Chilapa
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Pablo Ferri


Se busca un alcalde para Chilapa

Las laderas se ven peladas como cáscaras de huevo, cáscaras tostadas, parduscas, sedientas. Todavía no empiezan las lluvias. En la comunidad de Xiloxuchican, Antonio Hernández se refugia del sol bajo un árbol de guayaba. Es jueves y hace un calor espantoso. Sus dos ayudantes han entrado a una de las casas de la comunidad. Necesitan que el dueño les firme unos documentos. Antonio, mientras tanto, espera.

Vista desde afuera, la casa parece en realidad dos casas, la mitad construida hace décadas y la otra mitad terminada antes de ayer. Una del color del suelo, marrón, terrosa, vieja; la otra de un limpísimo gris, el tono de los ladrillos recién cocidos.

Esta segunda mitad es cosa de Antonio. Desde hace años se dedica a bajar recursos del Gobierno de México para repartirlos entre vecinos de comunidades pobres y aisladas como Xiloxuchican. Lo hace a través de una asociación civil. Se entera de los programas de ayuda que ofertan las diferentes secretarías, hace el papeleo y obtiene lo que busca. A veces se trata de fertilizante para los cultivos, otras de semillas… Antonio es lo que se dice un intermediario.

Esta vez han sido ladrillos y cemento. Antonio y sus ayudantes consiguieron toneladas de material de la Secretaría de Desarrollo Agrario y lo repartieron entre vecinos de esta y otras comunidades de su pueblo, Chilapa, en el Estado de Guerrero. Con el material le han añadido un cuarto a sus casas.

Esta mañana, los tres visitan varias comunidades para que los vecinos firmen documentos que dicen que han recibido los insumos. Una vez tengan todas las firmas, las presentarán ante la secretaría. Y vuelta a empezar.

Vista general de la comunidad de San Pedro, en Chilapa. A. F.

—¿Y no le da miedo andar por las comunidades ahora que es usted candidato a alcalde?

Antonio toma una flor del árbol de guayaba y la deshace con los dedos. Luego ensaya una media sonrisa y responde con una frase de spot electoral: “Todo ser humano tiene miedo. Yo sí, pero no a la muerte, sino a que la sociedad no abra esos ojos de que queremos un cambio”.

Chilapa es la capital de la Montaña Baja, una de las regiones más pobres de Guerrero. Apenas hay industria, y actividades antaño importantes como la producción y venta de artesanías, han decaído por el miedo a la violencia y la inseguridad. Hace apenas unas semanas, cinco artesanos de Veracruz fueron asesinados en el pueblo. Al parecer los confundieron con otras personas. De acuerdo a datos del Gobierno de Guerrero, en 2017 se cometieron 177 asesinatosen el municipio, que cuenta unos 130.000 habitantes. Muchos más de los 29 que se registraron en 2012, o los 46 de 2013.

Hace tres años, Chilapa abrió noticieros de radio y televisión durante días. El 30 de abril de 2015, pistoleros asesinaron al candidato del PRI a la alcaldía, Ulises Quiroz, cuando volvía de una visita a la comunidad de Atzacoaloya.

En Chilapa, ser candidato del PRI al ayuntamiento es casi lo mismo que convertirse en alcalde. Desde la segunda década del siglo XX, el partido de la revolución ha dirigido casi ininterrumpidamente el Gobierno local. El asesinato de Quiroz se convertía así en una macabra excepción. Ahora, Jesús Parra, el actual alcalde, del PRI, busca la reelección. Este diario le pidió una entrevista, pero se negó. No dio motivos.

Con los años, la situación ha empeorado, frase aplicable a casi cualquier otro municipio del estado. Ocurre, sin embargo, que en algunas ciudades y pueblos la violencia ha afectado especialmente a la clase política. En Chilapa y alrededores, por ejemplo, han muerto asesinados Ranferi Hernández, dirigente histórico del PRD, que últimamente apoyaba al candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. Eso fue el 15 de octubre; Antonia Jaimes, precandidata a diputada local por el PRD, el 21 de febrero; Dulce Rebaja, precandidata a diputada local por el PRI, el 25 de febrero; un exalcalde del PRD de Zitlala, a pocos kilómetros de Chilapa; un dirigente de otro partido en Quechultenango, justo al sur de Chilapa… Y más.

