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LA CLASE

Tema del mes

Armando González Torres


El arte de armar pleito

La historia del debate intelectual aspira a llenar sus páginas con esa fina esgrima de las ideas que, se supone, marca los momentos climáticos en la conciencia colectiva. Sin embargo, no toda la polémica es civilizada y, a menudo, la lucha intelectual renuncia a las formas y adquiere un carácter de pleito arrabalero. Por lo demás, si bien las ideas son el ingrediente indispensable del debate, suele subestimarse el papel del ardor y el humor. Jorge Ibargüengoitia fue un observador controvertido y polémico de la vida y la historia nacional, que detentó una peculiar potencia polémica. Como es muy sabido, Ibargüengoitia fue un hombre de vocación pragmática que llegó, casi por casualidad, a la vida literaria: el joven ingeniero que, según relata el propio autor, se empeñaba en hacer funcionar una hacienda en Guanajuato y aprender el trato ambiguo de los campesinos súbitamente se convirtió, por la poderosa seducción de una puesta en escena de Emilio Carballido, en un aprendiz de arte dramático y, durante muchos años, picó piedra en el medio teatral. Luego de su decepción ante sus pocos logros y muchos obstáculos en ese terreno pasó con gran éxito a la narrativa. También cultivó el periodismo, publicó centenas de artículos y ejerció una crítica de las costumbres con una mirada tan amarga como festiva. Este autor atípico no respondía al arquetipo entonces vigente del artista: no blandía el escudo de la erudición, ni la lanza ética o ideológica; tampoco aguantaba las detracciones desde una altura olímpica o una indiferencia estoica y, a menudo, discutía con sus críticos (Ruffinelli, Alatorre) y hacía gala pública de sus filias y fobias. Su estilo directo, de una diáfana y seca corrección, así como su argumentación crítica, no apelan a los grandes discursos sino al sentido común, al legítimo egoísmo, a las flaquezas y prejuicios con que se identifica el individuo promedio.

Toda su obra puede observarse como una visión acerba de la historia, la vida social y política y el medio literario. Sin embargo, quizá la faceta más representativa de su vena polémica sea su etapa como crítico de teatro (El libro de oro del teatro mexicano, México, Ediciones El Milagro-UAM, 1999, es una magnífica antología de su trabajo en la materia). Ibargüengoitia hace crítica, cuando ya se ha desengañado, más que del arte, del gremio teatral, y guarda esa distancia, y ese resentimiento, que agudizan su pluma. “Durante un tiempo, hace años, fui crítico de teatro. Mis crónicas tuvieron un éxito modesto. Con ellas logré lo que nunca pude lograr con mis obras de teatro; es decir, que alguien las leyera.” En sus críticas de teatro, Ibargüengoitia ensaya una apreciación aparentemente ingenua, desde la perspectiva del espectador no especializado, que acude al teatro a divertirse y resulta frecuentemente decepcionado, agredido, ideologizado o aburrido sin misericordia. Por supuesto, este tono ingenuo oculta al conocedor solvente de todos los aspectos del teatro: la escritura, la dirección, el desempeño actoral, la música, la escenografía y hasta los problemas tras bambalinas (manejo de egos, recopilación de dineros, persuasión de autoridades incultas).

