Vendedora_de_libros
Tarea

Cuentos en el muro

Verónica Arista Trejo


La vendedora de libros

Nació y creció parte de su adolescencia del otro lado del Atlántico, rodeada con el ambiente que tiene una librería, el negocio de la familia, entre olor a hojas de libros nuevos y el seductor tintinear de una caja registradora. En ella solo había soledad por ser la hija única, siempre apartada del resto de los niños y con la sobreprotección de sus padres que siempre buscaron satisfacer el más mínimo de sus caprichos, que la enseñaron a mirar de reojo y por encima del hombro a los demás, como si valieran menos, que la hicieron creer que era una princesa más de los cuentos que había en los estantes y que narraban la vida privilegiada de las Reinas, los Reyes, los palacios y los lacayos.

Un día, ese lugar en donde nació, se vio amenazado por la llegada de un gobernante que afectaba un negocio tan peligroso como lo era el leer libros, de esos que abren los ojos a la gente común y la hacen conocer que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos. Ante tal amenaza, de perder el negocio al que por generaciones se había dedicado su familia y de dejar de escuchar el tintineo de la caja registradora cuando se hacía una venta, la familia subió a un barco que los llevó a un lugar donde iniciarían una nueva vida.

La ahora adolescente vendedora de libros, al llegar a este nuevo lugar, vio que la gente era diferente, su piel era morena y no blanca cómo la suya; que sus ojos eran cafés y no azules como los de ella y si antes, miraba a la gente con desdén, ahora era más fácil humillar y despreciar a aquellos que eran diferentes. Siguió sus estudios, pero lo que más disfrutable era escuchar esa “música” de la caja registradora, contar y contar, billetes y monedas, sumar siempre sumar, multiplicar, en los números nadie le ganaba. Cuando llegaban libros nuevos los leía, pero no porque las historias le pudieran atrapar o seducir, sino porque en su mente lo primero que pasaba era saber si aquellas historias le darían más ingresos a su negocio.

La vendedora de libros, aprendió a sonreír, pero solo con aquellos quienes le darían algo a cambio para SUMAR, y seguía sin mirar a quienes eran menos que ella y a hacer muecas cuando algo no le gustaba, su vida era mirarse al espejo y pensar que algún día sería la reina poderosa de los cuentos de su niñez.

Un día, en el momento y la hora exacta, conoció a alguien que le ofreció un trabajo que le dejaría más dinero que su propia librería y que no le implicaría siquiera dejar de tenerla, porque podría tener lacayos que le ayudaran a trabajarla. El nuevo trabajo era hacer libros para los niños, los hacía el gobierno del país al que había llegado y sumaban muchos números por hacer y para tener. Al llegar al nuevo trabajo, despidió a los que antes escribían para los niños, les dijo que escribían muy mal, que lo que ellos contaban en sus historias no era lo que ella quería escuchar y se deshizo de todos. Entonces, se empezó a rodear de aquellos que sólo se agachaban, la escuchaban, callaban y decían a todo que sí, pero porque eran enanos, eunucos y locos. Pero ahora, ella no era vendedora de libros, hizo que la llamarían la Gran Sabia, la que todo conocía, la que todo sabía. Ese espacio donde se escribían historias para niños, ahora estaba sujeto sólo a los deseos, muecas y desprecios de la “Gran Sabia”. Se hacían libros con lo que ella quería decir, con lo que ella quería que aprendieran, con recetas para que el libro se leyera sólo como ella lo indicará y todo para que ella fuera Reyna y todos los demás sus lacayos obedientes.

El mundo giraba solo a su alrededor, el azul de sus ojos no era el del cielo, sino el de la frialdad. Con el paso de los años, ella sólo acumulaba y acumulaba, tanto dinero como la grasa que cada día abultaba más su figura, pero aun así ella seguía viéndose al espejo imaginando que los años no pasaban por ella. El dinero que tenía pesaba tanto como su grotesco cuerpo cubierto de túnicas de seda y del peso de exageradas joyas de oro y piedras preciosas.

Gradualmente, cada día el peso de todas las injusticias que cometía, del dinero que robaba, de la maldad que cargaba le sofocaban el corazón. No podía dar dos pasos, sin resoplar ante el ahogo y el sudor que escurría por su cuerpo. Por mucho tiempo, los libros dejaron de ser historias fantásticas, de héroes y llenos de colores. Todo se volvió gris y frío como ella, hasta que un día su corazón no resistió el peso de quien tiene la maldad en todo su ser y así, no pudo respirar más, sus pulmones explotaron, su corazón dejo de latir y solo quedó una mueca de insatisfacción en su cara y la frialdad de sus ojos azules. Finalmente, en su historia, nunca fue Reina, nunca fue Sabia, sólo fue una mala vendedora de libros.

Verónica Arista Trejo
Profesora de Historia en Educación Secundaria. SEP

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