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LA CLASE


Redacción El Mañanero


Ciencia, anticiencia y sus alrededores, una reseña y dos adelantos

Este libro reúne algunas de las inquietudes científicas del reconocido biólogo y funcionario público Fedro Carlos Guillén con la intención de dar compartir su curiosidad con los lectores

Este libro reún algunas de las inquietudes científicas de Fedro Carlos Guillén, científico y escritor, con la intención de compartir su curiosidad con los lectores con soltura y vivacidad.

Algunos de los temas que aborda son la genética, la probabilidad y la estadística, la inteligencia artificial, el cambio climático, las seudociencias, el amor, el sexo y los aciertos y desaciertos de la propia ciencia (así como algunos episodios notables de su historia), cuyo sistema es más frágil de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Al ser un libro personal, desprovisto de la solemnidad de los ensayos científicos “serios”, el autor aborda cada artículo uno con un estilo mordaz y humorístico, pero sin dejar de lado las evidencias y los datos duros.

Al empo que nos informa sobre los avances y algunas ideas curiosas de la ciencia, toma la palabra para pronunciarse sobre algunos temas polémicos, con lo que da pie a que la discusión brote con facilidad al invitar al lector a forjar su propia opinión.

En el fondo, lo que más le interesa es demostrar que el conocimiento científico no está reservado a los genios con inteligencias superiores, sino algo a lo que cualquier persona con la curiosidad suficiente para abrir un libro y leerlo puede acceder (y que si esa curiosidad es bien alimentada, quizá algún día dé frutos que alguien más leerá con interés).

Fedro Carlos Guillén (Ciudad de México, 1959) es escritor, científico y novelista. Es doctor en ciencias por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Ha sido candidato a investigador nacional en el Sistema Nacional de Investigadores y es egresado del Programa de Estudios Avanzados en Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente de El Colegio de México.

Se desempeñó como director de Educación Ambiental de la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca entre 1995 y 1997, en 1998 fue nombrado jefe de la Unidad de Participación Social, Enlace y Comunicación del Instituto Nacional de Ecología y en el año 2000 ocupó el cargo de director general de Ordenamiento Ecológico e Impacto Ambiental en la misma institución.

En el período 2000-2006 fue director general de Bosques Urbanos y Educación Ambiental, órgano de la Secretaría de medio Ambiente del Gobierno del Distrito Federal. Actualmente es director de la Revista de Investigación Ambiental, del Instituto Nacional de Ecología.

Dos Fragmentos:

PRESENTACIÓN

Dos palabras

Recuerdo un enorme galerón en el que se acomodaban en hileras docenas de bancas con paletas de escritorio en los que había un papel y un lápiz. La hoja mostraba las opciones profesionales para los jóvenes que, como yo, deberíamos elegir una carrera en el lejanísimo año de 1981. El procedimiento era simple: entraban los adolescentes con mirada nerviosa, una vez sentados buscaban la opción de su preferencia y la marcaban con cuidado en un proceso que no les tomaba más de tres minutos. Me considero un testigo de calidad, ya que lo observé durante los tres cuartos de hora que estuve sentado pensando en lo que quería estudiar. Este pasmo se explicaba porque me sentía muy confuso; me interesaba la historia y a lo largo de mi infancia había devorado las hazañas de Leónidas, las batallas de Bonaparte y los deslices militares del cura Hidalgo. También llamaba mi atención la literatura, ya que mi padre, un hombre de letras, acercó a mí lo que hay que acercar a un adolescente: Sandokan, Holmes, Edmundo Dantés y los personajes de Verne, quienes fueron mis compañeros de largas jornadas juveniles. Sin embargo, nadie vive de leer y muy pocos de escribir. Por último, entre mis opciones estaba la ciencia, a la que me introduje fascinado al conocer la historia del péndulo de Foucault o el viaje de un joven apenas mayor que yo alrededor del mundo a bordo del Beagle para luego proponer la teoría de la evolución. Finalmente me decanté por la biología y su metódico interés por entender el mundo de los seres vivientes, y ahí empezó todo…

Con el paso del tiempo me di cuenta de que la ciencia no es ese cuerpo inexpugnable reservado para una suerte de iniciados, en realidad sus herramientas de trabajo resaltan valores esenciales en la formación de cualquier ser humano: escepticismo razonado, diligencia, honestidad y, por sobre todas las cosas, curiosidad para comprender los procesos naturales. Estos atributos, sin embargo, no han sido suficientemente poderosos para eliminar el extendido prejuicio de que los procesos científicos son incomprensibles y notoriamente poco atractivos para el grueso de la sociedad; no es gratuito que compitan desfavorablemente en diferentes medios de comunicación con la infidelidad de un famoso o el número de pares de zapatos de alguna condesa afortunada.

