5438_en_el_camion
Orientación educativa

Manual de Perplejos

Alfredo Gabriel Páramo


Un día en la vida de un pasajero

Subes a un microbús ruinoso cuando todavía es de noche en el norte de la Ciudad de México; al menos, te toca hacerlo en la base, así que te vas sentado y casi siempre puedes elegir alguno de los asientos fríos y duros, diseñados para pulverizar riñones y desgraciar cervicales, con espacio suficiente para las piernas, siempre y cuando no midas más de un metro 40 de altura. El motor, construido cuando Salinas no solo era presidente, sino popular, se queja y estremece cuando el chofer lo acelera; al mismo tiempo, sube el volumen de su aparato de sonido para escuchar bien fuerte los consejos si-estás-jodido-es-por-tu-culpa, las admoniciones “tienes el país que haces”, el ruido (¿qué otra cosa puede ser?) de la “música” electrónica, el pasito perrón de beibiyisus o los lamentos pasivoagresivos del amor romántico.

Frenazos bruscos, acelerones, gente subiendo, empujándose porque hasta atrás hay lugar, subiendo por atrás porque allí es donde hay lugar, pidiendo parada en medio de la avenida, y casi todos, sumidos en sus celulares, hasta que suben dos, tres malandros. Una mujer, dos hombres, jóvenes, hiper-tatuados, vendiendo unos exóticos (ahora es el momento de calificar) caramelos turcos cubiertos de chocolate ¡a 10 pesos la bolsita, con la opción de elegir entre fruta con chocolate o chocolate más chocolate! (nunca como ahora el placer de repetir una palabra); algunos pasajeros se espantan y el más cara de malo de los tres consuela a una señora sesentona: “no madre, no se me asuste; yo estoy aquí para cuidarla, si alguien le falta en esta ruta, pregunte por (no escucho el nombre) y yo le hago el paro”.

Sorteando seres que creen que conducir 800 kilos de plástico, metal, tela, cobre, combustible y demás cosas que tiene un vehículo confiere grado de semidiós, otras reliquias del transporte concesionado y personajes varios, el microbús va llegando a sus sucesivas metas. Pasando La Raza ya estamos de gane, nomás subimos el tosco puente de Nonoalco, entramos a Santa María la Rivera, salimos por la Guerrero y 75 minutos después de partir, llegamos al metro Revolución. Allí, nomás tenemos que cuidarnos de los ciclistas porque ya sabes, dales ruedas a un ser humano y se transforma en chango con rabia; el microbús te deja precisamente al lado, no puede ser de otra manera, del carril que Odín y Huitzilopochtli  en persona entregaron a los esforzados conductores de vehículos de dos ruedas de tracción animal homínida y que si lo pisas te arriesgas a que ellos te arrollen porque pueden, al igual que los autos hacen con los ciclistas, los camiones con los autos, los tráileres con los camiones y así en progresión trófica.

Por cierto, ¿quién tiene la culpa de este tipo de transporte? ¿El gobierno al que jamás le ha importado una vialidad popular digna y alcanzable, además de una planeación urbana de dimensiones humanas? No, por supuesto, son los proletarios, choferes, vendedores, chacas y pasajeros que no se esfuerzan en comprarse un auto o, de perdida, por levantarse más temprano.

Alfredo Gabriel Páramo
Escritor, periodista y consultor. Twitter @lavacadiablo www.karacteres.com

Agregar comentario