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Usos múltiples

Mentes peligrosas

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


Rostros y lugares: un viaje al corazón de lo humano

Hay películas excelentes que poseen errores técnicos. Y películas técnicamente muy bien realizadas, pero de un vacío y de una sequía interiores que da pena. Para mí es mucho más importante la inspiración, las ganas de decir algo, de hacer algo. Lo demás es menos importante.
Francois Truffaut

Agnés Varda es una cineasta nonagenaria, que comenzó antes de los treinta años a producir su arte cinematográfico. Aunque no francesa (nació en Bruselas, Bélgica), se convierte en la única mujer realizadora en pertenecer por méritos propios a la gran transformación cinematográfica de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, conocida como nueva ola francesa.

Podemos referir algunas de esas innovaciones, que están presentes, casi todas, en las películas de ficción y documentales de Varda: el papel protagónico del autor (director de la película) por arriba del guión y el productor; un nuevo uso del blanco y negro; manejo del plano secuencia en forma libre; cine individualista y seguidor compulsivo de los problemas de la pareja; un arte fílmico con cinismo y desparpajo que se opone al cine convencional y de final feliz; películas rodadas principalmente en escenarios naturales evitando el cine realizado en foros y estudios; exploración de nuevas temáticas y narrativas, entre otras.

Es de sobra conocido que antes de dirigir películas, esta portentosa generación (François Truffaut, Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Claude Chabrol, etc.) se dedicó por casi una década al análisis cinematográfico, comandados por André Bazin, en la legendaria revista Cahiers du Cinéma_ lo que les permitió tener una posición fundamentada con respecto al cine e innovarlo.

Particularmente Agnés Varda en su obra cinematográfica se interesa desde muy temprana edad en el género documental asumiendo un estilo crítico (La felicidad_: 1965) y feminista (Contestación de las mujeres_: 1975) o abordando temas como el racismo (Black Panthers: 1968) ; más recientemente, ya en este siglo, realiza esa obra cinematográfica mayor sobre el mundo del desecho, la recolección y las múltiples reutilizaciones posibles de objetos en la Francia posmoderna: el documental Los espigadores y la espigadora (2000) y su secuela Dos años después (2002); piezas que a nuestro juicio son imprescindibles del cine documental ambiental.

Por su parte JR es un joven y enigmático fotógrafo que realiza arte callejero en Paris. Comenzó realizando graffiti pero un día tropezó con una cámara de instantáneas de rostros en una cabina del subterráneo y desde hace más de diez años lo que hace es arte particularmente con rostros humanos, con ampliaciones fotográficas.

En el documental Rostros y lugares (Varda y JR, Visages, Villages, Francia: 2017) asistimos a un documental/intervención artística/fotográfica/exposición de rostros/recuperación de historia/road movie que realizan estos dos talentosos artistas de la representación visual.

Nos interesa desde el inicio y desarrollo del filme el tema del arte y sus implicaciones personales, considerando la animación del comienzo hasta la de el final con los créditos. Estos artistas no parten de una idea ya acabada, por lo que hacen un recorrido por poblados franceses en un pequeño camión —transformado en cámara fotográfica rodante — y se formulan preguntas básicas, capturan imágenes, las imprimen en gran formato, las colocan en muros y paredes y, sobre todo, son consecuentes con lo que hacen y piensan. A lo largo del proceso hay diversas referencias a sus propias obras, como el parecido de los lentes de JR a los de Godard, asunto que obsesiona a la cineasta, a tal grado que trata de concretar un encuentro entre ambos. O en la construcción de un primer mural de fotos con rostros que sostienen una baguette y que moviliza a la comunidad.

Aunque la diferencia de edades y experiencia es notable los acuerdos en el recorrido y en las intervenciones artísticas son justos, democráticos y equitativos, anteponiendo el impacto social y estético de lo que hacen. En su recorrido usan el espacio construido en las villas y lo transforman con imágenes de rostros y cuerpos, o fragmentos de éstos, adheridos a viejos edificios, muros, vagones de tren; colocados entre las ventanas, contenedores, cisternas o tinacos, y que modifican la percepción de los espectadores, de los participantes, y de sí mismos.

Sorprende, por lo inusual —siempre enfrentamos el arte desde los productos finales y no en su proceso de gestación — que en este viaje hacia una Francia rural actual, seamos testigos de las fases sucesivas de sus procesos de creación: la elección del lugar, los motivos de la intervención, las entrevistas a los lugareños, las anécdotas, los trozos de historia, la belleza de los seres humanos, las preocupaciones cotidianas, la elección de las personas, la impresión de las fotografías gigantes en el camión que los transporta, la colocación de las fotos como murales de gente viva y el selfie final de los dos co-autores como rúbrica de la obra. Nada del proceso es improvisado y las decisiones en verdad son colectivas y dialogadas. Un ejemplo emblemático está cuando los realizadores del documental se encuentran frente a un muro de concreto gigante en medio de la playa, retazo simbólico de una instalación militar abandonada por los nazis en la segunda guerra mundial, y deciden intervenirlo. Agnes duda de la selección entre varias fotografías, pero al final eligen una instantánea que los convence a ambos plenamente, luego de un productivo diálogo y discusión del que somos testigos los espectadores. Así, JR hace su brillante ejecución sobre una cara de la mole, que será resultado de una obra efímera, al ser devorada por la mar. Homenaje ineludible a las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, cuyo propósito fundamental consistía en conjugar arte y vida, estética y cotidianeidad.

La comparación de este documental con Los cosechadores y la cosechadora es ineludible porque guarda muchos elementos en común. Y hacer un ejercicio de ponderación entre uno y otro nos llevó a enriquecedores diálogos. ¿Cuál te parece mejor? Nos preguntábamos. Uno de nosotros señalaba que Los cosechadores porque es un despliegue artístico desde el comienzo, con el cuadro de Las espigadoras de Millet, y que se mantiene en equilibrio con el potente contenido que encierra al abordar el tema de los pepenadores en un mundo de consumo irracional. Estupenda crítica al estilo de desarrollo contemporáneo. El otro, ponderaba el documental Rostros y lugares por su efectivo esteticismo al hacer converger arte y vida, expresión artística y esencia humana, de un modo natural y entrañable.

Después de unas horas de conversación, concluimos que ambos documentales son obras inmensas y que es indispensable verlas varias veces por la cantidad de narrativas subordinadas a las historias de viaje, y por el estupendo registro de imágenes, tanto de recolectores como de los rostros y lugares que se capturan en un anhelo por destilar, aunque sea por un instante, la esencia de lo humano.

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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