Siempre he creído que hay un problema asociado a la forma en que se transmiten los mensajes y es por eso que decidí hacer este libro, en el que se reflejan algunos de las temas que me resultan atractivos y que me propongo lo sean para usted: el cambio climático, los fraudes científicos o el análisis metódico de por qué los arqueros en el futbol deberían quedarse en el centro al defender un penal son sólo algunos de los temas que usted encontrará en una suerte de “traducción” personal. Éste no es un texto para iniciados, que ya los hay, se trata de un ejercicio que trata de liberar estos temas de las camisas de fuerza que a veces (y desgraciadamente) imponen los códigos científicos.

Siempre han llamado mi atención los traductores: ¿qué misteriosos caminos los llevaron a elegir dicho oficio?, ¿acaso el azar de contar con una lengua materna y nacer en un país ajeno?, ¿quizá una vocación de enlazar a esta enorme Babel que es nuestro mundo? No lo sé, pero el hecho es que su misión semiótica consiste en explicar al turista que la catedral de San Marcos se llama así porque un puñado de venecianos hurtó los restos de tan noble varón o, en su defecto, en plantearle al delegado chino ante la ONU que Rusia considera con firmeza frenar sus exportaciones si continúan por el camino que llevan.

Esta digresión se vincula con las tareas de divulgación y los caminos de este libro. En términos muy llanos, se asume que un divulgador científico es aquella persona con las notables capacidades de transmitirle a un lego los misteriosos e intrincados caminos de la investigación científica. Esto representa un problema; desde niños se nos inculca la idea de que la ciencia es un corpus inescrutable destinado solamente a lumbreras, y que más vale, si no se cuenta con poderosas herramientas intelectuales, apartarse de este conocimiento como alguien se aparta de una plaga. Como he explicado, uno de los propósitos de este libro es desmontar esta percepción.

Inicié mis tareas como divulgador de manera muy intuitiva, e inspirado por pesos pesados como Carl Sagan o Stephen Jay Gould. Son ya muchos años en esta tarea y lo que usted tiene en sus manos, querido lector, es un compendio en el que advertirá algunas obsesiones en las que los tonos son variables en función de los destinatarios originales de estas líneas.

Cada artículo parte de una premisa personal. Escribo acerca de lo que me parece interesante e informativo, y por supuesto ignoro si a usted le parecerá lo mismo, pero sinceramente lo espero. En estos tiempos de celulares, redes sociales y oligofrenia en los que ya no se pregunta acerca de los libros que se leen sino de las series de mayor entretenimiento, lanzo una pica en favor de la lectura. Si usted realiza este ejercicio con este libro y, más importante aún, lo disfruta, le quedaré eternamente agradecido. ¡Salud!

La Florida, marzo de 2017

Darwin y Wallace: las cartas marcadas

El 24 de noviembre de 1859, Darwin publicó su teoría evolutiva en el libro que todos conocemos como El origen de las especies. La edición constó de mil 250 ejemplares que se agotaron el mismo día pese a que Darwin, en una carta que envió a Charles Lyell en septiembre de ese año, decía (¿con ingenuidad?): “Murray ha impreso mil 250 ejemplares, lo cual me parece una edición demasiado voluminosa, pero espero que no sufra pérdidas”. De tal evento, que sentó las bases de la biología moderna, se pueden desprender dos hechos: a) ¿cómo demonios se agotó la edición el mismo día?, y b) Darwin tenía la modestia de una señorita victoriana. Un tercer hecho que me dejó muy impresionado lo explicó mi maestra de evolución, la popular Berthita, una mujer que a juzgar por su edad fue testigo de los hechos. Al iniciar su explicación nos dijo, suspirando como Margarita Gauthier: “Ay, muchachos, y pensar que todo empezó con una carta…”.

