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LA CLASE

Tema del mes

Gonzalo Celorio


Cuántas batallas arduas

En el presente texto, leído el 5 de marzo de 2012 en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, donde el Festival Internacional de Cine de Guadalajara rindió homenaje a Alfredo Joskowicz, el escritor y académico Gonzalo Celorio nos ofrece una semblanza entrañable del gran director mexicano y profesor universitario, autor de varios filmes y de diversos cortometrajes sobre la UNAM.

Si el adjetivo bueno no se asociara tan frecuentemente a la inocencia, al candor y aun a la felicidad, diría que Alfredo Joskowicz es, ante todo, un hombre bueno. Un hombre bueno, sí, pero complejo, agudo, crítico, sapiente, audaz. Y feliz sólo en la medida en que pudo enfrentar con ánimo resuelto la tragedia que se enconó despiadadamente contra él y los suyos como si se tratara de las pruebas sufridas por Job en el relato bíblico que exalta la paciencia. Sí. Es un hombre resuelto. Y perseverante. Y empeñoso. Y apasionado.

Estas prendas que adornan su persona permean su trabajo cinematográfico y en él encuentran su mejor expresión.

Joskowicz es un hombre de cine. Estudió formalmente las disciplinas inherentes al séptimo arte primero en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México y después en el Instituto Superior de las Artes del Espectáculo y de Técnicas de Difusión de Bruselas. Los conocimientos que adquirió en ambas escuelas de cine, aunados a su primigenia formación académica de ingeniero en comunicaciones y electrónica en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Instituto Politécnico Nacional lo facultaron para enseñar, con el rigor técnico del caso, la estructura del lenguaje cinematográfico a las numerosas generaciones de estudiantes que han pasado por sus aulas, ya en el CUEC, ya en el Centro de Capacitación Cinematográfica, instituciones ambas de las que ha sido maestro y director. Pero Joskowicz no sólo es un conocedor y un transmisor magistral de la gramática del cine, sino un realizador de películas documentales y de ficción que avalan y legitiman su enseñanza. Y para no dejar ninguna faceta del cine fuera de su competencia, ha sido también un eficaz directivo de empresas y de organismos nacionales dedicados a la industria cinematográfica —los Estudios América, los Estudios Churubusco, el Instituto Mexicano de Cinematografía—, lo que no fue obstáculo para que siguiera ejerciendo la docencia; antes bien, le permitió abrir, aun en sacrificio de su propia obra, las puertas por las que han pasado otros cineastas, buena parte de ellos ex alumnos suyos, que gracias a su gestión han encontrado respaldo institucional en sus producciones. Hay que añadir entonces a la bonhomía que define su persona, la característica esencial de su generosidad.

Conocí a Alfredo Joskowicz en 1980, cuando había terminado de rodar, heróicamente, sin apoyos de la industria, su largometraje Constelaciones, dedicado a las figuras más sobresalientes de la Nueva España de la segunda mitad del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora. Lo habían invitado a comentar su película el pintor de origen asturiano Antonio Peláez y el oncólogo Roberto Garza a su casa de la colonia Juárez, adonde también asistieron, entre otros, el prominente historiador del México virreinal Edmundo O’Gorman y uno de sus discípulos más aventajados, quien, a su vez, era mi maestro, Sergio Fernández, conocedor vital de la obra de sor Juana, a quien le dedicó el primero de sus Retratos del fuego y la ceniza. No obstante la autoridad intelectual que todos los presentes le reconocíamos a don Edmundo; la incisiva agudeza de la que Sergio hacía gala, y las sutiles discrepancias que cada uno de ellos, a su manera, manifestaron con respecto al tratamiento que Joskowicz les había dado a tan ilustres e ilustrados personajes, el cineasta intervino con dignidad en un diálogo que pretendía ser erudito y terminó siendo apasionante. La visión artística de Alfredo, tan cercana a la fenomenología de la imagen poética de Gaston Bachelard, acabó por responder satisfactoriamente a las disquisiciones de O’Gorman, que abandonaron las primigenias exigencias históricas para dar paso a la consideración que él mismo había planteado en uno de sus aforismos referentes al oficio del historiador, cuyo reto no es otro, según él, que “hacer inteligibles con la imaginación las zonas irracionales del pasado”, tal como lo había hecho Joskowicz en su película.

