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Usos múltiples


Fedro Carlos Guillen


¿Cómo parar un penal?

Las crónicas antiguas siempre me dejan una imagen de placidez envidiable. Imagino a nuestros antepasados gozando del dolce far niente sin sofocos y en paz. Daría un dedo de mi mano izquierda por alojarme en Villa Diodati, como lo hizo Byron todo el verano de 1816 en la noble compañía de John Polidori, Percy y Mary Shelley para jugar a los cuentos de terror. Pero ya no es así…

Milán Kundera nos regala en su libro La lentitud una crónica que ilustra los demonios de la prisa moderna: describe cómo un conductor de ojos inyectados intenta rebasarlo en una carretera para llegar antes que él a algún destino anónimo. La frase maldita “La ociosidad es madre de todos los vicios” se convirtió en la premoderna filosofía de una nube empresarial vanguardista y bien peinada que considera al tiempo oro; a la rapidez, virtud, y a todo aquel que pasa una tarde de descanso disfrutando de una lectura, una cigarra que merecerá el peor de los inviernos (e infiernos) posibles.

Encontrar alguna actividad —la que sea— en la cual simplemente no hacer nada se convierta en una estrategia de éxito es para mí equivalente al hallazgo del tesoro de Tutankamón, y este hallazgo me lo acaba de brindar un ámbito impensable: el del futbol.

Seguramente los dioses del estadio estaban de un humor de los demonios con uno de sus hijos predilectos la noche del 4 de julio de 1999. Se enfrentaban Argentina y Colombia en la primera ronda de la Copa América en Paraguay. Exactamente a los cinco minutos de juego se marcó un penal a favor de los albicelestes, Martín Palermo tomó la pelota con gesto torero y lanzó un disparo que conmovió el travesaño colombiano. Hasta ahí nada anómalo. Los grandes fallan penaltis. Sin embargo, los hados estaban sueltos: más tarde el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino decretó dos tiros de castigo consecutivos desde los once pasos en favor de Colombia. El primero se convirtió en gol y el segundo fue atajado por el portero Burgos: 1-0. Nuevamente los colombianos cometieron un penal en la segunda parte del juego; Palermo, inspirado en El bueno, el malo y el feo y en plan Lee van Cleef, tomó la pelota. Esta vez su disparo se fue muy por arriba de la portería. Los acontecimientos se precipitaron y Colombia liquidó el partido anotando un par de goles más. Sin embargo, hasta los dioses tienen compasión y en el minuto noventa se marcó el tercer penalti de la noche para Argentina. Palermo, con un gesto ligeramente exasperado, puso la pelota en el manchón y nadie protestó. Tomó impulso y disparó hacia la meta… Por supuesto falló, esta vez debido a la intervención del guardameta, un viejo conocido de nombre Miguel Calero.
Hay quien dice que todo lo que nos rodea es una ciencia exacta, y aparentemente el futbol y los penales no son la excepción. Diversos investigadores respetables han hecho mediciones varias para estimar cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso del fusilamiento deportivo. Los penaltis se cobran a una distancia de 36 pies (10.97 metros) de la portería, y en promedio alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora, lo que le deja al portero dos décimas de segundo para reaccionar. Si a esto agregamos que la portería mide reglamentariamente 7.32 metros de ancho por 2.44 metros de alto, parecería entonces que hay que tener muy mala pata (tómese la frase anterior de manera literal) para fallar un disparo de castigo. Sin embargo, 20 por ciento de los penales cobrados son actos fallidos (o 100 por ciento, si se trata de una mala noche como la de Palermo).

“La disyuntiva entre acción e inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía se encuentra a la baja muchos tomadores de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo”; así si las cosas salen mal ése podrá ser un atenuante. En cambio, si no se hace nada y las cosas salen igual de mal, vendrá una avalancha de críticas”.

Entre las variables que explican la probabilidad de que un penalti acierte se encuentran algunas evidentes, como la presión. No es lo mismo cobrar la pena máxima para definir un campeonato del mundo y fallar como lo hizo el italiano Roberto Baggio en la final de la Copa del Mundo de Estados Unidos, que ejecutar un penalti cuando el marcador nos favorece 4-0. Un segundo elemento se relaciona con la proporción en el cuerpo de oxígeno y ácido láctico (la sustancia que se produce por fatiga muscular). Influye también el rendimiento del jugador que dispara durante el partido (tendrá más presión si no ha sido muy acertado) y también la justicia en el cobro de la falta. El inglés Robbie Fowler, por ejemplo, durante un partido entre su equipo, el Liverpool, y el Arsenal le hizo ver al árbitro que el penalti que se había marcado en su favor era injusto. Ante la negativa del nazareno por enmendar la falla, Fowler disparó un caracol deliberado a las manos del portero David Seaman y se ganó un espacio entre los emperadores del fair play.

