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LA CLASE

Tema del mes

María Luisa Mendoza


La última aventura

Hace años que, así como lo oyen, me siento mal; la vida me ha ido apretujando. Yo pensé que simplemente era la expresión oscura de un pasar del tiempo en una vida de trabajo, de estudio, de lectura, de investigación ante lo hermoso; de amistad espléndida, de amigos que vas convirtiendo en estatuas de sal y que se van quedando atrás, extrañamente, dándote la espalda.

Crees, piensas, que todo va a pasar, que ese terrible malestar físico se debe a tu enorme cansancio para mantenerte con la cabeza fuera del agua. Niña pobre, niña de trabajo, niña solitaria, a veces de la mano de alguien que puedes instituir como tu hermano.

Estoy en el Instituto de la salud, de la nutrición, de la alimentación, de la vida; por la ventana veo un mundo de árboles y pienso en La montaña mágica, pero aquí no hay afuera un enorme salón de baile donde los enfermos bailemos con caballeros de corbatita de moño y damas que vuelvan la cara para toser sangre. Nada. Estamos un grupo afortunado de Dios nuestro señor, luchando a trompadas por seguir existiendo. Yo me sentía muy mal, casi no comía, casi no dormía, rodeada de dos perros bastante virolos y de mi sobrina Viviana, quien al llegar a mi lado es como si se abriera una ventana y entrara la brisa del mar, así es ella; la veo chiquita, que va y viene con sus piernitas perfectas y ágiles, la veo con sus ojos de toda una estirpe de Mendozas que me ven y casi se están despidiendo de mí, no hay nadie más, una hermana sacrificada por enfermedades varias y el fruto de mi trabajo honrado, bueno y limpio que me enseñaron mi padre y mi madre. Yo no invento mi casa con dos balcones de la calle Sopeña, con una azotea encalada desde donde puedo ver si brincó quizá la estatua de Cristo Rey, en Silao, a Irapuato (ciudad con la que convivo todo el día porque le enjareto seres, andanzas, fantasías, peras, manzanas, todo lo vital en la vida de una niña de pueblo).

Una vez mi papá, en su auto fordsito, y mi tío Cosme, en otro fordsito, organizaron su fabulosa gran excursión de ir a Silao los sábados en la tarde a tomar nieve, y ahí vamos, nos dividimos los chiquillos y en ambos autos cantábamos, nos peleábamos, queríamos hacer pipí, mientras los papás luchaban con las hordas salvajes y felices de niños bien comidos que fuimos; nos atrancamos de nieve de limón, de sandía, de guayaba, y de pronto, Gloría Ávila Romero y yo estábamos solas en la plaza de Silao. No había nadie, se habían ido los coches con la misericordia del amparo de los papás, las nanas, las canastas de naranjas, y Gloria y yo, a los ocho años, estábamos a las puertas de Silao, caminando por el campo porque habíamos decidido ser lectoras de hombres de selva que recorren los caminos para descubrir tesoros infinitos arqueológicos y regresar a Guanajuato a pie.

Íbamos cantando, y a cada paso que dábamos, nuestros vestidos se oscurecían cada vez más porque iba cayendo el sol a una velocidad tan salvajemente rápida , así como transcurrieron nuestras vidas, y como de pronto nos íbamos a morir (Gloria se fue apuñalada por el cáncer) y yo me quedé para seguir bregando por la hogaza de cada día en una nunca vista soledad que solamente llenan los llantos de los míos y los ladridos de mis perros, la Tía Clo (así se llama la gordota Chao Chao), y Federico Froebel, que sigue creando uno y otro kinder a lo largo de Alemania (mis perros a diario cambian de nombre, a veces son Belisario Domínguez o Emiliano Zapata o Carmen Serdán, esos grandes amores patrióticos de mi vida civil y que está a punto de detenerse —Dios no lo quiere—.

Pues sí, como les decía muchachos, estoy en el Instituto de la Nutrición. Me siento el personaje femenino y entrañable de la hermosa mujer de La montaña mágica que ya se va a morir. No, no me voy a morir, hay una mujer que me ama, se llama Carmen Parra, viuda de Gironella, quien me tiene en su mano como la Virgen de Guanajuato, y hay un hombre, el más alto, el más significativo y significante, que me quiere y no se avergüenza de que ahora, si todavía camino, sea en la “O”, por lo redondo de una silla de ruedas; ese superpoderoso santo mío dijo… “Hágase la luz y se hizo”, me tomó de la otra mano y me trajo aquí, a este lugar tibio y amoroso donde he sufrido tanto, tantos dolores, tantas desveladas, tanta oscuridad. Esa nube negra de la que yo hablé varias veces en mi columna se hizo real en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, y en un dos por tres, me quitaron la ropa y me agujerearon todo el cuerpo, ya no lloro porque ya no tengo lágrimas.

La Vivi, mi sobrina-hija, me arropa en su purísimo cariño y me habla de los míos, de la casa de Tres Guerras, etcétera.

Oigan muchachos, yo no me quiero morir, échenle, por el amor de Dios, una oracioncita al Creador. Déjenlo ser Dios, él sabe. Espero salir de aquí para votar. Así como lo oyen, sigo siendo periodista, sigo siendo mujer, sigo siendo mexicana que quiere para su patria un país mejor, quiero que mi candidato, el mejor, el mío, pero capaz de que si digo el nombre vienen corriendo las hordas salvajes de la pureza y me quiten la poca vida que me queda… quiero que mi candidato de tantos años, de ese partido que me dio el gajo de mandarina de la diputación federal en mi tierra, la parte perfecta de mi existencia, sea Presidente de la República. Yo estoy preparada, confesada y comulgada, el padre Francisco lo sabe, me quiero ir al cielo, pero antes saben qué, muchachos, quiero votar.

María Luisa Mendoza

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