Por eso extraña la aparente tranquilidad de Antonio Hernández, que dice que no tiene miedo a otra cosa que no sea la sordera de los electores. “El que nada debe”, dice, “nada teme”.

Hernández, de 48 años, es el candidato del PRD a la alcaldía. En la zona, muchos vecinos consideran que cada partido es cercano a uno de los dos grupos delictivos que operan en la zona. Del PRI dicen que es cercano a Los Rojos. Del PRD, que respira al ritmo de Los Ardillos. El candidato insiste en que él no tiene nada que ver con nadie. “A mi”, zanja, “nadie me ha llamado”.

Esta es la segunda vez que concurre. Ya lo intentó en 2015 con otro partido, pero ni siquiera se acercó al PRI.
—Y su compañera Antonia, la que mataron… Ella era del PRD, ¿debía algo ella?

Un hombre pasa frente al restaurante Toreo. En su interior fue asesinada Antonia Jaimes A. F.

“La verdad”, dice, “desconozco el motivo de por qué la mataron”. Antonia Jaimes tenía un restaurante en Chilapa. Allí la mataron. Hay rumores en el pueblo que apuntan a que fue por un problema de extorsión, pero no hay nada claro.

Las dos ayudantes de Antonio se llaman Natividad Zamudio e Ivonne García. En una parada en otra comunidad, mientras Antonio habla con una de las vecinas beneficiadas con cemento y ladrillos, Ivonne explica que muchas veces los asesinatos contra políticos ocurren “porque le quedan mal a la gente”. Esto es, porque bajan recursos de programas pero luego no los entregan. O porque piden dinero adelantado a los vecinos para bajar esos recursos, pero luego no llega nada. Esto, dice Nati, no les pasa a ellos, porque ellos siempre le cumplen a la gente. A cambio, dice, cuando necesitan presionar al Gobierno del estado o al federal, ambos del PRI, toda los vecinos del cemento, los fertilizantes, las semillas, se desplazan a donde digan y marchan por lo que les pidan, gritando las consignas que sean.

Este tipo de intercambios conforman el manual básico de usos sociales entre la clase política y su electorado en esta parte de Guerrero.

En San Pedro, otra comunidad de Chilapa, Ricarda Chino, de 52 años, firma los recibos y enseña el cuarto que se ha construído. Cemento y ladrillos. El piso todavía es de tierra. Antonio se presenta, le dice que este año compite por la alcaldía. Doña Rica pregunta que qué partido y Antonio dice que el PRD. “Me tiene que dar el apoyo para que le acabemos el piso”, dice. Y se ríe. Luego los demás también se ríen. Luego se despiden y se marchan.

Con la prensa la situación es parecida. Al día siguiente de la visita a las comunidades, una persona que aspira a un cargo público por el PRI en Guerrero recibe a EL PAÍS en Chilapa. Al parecer, la persona piensa que una entrevista con un medio internacional no puede salirle gratis y se empeña infructuosamente en pagar 3.000 pesos, 150 dólares, a los reporteros.

Militares supervisan el paso de los vehículos en el centro de Chilapa. A. F.

Esta persona dice que hace campaña tranquilamente porque tiene “fé en dios”.

Un día después, también en Chilapa, uno de los precandidatos del PRD al congreso local, Efraín Flores, recibe a este diario en su casa. Flores competía con una de las precandidatas asesinadas. “Cuando mataron a Toñita Jaimes me retiré”, dice, “tengo una mujer, dos hijos, realmente el querer participar les ponía en riesgo y a mi también. Hoy en Chilapa, el asesinar a una persona es algo común, no pasa nada”.

Flores añade: “Si tu quieres ser alcalde o diputado, tienes que negociar con uno de los dos grupos. Tienes que pactar. Si no pactas y el otro va y pacta, en automático va el otro. Y si no pactas y tienes posibilidades de ganar, puede suceder lo que ha pasado”. Que te matan.

Chilapa 29 ABR 2018 – 17:22 CDT

Pablo Ferri

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