Usos múltiples

El timbre de las ocho

Armando Meixueiro Hernández
Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán


El disparate de armar a los profesores

I

César vivió en un barrio difícil. Muchas veces vio y en otras ocasiones vivió la violencia en carne propia. Pero en la escuela siempre se sintió seguro, a pesar de que estuvo en salones donde existía el abuso y siempre existieron compañeros que agarraban de puerquitos a los más dóciles. Él se las arreglaba para pasar inadvertido. Había maestros y otras autoridades que cuando notaban esos abusos les ponían algún tipo de límite o sanción.

En la calle el profe Labastida se sentía mucho más desprotegido, lo que lo obligaba a regresar con sus hermanos o primos, haciendo continuas paradas para descansar, aunque la escuela no estaba demasiado lejos; tal vez a unas cuatro cuadras. Pero cuando hacia la tarea en la biblioteca o en la casa de un amigo, o cuando asistía a una insulsa reunión con los compañeros más fresas de su salón, sí experimentaba miedo.

César, entonces, recogía un par de piedras que metía en las bolsas externas de su mochila de piel y decía que eran para asustar a los perros. En realidad él pensaba que si alguien lo quería robar o violentar en la calle rompería el vidrio de una casa para que alguien lo ayudará. Luego pensaba que en realidad nadie lo auxiliaría.

II

En aquellos tiempos, César Labastida Esqueda comenzó a coleccionar llaveros; llegó a tener más de 100. Un día su abuelo Miguel le regaló uno que era una daga. Se lo había traído de Toledo, España. No cortaba y estaba hermosamente decorado con formas árabes.

A César le encantó el obsequio y, poco a poco, fue dejando lo llaveros por las navajas. Las compró primero absolutamente inofensivas, más bien eran objetos estéticos. Luego se dio cuenta que podrían serle útiles y encontró las llamadas navajas suizas, con muchas funciones. Siguieron las de muelle y hasta incorporó cuchillos de sobrevivencia.

Ya en la preparatoria, una de esas navajas le salvó el pellejo cuando uno de sus mejores amigos se peleó con el jefe de grupo de otro salón y uno de sus vengadores, el Superman, fue expresamente a pegarle a César.

El joven Labastida iba saliendo de un examen y lo vio venir por el pasillo a toda velocidad, con unos chacos, que comenzó a mover a pocos centímetros de la cara de César. Labastida instintivamente tomo una de las 5 navajas que llevaba ese día y la desplegó. El Supermán ante este hecho inesperado saltó hacia atrás y César aprovechó el desconcierto instantáneo y se metió al salón de al lado. Corrió hacia la ventana. Caminó por un pequeño andador que había entre los salones y se metió al examen del qué había salido.

—¡Jesús! —gritó la atea maestra de Ciencias Sociales, viendo la navaja 007 en la mano del joven César, que ante esa exclamación y mirada penetrante la tiró al suelo. 

III

El abuelo paterno de César fue culpado parcialmente de la expulsión de su nieto.
—¡Tú tienes la culpa Miguel, cómo le regalas un arma a César! —reclamaba la abuela desde la cocina.
—Yo no le regalé un arma, sino un souvenir: las armas son para los cobardes.

César, sentado y cabizbajo en la sala del departamento, sacó dos conclusiones: él no era un cobarde, por lo que regalaría sus navajas; pero reconocía que esa última vez le habían salvado de una golpiza segura con ese par de palos voladores.

IV

El profesor César Labastida recordaba todo eso, cuando escuchó la declaración en la radio, mientras conducía el automóvil hacia su trabajo:

Donald Trump, manifestó este miércoles ( 21 de febrero del 2018) su apoyo a la posibilidad de dar entrenamiento en el manejo de armas de fuego a algunos maestros y permitir que las porten dentro de las escuelas como una forma de disuadir posibles ataques en contra de los centros educativos.

“Eso se llama porte oculto. Así un maestro llevaría una pistola oculta consigo, irían a recibir un entrenamiento especial y estarían allí”, dijo Trump durante un encuentro en la Casa Blanca con víctimas del tiroteo en la secundaria Marjory Stoneman Douglas, ocurrido la semana pasada en Parkland (Florida) y en el que perdieron la vida 17 personas.

César no dio crédito, a pesar de que las escuelas habían dejado de ser, hacía mucho tiempo, un lugar seguro. El profesor Labastida consideraba de alto riesgo las instituciones escolares y se hacía evidente en muchos de sus colegas, que experimentaban miedo cuando entregaban las notas de las evaluaciones o cuando habían sido amenazados, retados, descalificados, presionados y hasta perseguidos. Ni él ni los maestros podían aceptar que el Presidente del país más poderoso —y el que vende más armas en el mundo —estuviera impulsando como solución a la masacres en las escuelas, armar a los profesores.

V

Contra tal disparate, el profesor César Labastida, que lee tres periódicos diariamente, esperaba una ráfaga de respuestas consistentes, en las diversas columnas educativas, por parte de periodistas responsables, luminosos pedagogos, políticos conscientes o, al menos, ciudadanos comprometidos. Sin embargo, no encontró vientos propicios, así que buscó en su librero el viejo discurso del “Cataclismo de Damocles” escrito hace casi 35 años por Gabriel García Márquez y leyó en voz alta la propuesta de impulsar una cultura de la paz:

(Estamos) sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

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