Con_el_arma_en_la_mano
Tarea

Cuentos en el muro

Michelle Lilian Pérez Rivera


Asalto del pasado

Tarde como siempre. La hora oficial de salida del profesor Benjamín Rojas era a las 3 de la tarde, pero nunca ocurría así. Él siempre procuraba terminar su clase a las 2:50 para poder huir a su hogar a la hora exacta. Pero no. En cuanto cerraba su portafolio y se disponía a salir corriendo siempre se abalanzaba sobre él una horda de estudiantes que le preguntaban lo mismo de siempre: que si les podían quitar la inasistencia de la lista, que si podían mandarle la tarea por correo electrónico más tarde (que claro que sí la habían hecho, es sólo que cuando trataron de imprimirla en la mañana, la impresora había decidido aventarse por la ventana y aceleró con tanto ahínco que cuando salieron a buscarla, era probable que ella ya se encontrara tomando un autobús a Cuernavaca) o que si les podía explicar de nuevo las especificaciones del trabajo final (cosa que él repetía mínimo cinco veces por sesión pero al parecer sólo las paredes reparaban en ello).

Cuando por fin sus alumnos decidieron que era momento de soltarlo ya eran las 3:40. Y en ese momento sucedía un fenómeno curioso: el resto de los maestros que aún se encontraban en la universidad fuera de sus horas de trabajo creían que ese era el instante adecuado para acercarse a Benjamín para narrarle sus desventuras o para pedirle consejos acerca de una nueva dinámica que querían llevar a cabo con su grupo pero que no habían tenido el valor de aterrizarla porque sus estudiantes eran muy apáticos. “Seguro quiso quedarse más tarde para convivir”, debían pensar erróneamente.

Después de esta obligada socialización quién sabe cómo ya habían dado las 5, y el hambre —que ya era canija— decidió unirse a este desfile de inconvenientes retrasos. Benjamín decidió echarse unos chilaquiles para tolerar el camino a casa. Para cuando terminó, ya eran las 6 de la tarde.

Era el mes de octubre, y con el buen horario de invierno, a las 6:30 las calles ya estaban más oscuras que las conciencias de algunos de sus pupilos. A esa hora llegó el profesor al paradero de Toreo y, mientras se quitaba su saco para ingresar al sauna que es el metro, el cañón de una pistola se clavó en su espalda.
—¡Cáete con todo!—

Benjamín se paralizó, pero su instinto de sobrevivencia lo obligó a sacarse la cartera del bolsillo trasero del pantalón y cada centavo que tuviera sobre el cuerpo.
—¡El celular también!— gritó el asaltante.

Benjamín se tanteó el torso y casi las piernas completas hasta los pies. “¿Y mi teléfono?” “Es verdad, lo conecté para cargarlo antes de salir de casa y con la prisa lo olvidé ahí”.
—No lo traigo, no traigo celular.

En un desesperado movimiento el asaltante lo golpeó con el mango de su pistola, con lo cual Benjamín Rojas cayó al sucio asfalto. No fue un golpe tan fuerte, no lo dejó inconsciente. Cuando se repuso un poco del impacto volteó a ver la cara de su atacante.

“Momentito. A éste yo lo conozco.”
—… ¿S-Santi? – Preguntó confundido. El asaltante lo miró a los ojos aun más confundido.

Santiago fue alumno suyo hacía unos cinco años. Lo recordaba. No era el más brillante, pero era bastante ingenioso para sacarse trabajos decentes de la manga en el último momento. También era de esos que nunca jamás se callaban. En un arranque de frustración hacia su vocecilla que no dejaba de chirriar en la esquina del salón, Benjamín recordó la vez en la que le aventó un plumón que le cayó de lleno en la cara. Nunca supo por qué abandonó la universidad apenas en el primer semestre. Los rumores en el pasillo decían que su padre había fallecido y tuvo que hacerse cargo de su madre y sus dos hermanos menores.

Benjamín metió de nuevo la mano en su pantalón y sintió un plumón. No se sabe qué extraña conexión hicieron los cables de su cerebro, pero el caso es que decidió arrojarle el plumón a Santiago de lleno en la cara.

Tras el plumonazo, Santiago se enfureció y se arrojó sobre Benjamín, pistola en mano. Pero de inmediato, también el plumonazo en su cara le trajo una milagrosa regresión.
—… ¿Profesor Rojas?

Benjamín asintió repetidamente con miedo (y un poco reconfortado).
—Vaya, esto es raro… Y un poco incómodo…— dijo Santiago mientras volvía a ponerse de pie.
—Viene de la escuela… supongo.— Siguió diciendo en un intento por romper el incómodo silencio de la incómoda situación.

Benjamín volvió a asentir muchas veces, aún tirado en el suelo.

Bueno…— Santiago se veía confundido. Al final empezó a jugar con la cartera robada entre sus manos— Lo dejo quedarse con sus credenciales.

Y le aventó a Benjamín su IFE, su identificación de la universidad y la licencia de manejo.

Después de esto, Santiago se perdió en la oscuridad de la tarde.

Al día siguiente Benjamín Rojas no fue a trabajar. Llamó para reportarse enfermo.

Michelle Lilian Pérez Rivera

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