No nos volvimos a ver más que ocasionalmente, vinculados por amigos comunes como Busi Cortés o Eduardo Casar, hasta nueve años después, en 1989, cuando el doctor José Sarukhán, a la sazón flamante rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, me invitó a hacerme cargo de la Coordinación de Difusión Cultural, de la que dependían, entre otras muchas entidades universitarias, varias direcciones relacionadas con el cine y los medios de comunicación, a saber: la Filmoteca, el CUEC, Radio, Televisión. Con respeto irrestricto a que yo formara mi propio equipo de trabajo, sólo me sugirió —y fue eso, una sugerencia y no una imposición— un nombre, el de Alfredo Joskowicz, de quien tenía la mejor opinión por el programa de televisión que había realizado, dentro de la serie En las ciencias y en las artes, a propósito del propio Sarukhán cuando se desempeñaba como director del Instituto de Biología de la UNAM y acababa de ingresar en El Colegio Nacional. El rector consideraba, en función de esta experiencia, que Joskowicz debía encabezar la televisión universitaria, la cual, por disposición suya, había dejado de ser un instrumento oficial de la rectoría para adscribirse con toda legitimidad a la égida de Difusión Cultural. Yo lo convencí de que el lugar de Alfredo no estaba en la televisión sino en el cine y particularmente en el CUEC, la escuela en la que Alfredo había estudiado, donde era un muy reconocido y apreciado profesor y en la que además se había desempeñado como secretario académico, gracias a lo cual había modificado los planes de estudio, había profesionalizado la carrera de cine y había logrado que el rigor académico se impusiera sobre el asambleísmo y la politización que a partir del 68 prevalecían en la institución. Fue mucho más fácil convencer al rector que a Alfredo de que asumiera la dirección del CUEC. Si bien le profesaba un profundo cariño a su escuela, estaba cansado de cumplir tareas más administrativas que académicas en dos entidades dependientes del gobierno federal que había dirigido, el Centro de Capacitación Cinematográfica y los Estudios América. Pero la alma mater acabó por imponer su llamado y al fin aceptó, no sin cierta torcedura en el brazo. Tengo para mí que el CUEC se enriqueció notablemente bajo su dirección, porque si Alfredo, como he dicho, es ante todo un hombre de cine, dentro del cine es, ante todo, un maestro. No se necesita haber sido su alumno en el aula para apreciar la claridad de sus exposiciones, la lucidez de sus conceptos, la entrega a su trabajo y la persistencia de su vocación. Basta con oír su voz, de timbre metálico y cadencia serena, para advertir la pulcritud didáctica de su discurso. Así que fue un magnífico director del CUEC que le pudo dar continuidad a la labor ciertamente meritoria que había realizado desde que fue secretario académico por lo que hace a la profesionalización de la enseñanza.
Un malhadado día, la defensa caballeresca de su honor y el de su hija, lo enfrentó a la barbarie y la violencia que en aquellos años empezó a enseñorearse ominosamente en el país. Podría pensarse, como muchas veces se dijo, que se salvó de milagro después de que un disparo de arma de fuego le perforó el vientre y otro le inutilizó un ojo (con todo lo que esto puede significar en un hombre dedicado a la luz). Sí, pero ese milagro no se habría operado sin su tesón, su entereza, su fortaleza de ánimo, su integridad moral y la absoluta conciencia de que todavía tenía mucho que darnos a todos nosotros.