La carta a la que se refería la maestra Berthita fue recibida por Charles Darwin el viernes 18 de junio de 1858. El remitente era Alfred Russel Wallace, un joven naturalista que trabajaba en el archipiélago malayo. Después de una aguda crisis de fiebre, Wallace se había levantado de la cama para escribir un pequeño ensayo al que llamó On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type (Sobre la tendencia de las variedades a diferenciarse indefinidamente del tipo original). Al terminar su trabajo, Wallace escribió una carta a Darwin en la que le pedía su opinión y la consideración de que hiciera llegar, si lo creía adecuado, su trabajo a Charles Lyell, eminente geólogo amigo de Darwin. La carta enviada el 12 de marzo tardó 99 días en llegar a Inglaterra (eran otros tiempos) y su impacto fue brutal; Charles Darwin escribió el mismo día que la recibió una nota para Lyell que revelaba su consternación: “Sus palabras han resultado ciertas con el agravante de que se me han adelantado.”1

¿En qué se le habían adelantado? En la primicia sobre la teoría evolutiva: Wallace exponía un resumen de las ideas que a Darwin, quien por cautela no las había hecho públicas, le había tomado más de 20 años elaborar. Era el escenario de un drama perfecto. Por un lado, un hombre de 49 años (Darwin) acumulando las evidencias de una vida para proponer la teoría más revolucionaria desde que Newton transformó el pensamiento científico; por el otro, un joven (Wallace) que había tenido un chispazo genial y lo daba a conocer por medio de la dichosa carta.

La prioridad de las ideas efectivamente correspondía a Darwin, quien llevaba muchos años pensando sobre el asunto. El 14 de mayo de 1856 había iniciado un libro en el que explicaría su teoría, que fue interrumpido en junio de 1858 cuando recibió la carta de marras. Sin embargo, ése no era el punto: Wallace, sin conocimiento de la teoría darwiniana, sí la había transmitido y en consecuencia podría: a) asumir la paternidad de la teoría, o b) confiar en una respuesta que con tres gotas de mala intención podría ser interpretada como un plagio desvergonzado: “¿Qué cree? Lo que usted expone ya lo había yo pensado”. Desde luego, si yo hubiera sido Wallace, ante la pobre evidencia hubiera metido una demanda a Darwin que estarían pagado sus herederos, pero no es el caso; ni soy inglés, ni tengo 25 años, ni mucho menos soy un caballero.

Por alguna razón, que espero usted comparta, querido lector, analizar cómo se desarrollaron los hechos me parece fascinante y para ello confiaremos en las evidencias históricas. Veamos:

El 1 de mayo de 1857 Darwin escribió a Wallace: “Es realmente imposible explicar mis teorías (en la extensión de una carta) sobre las causas y medios de variación en estado de naturaleza”.2 La demostración de que se equivocaba la recibió por parte de Wallace dos años después. Es decir, era perfectamente posible explicar la teoría en una carta.

El 18 de junio de 1858, día que recibió la comunicación de Wallace, Darwin tira la toalla en el primer round, como atestigua una amarga carta a Lyell:

Nunca he visto una coincidencia más sorprendente. ¡Si Wallace tuviera copia de mi esquema hecho en 1842 no podría haberlo resumido mejor! Sus mismos términos son ahora los títulos de mis capítulos. Por favor devuélvame el manuscrito; él no ha manifestado su deseo de que yo lo publique, pero naturalmente voy a escribir ofreciéndolo a una revista. De este modo mi originalidad, si es que tiene algún valor, no sufrirá deterioro, ya que todo el trabajo consiste en la aplicación de la teoría. Espero que dé el visto bueno al esquema de Wallace para comunicarle su opinión.

Esto quería decir que Darwin renunciaba a la paternidad de la teoría, cumplía las indicaciones de Wallace y esperaba los comentarios de Lyell. Sin embargo, para el buen Charles el golpe era demasiado fuerte. Su correspondencia de los siguientes días nos demuestra a un hombre atormentado por su enorme deseo de no perder el derecho sobre sus ideas en esquizofrénico conflicto con su honestidad victoriana. Para curarse en salud, Darwin hizo algo que le era muy común: pidió consejo. En sólo ocho días su renuncia se convirtió en la claridad de que la teoría era originalmente suya. El 25 de junio de 1858 le escribió nuevamente a Lyell:

