5506_olas_del_mar
Tarea

Cuentos en el muro

María José Colín Medina


La vieja y el mar

Las pequeñas olas rompían en la costa. La espuma lamía las rocas que el sol calentaba. En la distancia se entreveía el extremo noreste de la bahía. Hacía rato que el sol había dejado atrás su cenit, y se acercaba lentamente al horizonte; ahí donde se fundía todo. El astro rey calentaba la suave arena con pequeñas dunas esparcidas en la pequeña playa, los animales que vivían ahí se retiraban a las profundidades de las rocas y alguna que otra gaviota rezagada volvía a tierra después de un largo día pescando. Todo era tan calmado, rutinario y normal. Una simple tarde más en una de las tantas playas de la bahía de San Blas.

Pero esa playa no era muy parecida a las otras. Se encontraba justo al extremo sudoeste, y muchos la encontraban no muy agradable al estar justo al lado de un despeñadero de rocas, en el cual el mar era más bravo por el huracán de hacía unos años. Nadie gozaba de esa playa donde había rocas, mar picado y fauna desagradable como podían resultar los cangrejos, los caracoles, las gaviotas y alguno que otro pelícano. Por esto mismo, no había ni un solo local o mísera palapa en un kilómetro a la redonda. La dueña del local playero más popular de San Blas decía que era la playa de la Vieja. Y el apodo era secundado por todos, aunque no fuera su verdadero nombre.

Esto tenía una explicación, y es que la única persona interesada en esa playa era la señora Domínguez. María Rosa Domínguez Peláez era, para casi todos; la persona más vieja del pueblo, para muchos, de todo Nayarit, y los más jóvenes aseguraban que era la más vieja del mundo. Había vivido tantos años que había perdido la cuenta hacía mucho.

Todo mundo sabía quién era Rosa Domínguez, pero la mujer era tan misteriosa y reservada como vieja. Solo su familia la conocía realmente, se decía, y su familia no existía.

Rumores decían que la señora Domínguez venía de México (ciudad) y que allá estaba su familia, si es que tenía. Otros alegaban que era la mayor de trece hermanos y que había quedado huérfana muy chica, que cuando se casó, sus hermanos se perdieron en alta mar y sus hermanas se casaron y se fueron lejos. Algunos contaban que su marido murió ahogado después de que su barco pesquero naufragara, que las olas habían arrastrado su cuerpo hasta esa playa y que por eso ella se la pasaba ahí. Viejos camaroneros aseguraban que su única hija, Rosita; estaba jugando en esa playa cuando la revolcó una ola y la ahogó; que la señora se moría de tristeza y que por eso siempre estaba en aquel lugar. Lo cierto es que solamente había leyendas y suposiciones acerca de esa mujer, pues nadie sabía ni siquiera donde vivía.

Lo que sí era de dominio público era que ella siempre estaba en esa playa. Sentada en su maltrecha silla de ruedas, con las piernas cubiertas siempre por una cobija bien gruesa y envuelta en su reboso; la señora Domínguez siempre estaba en el límite del alcance de las olas, a unos metros del despeñadero, con su rostro serio mirando más allá del horizonte sin percatarse de nada, o percatándose de todo.

La señora Domínguez tenía un aspecto muy peculiar. Su cara era redonda y pequeña, pareciendo una pasita aplastada a causa de las arrugas. Su cabello siempre iba perfectamente recogido en una uniforme trenza plateada tan larga que reposaba en su hombro todo el tiempo. Su rostro era una máscara inescrutable, su boca pequeñita y con los labios finitos crispados en un gesto neutral. Pero si alguien llegaba a ver de cerca a la señora Domínguez, lo que captaba su atención eran sus ojos.

Eran como dos pequeños faros azules incrustados en su rostro. Eran de un color azul tan intenso que podrían confundirse con el mar o el cielo crepuscular. La mirada brillante, profunda e impávida que ofrecía era tan fuerte que más de uno había quedado anonadado durante horas mirando a aquella vieja tan reticente.

La vieja siempre estaba ahí, observando el horizonte. Por eso no era ninguna sorpresa que aquella tarde, aquella normal y rutinaria tarde; Rosa Domínguez se encontrara en su lugar habitual, apenas unos momentos antes de la puesta del sol sobre el mar, que se encontraba más que calmado ese día. Sucedía justo ese momento; en el que el mundo parece detenerse y el sol se funde con el mar, creando una mezcla de colores exquisitos en el cielo, cuando una gota de agua salada rodó por la mejilla de la señora Domínguez.

Al tiempo que otra lágrima salía de esos ojos imponentes, la mujer esbozó una sonrisilla y su mirada cobró de pronto una expresión dulce, nostálgica. Una gaviota se posó delante de ella, en la arena, y sin dejar de observar el horizonte; habló con una voz arrastrada cargada de emoción:

— Precioso.

Hubo una pequeña pausa acompañada de más lágrimas silenciosas.

— De todo lo que he observado— dijo.— Esto ha sido lo más bello. No podrías haberme regalado algo tan… Tuyo.

La señora Domínguez rió roncamente y se deshizo la trenza.
— He vivido demasiado tiempo inútil, sin poder decirte lo mucho que te extraño.

Sonrió levemente. El brillo de sus ojos era tal, que bien podría haberse tratado de una jovencita o una niña ilusionada.

— Estoy lista, viejo amigo. Es hora de encontrarnos por fin.

La brisa marina empujó la silla de ruedas y a una risueña vieja en ella. Sus ojos vidriosos desprendían una tranquilidad infinita. Poco a poco, y dejando un rastro detrás de sí, la silla se iba adentrando en el mar, quien la abrazó como quien abraza a una vieja amiga.

Al día siguiente, unos atontados turistas descubrirían en el mar, justo donde rompen las olas; una silla de ruedas maltrecha y tirada, medio enterrada en la arena. También una gruesa cobija y un reboso, ambas cosas empapadas y llenas de arena y sal. Confundidos, y un poco asustados; correrían a avisar al pueblo.

Inmediatamente se levantarían comisiones para buscar el cuerpo de la señora Domínguez. Buscarían y buscarían, y tras unas dos semanas, se darían por vencidos.

Se daría una pequeña misa en la iglesia en honor a la mujer, algunas personas llevarían ramos de flores a la playa de la Vieja y los dejarían sobre las rocas mientras alguien dedicaba unas palabras al viento.

Nadie se daría cuenta de que dos gaviotas los observaban, desde las rocas en la playa, desde la palmera afuera de la iglesia, volando en las calles.

Después, todo volvería a la normalidad y la gente iría olvidando poco a poco a la señora; hasta que la última generación que supiera de ella muriera. Entonces, nadie sabría el por qué del apodo de la playa. Ni que una vez, hubo una vieja ahí. Ni nada. Absolutamente nada.

Pero nada de eso importaba.

La vieja y el mar por fin se habían reunido.

María José Colín Medina
Estudiante de secundaria del Colegio Madrid.

Agregar comentario