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Deserciones

Manual de Perplejos

Emmanuel Federico Cervantes Huerta


Alguien debe abrir la jaula. El nuevo modelo educativo

El nuevo modelo educativo con su ya conocido sistema empresarial gana más terreno involucrándose en la formación escolar de este y otros países, estamos pasando de realizar reuniones de competencia pedagógica que es lo que supone un CTE, a realizar reuniones en las que se ve cómo va la empresa y de que tanta calidad están saliendo nuestros productos, revisando qué es lo que pueden hacer al término de cada mes y qué tan competitivos son en comparación con los productos salientes de otras escuelas. La reforma ya está y es más que claro que los profesores día a día se están adaptando, y lo que es peor aún, apropiando de las nuevas metodologías empresariales implementadas.
Recuerdo que hace algunos meses todavía, en las reuniones de consejo se protestaba al tratar conceptos como “Calidad”. Y al atribuirlos a los alumnos, no se creía en la idea de referirse a ellos como alumnos de calidad o deficientes. Ahora ya es normal en cada tema y lectura del CTE.

Resulta tan trágico hablar de alumnos o escuelas sin calidad o con calidad cuando seguimos sin tomarlos en cuenta y cuando hemos olvidado los estilos de aprendizajes y las inteligencias múltiples. Un “plus” de la educación moderna que “como era de esperarse” no llena sus estándares debido a una reforma inverosímil y casi utópica, totalmente falta de un diagnóstico real como fundamento, y que termina implementando modernos modelos educativos (quizá más en esencia constructivista) en un sistema educativo con enfoque conductista.

La mecanización empresarial de la educación está guiando a los docentes a pensar que la educación tradicional es mejor y se plantean ideas como la utilización de métodos y estrategias pedagógicas tradicionales como la memorización (sin importar el proceso de construcción) que resultan favorables para los “poderosos”, es decir, se obtiene mano de obra barata “eficaz y eficiente” que trabaje mecánicamente, aunque no conozca el proceso, ese ya lo hacen las máquinas y algún ingeniero. Alumnos así, ya son de calidad.
Pero alguien se ha preguntado acaso ¿qué piensan los alumnos?

Dentro de las tantas discusiones políticas que se han generado en mi grupo (y como era de esperarse fue en el de cuarto grado de primaria y no en el curso de sociología en la universidad), mientras revisábamos y discutíamos los derechos universales del hombre, decidimos escribir poesía. Un alumno, quien un día antes había tenido un accidente durante la ceremonia cívica de los lunes, pregunta:

—Profesor ¿Se va a enojar conmigo si escribo lo que siento?

A lo que respondí que no, al contrario me resultaba estupendo tener un alumno con una escritura valiente. La duda quedó y yo necesitaba saber qué era lo que estaba escribiendo, pero me contuve y espere a ver el resultado:

”Ninguna detención injusta.
Profesor, una persona que solo saca una sonrisa jugosa y una risa tremenda,
que solo le interesa que los niños estén encerrados como caballos,
que estemos amarrados como perros,
que no seamos libres como pájaros,
solo le interesa a este y a todos los profesores groseros
que todos los niños de valle regresen a la escuela con moretones,
que este profesor que cree que duerme en los tejados,
y que estemos en una detención injusta.
Fin del chisme.

Diego Cortes

La lectura logró no solo que cuestionara mis estrategias, sino que me diera cuenta que estaba cayendo dentro de los modelos que tanto he criticado y contra los que día a día trato de luchar.

Descubrí que las libretas ya tenían margen, las letras mayúsculas y signos de puntuación escritas con color rojo, ya no realizábamos actividades en el patio, las clases cada vez resultaban más aburridas… ya no contaba historias utilizando mis dibujos en el pizarrón, y nos enfocábamos solo a temas curriculares.

Aunque a decir verdad terminé dejando de culparme, y volví a culpar a quienes me exigen que sean así mis clases. Tenía un gran problema, por alguna razón, a la institución le parecía equivocado que mis alumnos multiplicaran con millones, o que la historia de los Mexicas no estuviera resumida en la libreta, aunque los niños la pudieran exponer sin ningún problema… etc. La solución parecía renunciar, pero descubrí que si me iba no habría quien abriera la jaula a esos pájaros.
La batalla seguirá siendo, cada día, cada hora. No sé si el día de mañana el sistema termine comiéndome por completo (como todos dicen), pero antes de que acabe conmigo sé que dejaré semillas fuertes que germinarán para hacerme ver que me estoy equivocando.

Emmanuel Federico Cervantes Huerta

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