Ofer Azar es profesor de la escuela de administración en la Universidad Ben Gurion en Israel y su especialidad es la toma de decisiones. Recientemente publicó un artículo en la revista Journal of Economic Psichology, bajo el título: Tiros penales en el futbol: un análisis empírico de las estrategias de disparo y las preferencias de los porteros, cuyas conclusiones se pueden resumir de la siguiente manera: en el caso de un portero que enfrenta a un tirador la mejor estrategia es no hacer absolutamente nada y quedarse quieto, ya que ello maximiza sus probabilidades de atajarlo. El profesor Azar —al que interesan los factores que definen una decisión determinada más que el futbol— preparó este trabajo para responder a las críticas de los economistas clásicos que frecuentemente cuestionan los experimentos acerca de la influencia de las emociones en la toma de decisiones financieras debido a que no involucran recompensas monetarias significativas. Al respecto de los cancerberos, Azar comenta: “Los porteros enfrentan cotidianamente tiros de penalti, así que no sólo son tomadores de decisiones altamente motivados, sino con mucha experiencia”.

El trabajo es simple: los investigadores analizaron 311 penales de las principales ligas europeas y clasificaron a los porteros de acuerdo con si se tiran a la derecha, a la izquierda o se quedan en el centro. Luego estimaron cuál opción maximizaba sus posibilidades de atajar el balón. Quedarse en el centro arrojó un sorprendente 33.3 por ciento contra 14.2 por ciento a la izquierda y 12.6 por ciento a la derecha. Sin embargo —y aquí entra la belleza del estudio—, los porteros se quedaron en el centro sólo 6.3 por ciento de las veces.

¿Por qué, se preguntaría uno con toda justicia, los guardametas se lanzan en contra de las probabilidades? La respuesta tiene que ver nuevamente con el castigo a la inmovilidad. Un portero que no se lanza en alguna dirección y recibe un gol es tachado como inepto o débil. Los mismos investigadores entrevistaron personalmente a 32 arqueros de la liga israelí y todos ellos declararon que se sentían muy mal ante los espectadores si les era anotado un gol sin que hicieran nada; uno de ellos dijo inclusive que “no quería parecer un tonto”. Después de todo nadie los va a culpar si la pelota entra y sí, en cambio, si adoptan una actitud que aparenta indolencia, aunque ésta sea su mejor probabilidad.

Los alcances del estudio son más amplios, por supuesto. Parece ser que la disyuntiva entre acción e inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía se encuentra a la baja muchos tomadores de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo”; así si las cosas salen mal ése podrá ser un atenuante. En cambio, si no se hace nada y las cosas salen igual de mal, vendrá una avalancha de críticas.

Si revisamos con atención a nuestros políticos será evidente la sanción social asociada a la inacción. Miguel de la Madrid nunca se recuperó ante el pueblo de México de la imagen de hombre gris que sufrió un pasmo durante el terremoto de 1985. Felipe Calderón fue frecuentemente criticado por su falta de iniciativas y Miguel Mejía Barón llevará toda la vida la loza a cuestas de no realizar los cambios pertinentes en el mundial de futbol de Estados Unidos cuando la nación rezaba por un gol ante Bulgaria. El mensaje parece ser claro y determinante: “Hagan algo o renuncien”.

Es, pues, un mundo desdichado en el que si uno no muestra determinación, rapidez para tomar decisiones, audacia y capacidad de riesgo, estará condenado a las mazmorras de la mediocridad, por lo menos en la percepción del imaginario colectivo. Desde esas mazmorras lanzo este lamento renunciando a recomendarle a Memo Ochoa que en el próximo partido de la Selección nacional y en el momento que algún defensa impetuoso cometa un penalti se quede quieto.

Sé que no me hará caso.

Para leer
Fedro Carlos Guillén
Ciencia, anticiencia y sus alrededores
Sello: Debate
Año: 2018

Fedro Carlos Guillen

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