Fue en esos años cuando el rector tuvo la idea de que la Universidad realizara una película documental que diera cuenta, en no más de media hora, de la propia institución, de sus áreas de trabajo, de sus funciones sustantivas, de su significación en la vida nacional. Habría sido absurdo que la Universidad contratara por fuera este trabajo, teniendo entre los miembros de su comunidad a un cineasta tan destacado y tan universitario como Alfredo Joskowicz, quien ya había recorrido un largo camino en la realización de documentales vinculados directa o indirectamente con la educación, desde su participación en la película El grito de Leobardo López Arretche a propósito del Movimiento Estudiantil de 1968, hasta la serie de programas de televisión titulada precisamente Historia de la educación, pasando por Ocho horas, que registra el nivel educativo de los obreros mexicanos, Quinto sol, referido a la enseñanza de las lenguas indígenas en nuestro país y Horizonte abierto, que se inscribe en las celebraciones del cincuentenario de la autonomía universitaria. Y se operó otro milagro. Alfredo fue capaz de compendiar en escasos treinta minutos lo que la UNAM es —la insospechada diversidad de sus áreas de trabajo, la incesante generación del conocimiento, la amplísima extensión de sus actividades artísticas y culturales— y lo que significa para México— un factor determinante de movilidad social, un paradigma de la educación superior en todo el país y un referente nacional.

Estoy muy lejos de ser crítico de cine y no conozco la filmografía completa de Alfredo Joskowicz, pero puedo reconocer la originalidad y la valía de una película como Constelaciones, que rompe con los lugares comunes que se han ido esclerosando a lo largo de los siglos en torno a la figura de sor Juana, de la que por cierto se quiso apoderar, en el momento en que se rodó, Margarita López Portillo, lo que redundó en detrimento del patrocinio de la producción del largometraje de Joskowicz pero sin duda en beneficio de la calidad de la película; puedo apreciar también la corrección del lenguaje cinematográfico de un largometraje de ficción como Playa azul, basado en una obra del dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, y filmado cuando Alfredo aún no salía de la convalecencia de la agresión que se había perpetrado salvajemente contra su persona; puedo disfrutar, en fin, la pulcritud de la edición de su cortometraje Recordar es vivir, que se refiere al lustro comprendido entre los años 1955 y 1959 y que forma parte de la serie 18 lustros de la vida en México en este siglo [el pasado], concebida por Iván Trujillo, entonces director de Actividades Cinematográficas de la UNAM, que utilizó las imágenes preservadas por la Filmoteca. Y aunque soy ajeno al mundo laboral de la industria cinematográfica, puedo apreciar también la gran labor realizada por Alfredo en la dirección de los Estudios Churubusco, cuando supo enfrentar con ambas manos, la izquierda de la negociación y la derecha de la firmeza, una huelga que estalló justo en el momento en que se rodaba La máscara del Zorro con el deslumbrado Antonio Banderas y la deslumbrante Catherine Zeta Jones, y cuando se opuso enérgicamente a la anunciada censura gubernamental de la película La ley de Herodes de Luis Estrada. Y al frente de IMCINE, cuando pudo sortear, con idéntica firmeza insobornable, la amenaza de censura por parte de la jerarquía católica que acompañó la exhibición de El crimen del padre Amaro, basada en la novela del escritor portugués Eça de Queirós, adaptada al cine por Vicente Leñero y dirigida por Carlos Carrera.

Cuántas cosas ha hecho Alfredo Joskowicz a lo largo de su vida. Cuántas batallas, ciertamente arduas, ha librado; cuántos alumnos ha formado, cuántos afectos ha concitado; cuántos caminos ha recorrido. Es Alfredo Joskowicz una figura emblemática, un paradigma, un maestro. No puedo terminar sin decirle, haciendo caso omiso de los ambages que el pudor nos hace transitar, que lo admiro, que lo respeto y que lo quiero

Gonzalo Celorio

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