No hay nada en el esquema de Wallace que no esté mucho más completo en el mío, que copié en 1844 […] Envié un breve boceto, del que conservo una copia de mis teorías, a Asa Gray, de modo que podría con toda exactitud decir y probar que no he tomado nada de Wallace. Me gustaría muchísimo publicar un resumen de mis teorías generales pero no logro convencerme de que puedo hacerlo honradamente. Wallace no dice nada de publicarlo. Le adjunto su carta. Pero como yo no había pensado sacar a la luz resumen alguno, ¿puedo hacerlo honradamente aunque Wallace me haya enviado un esquema de su doctrina? Preferiría quemar mi libro entero antes de que él u otro cualquiera pensara que he obrado indignamente ¿No cree que el hecho de que él me haya enviado el esquema me ata las manos? […] Si pudiera honradamente publicarlo haría constar lo que me induce a publicar el esbozo […] Me gustaría enviar a Wallace una copia de mi carta a Asa Gray para demostrarle que no le he robado su teoría […] A propósito, ¿tendría inconveniente en enviar ésta con su respuesta a Hooker y que él a su vez la envíe a mí? Porque así tendré la opinión de mis dos mejores y más comprensivos amigos. He escrito esta carta lleno de tristeza y lo hago ahora para poder olvidarme del asunto por algún tiempo; estoy agotado de tanto meditar […] No volveré a molestar a Hooker ni a usted acerca de este asunto.

En buen español Darwin recurrió a la famosísima frase: “Te digo Chana para que me entiendas Juana”. No quería parecer un abusivo, pero tampoco ceder sus derechos. Por supuesto no le escribió a Wallace (que hubiera sido lo correcto), sino a dos amigos cuya incondicionalidad hacia él era manifiesta. Seguramente pasó muy mala noche, ya que al día siguiente, 26 de junio de 1858, y pese a la advertencia de no volver a molestar con la historia de la carta, molestó a Lyell enviándole una nota:

Querido Lyell: perdóneme que añada una posdata que refuerce en lo posible los argumentos contra mí. Wallace podría decir: “No pensó usted en publicar un extracto de sus teorías hasta que recibió mi comunicación. ¿Es justo que se aproveche de que yo, libremente y sin que usted me lo pidiera, le informara de mis ideas, y que impida de ese modo que yo me adelante?”. Si publicara inducido por el hecho de saber privadamente que Wallace está en la misma línea, sería un abuso. Se me hace duro verme así obligado a perder mi prioridad de muchos años, pero no estoy del todo seguro de que eso altere la justicia del caso. La primera impresión es la que vale generalmente, y lo primero que yo pensé fue que no sería honrado publicar ahora.

¡Bingo! Darwin planteaba todas las objeciones que cualquier persona razonable encontraría en el hecho de que publicara sus ideas. Sin embargo, en lugar de aceptar esas objeciones, siguió escribiendo cartas. El 29 de junio, en respuesta a una misiva de Joseph Hooker, señaló:

Acabo de leer su carta y veo que quiere leer los artículos enseguida […] le envío el de Wallace y el resumen de mi carta a Asa Gray, que expone muy imperfectamente sólo los medios del cambio, y no alude a las razones que apoyan la convicción de que las especies cambian efectivamente. Me atrevería decir que es demasiado tarde. Ya apenas me preocupa […] le envío mi esquema de 1848 sólo para que pueda ver de su propio puño y letra que lo leyó. Ya no puedo soportar verlo. No le dedique demasiado tiempo. Es una bajeza por mi parte preocuparme de la prioridad.

Por supuesto, es una carta muy rara, Darwin recuerda al personaje de las películas que grita que no está triste mientras se limpia las lágrimas. Por otro lado, encuentra que su carta a Asa Gray, que él veía como la evidencia de su anticipación, no es tan completa como parecía. Los hechos indicaban que realmente no había nada que hacer… Y sin embargo, se hizo.

El 1 de julio de 1858, apenas dos días después, Charles Lyell y Joseph Hooker se presentaron ante la Linnean Society para leer una memoria del trabajo Darwin-Wallace en el que se incluían párrafos del resumen de 1844 y parte de una carta de 1857 dirigida a Asa Gray. El aparente acuerdo era (en versión de Lyell y Hooker) el que sigue:

Darwin estimaba que el valor de las teorías que se exponían en el trabajo de Wallace era tan grande que le propuso a Lyell que obtuviera su permiso para publicar dicho trabajo. Así se convino con la condición de que Darwin no ocultara del público, como quería, la memoria que él había escrito sobre el mismo tema que uno de nosotros había leído en 1844, y cuyo contenido habíamos conocido ambos en secreto durante muchos años. Cuando expusimos esto al señor Darwin él nos dio permiso para utilizar su memoria como consideráramos conveniente.

Después de leer lo anterior, cualquiera podría pensar que: a) Darwin le pidió a Lyell que publicara la obra de Wallace; b) Darwin quería ocultar del público su manuscrito de 1844; c) Lyell tuvo que convencer a Darwin para que su trabajo fuera presentado.

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Redacción El Mañanero

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