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Usos múltiples

Mentes peligrosas

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Armando Meixueiro Hernández


Tempestad entre la impiedad, las desapariciones y las injusticias

Con mucho cariño y respeto a Javier Reyes, educador ambiental.

En el 2016 en una cena en la ciudad de Montevideo a la que nos invitaron el periodista ambiental uruguayo Hernán Luis Sorhuet y Juan Carlos Porta, editor del mismo país. El primero, ya casi al final de la proteínica y riquísima ingesta, nos hizo una pregunta que se quedó sin respuesta.

Hablábamos de la situación de violencia en México y de la famosa legalización del uso de la mariguana en diversas partes del planeta. Hernán, con la sabiduría que lo caracteriza, nos dijo que la violencia era un lamentable ingrediente de la sociedad contemporánea mundial e inquirió:
—Lo que llama la atención del caso mexicano, no es ya la violencia, sino la crueldad: ¿por qué la impiedad?

La pregunta nos ha hecho pensar en esta brutalidad que alcanzó tal magnitud en los dos últimos lustro que se ha manifestado en más de una centena de libros, miles de reportajes ( decenas de periodistas silenciados o muertos) , muchas series televisivas y comunicados de todo tipo en redes sociales, que dan cuenta de acciones, poder y dominios del narco, levantones, desaparecidos, falsos positivos, muertes, torturas, daños colaterales y el incremento del miedo ante las injusticias y muertes que se estima suman, en 10 años de la llamada guerra contra el narcotráfico (2006-2016) : 100 mil muertos y 30 mil desaparecidos1.

En el arte, los narcocorridos tienen una inmensa presencia: tienen casi cincuenta años de cantarse en cantinas, fiestas y todo lugar público y privado que se nos pueda ocurrir. Otro hecho: aunque algunos autores lo han querido negar la prolífica literatura del norte de la república mexicana está salpicada de esta ola violenta que siempre la humedece. Así mismo, en otras artes, hay instalaciones fotográficas o ejecuciones en museos que recrean estas muertes y desapariciones que no son muy digeribles para los visitantes.

En el cine toda una generación de realizadores ha tocado de diversas maneras el tema. En esa lista de violencia en el cine mexicano reciente encontramos algunos ejemplos: Rodrigo Plá ( La zona: 2007); Luis Estrada ( El Infierno_: 2010); Gerardo Naranjo ( :Miss Bala: 2011); Carlos Bolado ( Colosio: el asesinato: 2012); Amat Escalante ( Heli: 2013) ; Michel Franco ( Después de Lucía: 2012); Gabriel Ripstein ( 600 millas : 2015)2. En el género documental encontramos obras notables como: Narco Cultura (Shaul Schwarz: 2014); Tierra de Carteles (Matthew Heineman: 2015) o Purgatorio: viaje al corazón de la frontera (Rodrigo Reyes: 2013). Podríamos citar una veintena más de films que han trabajado el tema en forma frontal o colateral. La violencia ligada al narcotráfico es un poliedro, complejo y con frecuencia con una espuma y humedad que todo lo permea.

Este es el contexto nacional y artístico que le da origen al potente documental Tempestad (Tatiana Huezo, México: 2017) que se aproxima a dos casos, de los miles de este mar de caos, miedo y desconcierto en el que el mundo de Kafka resurge de forma cotidiana en México. El primero es el de una joven, Miriam Carbajal, madre soltera que trabaja en el departamento migratorio en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de Cancún y un día del 2010 es detenida y trasladada al penal de Matamoros, en el Estado de Tamaulipas, acusada de tráfico de personas. Durante más de un año ella ser torturada, castigada, obligada a pagar (5,000 dólares) una cuota que le permite sólo seguir viva, como visa existencial. La prisión, le informan, tiene un gobierno autónomo, lo que significa que está dominada por el Cartel del Golfo. Los dirigentes de esta organización delictiva le explican lo que debe hacer, como es comunicarse con sus familiares para pagar el derecho a no morir. NI siquiera tiene que buscar sus teléfonos o direcciones; le son proporcionados por estos personajes. El relato- siempre en voz en off- comienza en una obscuridad que dura largos segundos en la pantalla y sigue cuando ella es liberada a las puertas de un reclusorio en el que no hay rejas, pero si sangre, asesinatos bestiales y la locura en sus muy diversas formas, todas manipuladas por reglas muy variadas de ejercer el poder. Duele, partes del relato, como cuando ella cuenta que para poder sobrevivir tendrá que trabajar directamente para los narcotraficantes.

