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LA CLASE

Tema del mes

J. Adrián Figueroa Hernández


Tras la huella de la comunidad

Como sociedad humana hemos seguido nuestros propios pasos para ser y estar como comunidad; desde comprendernos que somos producto de comportamientos sociales que iniciaron con acciones de pertenencia a grupos en una geografía específica, hasta hoy en día como un conjunto de vida social con características diversas y complejas.

Nos hemos auto catalogado como especie pensante que interrelaciona entre sí y con otras especies para poder sobrevivir, según nuestra visión de vida depredadora, en este “feroz” mundo, por lo tanto se justifican históricamente atropellos, violencia y ecocidios.

Algunos sabios del conocimiento moderno dirán que apostar por esa estrategia de sobrevivencia, ha sido parte de la curva del aprendizaje que hemos tenido que pasar por muchos siglos; aún más, seguimos en la espera de que algún día seamos 100% civilizados y autosuficientes, ya sea porque nos salve la tecnología y su ciencia, o tal vez porque nos tropezaremos con otros seres inteligentes que viven fuera del planeta.

Una utopía es pasar de ser múltiples comunidades entrelazadas a ser sólo una comunidad, como diría Edgar Morín, Tierra-Patria. Ya no es suficiente vernos como el producto caótico de una diáspora humana que casi ha invadido todos los hábitats del planeta, sino ahora convertirnos idealmente en una super-comunidad humana. Es decir, elevar nuestra escala geosocial y así convivir por un bien común, por lo menos los seres humanos, todos “iguales”.

Las circunstancias actuales de guerras, migración, deterioro ambiental, exaltación de valores para alcanzar poder, dinero y control, nos hablan de otra historia que debemos agregar a nuestro sentido de comunidad.

Después de años de esperar a que el discurso político sobre la sustentabilidad fuera real, tropezamos con una realidad poco agradable, no fueron suficientes las buenas intenciones y movimientos sociales que se dieron en los años setenta y ochenta, fue mucho pedir que construyéramos entre todos y sin barreras “Una sola Tierra”.

Ahora nos damos cuenta que son diferentes caras de este caleidoscópico mundo lleno de cosas y de cosas vivientes, finitas e infinitas.

La percepción de a dónde vamos como comunidades humanas, podría describirse desde ensayos prospectivos o futuristas, donde se puede suponer que seguiremos vivos aquí o en otra parte del Universo. Aunque hay varias versiones según culturas e ideologías, algunas personas convencidas dirán que sólo sobrevivirán los elegidos, elegidos por tener dinero/poder, otros que serán elegidos por su Dios, algunos atrevidos dicen que sobrevivirán los elegidos por su capacidad inteligente o sólo permanecerán los elegidos por sus habilidades indispensables al mundo que vendrá.

Ante tantos elegidos terráqueos podríamos preguntar: ¿Cómo será entonces el mundo?, ¿Se construirán una o muchas comunidades?, ¿Esto sucederá pronto o falta mucho? ¿Realmente sobrevivirá el humano en el planeta si continúa la tendencia que lleva?

Las respuestas a estas preguntas serán variadas en ideas, llenas de colores de interpretación y matizadas con creencias científicas/religiosas/sociales/políticas, etc. Así también saltarán modos de pensar conocidos como “centrismos” que nos tratarán de explicar qué está sucediendo, cómo entenderlo bajo un determinado cristal, o comprender al mundo sólo desde un exclusivo “cismo”, es decir.- un antropocentrismo arraigado en las instituciones de poder donde el humano es el pilar principal; un biocentrismo que resurja de las cenizas la pluralidad de valores intrínsecos de los seres vivos, más allá de una posible utilidad para los humanos; un ecocentrismo necio de interrelaciones donde el humano se diluye en orden de importancia con relación al mundo de inter-especies; y un holismo que nos ahoga con su inconmensurable complejidad, insistente que la comunidad humana es más allá de la suma de sus individuos.

Aun con todos estos cismos, la especie humana se auto domestica para comprenderse y justificar su actuar, como sucede actualmente cuando grupos de humanos al formar instituciones nos están considerando —seres cosificados—, esto es somos y existimos a partir de tener una identidad compuesta de un CURP (valor administrativo)—Credencial de identificación (valor institucional) —Comprobante de domicilio (valor espacial).

Ante todo este acontecer surgen nuevas preguntas: ¿Cómo nos ayudaría la reflexión de comunidad desde una comprensión a partir de sus valores y perspectiva de futuro? ¿Estamos basándonos en conceptos de comunidad para ajustar la realidad? ¿La comunidad es una expresión o un proceso más del humano que requiere de resemantización, ya que dejó de ser sólo un conjunto de personas relacionadas compartiendo un espacio (físico o virtual)?

Seguramente habrá muchas respuestas y mucho más preguntas que están en la mente del lector, pero para darle mayor entropía a todo esto, usaremos la palabra comunidad con expresiones utilizadas de manera cotidiana, recuperando la idea de cuando se les preguntan a las personas qué significa:

§ Ahí nací y ahí me quedo.
§ Es el lugar donde estamos porque ya no nos queda de otra.
§ Es estar juntos para ayudarse unos a otros.
§ Es por lo que cuando estamos lejos se echa de menos, especialmente el viento sabroso.
§ Es para colaborar todos juntos y así tener beneficios para todos.
§ Es ese pedacito de tierra donde tengo amigos y familia.
§ Ahí donde se ayuda porque nos gusta hacerlo y a veces no, es donde hacemos sólo si es de beneficio para todos, cuando la mayoría jala.