Hay dos momentos excepcionales en estas críticas que tal vez no son modelos del debate intelectual, pero sí son joyas del arrojo polémico y del afán parricida. Por un lado, su desahogo contra Rodolfo Usigli, su mentor, quien lo había formado e impulsado en el oficio teatral con un magisterio estricto. “Rodolfo Usigli fue mi maestro, a él debo en parte ser escritor y por su culpa, en parte, fui escritor de teatro diez años. Digo que fue mi maestro en el sentido más llano de la palabra: él se sentaba en una silla y daba clase y yo me sentaba y le oía, haciendo de vez en cuando un apunte en mi libreta…” Usigli e Ibargüengoitia se conocieron en 1951 cuando el ingeniero prófugo entró a estudiar arte dramático con el dramaturgo consagrado. Las cartas del maestro Usigli al discípulo que reproduce Vicente Leñero en Los pasos de Jorge (México, Joaquín Mortiz, 1989) son generosos consejos que constituyen una profesión de fe en el oficio artístico y muestran una preocupación casi paternal por la formación del pupilo. Con todo, el tiempo y diversos malentendidos los fueron distanciando: cuando en 1961 Usigli vuelve a México después de un largo periplo diplomático, en una entrevista con Elena Poniatowska menciona a los autores jóvenes más distinguidos y prometedores del teatro mexicano y el nombre de Ibargüengoitia no aparece. Sin ocultar su molestia, el alumno despechado reacciona de inmediato: “El caso es que yo, en venganza, escribí, y publiqué en el suplemento de Novedades, una nota intitulada ‘Sublime alarido del ex alumno herido’, acompañada de una tragedia en verso libre que se llama ‘No te achicopales, Cacama’. Nada de lo que he escrito ha sido tan venenoso, ni nada ha tenido tanto éxito.” La nota en cuestión comienza directamente con un reclamo ¡por qué no me menciona a mí! y para demostrar sus “méritos” el reclamante escribe una delirante y divertida mini-tragedia que ridiculiza la obra reciente de Usigli “Corona de fuego”, que trata del martirio de Cuauhtémoc y, de paso, se burla de la jerga y el tópico indigenistas, cuyos ecos rezagados se cuelan en la creación del maestro. (“Suena el teponaxtle, el xoxtle y el poxtle, la chirimía y el chichucaxtle; blanda el guerrero la macana con gana, porque yo, Cacama, lo ordeno.”) Este arrebato no solo muestra el enojo del ofendido, sino la forma en que una reacción visceral puede ser iluminada por el ingenio.

Otro de sus momentos polémicos controvertibles y memorables es cuando hace una crítica a la puesta en escena de Juan José Gurrola, en la Casa del Lago, de dos textos de Alfonso Reyes, el relato “La mano del comandante Arana” y “Landrú”. El primero es un relato fantástico de tono menor donde la mano de un militar adquiere vida propia, mientras que el segundo es un texto dramático sobre el célebre asesino francés que Reyes trabajó por muchos años sin atreverse nunca a publicarlo y que su viuda autorizó para su aparición en la revista Universidad de México, en 1964. Ibargüengoitia no gustó de ninguna de las dos obras y apenas celebra la voluntad de los actores para “hacer parecer ingenioso un texto que es de una estupidez y densidad verdaderamente lamentables”. Ibargüengoitia no solo se indigna contra la obra, sino contra la reacción del público que aplaude y se desternilla cada vez que la mano hace signos procaces. “Esto es más lamentable todavía que la obra, porque ocho cuartillas malas cualquiera las escribe, pero que el público no tenga alientos para protestar ante un fraude, es signo nefasto del tiempo y la sociedad en que vivimos.” En el mismo número, Carlos Monsiváis escribe una nota en la que defiende al Reyes ultrajado y condena la crítica impresionista y chistosa. En un número ulterior, Ibargüengoitia responde y renuncia su columna, cancelando así uno de sus últimos vínculos con el género que lo llevó a la literatura. “Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir. Si son ingeniosos (ver Monsiváis, loc. cit.) es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije es en serio es un cándido y quien creyó que todo fue broma es un imbécil.”

Hasta aquí la anécdota. Lo cierto es que estas exhumaciones de la malquerencia literaria de Ibargüengoitia, más allá de su carácter hilarante, hacen pensar en la naturaleza de la crítica: ¿hasta qué punto es imparcial el opinador? ¿Hasta qué punto la argumentación y apreciación la gobiernan el altruismo, la convicción ética, la apuesta por valores estéticos y el conocimiento profesional? ¿Cómo se puede guardar una distancia crítica ante la cercanía del sujeto a criticar? Y es que, como lo deja ver Ibargüengoitia, muy probablemente cuando se critica al contemporáneo no se critica al artista, sino al amigo o, al contrario, al pesado que no saluda en las tertulias, al galancete que se lleva las mejores muchachas de las fiestas o al gorrón que nunca paga los préstamos. Igualmente, en un medio polarizado el método más socorrido para apreciar a un contemporáneo suele ser el hígado y no es extraña la crítica de consigna y de conveniencia. Esta frecuente e inevitable situación de cercanía emocional y conflictos de interés apela, para mitigarla, tanto a la ética del crítico, como a su humor y realismo. Al poner en suspenso las banderas morales y profesionales de la crítica, Ibargüengoitia hace recaer en el texto, en su ingenio y verdad intrínsecos, el peso de la prueba polémica. Por eso, ese insigne golpeador tuvo, al menos, el mérito de llevar a la superficie, con una inusual sinceridad y con la dignidad del humor, esa oscura y fascinante república subterránea de la maledicencia.

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Armando González Torres

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