Huezo fiel a su estilo en el manejo de la imagen que evita lo sórdido y atroz (como en el también documental El lugar más pequeño sobre las consecuencias de la guerra, en un poblado en la república de El Salvador, de donde es originaria la documentalista), en este primer caso no recrea o ilustra lo que se va narrando, sino el largo viaje de Matamoros a Tulum, el lugar de origen de Miriam. En ese viaje, es un periplo, sin dinero y suponemos con gran cantidad de necesidades, tampoco la seguimos a ella, sino que el protagonista es el trayecto. Viajamos con señores, niños, ancianos y mujeres de diversas edades. Un recorrido lleno de pobreza, retenes, soldados, policías (federales, estatales y municipales) hambre, migrantes, patrullas, detenidos, los atardecer con lluvia sobre el asfalto con los limpiadores moviéndose en los cristales y las gotas que regresan, hoteles de mala vida y muerte, oficinas de migración, gasolineras, armas hasta en los posters, casa a medio construir o abandonadas, trabajadores, gente que espera al borde del camino, pescadores que hacen filetes y avientan restos a las gaviotas, carreteras que cruzan valles y selvas y bellísimos paisajes de México.

Trayecto de contrastes y cosas que iluminan o duelen, con la voz que cuenta hechos terribles. Es un viaje de profundidad de campo hacia los abismos de nuestra nación y conciencia, que describe muy bien la zona del Golfo de México y parte del Caribe en el primer lustro de la segunda década de siglo XXI. En ese mar Caribe en el vemos flotar por primera y única vez a nuestro personaje libre ya del infierno. Este caso recuerda la increíble injusticia en México, que no cambia hace décadas y parece empeorar.

El otro caso es el de Adela —mujer madura— una artista de un circo popular, de esos que todavía existen —ya sin animales— en los caminos de nuestra nación. Ella es el payaso elegante de este espectáculo que intenta divertir a la clase pobre y rural mexicana y va contando su vida llena de precariedades de una familia dedicada al arte circense. Ella es una persona que formó una familia con tres hijos y sorprende que ninguno se dedica al espectáculo. Una de ellas estudiaba psicología y a punto de terminar sus créditos académicos, una tarde ya no regreso al hogar. La búsqueda ha sido por años infructuosa, llena de penalidades, amenazas hasta de muerte. Al principio de esta desaparición, si reciben una llamada de unos supuestos secuestradores, pero la policía le ordena —a la familia entera— ocultarse por seis meses, sin tener respuesta o dar con el paradero de la joven hija.

Aquí, en esta historia, el recurso narrativo de la documentalista es mucho más clásico. Seguimos a la protagonista —mamá de la desaparecida— en el circo: maquillándose, platicando con otras artistas, educando a los futuros niños circenses, apunto de entrar a escena, dentro de su remolque, etc. Este caso habla de otro fallo del sistema de impartición de justicia: los y las desaparecidas, que como citamos más arriba, no es un caso aislado o dos, sino decenas de miles en nuestro país que no son de fácil explicación.

Sólo son dos casos los que alcanza a documentar Tempestad (que se llevó cuatro de los más importantes premios Ariel, en el 2017 y fue propuesta por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas para los premios Goyas en España y Oscar en Estados Unidos, representando a México) pero que al profundizar encontramos los diferentes planos de la vida humana y sus injusticias. De las impotencias actuales del Estado de Derecho en México. Nos atrevemos a decir que de esas injusticias está lleno los expedientes y las prácticas judiciales en México, porque la inmensa mayoría de los que habitamos este país, hemos padecido por lo menos una en nuestra vida, que nos ha cobrado tiempo, dinero y esfuerzo; angustia, miedo, coraje, rabia y hasta desesperación.

En esta temporada de cambio de leyes y reformas —incluida la de seguridad nacional— tiempo en el que se hacen declaraciones, campañas, slogans, lindos spots y se proponen y sueñan propuestas de país, no sería bueno proponer y transformar de una buena vez y para siempre el sistema de impartición de justicia en México, mucho más allá de los juicios orales y más cercana a lo que debe ser su naturaleza: una justicia ciega, pronta, expedita y humana.

1 http://www.milenio.com/policia/10_anos_guerra_contra_el_narco-muertos-desaparecidos-homicidios-milenio_0_863913709.html

2 Bataillon G. (2017) Narcotráfico y corrupción: las formas de la violencia en México en el siglo xxi. Nueva Sociedad No 255, enero-febrero de 2015, ISSN: 0251-3552. México http://nuso.org/media/articles/downloads/4092_1.pdf

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
Director de Pálido Punto de Luz

Armando Meixueiro Hernández
Director de Pálido Punto de Luz

Adrián Figueroa. 12 de Enero de 2018 14:44

Me gustó el artículo. Al leerlo me causa incomodidad y a la vez cotidianidad, las dos sensaciones poco gratas, pero es una narrativa que forma parte de la realidad de México. Es importante que se siga analizando esta situación que vivimos e ir más allá con propuestas y acciones que hagan cambios trascendentes, de tal manera que en pocos años sólo se escriba de la violencia e impunidad como parte de la historia que supimos superar.

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