial. Seguiste siendo el que buscaba las sensaciones por fuera, pero encontraste a la otra parte que andaba perdida y que, quién sabe cómo, desde cuándo y por qué, era ya un maestro que finalmente encajó en ese tu ser. ¿Desde los veinte años? Un poco, solo un poco. El proceso fue más largo, obviamente.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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