5500_mirando_desde_la_escalera
Deserciones

Lo ético, lo estético y lo patético en la escuela

Alfredo Villegas Ortega


2018 ¿Tenemos remedio?

Cada fin e inicio de año es una oportunidad para plantearse qué tanto hemos alcanzado y qué tanto nos falta conseguir en diferentes terrenos. Muchos de los cambios están a nuestro alcance y otros nos rebasan. Otros son cambios anhelados en lo individual o en pequeños grupos, como la familia, o más amplios como la nación, por ejemplo.

Cada cual, entonces, en lo individual y familiar, tendrá sus propias aspiraciones y maneras de consolidar, enfrentar, modificar o resolver su estatus.

Si pensamos en el país, ¿cabe pensar en ideales comunes? ¿Hay algo que nos identifique y proyecte a todos o a la mayoría? ¿Qué sería aquello que aglutine intereses y orígenes tan diversos en esta patria, no plural sino terriblemente desiguales? Imposible contestarlo. Hay muchos países. México es una república balcanizada.

Las grandes fortunas y las miserias denigrantes. Las grandes familias que controlan el destino de millones de mexicanos. México se muere en el día a día, con las vejaciones, el hambre, la impunidad, el despilfarro, el hambre, la servidumbre.

Pareciera que, en los hechos, viviéramos en una sociedad de castas. Es sabido que hay lugares exclusivos para la oligarquía, en los que el color de la piel o la vestimenta bastan para cerrar el paso a quienes osen ingresar a semejantes lugares. Este pequeño ejemplo, muestra la dificultad de pensar en un México cuyos ideales puedan sintetizarse. No, porque los alcances de la casta gobernante y que detenta la riqueza nacional, está, muchas de las veces, sustentada en la miseria de esas mayorías que son vistas como siervos, vasallos o peones que solo sirven para cargar, atornillar, despachar, servir, limpiar. Un clasismo racista, similar al racismo del sur norteamericano en donde los negros ‘no tenían alma’. Así las cosas. Los pobres son pobres por destino o por designio. El mundo es así porque hay clases que nacieron para gobernar y otras para obedecer.

Esas etiquetas se convierten en señas de identidad, la gente acaba por creérselas. La religión, los medios y la escuela, deliberadamente o por ignorancia se encargan de hacernos creer que hay un mundo bueno y uno malo. Una noción de justicia trascendente (religión), de moral aceptable (medios) o de reglas necesarias para funcionar (escuela), que nos van transmitiendo la idea de que poco es lo que podemos cambiar. Que el deber ser, se deposita en el cumplimiento de lo que profieren dichas instituciones. La familia, por supuesto, es el lugar donde se filtran, sincretizan, pervierten o cuestionan tales mandamientos.

Mientras México siga partido, mientras una minoría decida el destino del producto interno bruto,; mientras el congreso apruebe lo que el ejecutivo disponga; mientras la democracia sea un juego de cada tres o seis años en los que el voto ciudadano no se respeta; mientras las escuelas sean recintos para generar seres funcionales y competentes; mientras la iglesia siga domesticando y evangelizando desde el interés económico y viviendo en el reino de la impunidad; mientras la educación pública siga despachando desde el Ajusco o San Ángel, y un largo etcétera, pareciera que las nubes lejos de disiparse nos cubren cada vez más, y que el aguacero de violencia, exclusión, miseria, impudicia, secuestros, muerte, nos ha de ahogar irremediablemente.

No todo mal es eterno, ni hay designios insalvables. Es una vergüenza ver la manera en que las castas gobernante, religiosa, empresarial y la dueña de los medios de comunicación (por citar algunas de las castas), se han robado las expectativas de generaciones enteras, han saqueado la riqueza nacional cual conquistadores del siglo XVI, se han llenado la boca diciendo que son nuestros redentores y los que nos han puesto en la ruta del progreso, el orden y la justicia social.

Los cambios se procesan largamente. La irrupción de nuevas formas de vida, de participación ciudadana, del respeto al voto, etc., se habrá de consolidar, tarde o temprano, sin que esto signifique el arribo a ningún paraíso. No hay paraísos ni trascendentes ni inmanentes. Lo que hay, es posibilidad de dignificar la vida de muchas personas. Lo que hay por delante, es la tarea permanente y denodada que debemos dar todos por hacer de este país un lugar en el que la ley se construya con un espíritu ciudadano, en el que éstos sean escuchados y tomados en cuenta. Un lugar en el que haya empleos suficientes, bien remunerados y dignos. Un México en el que los estereotipos no se conviertan en señas penosas de identidad. Un país con maestros reconocidos por su labor, con los insumos y el salario y la estabilidad laboral necesarios para desempeñarse. Un país con futuro pero, ante todo, con presente, para aspirar a mejores cosas. No hay presente que se precie de reconocerse si no acabamos con todos los lastres que nos oprimen.

¿Será el 2018 el año en el que las nubes empiecen disiparse un poco? Después de una tempestad, casi diluvio de políticas neoliberales, en el que muchos de nuestros compatriotas se han ahogado (secuestrados, torturados, perseguidos, extinguidos, minimizados), ¿serán las urnas y los votos masivos el referéndum para sacar a esta casta del poder y empezar a respirar aires ciudadanos? Quién sabe si será suficiente, pero peor será no intentarlo.

Un feliz 2018, lleno de vida, expectativa, ciudadanía, dignidad y posibilidad son mis mejores deseos para los lectores de Pálido Punto de Luz.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

Agregar comentario