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Tarea

ABECEDARIO

Ana Margarita Alba Gamio


Artemio

Para Juan Enrique Lira Velásquez,
un amigo que comparte este sueño.

18 filas, 20 niños en cada una. A las 4:00 PM todos los grupos de primero, segundo y tercero se forman ante las escaleras de la rotonda de la escuela secundaría técnica e internado para niños indígenas de Reyes Mantecón en Oaxaca. Al centro un busto de Benito Juárez. Estamos rodeados de árboles frondosos que a lo lejos dejan ver las canchas de basquetbol.

En una de las filas se observa un pequeño de primer ingreso que lo mueven de lugar en lugar hasta que llega al frente. Viste pantalón oscuro, chanclas de goma y una camisa azul a rayas blancas dos tallas más grandes que la percha. Las mangas desabrochadas lo hacen parecer deforme pero parece estar cómodo así. Su cabello es corto, muy corto y su tez morena deja ver unas manchas en los cachetes, está agachado viendo algo en el suelo.

Me llama la atención. Descubro que hay lágrimas en su cara que rápido seca con sus largas mangas. Toma la llave que está en la cadena que cuelga de su cinturón. Supongo que es la llave que encierra sus pertenencias en el casillero que le asignaron. Con fuerza se talla una roncha roja que se ve en su brazo. Se infringe dolor. Insiste.

Me acerco y detengo la manita áspera que refleja el duro trabajo de la milpa allá en el pueblo de la Sierra donde todos los días ayuda a su padre a labrar la tierra.

Le digo:

—Así no. No te lastimes.

Me contesta:

—Me da comezón la roncha que me dejó el zancudo.

Le repito:

—Pero no te lastimes.

Entre mocos y lágrimas nuevamente se seca la cara con las largas mangas de la camisa y se me queda viendo.

Dan la orden para que avancen los niños de música, los que saben tocar un instrumento o los que saben leer las notas. Él toca el saxo y el violín, sigue al montón de chamacos que integran la banda de música y la banda de guerra hasta que ya no lo veo.

A la salida trato de buscarlo. Lo encuentro y le doy la mano para alejarnos del montón.

Le pregunto:

—¿Qué pasa?, ¿por qué llorabas?

No dice nada. Hay silencio.

—¿Extrañas a tus papas?

—No.

¿Extrañas a tus hermanos?

—No.

¿Extrañas tu pueblo?

—No. No me gusta que me peguen.

—¿Quién te está pegando?

—El 74 y el 76. Me agarraron mis colores y los aventaron.

—¿Y qué más?.

—Me sonaron y me dijeron que si los acusaba me madreaban. Y no me gusta que me peguen.

Uno puede pensar en todas la teorías del “bulling” y entender el fenómeno, pero también las consecuencias de la denuncia. Sin embargo, no podíamos dejar las cosas así. Le expliqué la importancia de hablar con la maestra de Orientación o con la trabajadora social para resolver el problema inmediatamente, pero él tendría que ir hablar. Si estaba de acuerdo, con gusto lo acompañaría.

Simplemente dijo:

—Sí.

Artemio caminó hacia la oficina sin preocuparse si yo iba o no con él. No volteo. Llegó y se sentó frente a la maestra Judith y claramente expuso su problema. Me senté a su lado esperando escuchar a la maestra. Afortunadamente la maestra Judith es una dulce joven que atiende a los niños con paciencia y cariño.

Abrió un archivo con los nombres de los niños agresores de tercer año, el 74 y el 76. Los mandó llamar. Mientras le explicó que lo cambiaría de grupo a él y a su paisano para que estuvieran juntos con otros niños, pero que tendría que aprender a defenderse y no meterse en problemas. Es decir, pasar desapercibido. Artemio asintió con un delicado movimiento de cabeza. Llegaron los “grandes” y nuevamente con cariño pidió explicaciones a cada uno sobre la queja que hizo el compañero.

—¿De qué maestra?

—Tu compañero se vino a quejar de que le pegaste.

—Bueno, nada más le aventé sus colores, pero así nada más, cerquita.

Reconoció la agresión y explicó.

—Ellos después empezaron a hablar en dialecto y seguro estaban diciendo cosas malas de mí.

Artemio dijo:

—No es cierto. Estábamos nada más platicando.

Cada uno de los agresores se llevó un reporte con la consigna de que el siguiente sí les podría afectar. Así que lo mejor sería cambiar de actitud.

—Acuérdense cuando ustedes llegaron, cómo andaba asustados. Es importante que ustedes se acuerden y ayuden a los de primero para que se adapten más rápido. Acuérdense que están solos, lejos de sus familias. Nada más acuérdense de ustedes cuando llegaron.

Al otro día me encontré en el pasillo a los agresores que me saludaron como si nada hubiera pasado. Ambos seguimos nuestros caminos.

Ya de salida vi a Artemio. Con la mano le hice una señal para que se acercara. Llegó con otra cara. Observé sus ronchas y eran más. En efecto hay un montón de moscos en esta época de lluvias y no hay mosquiteros en los dormitorios. Le pregunté si se había cambiado de grupo. Me dijo que sí y que estaba mejor. Le pedí que tomara en cuenta que por las tardes me podía buscar para platicar. Incluso si quería hablar de sus papas o de sus hermanos podíamos hacerlo. Sus ojitos se llenaron de lágrimas.

Pensé en la soledad que puede habitar en un chiquito de 11 años que desde un pueblo de la Sierra llega internado a esta escuela. Un espacio que de la noche a la mañana se convierte en su casa y sus habitantes su familia. Pensé en las estrategias que deberá poner en juego para sobrevivir. Pensé en los padres, en el esfuerzo que hacen al poner todas sus esperanzas en la educación de su chamaco. Pero también pensé si esta educación del presente podrá atender sus expectativas en el futuro.

San Bartolo Coyotepec, Reyes Mantecón, Oaxaca a 5 de septiembre del 2011.

Ana Margarita Alba Gamio
Es educadora ambiental, pedagoga y diseñadora gráfica.

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