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LA CLASE


Alfredo Villegas Ortega


El nuevo modelo educativo y los retos en la formación docente

Enfrentar el cambio de gobierno en este 2018, supone muchas cosas, independientemente de quién gane. Aun si queda el PRI, resulta complicado pensar en quién será el valiente que enfrente a un magisterio que, seguramente, recobrará fuerza en la resistencia ante la reforma y el modelito de marras. Mucho menos si se establece la alternancia de gobierno. ¿Por qué? Porque es producto de la imposición vertical y atenta contra los maestros (la reforma, en realidad, laboral) y porque su ‘modelo’ no aporta nada significativo para un cambio verdaderamente radical; porque, tampoco, se tomó en cuenta la opinión de muchos maestros que desde la investigación y la experiencia, (que debe ser tomada en cuenta y ser la que verdaderamente nutra y le dé sentido al cambio), han propuesto alternativas de solución a los problemas que nos aquejan en el terreno educativo.

El Modelo Educativo sigue sostenido desde una base empresarial que ve en la educación la gran fábrica que produce seres que se integren al terreno laboral; mujeres y hombres certificados y competentes. Funcionales, no críticos. La gran masa que sostiene a la casta poderosa.

Uno de los ejes del modelo, es el que se refiere a la formación y el desarrollo profesional de los docentes. Pura demagogia, pues es bien conocido el golpeo a las instituciones formadoras de docentes, léase Escuelas Normales, a las que hoy, dicen, deberán canalizarse recursos y apoyos para ser, realmente, instituciones de educación superior. ¿Pues de qué estábamos hablando, distinguidos genios de la SEP, Mexicanos Primero, Coparmex y demás artífices de la Reforma? Lo sabemos. Conocemos el menosprecio que sienten por nuestras instituciones, como sabemos que son profundamente ignorantes del papel que han tenido éstas en el devenir social y educativo de México. Lo sabemos y lo resentimos desde nuestras escuelas, porque resistimos los embates, la indiferencia, la nula promoción y, por el contrario las campañas feroces de desprestigio social que encabezan junto a los dueños de los medios de comunicación (¿La verdadera SEP?); por el bajo presupuesto, las disposiciones absurdas para ingresar y para ejercer la carrera con un título y una cédula expedidos por ellos mismos. Lo sabemos, claro que lo entendemos.

Hablemos, pues, no obstante, de esa parte de su modelo que se refiere a la formación y desarrollo profesional de los docentes.

Dicen que la investigación ha demostrado la importancia del papel de los maestros para que los estudiantes aprendan y trasciendan las barreras que les ofrece el contexto. ¿Novedoso? En lo absoluto, se ha dicho hasta el cansancio la importancia del papel del maestro en la transformación social. ¿Tramposo? Totalmente, porque, justo, en el discurso, deposita toda la responsabilidad en el maestro y, además, con un simplismo de cuarta, supone que con la mera interacción y capacidades de los maestros, los estudiantes podrán alcanzar su máximo potencial. ¿O sea que una buena preparación profesional y una buena comunicación permitirán proyectar a los estudiantes hasta alcanzar su máximo potencial? ¿Será que algún gurú de los textos de autoayuda como Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Bucay o alguno de ellos son sus asesores? Es evidente la importancia que tiene un buen maestro en la formación y canalización de expectativas que uno como estudiante tenga, pero no es ni será suficiente para transformar una realidad social mucho más compleja, demandante y amplia que atraviesa por factores estructurales, culturales, económicos y un amplio etcétera. La escuela promueve la transformación, sí y solo sí, va acompañada de un verdadero apoyo institucional. Si las mentadas reformas estructurales, incluida la educativa, fueran eso realmente estructurales, estaríamos hablando de otra cosa, pues implicaría modificar desde sus cimientos las estructuras que están mal para una mayoría y que han beneficiado a unos cuantos. La estructura que sostiene el proyecto educativo, en efecto, hace tiempo que está cuarteada, con grietas tales que muestran la corrupción gubernamental, el abandono de la escuela pública, la falta de un proyecto integrador, la ausencia de una visión social y prospectiva que signifique, realmente, transformar la penosa realidad en la que vivimos y en la que se encuentra la educación.

Se habla, también, de que los maestros podremos incidir sobre el modelo educativo. ¿Cómo? Si el ente rector y normativo es la propia SEP y las escuelas normales quedan al arbitrio de disposiciones sexenales, cada vez más perfiladas a contratar maestros mediante un examen estandarizado tan vacuo como el proyecto en que se sostiene, que no aporta nada y que solo sirve para que las cosas sigan iguales y que muestra en qué nivel de importancia se encuentran las Escuelas Normales para las autoridades educativas.
La “selección cuidadosa” de los maestros idóneos para ejercer el magisterio, lo es tanto, que contratan al que resuelva un examen sin importar su perfil ni sus verdaderas ‘competencias’ docentes.

Así, pues, las promociones en el servicio profesional docente, más que alicientes y estímulos a la creatividad que pregona la autoridad educativa, se convierten en mecanismos burocráticos de selección arbitraria.

Son otras las consideraciones adicionales que pondera el nuevo modelo educativo que incluyen la formación y capacitación continua y la participación y el compromiso continuo de las escuelas formadoras de dicentes. Y aquí cabría preguntarse, ¿cuáles son, en los hechos, las escuelas formadoras de docentes? O bien, ¿cuáles son las consideraciones que el estado ha tenido para las escuelas formadoras de docentes, al abrir indiscriminadamente la oferta de plazas para maestros? Ninguna. Al contrario, las Escuelas Normales sufren de un abandono presupuestal y se vuelven poco atractivas para los eventuales aspirantes que saben que, al egresar su cédula profesional no tendrá ninguna diferencia específica, en los hechos, respecto a cualquier otra profesión.
Las licenciaturas de las Escuelas Normales deben revisarse, aducen, para fortalecer su conocimiento pedagógico especializado, su vocación docente, así como sus mejores prácticas. Perfecto, pero, ¿cómo creerle al lobo después de que nos ha destazado sin misericordia?

Antes de pensar en las bondades o perversiones del nuevo modelo educativo, requerimos resistir desde la trinchera docente; en particular, en las escuelas Normales debemos tener la capacidad de autocrítica, organización, articulación de esfuerzos, trabajo colegiado, investigación limitada por la falta de recursos pero sustentada en la realidad que vivimos.

Los grandes retos del normalismo no empiezan en la visión empresarial de un gobierno, sino en la producción de conocimiento, la articulación de saberes, la integración a formas más amplias de organización y resistencia ante las reformas de todo tipo que atenten contra nuestro patrimonio y derechos. Los vientos de cambio, para que soplen en favor del normalismo y del país en general, requieren de la apertura de ventanas democráticas, que hemos de abrir entre todos, y que puedan significar, realmente cambios estructurales más profundos. Una ventana la podemos empezar a abrir en este 2018, antes de que quedar definitivamente sepultados en el encierro y el abandono gubernamental.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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