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Tarea

Cuentos en el muro

Cristina Pacheco


No volverán

En los terrenos donde se ven escombros y desechos ya aparecieron los brotes de esperanza. Lo que ocurrió aquel martes empieza a ser el relato contado desde un yo que enseguida se convirtió en nosotros. Con el tiempo la narración cambiará. Quienes la hagan tal vez confundan horarios, lugares, y olviden algunos personajes.

No será el caso de Luna y Miguel. Presiento que en esta colonia los recordaremos por muchos años y que tal vez un día alguien se decidirá a escribir su historia. Por el momento, y en servicio de ese futuro narrador, hago este apunte basado en evocaciones recientes.

I

Durante el tiempo que se prolongó la búsqueda de cuerpos entre los escombros de su edificio, Luna y Miguel estuvieron viviendo en la calle, y no en albergue asignado, para seguir lo más cerca posible el trabajo de los rescatistas y estar presentes en el momento en que encontraran a José con vida, A nuestro adorado José. Luego se concretaron a etiquetar su esperanza con sólo el nombre: José. Aun si lo hallaban muerto, era preferible a no saber dónde habían quedado sus restos.

Al cabo de cuatro días de esfuerzos constantes, los rescatistas lograron recuperar todos los cuerpos, excepto el de José. Nadie se explicaba el hecho, y eso lo hacía más angustioso. Sin embargo, en presencia de Luna y Miguel todos nos mostrábamos optimistas, aunque no siempre con buenos resultados.

Una mañana en que Luna se deshizo en llanto al pensar que ni muerto volvería a ver a José, Hilda, mi vecina del 206, con ánimo de consolarla le dijo: "Se me acaba de ocurrir una cosa: tal vez José no estaba en el departamento a la hora del terremoto, y por eso no encuentran su cuerpo.”

Nunca habíamos considerado esa posibilidad. Resultaba lógica, pero dejaba en el misterio la prolongada ausencia de José. Hilda se apresuró a resolverlo: Andará por allí, de voluntario, con otros jóvenes. Ya aparecerá. Luna y Miguel se sintieron orgullosos y estimulados para inventar otros escenarios favorables a la sobrevivencia de José. De ese modo empezaron a vivir con un pie en su realidad (de la que poco sabíamos hasta entonces) y otro en la constante suposición.

Según Miguel: —Tal vez el l9 de septiembre, aprovechando que estábamos en el trabajo, el muchacho decidió irse de la casa por unos días, para castigarnos. Estaba ofendido con nosotros porque la noche anterior —sin ánimo de humillarlo ni mucho menos— Luna y yo le dijimos por qué razones lo habíamos adoptado. Antes, mi mujer y yo lo discutimos mucho y llegamos a una conclusión: era mejor que lo supiera por nosotros y no por alguien ajeno, que a lo mejor se lo decía con mala fe.

Según Luna: —También es posible que Eloy —ese muchacho que siempre me ha caído mal— haya convencido a José de que se fueran de México. No lo digo nada más porque sí: la otra noche estaban conversando y alcancé a oír que Eloy le decía a mi José que se fueran a no sé qué parte, porque allá vive un primo suyo que gana mucho dinero y puede darles trabajo.

II

Si creer en esas posibilidades les ahorraba sufrimientos, no seríamos sus vecinos quienes obligaran a Luna y a Miguel a enfrentar la realidad. Por otro lado, estábamos conscientes de que la ficción alimentada por ellos se había prolongado en exceso y en cualquier momento iba a desvanecerse. Así fue: durante su última jornada de trabajo, los rescatistas encontraron el cuerpo de José. Luna y Miguel tuvieron que reconocer su cadáver. Al enterrarlo sepultaron también sus esperanzas.

Puesto que ahora sí lo habían perdido todo’ y ya nada los anclaba a esta colonia, Luna y Miguel decidieron mudarse; por lo pronto, a un hotel cerca de la antigua estación; después, ya verían. Comprendo que hayan tomado esa medida, pero la juzgo inútil: por mucho que se alejen del sitio donde vivieron catorce años con su hijo, nunca van a quitarse el peso de su ausencia.

Ante esa realidad buscarán consuelo. Tendrán que conformarse con el que hallen sólo en los recuerdos, ya que no pudieron rescatar ninguna pertenencia de José: ni su retrato ni su computadora ni su modular ni su mochila ni sus tenis favoritos ni su teléfono ni su guitarra…

Después, cuando el dolor de la pérdida se haya suavizado, Luna y Miguel sentirán necesidad de volver a esta colonia. Me temo que cuando lo hagan, por muy pronto que sea, les parecerá irreconocible. A causa de los daños que sufrieron durante el terremoto del último l9 de septiembre, muchas casas y edificios (algunos emblemáticos) van a ser demolidos. De su existencia quedarán, sólo por algún tiempo, montañas de cascajo sembradas de zapatos, papeles, bolsas de plástico, latas, vidrios, libros, cables, retratos, cortinas que ya no ocultan nada o el marco de un espejo con la autoestima por los suelos.

Cuando todas las construcciones sentenciadas hayan desaparecido, habrán dejado en la memoria de la ciudad un vacío tan grande como el que dejó la ausencia de José en la vida de Luna y de Miguel.

Cristina Pacheco

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