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LA CLASE

Educación Ambiental

Alfredo Villegas Ortega


¿Sirve para algo la Educación Ambiental?

A Oswaldo Escobar Uribe por la obtención del Doctorado en Educación.

Educar en estos tiempos, en cualquier época de hecho, es una enorme responsabilidad y oportunidad para transformar aquello que podemos y debemos cambiar. En esta posición, los maestros somos artífices del cambio.

Educar, también, puede ser la mera transmisión de contenidos y conocimientos, apegados a un programa, plan, política institucional. En esta lógica, los maestros somos una especie de insumos inteligentes que utilizamos estrategias para que los alumnos aprendan, se capaciten, se integren a la sociedad, funcionen… ¿y qué más?

Educar, por otra parte, puede significar asumir que las estructuras, los intereses, la economía y los grandes grupos que gobiernan el mundo y, por ende, los derroteros que imponen, son insalvables y es poco lo que se puede hacer. Hay una visión de fatalismo o resignación que espera que los ciudadanos cambien el mundo, sin darse cuenta que, justamente, los ciudadanos, el cambio de conciencia y la posibilidad de acceder a otra realidad se incuba, en buena parte, en las escuelas, con la participación de maestros que deben dejar de verse como insumos y empezar a mostrarse como importantes promotores del cambio.

Hay en la educación básica y en la de las instituciones que forjan a los maestros, una oportunidad que no debemos dejar pasar, por el simple hecho de que “no podemos cargar en nuestras espaldas con responsabilidades que no nos corresponden”. “Esperemos a que el gran capital se conduela de nosotros y nos compense por tan terribles afrentas”, parece ser el discurso implícito, cuando se dice que poico es lo que podemos hacer los maestros ante una economía mundial, unos intereses y una lógica implacable de producción, explotación, rendimiento y consumo de la que no formamos parte. O bien, “esperemos a que el mundo se agote y explote porque no podemos hacer nada”. Claro que no. Y no sólo en terrenos ambientales. ¿Si no tenemos la esperanza y la convicción de que algo podemos cambiar positivamente en las conciencias de los niños y jóvenes, para qué somos maestros?

Y no, no es cargar con lozas pesadas ni caer en el chantaje que nos quiere convertir en apóstoles que asumen, ejecutan, cargan y no exigen nada a cambio. Es, simplemente, ver nuestra tarea con la importancia que merece, es reconocernos como profesionales que no sólo certifican y botan seres al mercado a consumir y ser consumidos por éste.

Los grandes cambios suponen pequeñas acciones, y también empezar por pensar en que es posible hacerlo. La educación no puede ser un catálogo de esperanzas infundadas, pero sí puede y debe ser la oportunidad para aprender, reaprender, desechar lo inservible, pensar, repensar y reorientar, si es el caso, el camino que nos impulse a un mundo más habitable.

¿Qué puede hacer la educación ambiental? ¿Qué ha hecho la educación ambiental ante los escenarios de barbarie civilizatoria, del mundo convertido en mercado y el hombre en herramienta desechable? Mucho o poco. Según el cristal con el que se mire. Poco si, en efecto, observamos que las trasnacionales, los países poderosos, el gran capital, pues, siguen imponiendo su lógica de explotación-acumulación-riqueza-depredación-rendimiento-ganancia-lucro, etc.

Mucho, si pensamos que la emergencia del discurso ambiental, del surgimiento de las diversas cumbres que se han ocupado del asunto, de las organizaciones de defensa del ambiente y de la propia educación ambiental, como promotoras de un desarrollo diferente, llámesele sustentable o como se quiera, tienen poco tiempo intentando pensar y proponer otro paradigma de civilización en la que se deje de ver como insumos desechables a la humanidad y a la naturaleza misma.

Es difícil escuchar que la educación ambiental se degrada en la transversalidad, se diluye ante los contenidos, propósitos y exigencias de las demás disciplinas escolares. Porque la fortaleza está en esa transversalidad. Porque, justo, la transversalidad le da una dimensión más amplia y compleja; le da oportunidad de recrear, analizar y explorar la realidad y sus problemas y soluciones posibles. Quizá, como todo, habría que revisar cuáles serían las mejores condiciones para recorrer esa transversalidad, sin que la educación ambiental, en este caso, se diluya en el camino. Una ruta, la primera, tendría que ser la preparación de los maestros con esa visión que trascienda las visiones endogámicas o disciplinarias para integrar y articular con otros saberes. Eso supone un cambio de mentalidad, pues ocuparse de los problemas ambientales, no significa renunciar a los objetivos y contenidos de las disciplinas, sino justo articular y proyectar nuevos sentidos tan necesarios hoy día. Por otra parte, habría que constatar si, en efecto, se diluye la educación ambiental en esa transversalidad o es sólo otra visión pesimista y ortodoxa que no encuentra en la educación, ninguna solución al problema ambiental.

En la Maestría en Educación Ambiental en la Universidad Pedagógica Nacional/095, aprendí que la complejidad empieza por entender que no es posible ver los fenómenos aislados, que es necesario tener una visión amplia que comprenda los fenómenos como resultado de una cadena de acciones previas y de elemento que lo constituyen y determinan. Si hoy el mundo está como está es precisamente porque no hemos resistido inteligentemente. No ha sido suficiente la educación ambiental, como nada es suficiente por sí mismo. Pero, ojo, no es ésta una visión pesimista, pues como parte de ese todo complejo, la educación ambiental ha contribuido a la formación de seres críticos que habrán de transformarse (algunos ya han pasado por esa conversión) en ciudadanos críticos, participativos y propositivos que ven en su hacer cotidiano la congruencia con si decir informado.

Quizá nunca será suficiente lo que hagamos en la educación por encontrar otro camino que nos conduzca a escenarios en los que se privilegie la razón, el diálogo, el progreso inteligente, la sustentabilidad. Esa insuficiencia siempre será el aliciente, el impulso para hacer mejor las cosas, para seguir resistiendo desde las aulas, la articulación entre teoría y práctica, los proyectos comunitarios y la organización social, la conformación de una nueva ciudadanía planetaria a la que no alcanzamos a ver ni a conocer pero que comparten con nuestro prójimo y con un nosotros más próximo la necesidad y la esperanza fundada en que, si no todo, algo, mucho habremos y podremos cambiar si no nos resignamos y pensamos fatalmente, que esos imponderables estructurales son tan fuertes como la certeza de que a fin de cuentas algún día el sol explotará, todo se acabará y no hay mucho por hacer en las aulas.

Creo, firmemente, que hay mucho por hacer, que ése debe ser el camino. Que una educación que no se plantea la transformación, está muerta de origen. Como señaló Oswaldo Escobar Uribe en su réplica para obtener la mención honorífica en el Doctorado en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional: Educar para Transformar. Felicidades, Doctor.

Llevemos nuestro lema institucional muy presente en cada una de nuestras acciones como educadores ambientales y como educadores comprometidos en general. Así, poco importará que el sol algún día vaya a explotar; mientras, haremos de este un mundo más respirable y digno para todos o, al menos, no tan enfermo e injusto para tantos. Mucho hemos ayudado en esa conversión de mentalidad y paradigma. Sigamos haciéndolo.

Alfredo Villegas Ortega
Maestro en Educación por la Universidad Pedagógica Nacional y Académico de la Escuela Normal Superior de México.

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