Analizar las anteriores expresiones desde el paradigma antropológico y de la psicología social implicaría reconocer que una comunidad se considera compuesta de un espacio, valores, relaciones, recursos, aspectos comunes e historia; en el caso de aplicar el paradigma médico para comprender la realidad sería equivalente a utilizar estudios clínicos para determinar si hay o no una enfermedad, es decir por qué sí y por qué no funcionan las comunidades en nuestro mundo contemporáneo. Seguir desde la perspectiva del camino anterior, nos llevaría a darnos cuenta que no son suficientes y definitivos los síntomas que se analizan en una sociedad, mucho menos suficientes para comprender conductas y procesos socioeconómicos humanos.

Ante esta reflexión si sabemos que metodológicamente no es suficiente para vivir como humanos irremediablemente conectados al planeta Tierra, entonces por qué seguimos haciéndolo.

Quizá porque facilita quedarnos con el concepto de comunidad ya que operativamente nos ayuda a definirnos como un conjunto de personas para poder tener un acercamiento o intervención. Tal vez por lo difícil que ha sido comprender a un humano desde su pertenencia a una o muchas comunidades, y que éste de la noche a la mañana deje de pertenecer. Igualmente complicado es considerar la existencia de una comunidad por el hecho de que una institución decidió aplicar unos parámetros físicos o culturales y de ahí considerar que ese conjunto de humanos, paisajes, recursos, infraestructuras, es considerada una “comunidad”.

Otro aspecto interesante de recapacitar, es el hecho de tratar de comprender y delimitar qué es una comunidad, hay algunas hipótesis que mencionan que es a partir de definir a un grupo de personas que conviven con determinadas relaciones sociales/económicas/emocionales/ecológicas, y cohabitan en un específico lugar físico o virtual. En este concepto se tendría que incluir la comprensión desde diferentes escalas para considerar si es o no una comunidad. Esto se vuelve confuso cuando se quiere determinar una comunidad a partir de 10 familias o considerar una gran comunidad de 7,500 millones de seres humanos. Esta visión del mundo se ve simplista porque es más fácil agrupar a las personas bajo un enfoque de territorio y así planear acciones, y si bien nos va, incluir una visión sistémica que pueda facilitar el entendimiento de la dinámica de un determinado tipo y número de personas con identidades culturales, procesos socioeconómicos o desarrollos arquitectónicos específicos.

Y así… como buenos clasificadores vamos definiendo las comunidades en relación a, por ejemplo, una función por su estado ideal, o por las estructuras que se generan a través de sus dinámicas, también lo hacemos bajo acercamientos para comprenderlas a través de técnicas y tecnologías que validan su existencia, igualmente desde otro sentido biologicista, se definen por procesos fagocitarios, donde las comunidades urbanas van hipnotizando y envolviendo con su estilo de vida a las rurales.

A lo anterior habrá que agregarle el dilema de los clásicos pilares constitutivos de una comunidad como son: el trabajo en común, participación social, apoyo solidario, interdependencia, consenso, cooperación, fraternidad, convivencia, empatía, seguridad, sentimiento de pertenencia, etc., los cuales tienen la bondad de ayudar a identificar entre una y otra comunidad, más no necesariamente son definitorios para enmarcar a un grupo social como comunidad, sólo por el hecho de estar ubicado en un espacio o por compartir ciertos atributos.

Lo antes mencionado quizá nos provoque incomodidad y/o ganas de trascender el ideal de comunidad, incluyendo en esta construcción epistemológica, elementos subjetivos y objetivos, donde cuestionemos abiertamente la visión progresiva y elocuente para comprender nuestros mundos desde un camino evolutivo, donde se acepta que hemos transcurrido por millones de años desde ser individuos, grupos, clanes, redes sociales, hasta comunidad y sociedades.

Por lo tanto, nos podemos preguntar: ¿Tienen un propósito, un sentido, una temporalidad las comunidades? ¿Saber de qué y cómo están compuestas las comunidades será suficiente para conocer su dinámica como parte del mosaico biodiverso y cultural de México?

Indagar nos llevará a encontrar estrategias que contribuyan a sanar procesos sociales, e igualmente darán bases para atrevernos a construir nuevas y modernas comunidades, quizá con otro sentido, propósito y espacio, de tal forma que podamos salvar la actual fragmentación de las comunidades. Un caso ícono en nuestro país es lo que sucede con la Ley Agraria, descontextualizada y sin interés de ser actualizada, lo mismo sucede con los programas de conservación ambiental que copian la visión norteamericana de reservaciones, donde incluyen proyectos “sociales” gubernamentales, los cuales regularmente se crean sin planeación participativa ni presupuesto para darles seguimiento; otra forma de fragmentación de las comunidades es a través de la mala administración pública de los cambios de uso de suelo, muchos de ellos sin fundamento o con un beneficio preferencial a inmobiliarias, y para rematar esta fragmentación comunitaria, están las contiendas electorales que dejan desgastada a la gente, con nuevos conflictos y al final del proceso la gente regresa obligada a seguir conviviendo con sus opositores partidistas, pero sin haber resuelto sus reales necesidades y problemas.

Como el futuro no existe y el pasado ya fue, sólo nos queda vivir hoy en la gran comunidad de vida, como dice Carta de la Tierra, reconociendo qué cristal o teoría usamos para filtrar, interpretar y actuar, en y para, convivir desde lo local o pasar por otros colores del arcoíris hasta llegar a un enfoque global según seamos capaces o adaptándonos según las circunstancias se vayan presentando.

Octubre, 2017

J. Adrián Figueroa Hernández
Educador ambiental en San Luis Potosí, México Especialista en proyectos de desarrollo comunitario. Coordinador de Ecoparadigma A.C.

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